La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Caleb
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Caleb

CALEB

Lo más complicado de volver a ser mortal cuando ya ni siquiera recuerdas lo que era es ser consciente de las limitaciones de un cuerpo que tan solo es humano.

Durante los últimos días, Caleb ha tenido que aprender a habitar su propia piel de una manera completamente diferente.

Ni siquiera tiene tanto que ver con la enfermedad que le corre por las venas y que a veces le regala punzadas en el pecho para que nunca se olvide de su presencia, sino de las pequeñas cosas que lo hacen normal, solo un necromante más entre tantos: siente hambre y sed de manera más habitual, nota cansancio cuando antes podía pasarse días enteros sin dormir y, en general, se siente mucho más débil de lo que se ha sentido en toda su vida.

Por suerte, al menos eso no borra los años que ha estado entrenando tanto su fuerza como su agilidad y su resistencia.

Está seguro de que todas esas cosas se ven menguadas con la desaparición del poder de las espadas, pero se crio con un brujo poderoso que le enseñó todo lo que sabía, se retó en repetidas ocasiones con alguien obsesionado con ser el mejor y creció con los dos necromantes más temerarios que ha conocido en su vida, así que, por muy mortal que sea, sigue siendo Caleb.

Y eso significa que todavía puede ser letal.

Esa es la razón por la que, cuando cae desde el tejado de la basílica hasta el patíbulo y clava uno de sus puñales en el cuello del verdugo, los presentes no ven en él al simple humano que ahora es, sino a un demonio.

El mundo contiene la respiración durante el instante que tarda el guardia en morir. Sabe que la gente lo mira, helada, mientras el hombre se atraganta con su propia sangre, demasiado sorprendido como para reaccionar.

—¿Caleb?

El susurro de Dyne a sus espaldas es tembloroso, incrédulo, y él mira hacia atrás para observarla.

Está demacrada, muy distinta a la última vez que la vio, y eso hace que la ira le bulla en el estómago.

Aun así, no lo deja ver. Con calma, ladea la cabeza mientras la energía de su primera víctima se apaga y él la deja caer al suelo.

—Sentimos haber tardado tanto.

Después, llega el primer grito. Con él, proveniente del público, llega también la asimilación de lo que acaba de pasar y todo comienza a moverse.

La gente se sume en el caos, un caos que él esperaba, y los guardias se apresuran hacia el estrado, para defender a su reina, al hombre que la acompaña y que se ha quedado blanco y a la santa que lo mira desde abajo con los ojos muy abiertos, incrédula, con expresión casi traicionada.

Quizá esperaba que no matasen a nadie. Quizá esperaba que pudieran sacar a su amiga sin provocar más víctimas.

Pero no pueden. Y él nunca prometió que fueran a hacerlo.

Caleb solo se permite devolverle la mirada un instante antes de encarar al otro guardia que había en la tarima y que se lanza hacia él sin nada que perder.

El necromante lo esquiva rápido, ágil, y le raja las piernas con los puñales para hacerle caer antes de girarse a toda prisa hacia Dyne, a quien coge en brazos.

Siempre ha sido ligera, atlética, pero ahora le parece que no pesa nada, demasiado delgada después de semanas de encierro.

Su amiga deja escapar una exclamación ahogada.

—Caleb, ¿qué…?

—Mejor hablamos cuando no quieran matarnos.

Varios guardias se lanzan a por él en cuanto salta del patíbulo, pero otras dos sombras aparecen para cubrirlo justo antes de que puedan darle alcance.

Es obvio que Derek odia luchar solo con una espada en lugar de con las dos con las que está acostumbrado y que sus movimientos son más torpes de lo normal, pero aun así no le cuesta nada parar el golpe de uno de los celestiales.

Darien, por su parte, tiene la daga de Muerte entre los dedos, como si ya no pudiera concebir utilizar cualquier otra arma.

Cuando un soldado trata de lanzarse sobre Caleb, se interpone y lo apuñala en el estómago, con los labios apretados pero la expresión determinada.

No hay dudas en su rostro, no hay miedo.

Es lo bueno y lo malo de convertirse en necromante: al final, cada muerte es más fácil que la anterior.

Y para Darien nunca va a ser más difícil matar a alguien de lo que fue matar a Ishtar.

Caleb no pierde ni un segundo. Protegido por sus compañeros, asegura a Dyne entre sus brazos y se lanza hacia las calles repletas de gente que quiere huir, que clama por piedad o que anuncia un desastre, como que la basílica vuelva a desmoronarse.

Mientras se apresuran por Erela, huyendo tan rápido como pueden, él busca vida.

Le cuesta hacerlo en medio de todo el caos abrumador, entre todos esos corazones acelerados y esos sonidos de pasos a la carrera, de gritos, de voces.

Tiene que ignorar toda la energía humana, completamente desbordada, para centrarse en la tranquilidad que siempre rebosa la naturaleza, constante e inalterable pase lo que pase.

Se deja guiar por ella hasta llegar a un bulevar flanqueado por árboles grandes, perfectos para utilizar la magia sobre ellos.

—¡Aquí! —grita.

Sin aliento, mucho más agotado de lo que le gustaría, Caleb se gira a tiempo de ver cómo los árboles extienden sus ramas y las enredan; las raíces se rebelan contra el pavimento y lo rompen.

Justo cuando un grupo de celestiales está a punto de darles alcance, se encuentran de frente con un muro de vegetación que se alza ante ellos para impedirles el paso.

Jadeando, con el pecho rugiéndole y un pinchazo de dolor que lo obliga a apretar los dientes, deja su preciada carga en el suelo. En cuanto lo hace, ocurren dos cosas a la vez: a él las rodillas se le doblan y Derek se lanza de inmediato hacia Dyne, que todavía no parece reaccionar.

—¡Caleb!

Darien se apresura hasta él. Sus manos de pronto están sobre sus mejillas y Caleb encara sus ojos verdes, preocupados, mientras pone los dedos sobre los suyos.

—Estoy bien —lo tranquiliza. Aun así, se permite descansar su frente un segundo sobre la de él—. Dame solo un minuto.

El muchacho deja escapar un suspiro de alivio y un amago de sonrisa.

—No sé si voy a poder acostumbrarme a que parezcas tan humano.

—Si te sirve de consuelo, yo tampoco.

Darien deja escapar una risa nerviosa y ahogada y Caleb nota cómo las comisuras de su boca se alzan un poco al escucharlo.

En cuanto su pareja se da cuenta, deja un beso en el principio de esa sonrisa.

Él no pone resistencia. Cierra los ojos y se deja llevar un instante, como si contra esos labios pudiera descansar mejor, como si de ellos pudiera tomar la fuerza que necesita sin necesidad de ninguna magia.

—Está claro que me he perdido muchas cosas.

Caleb alza la vista para que su mirada se encuentre de nuevo con Dyne.

La necromante está apoyada contra Derek, que le pasa por los hombros el único brazo que puede mover y la estrecha con fuerza contra sí.

La chica tiene los ojos brillantes, a punto de llorar, pero también dibuja una sonrisa de alivio y alegría en esa boca que muestra algunas manchas blancas.

Ahora que tiene tiempo de reparar bien en ella, Caleb se da cuenta de la cantidad de cicatrices nuevas que tiene a la vista y se imagina las que debe de haber bajo la ropa.

Aprieta los labios, frustrado, incapaz de evitar el ramalazo de culpa en el fondo del estómago que le recuerda que fue él quien le permitió que se quedara atrás.

Si no lo hubiera hecho, si la hubiera convencido de regresar a Odelia en cuanto pudo…

No. No le sirve de nada pensar así. Quizá Odelia tampoco habría sido seguro para ella. Derek murió allí. Ishtar ya no está con ellos. A él se le ha concedido un periodo de gracia que todavía está a tiempo de no poder cumplir.

Doce años. Doce años. Doce años.

No ha dejado de pensar en ello desde que Darien se lo dijo.

Es él quien se aleja un poco de Caleb y se coloca un mechón de pelo tras la oreja, avergonzado.

—No sé si es momento de presentaciones, pero yo soy Darien. He… He escuchado hablar mucho de ti, Dyne.

Ella tuerce una sonrisa y le lanza una mirada divertida a su amigo.

—Creo que no tanto como yo de ti.

Caleb carraspea. Se siente súbitamente pequeño, de nuevo el niño que esa mujer rescató del bosque. Aun así, se alegra de escucharla y comprobar que, pese a lo quebrado que está su cuerpo, el cautiverio no ha conseguido mellar su espíritu.

—Ya habrá tiempo para hablar. Será mejor que te saquemos esos grilletes y busquemos un lugar seguro en el que refugiarnos antes de que…

No le da tiempo a terminar esa frase.

Antes de que pueda hacerlo, el mundo empieza a temblar.