Lilith
LILITH
Lo único que necesitan los necromantes para poder cruzar la muralla es mantenerse cerca de ella.
Toda la Hermandad Celestial conoce ya el rostro de la santa y, cuando los guardias de las puertas se dan cuenta de que lleva a Eunomia con ella, ni siquiera le piden ver el medallón o que un sensible lo toque para saber si realmente se trata de ella.
Después, lo único que tiene que decir es:
—Vienen conmigo.
La pareja de guardias les deja pasar con una inclinación de cabeza y sin apartar los ojos de ella.
Lilith se aprovecha de lo deslumbrados que están, de los murmullos de admiración y de los rumores a los que se hizo inmune durante su estancia en el ejército, y el pequeño grupo entra en la ciudad.
Caminan en silencio durante un par de minutos, tensos mientras observan las calles casi desiertas.
El mediodía está cerca y, si recuerda bien su visión, ese era el momento en el que ella se abría paso por la plaza: cuando el sol estaba en su punto más alto.
La santa se vuelve hacia sus acompañantes después de asegurarse de que nadie los sigue. No han hablado de lo que va a pasar a continuación: ni ellos han querido compartir los detalles ni ella ha querido preguntar.
—¿Y ahora?
—Ahora cumples tu parte del trato —apunta Caleb, al tiempo que se baja la capucha—. Consíguenos un poco de tiempo, nosotros nos encargaremos del resto.
—Va a haber mucha gente en la plaza —les advierte—. Más que el día que asaltasteis la basílica. Esto no puede afectar al pueblo, así que vais a tener que ser precavidos y…
Derek la interrumpe resoplando bajo su capucha. Ha escondido la mano bajo la ropa para que nadie vea esos tatuajes que parecen tener vida propia.
—No somos celestiales, santa. No pretendemos empezar una guerra, sino salvar a nuestra compañera.
Lilith frunce el ceño. Le gustaría responderle que la guerra la empezaron el día en que ellos mismos asaltaron la boda de la princesa, pero se contiene porque la primera campanada de la Torre del Reloj repica por encima de sus cabezas.
No hay más tiempo. Tiene que ponerse en marcha.
—Suerte —les dice.
La segunda nota se mantiene en el aire durante una eternidad, justo cuando Darien encuentra su mirada. Pese a la determinación que ve en la expresión de su primo, es evidente que también está preocupado. Por sus compañeros, pero también por ella.
—Ten cuidado.
Sabe que no se refiere a lo que va a ocurrir en la plaza.
Sabe que habla de la muralla, de esa amenaza que pende sobre sus cabezas.
Lilith mira hacia ellas un instante, recuerda las brechas, recuerda el caos que se avecina, y por eso se apresura a acercarse a su primo y darle un abrazo.
No quiere volver a perder la oportunidad de un último abrazo nunca más.
Con la cuarta campanada, Lilith se marcha corriendo.
El entramado de calles le es conocido y es sencillo orientarse porque la basílica y el castillo son los edificios más altos de toda Erela; solo necesita alzar la cabeza y observar por encima de los tejados de las casas.
Con la décima campanada, empieza a oír el murmullo bajo de la gente, como el zumbido de las abejas alrededor de una colmena.
La llegada del mediodía le resuena en los huesos al tiempo que termina de subir unas escaleras y llega a una de las calles que conducen directamente a la plaza.
Ve a la gente que se desborda fuera de sus límites, una muralla de espaldas que le impide avanzar, y también a quienes asoman medio cuerpo desde los balcones para poder otear sobre las cabezas del resto.
Ante todo el gentío se ha dispuesto un estrado, justo delante de las escaleras de la basílica, rodeado por los miembros de la Guardia Celestial.
Es fácil reconocerlos por sus uniformes blancos, igual que es fácil reconocer a Ammarah en cuanto sube al patíbulo, con su vestido de marfil destacando contra su piel morena.
Noah Leniz avanza unos pasos por detrás de ella y Lilith se da cuenta en ese instante de que no recuerda haber visto a su madre en su visión, aunque está segura de que ese es el tipo de acto que le encantaría liderar, como hizo durante el anuncio de la Purificación.
Es extraño que no esté, pero solo se permite pensar en ella un segundo antes de recordar que tiene que moverse, rápido.
La vibración de la última campanada todavía le resuena en los oídos cuando encuentra el hueco que separa los brazos de dos hombres y mete el hombro entre ellos.
—¡Eh!
—¿A dónde te crees que vas?
Una mano de dedos enormes intenta asirla de un hombro y ella se revuelve antes de lanzar una mirada envenenada hacia atrás, a un hombre que la observa con la boca entreabierta y que, como si la hubiera reconocido, le muestra las palmas con una expresión de susto.
—No era mi…
Lilith no se queda a escuchar el resto de la frase. Por encima de sus intentos de seguir avanzando, escucha la voz de Ammarah:
—Querido pueblo de Daiva. —El gentío contiene la respiración para atender a su soberana—. Hoy, por fin, después de algunos de los meses más complicados de nuestra historia, recuperamos nuestra preciada basílica y, con ella, volvemos a estar un poco más cerca de Destino.
La santa sigue avanzando con los dientes apretados y una mano alrededor de la empuñadura de Eunomia, que duerme ajena a todo. Le empieza a faltar el aire, ese aire viciado, húmedo, agrio por el olor a sudor, a tierra. Odia sentir los cuerpos que se apiñan a su alrededor.
—La era que comenzó con el asalto ha sido oscura y terrible, llena de retos que nunca pensamos que tendríamos que enfrentar —continúa Ammarah—.
Yo nunca pensé que perdería a mi padre, vuestro rey, tan temprano.
Jamás imaginé que mi prometido, siempre leal, pondría en marcha el Amuleto del Tiempo y nos condenaría a todos.
Hoy, sin embargo, no estamos aquí para recordar toda la pena que trajo consigo la destrucción de la basílica, sino para verla renacer, y quizá renacer nosotros con ella.
Sé que han sido tiempos de terror, pero es mi deseo que estos tiempos acaben hoy.
—Habla como si ella no nos hubiera aterrorizado también —escucha Lilith que dice una mujer a su izquierda—. Como si no nos hubiera obligado a…
La joven que está a su lado la hace callar.
—No digas eso —le susurra, ansiosa, mientras se asegura de que nadie las esté mirando.
Lilith finge que no ha escuchado nada y se desliza al lado de un hombre que carga una niña a hombros.
—Como estoy segura de que muchos sabréis, he pedido que las tropas se retiren.
Ya están volviendo a casa y confío en que pronto podáis recibir a los vuestros con los brazos abiertos.
De igual modo, es mi deseo velar por la seguridad de este reino, pero quizá aislarnos y expulsar a los nuestros al ver enemigos donde jamás los hubo, nunca fuera la solución para ello.
Ammarah hace una pausa que queda puntuada por los «¿Ahora?
», «¿Y si nos atacan?» y algún «Al fin ha entrado en razón» que acompañan a Lilith mientras se abre paso a empujones, tan confusa como aliviada.
Esa Ammarah suena más a la que conocía antes de marcharse de Daiva por primera vez, en lugar de a la muchacha perdida que se encontró cuando volvió.
—Debéis saber que todas las decisiones que se han tomado en los últimos tiempos han sido pensando en vuestra seguridad.
Nada he deseado más desde que me pusieron esta corona en las manos que ser una reina en la que pudierais confiar, pero en el proceso de convertirme en ella he dejado que otras personas me convencieran de cómo actuar, de qué decisiones debía tomar, de qué era lo mejor para mí, más allá de vosotros. Por ello, me arrepiento.
—Está hablando de la Suma Celestial.
—Dicen que la ha encarcelado.
—Mi hijo me contó que la ha acusado de traición.
—¿Es verdad que el nuevo Ojo de la Muralla también ha muerto?
Es difícil seguir todos los comentarios.
Lilith nota que las palabras empiezan a resbalarle por la piel, igual que el sudor que le perla la frente y le humedece la ropa.
No entiende qué está pasando y empieza a pensar que se ha equivocado en algo, que en algún punto las calles que ha tomado la han apartado de su verdadero destino.
Quizá esa no sea Erela, solo una copia de la ciudad.
Quizá ha terminado en un nido de demonios y todo lo que ve es solo una retorcida manera de tentarla.
Quizá, cuando llegue al frente (casi está, casi), Ammarah se convertirá en un demonio y le pedirá su corazón.
Pero la mujer que aguarda frente a la basílica parece la misma de siempre.
Su medallón está entero alrededor de su cuello, tan brillante como la corona, como la red de oro con la que recoge sus cabellos.
Junto a ella, Noah Leniz no está sorprendido, como si ya supiera de antemano que iba a hacer todas esas confesiones.
—En vez de juzgar a quienes no habían cometido delito alguno, debería haberme concentrado en mirar a mi alrededor y comprobar quiénes sí merecían un castigo. Por eso también estamos aquí hoy.
Dos guardias suben entonces al escenario, cargando con la prisionera que vio en sus sueños.
Los grilletes apenas le permiten mover las piernas, así que sus pasos son cortos y arrastra los pies por el suelo.
Le han puesto una túnica blanca de manga larga, sin adornos, que le cae holgada y la hace parecer muy delgada, diminuta.
La tela esconde su cuerpo excepto por las manos mutiladas, donde los tatuajes puntean los muñones de tres dedos, y el rostro herido, donde las hojas blancas cubren la piel tierna de las cicatrices recién formadas.
La santa tiene todavía unos pasos más por delante, pero está segura de que, en ese momento, en algún lugar, ocultos todavía, los necromantes están haciendo un esfuerzo sobrehumano para no adelantarse y salvar a su compañera.
—La necromante Dyne está acusada de usurpar la identidad de una de las nuestras, de mi intento de asesinato y del homicidio de varias personas, entre ellas mis queridos tíos. Ha robado, ha mentido. Y, en su momento, participó en el asalto y la destrucción de esta basílica.
La acusada no hace amago de defenderse. Permanece ahí, de pie, con el rostro demasiado tranquilo para alguien capaz de cometer tantos delitos. La mujer ni siquiera le recuerda a Caleb, que por lo general tan solo resulta serio e inexpresivo. Ella parece verdaderamente relajada, sin asomo de culpa.
Por primera vez desde que se metió entre la muchedumbre, Lilith se detiene.
Está a solo dos filas del frente, pero de golpe siente que no tiene las fuerzas necesarias para cumplir con su parte del trato.
No después de escuchar los cargos. ¿Esta mujer ha intentado matar a Ammarah?
¿Ha asesinado a sus tíos? Pensó que solo se trataba de una víctima colateral.
Pensó que quizá había estado infiltrada, espiando, pero que no había llegado a hacer nada en contra de la reina.
¿Cómo va a defender eso? ¿Cómo va a permitir que escape?
Un nudo empieza a apretarle el cuello, como si la cadena de su medallón fuera cada vez más corta.
Mientras, a su alrededor, los daivenses gritan, piden justicia, insultan a la necromante, la abuchean.
—Es por ello que hoy se la condena a muerte —concluye la reina—. Como pago por los caídos. Como símbolo para los criminales que intenten atentar con nuestra paz. Destino no perdonará a los pecadores.
Uno de los guardias se acerca a la criminal, a quien obligan a arrodillarse.
Ella se deja mover como una muñeca, sin oponer resistencia, sin mostrar arrepentimiento.
Cierra los ojos con tranquilidad, preparada para recibir a su diosa, quizá pensando en cuál va a ser su último deseo.
Ammarah baja la cabeza, negándose a mirar, y Lilith aprieta los dedos alrededor de la empuñadura de Eunomia.
Quizá esa necromante no se merezca que la salven, pero ella tampoco, y sigue ahí.
Los caídos no van a volver aunque maten a esa mujer.
Los brujos, los necromantes y los celestiales que murieron en la Purificación no van a revivir, Nadra no va a revivir.
Los que fallecieron en la basílica tampoco regresarán.
A ellos no les importa ese acto de violencia.
Adam nunca habría querido que otros pagaran por su muerte.
Adam sería el primero en horrorizarse si estuviera allí, el primero en apartar la vista, en apretar los puños, en odiar las voces que se alzan más y más, pidiendo sangre, pidiendo muerte, pidiendo venganza en nombre de los muertos.
—Deteneos.
La santa solo quiere hacerse ver. Solo quiere hacerse oír. Solo quiere que la gente calle, que por un momento todo el mundo olvide su desprecio, su rabia.
—Deteneos —repite.
Quiere que la gente se aleje un poco, escuchar sus propios pensamientos, salir de la multitud, respirar.
Eunomia sigue en su mano y ella nota el momento en el que su ojo se abre, en el que pronuncia su nombre, y sabe que ella también quiere salir, que su vaina le aprieta como una soga, y la llama y la llama y…
—¡¡¡Deteneos!!!
Su grito trae la calma, un silencio que le late en los oídos, que llena el mundo.
O quizá no sea su grito. Quizá sea que ha desenvainado a Eunomia, que la ha alzado al cielo y ahora su ojo abierto estudia a la multitud.
El acero vuelve a brillar como el día en que la sacó del pecho de Caleb; la luz blanca se derrama sobre los presentes como la de una estrella que se ha asomado demasiado al cielo nocturno.
Es un sol en miniatura, cálido, inofensivo.
La gente que la rodea se aleja, dándole ese espacio que necesitaba para respirar, y la observa con los ojos muy abiertos.
El público se deja deslumbrar por Eunomia, se deja bañar por su destello.
Algunos fieles caen al suelo de rodillas con expresiones de adoración.
Alguien, desde la multitud, rompe esa quietud de la idolatría y grita:
—¡Es la santa!
La ola de voces que sigue a esa primera exclamación no es como la que se escuchaba hace un minuto. Es callada, respetuosa. Repiten el título, lo mezclan con su nombre, con el de Eunomia, con bendiciones de todo tipo.
Desde el cadalso, los guardias la observan con sorpresa. Ammarah, por su parte, tiene los labios entreabiertos, las manos cruzadas de pronto sobre su corazón, como si intentara protegerlo de esa luz divina. La santa baja la espada. La reina da un paso hacia delante, tambaleándose.
—¿Lilith…?
La prisionera ha entreabierto los ojos, quizá deslumbrada, pero su mirada solo se detiene un momento en la santa, antes de dirigirse hacia el cielo.
No. Hacia el tejado de la basílica.
Su expresión se altera por fin cuando abre mucho los ojos.
—Majestad —anuncia la santa, hincando una rodilla en el suelo—. Os traigo un mensaje de Destino.
Y como si su frase fuera una señal, se desata el caos.