Darien
DARIEN
Tras la muerte de Ishtar, Darien descubre que el sentimiento que empieza donde acaba la melancolía es la rabia.
Comenzó con la marcha de Nathan. Minutos antes, en su corazón solo había podido albergar una de las penas más grandes que había probado nunca, pero cuando Caleb, Derek y él volvieron a las ruinas de la torre después de enterrar a Ishtar y se encontró a Lilith allí sola, sentada al lado de la hoguera avivada como si se estuviera helando de frío, la tristeza comenzó a mutar.
Ella fue quien le dio la noticia:
—Se ha ido. Y se ha llevado a Dysnomia.
Darien podría haber llorado en ese momento, pero las lágrimas se le habían acabado mientras veía a su mejor amiga convertirse en raíces y flores.
Podría haberse apresurado a buscarlo para obligarlo al menos a despedirse, pero se dio cuenta justo después de que la última conversación que había tenido con él había sido justo eso, una despedida.
Le había consolado, le había prestado su apoyo y le había hecho sentir comprendido, como si compartieran una carga similar, y después se había marchado.
Sin embargo, eso no fue lo que peor le pareció.
Lo que consiguió enfurecerlo fue que se hubiera llevado consigo la espada.
De la manera más irracional, su mente decidió centrarse en ese detalle, como si hubiera sido lo más injusto que Nathan había hecho desde que lo conocía.
Aquella había sido la espada de Ishtar, incluso si ella nunca la había querido.
Ella había sido quien la había recuperado de las entrañas de Caleb, así que le pertenecía.
Aunque solo otro brujo pudiera empuñarla, tendría que haberla dejado atrás, con ella.
Si iba a irse, si iba a abandonarlos de esa manera, entonces al menos tendría que haber permitido que enterraran aquella arma junto a la princesa.
La habrían dejado en sus manos, como un símbolo de valentía, de ferocidad, aunque ella nunca hubiera sido esgrimista.
De esa manera, Dysnomia se habría hundido en la tierra como una extensión más de su cuerpo, oculta para siempre del resto del mundo.
El árbol que había nacido de su amiga habría rodeado el acero con sus raíces, se habría vuelto eterno y lo habría custodiado para que nadie pudiera volver a reclamarlo.
Nathan, sin embargo, se lo estaba llevando directamente a Astrey, a luchar por y para el Amuleto del Tiempo, como si no hubiera aprendido nada del pasado.
En lugar de ayudarlos a destruirlo, había decidido preservarlo.
Le pareció tan absurdo, tan irracional, tan injusto, que agarró el puñal de Muerte y lo lanzó contra un árbol, donde se clavó con firmeza.
Por primera vez en su vida, Darien se imaginó que ese era un ataque contra aquel antiguo amigo al que nunca había querido enfrentarse y que, sin embargo, había decidido volverse contra ellos.
Al principio creyó que Lilith también estaría furiosa.
Estaba seguro de que en ella podría encontrar la misma ira fría que la había acompañado desde el incidente de la basílica, pero durante las siguientes horas, mientras emprendían el camino, su prima solo se mantuvo callada y un poco ausente.
Sintió que eso también estaba mal. Que, de pronto, se habían intercambiado los papeles.
Que era otra muestra más de lo mucho que habían cambiado los dos.
—¿No estás enfadada? —le preguntó aquella noche, junto al fuego.
Esperaba que dijera que sí. Quería que lo mirara y, con el rostro serio y los labios apretados, confesase que nunca había dejado de estarlo. En lugar de eso, su prima lo observó con algo parecido a la sorpresa y, después, bajó la vista a sus propios pies.
—No. Creo que ahora solo estoy triste.
—Pero nos ha abandonado —protestó él, frustrado—. Se supone que éramos sus amigos y ha preferido marcharse con el brujo que lo usó. Prefiere ser nuestro enemigo. ¿Qué sentido tiene eso? Tenía que haberse quedado. Tenía que… que…
Tenía que haberlos elegido. Tenían que haberse elegido, los tres, todo el tiempo, y quizá así las cosas habrían sido muy diferentes. Quizá se hubieran salvado.
Lilith torció una sonrisa. Le recordó al tipo de gesto que solía esbozar Nathan, igual de irónico.
—A lo mejor ya no podemos reducirlo todo a «amigo» o «enemigo». Es más complicado que eso, ¿no? Tú deberías saberlo mejor que nadie.
Darien siguió la mirada de su prima. Caleb dormía unos pasos más allá, rendido, mientras que Derek tan solo observaba las llamas de la hoguera, ajeno a la conversación.
En general, parecía ajeno a todo. Las últimas palabras que le había escuchado pronunciar habían sido para Ishtar.
Tras el entierro, tras unirse a los silbidos que tanto Caleb y él emitieron para convertir la carne en vegetación como si siguiera siendo un necromante más, tan solo se acercó al tronco que había resultado, puso una mano sobre él y murmuró: «Vendré a verte. Espérame».
Tanto Caleb como él fingieron no ver el beso que dejó sobre la corteza.
Le resultó muy injusto que Lilith comparara a Nathan con ellos y, al mismo tiempo, lo entendió. Se sintió desarmado, pero también con demasiada rabia dentro todavía como para rendirse.
—¿No lo odias, entonces?
—Un poco, supongo. No lo suficiente.
—¿Estás enamorada de él?
Su réplica los sorprendió a ambos. Aunque hasta el momento Lilith había estado tranquila, dio un respingo y se giró hacia él con los ojos muy abiertos, incrédula.
Darien tragó saliva. No sabía de dónde había salido eso.
Supuso que del enfado, como todo lo demás, y por eso la pregunta había sonado más bien a acusación.
Aun así, no la retiró, quizá porque sentía verdadera curiosidad al respecto.
Porque a veces le había parecido que era así, como cuando le robó aquel recuerdo durante su enfrentamiento en las montañas, y otras, sobre todo ahora que él mismo sabía lo que era amar a alguien, lo dudaba.
Lilith tardó en responder. Lo miró como si la idea ni siquiera se le hubiera pasado por la cabeza y de pronto él la hubiera obligado a planteársela.
Al final, volvió la vista a la hoguera.
—No lo creo —murmuró. Y, después, con un suspiro, admitió—: No lo sé.
No sé si soy capaz de entender el tipo de amor que sientes tú por Caleb o el que sentía Nathan por Adam.
—Se encogió de hombros, en una disculpa muda—.
No creo que importe. Lo que sí sé es que lo voy a querer siempre.
Incluso en los momentos en los que lo odio, lo quiero, y sé que él tampoco ha dejado de quererme a mí ni un solo día y eso…
eso me alegra, aunque las cosas hayan acabado así.
Por primera vez, me parece suficiente. Antes quería ser la persona más importante del mundo para él, pero eso solo era porque Nathan era exactamente eso para mí, porque sentía que solo él me comprendía del todo.
Creo… Creo que en el fondo solo tenía miedo de no poder quererme a mí misma si él no me quería primero.
Y me he dado cuenta de lo injusto que es eso. Para Nathan, pero también para mí.
Darien tragó saliva, sin saber qué decir.
Ni siquiera estaba seguro de si alguna vez había escuchado a su prima hablar tanto rato de sí misma, de una manera tan honesta.
Tan vulnerable. Cuando lo miró, ella misma parecía no saber qué hacer con todas las palabras que se le habían escurrido de los labios.
Nunca la había visto más necesitada de un gesto de cariño, así que se apresuró a extender la mano hacia la suya.
La sintió más lejos de lo que le habría gustado, pero se alegró de poder notar el apretón de sus dedos contra los suyos.
—Entiendo.
Al menos un poco. Pese a que una parte de él deseaba volcar sobre Nathan todo el sentimiento de injusticia que llevaba dentro, él también seguía queriéndolo.
Quizá por eso su marcha dolía tanto. Quizá por eso no podía dejar de recordar la manera en la que se había mantenido cerca mientras él velaba a Caleb, la manera en la que le había hablado para obligarlo a reaccionar.
«Tienes doce años por delante, Darien. No los desaproveches perdiéndote en el pasado».
De las cosas que más odia de Nathan es que tuviera razón.
Odia saber que va a recordar su última conversación mientras viva, odia ser consciente de que tiene una oportunidad que Adam y él nunca tuvieron.
Aun así, eso no significa que el coste sea fácil de sobrellevar.
La maldición de Destino ya ha empezado a extenderse en silencio por su cuerpo, arrebatándole el tacto poco a poco.
Nace de las puntas de los dedos, que se le vuelven insensibles, como si las hubiera metido en agua fría durante demasiado tiempo, pero sabe que seguirá avanzando.
Ahora, cuando alguien lo toca, tarda unos instantes en reaccionar, como si hubiera perdido reflejos, y sabe que pronto comenzará a encontrar dificultades en lo que antes daba por hecho.
El frío y el calor empiezan a ser conceptos cada vez más lejanos y teme el momento en el que le afecte al equilibrio.
Al mismo tiempo, supone que la nueva magia que le corre por las venas le servirá para compensar parte de la pérdida.
Al fin y al cabo, su poder es exacto y le permite percibir todo lo que lo rodea de una manera completamente diferente a como lo hacía.
Ahora, por ejemplo, el Sacro Reino consigue marearlo.
Ni siquiera han llegado todavía, pero nota toda la energía que se desprende de las murallas incluso a la distancia en la que se encuentran, a menos de una hora de viaje.
La piedra emana poder, una presencia parecida a la de Eunomia, que Lilith lleva ahora colgada de la cintura, pero lo peor viene de dentro.
Mientras que durante esos días rodeado de bosque se ha habituado a la cadencia de la naturaleza, a la suave energía de las plantas y las idas y venidas de los animales, la ciudad parece mucho más intensa.
Darien percibe la energía de los habitantes de Daiva, sus voces, sus corazones, sus respiraciones, la manera en la que se mueven, los sonidos que hacen, todo a la vez, como una marea de la que quiere huir y al mismo tiempo lo arrastra hacia dentro.
Erela palpita y él, por primera vez, siente rechazo por sus latidos.
De pronto es consciente de por qué los fieles de Muerte viven apartados en sus pequeñas comunidades o por qué Caleb le dijo que no le gustaba demasiado la ciudad cuando llegaron a Damira.
Todavía no han llegado y ya hay demasiado ruido, demasiados estímulos, demasiada…
Tarda en darse cuenta de que Caleb tiene las manos sobre sus hombros y que sin su ayuda quizá no podría mantenerse en pie. Ya le había advertido de que esto podía pasar, de que los primeros días como necromante podían ser complicados.
—¿Estás bien? —Darien asiente, aunque es un gesto más instintivo que consciente—. Intenta hacer lo que hemos practicado. Concéntrate solo en mí.
En su corazón. El chico traga saliva y cierra los ojos, se esfuerza en encontrarlo, en separar sus latidos de la madeja de sonidos y sensaciones que le satura la cabeza.
Lo ubica con más facilidad que la primera vez que lo intentó, porque ya conoce su cadencia, y se aferra a ella.
Por un momento, lo nota bajo su propia piel, en la punta de los dedos, en las palmas, en los labios.
Se le escapa un suspiro de alivio en el momento en el que ese único sonido, ese pulso tranquilo que mide los segundos mejor que cualquier reloj, se convierte en el centro de su universo y apaga el resto de distracciones.
Gracias a eso vuelve a sentir el suelo bajo sus pies y sus propios pensamientos.
—¿Mejor? —Esta vez, cuando Darien asiente es porque es cierto. Aun así, Caleb no se relaja del todo—. Si no te sientes bien, podrías…
—Ni se te ocurra terminar esa frase.
Su pareja suspira, pero tiene que ser consciente de que no tiene sentido intentar mantenerlo al margen.
No va a quedarse atrás. No va a dejarlo solo.
Puede que esté vulnerable, pero no es el único.
Caleb ahora es mortal y, por mucho que la sharada parezca contenida por el momento, es obvio que, como mínimo, ahora se cansa con mucha más facilidad.
Del mismo modo que Darien tiene que acostumbrarse a sus nuevos sentidos, él ha tenido que pasar los últimos días redescubriendo lo que es un cuerpo simplemente humano, con sus limitaciones y sus necesidades.
—¿Preparados?
Ambos se giran hacia Derek, no sin cierta sorpresa.
No sabe si ha hablado con Caleb, pero es lo primero que Darien le escucha decir en dos días.
Él también tiene sus propias dificultades: tras el entierro de Ishtar decidieron diseñar un cabestrillo con un trozo de tela para que le fuera más fácil lidiar con la inmovilidad del brazo izquierdo, pero el tatuaje ha seguido extendiéndose por su piel y ha empezado a provocarle una ligera cojera en la pierna.
Aun así, es obvio que ni siquiera se plantea mantenerse al margen.
Probablemente él sea quien más ansioso está por llegar a las murallas, para asegurarse de que Dyne está viva, de que el sacrificio de la princesa de Odelia todavía puede tener algo de sentido.
Debe de estar deseando abrazar a su amiga y llorar entre sus brazos todo lo que todavía no ha vuelto a llorar.
Lilith, unos pasos por delante, se vuelve hacia ellos también. Tiene la mano sobre la empuñadura de Eunomia y la mirada determinada. A Darien le parece que un rayo de sol arranca un destello extraño a su frente, como si sobre su piel hubiera caído una estrella.
—Acabemos con esto.