La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Dyne
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Dyne

DYNE

El día en el que la van a ejecutar, a Dyne la sacan de su celda antes incluso de que amanezca.

Le ponen grilletes en muñecas y tobillos y la inmovilizan entre varios guardias con tanta fuerza que le hacen daño en los brazos.

Le sorprende lo temprano que es, porque le habían dado a entender que su muerte sería al mediodía, pero sobre todo le sorprende el lugar al que la llevan.

Comienza a sentir la vida antes incluso de que esta la rodee por todas partes, en cada flor y en cada planta, en cada árbol y en cada fruto maduro que está a punto de caer de las ramas.

Dyne respira al mismo tiempo que lo hace el jardín de palacio, se llena de aire como si hubiera pasado años sin él.

Encerrada en las mazmorras, ajena a cualquier tipo de naturaleza, le había parecido que era así, que se estaba quedando poco a poco sin oxígeno, pero ahora siente que lo recupera todo de golpe.

Se llena los pulmones con una respiración, los ojos con la imagen del rocío sobre los pétalos abiertos.

Casi sonríe. Casi. Aunque no sabe si es por la visión de los jardines de palacio, tan magníficos, o por la energía familiar que siente acercándose a su espalda.

Los guardias la obligan a arrodillarse en el suelo de un empellón, pero Dyne ni siquiera intenta resistirse.

No se queja, ni siquiera cuando siente el filo de una espada amenazando su cuello, a la espera de cualquier movimiento en falso.

—Sabes que traerme a un jardín es una temeridad, ¿no? Podría mataros a todos sin parpadear.

—Mentira.

A Dyne se le escapa una risa antes de alzar la mirada y observar a Ammarah ante ella, bajo la luz pálida del amanecer.

La reina del Sacro Reino lleva un vestido sencillo, ninguna joya encima y el pelo blanco suelto.

En esos momentos, como en todas las veces anteriores que han recorrido juntas ese jardín, le parece una muchacha más, no la reina que le ha tocado ser.

Tiene aspecto de haber dormido poco, quizá no solo esa noche, sino durante varias.

Puede que no descanse desde que mandó encarcelar a la Suma Celestial, algo que ocurrió hace días.

Llevaba sin verla desde antes de que eso pasara, pese a que ha deseado preguntarle cada día desde entonces qué ha ocurrido, qué ha hecho esa mujer para que por fin se haya dado cuenta de que nunca fue su aliada.

Aunque la celestial no ha dejado de montar escándalo cada uno de los días que ha estado encerrada, y aunque es obvio que algunos guardias la tratan con más deferencia de la debida y le llevan agua y comida en cuanto ella lo solicita, nadie ha sido tan osado como para liberarla.

Al menos, todavía.

—Lo digo en serio: solo necesito utilizar alguna de estas plantas. Esto es muy arriesgado. Podríais terminar ensartados por rosales en cualquier momento.

Los guardias se tensan a su espalda, su energía se altera, el filo que siente contra su cuello se aprieta un poco más contra la carne. Ammarah, sin embargo, tan solo resopla, como si la sacara de quicio.

—Mentira —repite.

—Estás preciosa.

La reina de los celestiales da un respingo antes de apartar la vista, tan avergonzada que ni siquiera tiene el valor de señalar que esa es la verdad, aunque debe de saberlo.

Carraspea, con toda su entereza perdida solo con ese comentario, y Dyne tiene que apretar los labios para no reírse.

No quiere que piense que se está burlando de ella, porque ahora no lo está haciendo.

Le apena no haber tenido más oportunidades de hacerla avergonzar.

En realidad, le apenan muchas cosas, ahora que está a punto de morir, y varias de ellas tienen que ver con esa muchacha.

No siente haber matado a su sirvienta, tampoco a sus tíos.

No siente haber destrozado la basílica ni haber intentado secuestrar a su prometido.

Sus remordimientos son mucho más sencillos, más egoístas.

Lamenta no haberle mostrado su verdadera personalidad desde mucho antes, lamenta no haberla halagado un poco más, lamenta no haber podido pasear a su lado por ese jardín contándole mentiras que la reina pudiera reconocer en lugar de medias verdades en las que ella podía esconderse.

Supone que la celestial también tiene sus propios asuntos de los que arrepentirse, aunque no debería lamentar nada de lo que ha hecho con ella. La encarceló porque se lo merecía, porque se había manchado las manos con la sangre de su familia. La ha condenado porque es lo que tenía que hacer.

—¿Qué hacemos aquí, Ammarah?

La soberana respira hondo antes de volver a fijarse en ella. Recupera algo de su serenidad y observa a los guardias antes de clavar los ojos en los suyos. Sus manos se aprietan un poco sobre su falda.

—He decidido perdonar todos tus pecados. Te he traído a este jardín porque he estado meditando y he decidido liberarte de tu condena. No te la mereces.

Dyne extiende su sonrisa.

—Mentira.

Ammarah aprieta los labios. A la necromante le gustaría que fuera uno de esos gestos que hace para esconder su propia diversión cuando la considera inadecuada, pero en este caso es más bien un signo de lástima. Como si en el fondo quisiera que esa fuera la verdad.

—Te equivocaste con la Suma Celestial. Me alegro de no haberte escuchado nunca, ni sobre ella ni sobre todo lo demás. La Purificación. Mi reinado. Estabas equivocada. Siempre has estado equivocada.

Esta vez incluso Dyne tiene dificultades para seguir sonriendo.

Se le hace un nudo en la garganta porque siente la impotencia y la frustración en su voz, así que no se atreve a decir que sabe que eso también es mentira.

De nuevo, quiere preguntar, quiere saber qué ha ocurrido o qué va a ocurrir, pero no se ve capaz de interrumpirla.

Ammarah toma aire y da un paso hacia delante, hacia ella, de tal manera que Dyne tiene que alzar un poco más la cabeza para poder seguir mirándola a los ojos, ansiosa por escuchar su verdad. La última. La que va a decirle con esa mirada triste, brillante, llena de pena.

—Odio haberte conocido, Dyne.

La necromante deja escapar una risa entrecortada.

Es una verdad que escuece, agridulce. No tiene ninguna duda de que es cierto, pero tampoco de todo lo que se esconde tras esas palabras.

No se refiere solo a que sus caminos se hayan cruzado, sino a haber descubierto quién es, porque todo sería mucho más sencillo si no hubiera sido así.

Por eso ha usado su nombre, está segura.

Es la primera vez que lo pronuncia y no haber tenido tiempo de escucharlo más de su boca se convierte de inmediato en otro remordimiento más.

—Yo también odio haberte conocido, Ammarah.

Si no lo hubiera hecho, habría sido solo una vida más, tan fácil de aplastar como las flores que tienen a su alrededor.

Ambas lo saben. La reina de los celestiales parpadea y parece a punto de llorar, pero no derrama ni una sola lágrima.

Dyne tampoco. El sol la ciega un instante, cuando comienza a salir, justo a la espalda de la soberana.

Dyne nunca ha creído en santos, nunca ha sentido interés por los celestiales y siempre ha ignorado a cualquier dios que no fuera Muerte, pero ahí, en ese jardín, mientras la luz se derrama sobre esa piel negra y esos cabellos blancos, le parece estar admirando a una Original.

La visión dura solo un segundo. Después, Ammarah se aparta y se pone justo a su lado, con la mirada fija en ese cielo que empieza a clarear.

—Disfruta de tu último amanecer —susurra la celestial.

Dyne traga saliva, siente un escalofrío que le baja por la espalda, pero no responde.

Han visto amanecer juntas más veces de las que puede contar, pero en esta ocasión se esfuerza por retener cada detalle, por percibir toda la vida que la rodea, por sentir que las dos forman parte de ella.

Si se concentra solo en sus energías, ni siquiera son tan distintas.

Las dos vibran igual. Respiran igual. Laten igual.

El sol alumbra un nuevo día.