Astrey #4
—Nathan, tú no lo sabes, pero si hoy estoy aquí es porque tu padre me salvó aquella noche.
Era… Era un buen hombre. No creo que quisiese que las cosas acabaran así.
No lo odio. Igual que no te odio a ti ni la idea de que seamos familia.
—Aunque duda, Astrey extiende la mano para cubrir la del muchacho y detener sus movimientos nerviosos.
Él se atreve a volver a mirarlo solo entonces y traga saliva, sobrecogido—.
Lo cierto es que me alegro de haberte encontrado aquel día, Nathan Tabiz.
El chico se muerde el labio y guarda silencio unos segundos antes de esbozar su sonrisa irónica, torcida, esa a la que Astrey sí que está más acostumbrado.
—Claro que te alegras. Tienes el Amuleto gracias a mí y es justo lo que querías, ¿no? De nada.
Astrey resopla, pero se relaja un poco. Supone que ambos van a encarar mejor esa situación con bromas, aunque sean tan retorcidas. Aun así, quizá porque no quiere dejar lugar a dudas, responde:
—Sabes que ahora no estoy hablando de eso.
Nathan baja la vista de nuevo, pero Astrey ve que la sonrisa se le ensancha un poco más, cambia y se convierte en un gesto un poco más tranquilo, más tierno.
—Sí. Lo sé.
El espíritu se siente tentado a sonreír también, aunque el demonio gruñe en su interior, desagradado por el sentimiento cálido que se le extiende por el pecho.
No le gusta que se acerque, no le gusta comprobar que el cariño que siente por ese chico es real, genuino, y que le hace feliz la idea de tener cerca a alguien de su familia, alguien que no va a darle la espalda, sino que ha vuelto a él pese a todo.
Aun así, también hay algo que le hace sentir culpable, sobre todo en esas circunstancias. Aunque le gustaría dejar la conversación ahí, o quizá hablar de Valerick, sabe que tiene una deuda con ese chico.
—No sé si voy a poder cumplir mi promesa —admite. Le cuesta mucho más de lo que le gustaría, pero Elira le ha enseñado la importancia de ser honesto con las personas que quiere mantener cerca—. Lo que te dijo la santa es cierto. Intenté recuperar a mi madre, pero…
La sonrisa de Nathan se pierde.
—¿Qué ha pasado?
—No conseguí que volviera a ser ella misma.
—Odia que el pecho le duela al tomar aire, odia el sentimiento de derrota que le sigue provocando.
Ya tendría que haberlo superado, pero algo vuelve a romperse en su interior cada vez que piensa en Linette.
Sus dedos rozan de manera distraída el anillo gracias al que siempre la lleva consigo—.
Y no tenía sentido tenerla así. No tenía sentido hacerla sufrir o sufrir yo cuando no me reconocía.
Era peligrosa y… Esa no era forma de vivir, Nathan.
El chico ha palidecido un poco y sus dedos buscan de manera instintiva el colgante en forma de estrella que ahora cuelga de su cuello. Se aferra a él igual que a veces se aferraba al Amuleto del Tiempo, como si en él pudiera encontrar una magia capaz de ayudarlo a combatir al resto del mundo.
Astrey toma aire. Se siente lo suficientemente responsable como para intentar darle alguna esperanza:
—Pero tal vez lo que queremos se pueda conseguir en un futuro.
Creo que todavía hay muchas cosas que no sabemos del Amuleto.
Y, si hay una forma, la encontraremos, Nathan.
Juntos, si tú quieres. —Se esfuerza en convocar una sonrisa para él, un poco más burlona, porque así es como se entienden—.
A menos, claro, que decidas usar a Dysnomia contra mí.
Nathan no llega a sonreír, pero deja caer la mirada sobre la espada de Caos. El filo descansa a su lado, apoyado contra la mesa en la que se han sentado. Tarda unos segundos más en responder, en volver a mirarlo, y cuando lo hace está serio, decidido.
—No tengo pensado usarla contra ti, pero quiero quedármela. Quizá la use para atravesar con ella a la Suma Celestial, igual que ella asesinó a Adam con Eunomia. Haced lo que queráis con el resto del Sacro Reino, pero su vida me pertenece.
«No deberías dejar que se la quede». Astrey se esfuerza para que nada en su rostro deje ver la protesta de su demonio. «Es un peligro. Podría volverse contra ti en cualquier momento».
Nathan Tabiz es un sujeto impulsivo, Portador, corrobora el Amuleto. He estado en sus manos, lo conozco. ¿De verdad vas a fiarte de él? ¿Y si algún día quiere recuperarme? ¿Y si te traiciona, como tu hermanastro traicionó a Iraides?
Astrey sacude la cabeza. No. Nathan no va a traicionarlo. Si quisiera hacerlo, ya ha tenido oportunidades.
—Es tuya —acepta Astrey—. Tú la has conseguido. Y tuya será también la vida de la Suma Celestial, si es lo que quieres. Tú también mereces venganza y justicia, Nathan.
El chico asiente, más frío, más severo.
—Van a intentar acabar con el Amuleto. Lilith, Darien, Caleb… Colaborarán para ir a por ti y, sobre todo, a por él. Creen que es el origen de todos los problemas de Evren y que la solución es destruirlo.
Ante eso, el espíritu casi siente ganas de echarse a reír.
Con calma, se recuesta en la silla que ocupa como si fuera un trono y roza el borde del Amuleto con los dedos.
No tiene miedo. Este podría ser el último obstáculo antes de su gran victoria.
Antes de que el mundo que siempre ha deseado pueda nacer.
—Pues que lo intenten. Pero primero tendrán que destruirme a mí.