Astrey #3
Pero Astrey no quiere hablar de eso. Prefiere distraerlo de la rabia (o quizá distraerse a sí mismo, o a su demonio, o al Amuleto, que le recuerdan que debería vengarse de la manera más atroz posible) y lo cierto es que hay algo que todavía no entiende.
—¿De dónde sacasteis las espadas? No nos lo has explicado.
Nathan da un respingo y lo observa, tomado por sorpresa. La rabia queda entonces sustituida por la inseguridad. Astrey enarca las cejas, sin entender por qué duda de repente.
—¿Qué ocurre? ¿Los dioses se presentaron ante vosotros para nombraros sus paladines?
Su comentario parece hacerle gracia a su pesar.
—Eso habría estado bien. Quizá podría haber tenido unas palabras con Destino entonces.
—Después, suspira y el asomo de sonrisa irónica que ha esbozado se vuelve a perder.
Baja la vista, incómodo, y se frota la nuca—.
No. Fue gracias al chico inmortal. El que usaste durante la Noche de las Bestias.
También nos encontramos con él, o más bien él nos encontró a nosotros y…
—Le cuesta varios intentos de abrir y cerrar la boca decidir cómo seguir—.
La cuestión es que él tenía las espadas.
Estaban dentro de su cuerpo. Por eso era inmortal. Y por eso, también, ha dejado de serlo.
«Y ahora no podrás volver a usarlo. Y es todo culpa de la bruja, porque ella lo dejó escapar».
El demonio de Astrey se encarga de volver a morder donde duele, pero él no deja que sus palabras calen demasiado hondo, porque está confuso.
Esa historia parece sacada de un cuento retorcido y, al mismo tiempo, supone que responde a las preguntas que Nilam y él se hicieron durante años, las mismas que él ha seguido haciéndose después de la muerte de su tío.
—¿Cómo…? ¿Sabes cómo llegaron hasta él?
La única respuesta que consigue es el silencio y eso, en sí mismo, supone que es una contestación. Nathan aprieta los labios, lo observa entre las pestañas como si no supiera bien cómo continuar.
—Fue un error. Mi madre y su padre… —Calla, suspira, aparta la vista al techo—. Nuestros padres tenían las espadas. Y, cuando nuestro padre intentó destruirlas, acabaron dentro de él.
Eso es suficiente para que Astrey comprenda su incomodidad. Para que abra un poco más los ojos, incrédulo, y por un momento se olvide incluso de esas armas de leyenda.
—¿ Vuestro padre?
—Somos hermanos. —Nathan frunce el ceño, como si la palabra le sonara extraña, y se encoge de hombros cuando lo mira de nuevo.
A partir de ese momento, habla rápido, quizá en un intento de ignorar la magnitud de lo que está diciendo—: Nacimos el mismo día, de la misma mujer.
Pero él se quedó con nuestro padre y nuestra madre me llevó al Sacro Reino con ella.
Mi madre… —Solo titubea entonces, cuando traga saliva—.
Mi madre murió en el parto. Pero mi padre la salvó.
La mirada del muchacho cae entonces sobre el Amuleto del Tiempo y eso es suficiente para terminar la historia. También es suficiente para que Astrey se sienta mareado.
—¿Tu padre era el antiguo Portador? ¿El que traicionó a Iraides?
Casi se atraganta con la pregunta. Nathan asiente y toma aire antes de decir:
—Se llamaba Valerick. Valerick Brynsen.
El mundo se queda quieto, aunque las manecillas del Amuleto no se han puesto en marcha.
O quizá el único que se quede muy quieto sea el espíritu, porque tiene la seguridad de que, a su alrededor, todo sigue: el sonido del agua contra el casco del barco, los crujidos de la madera combándose y asentándose, las voces que llegan del exterior.
Oye los pájaros, pasos lejanos. Escucha a Nathan repetir ese nombre, aunque está seguro de que no abre la boca, así que quizá ha salido de sus labios.
Quizá nadie lo haya dicho ni una sola vez. Quizá ha entendido mal.
Valerick estaba en el salón la noche en la que Iraides mató a Brynjart y a toda su estirpe.
Sacó de allí a su hermana pequeña, pero no la siguió.
Astrey siempre se ha preguntado por qué no la siguió.
Siempre se ha preguntado si lo condenó, si podría haber hecho algo, si tendría que haberse enganchado a su manga, decir que no saldría de allí sin él.
Había dado por hecho que había muerto allí, con todos los demás, pero ahora entiende que no.
Valerick no huyó porque sabía lo que ocurriría aquella noche, o al menos parte de ello.
Era consciente, como mínimo, de que su vida no acabaría esa noche.
Valerick, que siempre tenía una historia en los labios, envuelto en esa ternura que lo hacía sentir a salvo a su lado, le robó el Amuleto a la emperatriz, como si fuese uno más de aquellos héroes con demasiadas buenas intenciones, y salió del palacio. Vivió lejos de allí.
Tuvo dos hijos.
La certeza de que Nathan dice la verdad es lo que le hace despertar.
Eso y la crueldad que de pronto descubre en Nilam.
Su tío tenía que saber perfectamente quién era Caleb, de dónde venía, y nunca se lo dijo.
Vio que Astrey lo trataba como a un hermano y no lo corrigió.
No le confesó que en realidad era su sobrino, no el huérfano que pensaba.
Tampoco se lo dijo a Caleb, a pesar de que sabía lo desesperado que estaba por encontrar respuestas.
El suelo bajo sus pies se inclina y el espíritu está convencido de que se va a caer de la silla, de que se van a ir a pique, de que el río se los va a tragar.
De pronto entiende que Caleb pudiera escapar del palacio de Damira y se pregunta si ya sabía sus orígenes entonces.
¿Importa? Supone que no. Caleb ya no es nada para él.
Hace mucho que los hilos que los unían se rompieron. Hace mucho que son dos extraños.
En cambio, el chico ante él, ese que no dice nada, que aguarda con expresión tensa…
—¿Tú…?
Nathan le enseña las manos, como recordándole que está desarmado.
—No tengo ninguna intención de reclamar ningún derecho sobre Odelia —se apresura a decir—. El trono es tuyo, yo no lo quiero.
Pero a él ni siquiera se le había pasado por la cabeza. Astrey hace un mohín, aunque no puede culpar al chico por pensar que eso pueda ser lo único que le importe.
—No estaba pensando en nada parecido. Estaba pensando en que llevo años creyendo que Iraides me había arrebatado a toda mi familia, pero resulta que durante todo este tiempo he tenido a alguien de mi propia sangre mucho más cerca de lo que pensaba.
Esas palabras consiguen que Nathan se relaje un poco, aunque también lo hacen ver un poco más vulnerable. El chico aparta la vista hacia sus manos, jugando con ellas con cierto nerviosismo, igual que él suele jugar con sus anillos.
—No tienes que pensar en mí así si no quieres.
Yo no soy capaz de pensar en ese chico como mi hermano y…
—Aprieta los labios, dubitativo—. Soy consciente de que mi padre ayudó a que Iraides te lo quitara todo, así que quizá lo odies.
Quizá… Quizá odies que te haya contado todo esto.
Quizá te resulte extraño pensar que tú y yo…
Astrey no puede evitar el asomo de una sonrisa. A ese Nathan inquieto, más joven, casi tímido, tampoco había tenido oportunidad de verlo hasta ahora.