Astrey #2
El brujo intenta escapar de su mirada, pero es consciente de que no existe un sitio en todo Evren donde esconderse de ella.
Los dedos le pican con la necesidad de proteger ese objeto, igual que le pesa la lengua con todas las formas de defenderlo que se le ocurren.
Va a decir que ese es el precio por llevarlo, va a tratar de calmarla diciéndole que no es tan horrible.
Le gustaría ser capaz de explicarle que no se ha sentido tentado por él en ningún momento, pero entonces tendría que confesarle las cosas que le ha dicho, las maneras en las que ha intentado influir en sus acciones.
Elira va a saber, en cuanto abra la boca, que todo lo que pronuncie será un intento de excusar a esa voz, así que lo único que se le ocurre decir es:
—Suele callarse cuando estoy a tu lado.
Qué cosa tan estúpida que decir. Como si eso fuera a tranquilizarla. Como si eso no sonase a un torpe intento de evadir el tema.
Para su sorpresa, sin embargo, ella no se lo echa en cara. No presiona para pedir explicaciones ni saca a colación la posibilidad de que usar de nuevo el Amuleto sea una terrible idea, quizá porque sabe que lo necesitan. Que es la única forma de entrar el reino de Daiva.
Así que todo lo que hace es inclinarse hacia delante, hasta que sus frentes se tocan. Elira cierra los ojos y Astrey entorna los suyos, sin querer perderla de vista. A veces le parece que, si lo hace, se desvanecerá y solo dejará tras de sí el sonido de un batir de alas y una pluma abandonada.
—Entonces céntrate en mí. Cuando te hable, búscame, mírame, escúchame a mí.
Astrey siente que se destensa un poco, agotado. El Amuleto lo lastra hacia abajo, amenaza con hundirlo, pero decide empezar a hacerle caso a Elira de inmediato. Por eso toma aire, hondo, y se fija en ella, en su cara, en sus labios, a los que se acerca.
—Está especialmente callado cuando me besas —susurra.
Ella resopla. El naranja que ve en su mirada tiene el tono suave de un amanecer y su expresión, pese a la molestia fingida, también se relaja un poco.
—Eres una serpiente aprovechada.
Lo es, pero alguien verdaderamente molesto por ello no se echaría hacia delante, no uniría sus labios con los suyos.
Astrey deja escapar el principio de una risa entrecortada contra la boca de su prometida, divertido pero también lleno de alivio.
La atrae contra su cuerpo, consciente por fin de cada uno de sus movimientos, del suelo bajo sus pies, del aire que lo rodea.
Aunque Elira crea que lo ha pedido como una broma, ese beso lo ancla al presente, a esa mujer.
Su demonio se revuelve un poco, llamándole débil, diciendo que esa bruja será su perdición, pero suena muy lejano, y lo único en que puede pensar el Portador es en que el ser humano más poderoso del mundo no es el que lleva el Amuleto al cuello, sino ella, que es capaz de darle más paz que toda la magia de Evren.
—No puedo creerme que os hayáis reconciliado mientras yo no estaba.
No son los únicos que se vuelven hacia la voz, que resuena por toda la cubierta y se pierde río abajo.
Astrey y Elira alzan la vista de inmediato hacia el castillo de popa.
Allí, sentado en la barandilla, está Nathan, con la expresión de un niño a punto de hacer una travesura.
El viento mece sus rizos blancos, sus ojos negros se tragan la luz del sol.
—¿Nathan?
Elira suena tan incrédula como se siente Astrey.
El chico ha salido de la nada y el espíritu ni siquiera entiende cómo los ha encontrado, cómo ha sido capaz de asaltar el barco sin que nadie se diera cuenta.
Por un instante, incluso se pregunta si ese es realmente el chico que conocen o solo su demonio, que estaba en control del cuerpo la última vez que se vieron.
Sin embargo, la manera en la que extiende su sonrisa es un gesto demasiado humano, demasiado suyo.
—Me alegra ver que todavía os acordáis de mi nombre.
El recién llegado salta desde su improvisado asiento y cae agazapado en cubierta.
Todavía lleva la ropa roja oscura con la que salió de Damira y de su cadera cuelga la funda de una espada que Astrey no recuerda haberle visto cuando se marchó de palacio.
Le llama la atención. Siente una energía extraña proveniente de ella, tentadora.
—¿Cómo…? —empieza a preguntar.
—¿Cómo os he encontrado? —ataja Nathan—. Pues he tenido un poco de ayuda. Resulta que me he hecho con un objeto muy interesante.
El espíritu entreabre los labios cuando el chico desenvaina el arma y lo apunta con ella.
El filo de acero brilla con una luz fría, similar a cuando los rayos de sol caen sobre el hielo.
La serpiente de metal que adorna la empuñadura se mueve hasta rodearle la mano y sisea antes de abrir las fauces.
Elira y el Amuleto del Tiempo pronuncian el nombre del arma a la vez:
—Dysnomia.
La bruja suena tan sorprendida como fascinada.
Astrey sabe que esa espada siempre le ha resultado interesante y que soñaba con robársela a Iraides cuando todavía creía que estaba en sus manos, así que tenerla delante debe de ser poco menos que un sueño para ella.
Tiene que sentirse atraída, deseosa de estudiarla.
—Al parecer, tiene facilidad para encontrar al objeto que debe proteger. —Nathan encoge un hombro, relajado—. Tiene sentido, ¿no? Al fin y al cabo, Caos la creó para defenderlo. Así que solo he tenido que seguir el rastro… para venir a reclamar lo que debería ser mío.
La sonrisa se le borra de la cara en ese momento y tanto Elira como Astrey se tensan. El espíritu, sin pensar en lo que está haciendo, se lleva una mano al Amuleto. Lo cubre con ansias, en un gesto protector…
… Y lo vuelve a soltar, todavía envarado, cuando escucha el resoplido burlón de Nathan y ve que la sonrisa vuelve a su boca.
—Tendríais que veros las caras ahora mismo. —El antiguo Portador envaina la espada de Caos con la expresión divertida—. ¿De verdad creéis que volvería solo para eso? Estoy mejor sin él. La verdad es que…
No es capaz de continuar con lo que fuera a decir, porque Elira lo silencia al lanzarse hacia él.
Sucede tan rápido que Astrey tarda un instante en comprender si quiere atacarlo o solo acercarse.
Nathan tampoco parece estar seguro y por eso se queda paralizado incluso cuando la bruja lo envuelve en sus brazos.
Cualquiera diría que está incómodo, pues tiene los ojos muy abiertos y el más leve rubor asalta sus mejillas, pero no hace nada por quitársela de encima.
Solo se queda ahí plantado, abrumado, incapaz de reaccionar.
—No sabía si volveríamos a verte —dice ella—. No sabía si tu demonio…
No acaba la frase, pero tampoco hace falta.
Esas palabras son las justas y necesarias para que Nathan se calme en su abrazo.
Para que, de la manera más torpe, alce solo una de sus manos y la ponga en su espalda, mirándola de soslayo.
Sus dedos se crispan apenas al agarrarse a su ropa y su expresión se suaviza.
El principio de una sonrisa conmovida aparece en su boca.
—Adriel solo me protegió cuando yo no podía protegerme a mí mismo. Pero ya estoy de vuelta.
A Astrey la escena le resulta lo suficientemente enternecedora como para volver a relajarse, pese a que la criatura en su interior gruñe ante la idea de que un ser humano le ponga nombre a uno de los suyos, como si fuera una mascota o, peor, como si fueran iguales.
Con las manos metidas en los bolsillos, se acerca a su prometida y a ese chico al que un día encontró perdido en los caminos y que le recuerda tanto a sí mismo.
—Bienvenido de nuevo entonces, Nathan. A tu cuerpo… y a casa.
El muchacho lo mira cuando Elira se aleja un poco de él y le sonríe.
No sabe si había visto esa sonrisa en sus labios antes, carente de sarcasmo o burla.
Es una sonrisa calmada, que no casa del todo con el Nathan atormentado que él ha conocido.
Ese es otro Nathan, uno que, ahora que se fija, ha cambiado su antiguo medallón de celestial por un pequeño collar del que pende una estrella de ocho puntas que destella bajo el sol.
—Tenemos mucho de lo que hablar.
Las siguientes horas las pasan encerrados en el camarote principal del barco, donde los tres comparten los eventos más importantes de los días que han estado separados.
Es Nathan quien les informa de que, igual que él ha recuperado a Dysnomia, la santa ha conseguido a Eunomia y pretende usarla contra él.
Es Nathan, también, quien les dice que sabe que su plan es atacar la muralla precisamente porque Lilith Rheiz ha visto cómo lo hacían, así que ellos le explican por qué.
Le hablan del ataque a Damira, de la muerte de Denna, que es suficiente para conseguir que el rostro de Nathan se ensombrezca y vuelva a perder la sonrisa y la calma con la que estaba hablando hasta ese momento.
No es el único. Todavía incapaz de hablar de ello, sin querer revivir demasiado la noche en la que perdió a su mejor amiga, Elira se pone en pie en cuanto la historia acaba.
—Me alegro de que hayas vuelto, Nathan —dice. Pese a todo, se esfuerza por sonreír y le da un apretón con sus uñas afiladas en el hombro—. Iré a avisar a los demás. Esperábamos poder aprovechar el factor sorpresa, pero puede que esto cambie las cosas, así que será mejor que estén sobre aviso.
No dice nada más. Con Astrey solo necesita intercambiar una mirada para despedirse antes de dejarlos a solas.
Nathan ha bajado la vista y parece furioso, molesto, probablemente también dolido.
Aunque no conocía a Denna tanto como los demás, fue ella quien lo ayudó a moverse por el mundo cuando no podía ver y quien más se encargó de él y sus heridas en el refugio.
La apreciaba. Quizá, si hubiera dependido de él, también habría querido salvarle la vida.