Astrey
ASTREY
La proa del barco se hunde en las aguas y se abre camino río arriba más despacio de lo que a Astrey le gustaría.
No es que deteste navegar, pero se le hace extraño.
Por lo general, disfruta más de los caminos por tierra, donde es difícil sentirse encerrado, donde hay tantas opciones para seguir adelante como uno quiera.
Por el contrario, estar embarcado significa estar quieto, desocupado, esperar a que algo pase, asomarse a la barandilla mientras desgrana minutos en su cabeza y se pregunta cuándo llegará a su destino.
Aun así, pese a que los dos días que lleva a bordo se le han hecho eternos, sabe que remontar la corriente es la opción más rápida para llegar hasta Daiva.
Y necesitan llegar pronto. Su plan implica tomar a los celestiales por sorpresa, igual que el grupo de atacantes los tomó a ellos.
En el par de días que necesitaron para preparar el viaje, esa fue la conclusión a la que llegaron.
Sentados a una mesa cubierta de mapas, Elira, Garnet, Lilac, Tamir, Chadia, Ratna y Astrey han trazado esa estrategia: ellos y un pequeño grupo de élite de la Guardia Imperial se colarán en Daiva a través de un hueco que el Amuleto del Tiempo les ayudará a abrir en las murallas y asaltarán el palacio.
No empezarán una guerra, no matarán civiles si pueden evitarlo, no crearán el caos de la misma manera que los celestiales hicieron en Damira. Será más parecido a lo que hicieron ellos la Noche de las Bestias, solo que en este caso van sin invitación.
—Nuestros objetivos principales serán la reina y la Suma Celestial —les recordó Elira en todo momento—.
Eso será suficiente para que el gobierno de Daiva sucumba.
Si la santa está con ellos, lo más probable es que se muestre ante nosotros por sí sola para intentar acabar con Astrey y recuperar el Amuleto, así que también nos encargaremos de ella.
Seremos rápidos. Ante todo, no podemos quedar a la altura de los celestiales: tenemos que demostrar que podemos cambiar el mundo sin que los inocentes sufran.
Porque suponen que hay inocentes atrapados entre esas paredes.
Suponen que hay muchas personas en ese lugar a las que han obligado a convertirse, a aceptar a un dios en el que no creen a la fuerza, tan solo porque no tenían ningún otro sitio al que ir.
Hay muchas personas que quizá deseen en secreto ver las puertas de las murallas abiertas, cuando no destruidas.
Y Astrey tiene en sus manos la clave para hacerlo, o al menos eso cree. Supone que el Amuleto puede enfrentarse a esos muros creados por Destino, que será como lanzar el poder de un dios contra el de otro. Y el suyo ganará, aunque sea una cuestión de voluntad.
Caerán, le ha estado asegurando la voz del tiempo. Esas murallas deberían haber caído hace mucho, pero nadie se ha atrevido a hacerlo. Podemos hacer más que una fisura, de hecho. Podemos destruirlas, convertirlas en polvo para siempre.
Astrey ha estado tratando de ignorar al Amuleto cada vez que habla, pero, como si cada uso lo hiciera un poco más real, las palabras suenan con más fuerza de la acostumbrada.
Y si fuera solo esa voz, quizá podría fingir que no existe, pero últimamente su demonio está de acuerdo con cada palabra que dice lo que queda de Chronos.
Él también quiere destruir a los celestiales.
Él, de hecho, considera que la aniquilación es la única forma de deshacerse de ellos de una vez por todas.
«Si dejas cabos sueltos, te arrepentirás. ¿No te das cuenta de que cada persona a la que permites vivir podría volver pidiendo venganza?».
¿Y qué ha hecho esa gente para merecerse tu benevolencia? Todos los que se ocultan en esa ciudad han propiciado una matanza.
«Ese no es el mundo que queríamos crear, ¿verdad? Uno en el que la gente tolere injusticias solo porque no le atañen, que miren hacia otro lado cuando no les convenga…».
Tendrías que darles un escarmiento. Tendrías que reducir su preciado Templo a cenizas.
Deberías borrar todo rastro de su dios. Destino es el que te ha llevado a esta situación, con sus Purificaciones, sus visiones y sus santas.
Y piensa en lo que podrías hacer con el tiempo de todos esos celestiales.
«¿Por qué no darles su tiempo a los tuyos? ¿Por qué no eliminar la muerte, como habíamos pensado?».
¿Por qué no destruir Daiva, sus murallas, y crear algo más perfecto en su lugar…?
Sus preguntas, sus sugerencias insidiosas, se le meten en la cabeza.
Ha dejado de responder, porque sabe que hablarles siempre es peor.
Darles la razón o llevarles la contraria les da alas por igual, así que mientras las voces hablan, Astrey calla y se pregunta cómo lo hacía su padre.
Si el Inmortal también sentía que el Amuleto ardía contra su pecho en todo momento, tentándolo a volver a usarlo.
Si él también lo escuchaba con tanta claridad, si no se volvía loco ante la idea de no poder sacárselo de la cabeza, de no poder descansar.
Él siente que está perdiendo la cabeza. Que camina sobre una cuerda muy fina, que necesita volver a dormir una noche del tirón.
Le gustaría dejar de gritar para escuchar sus propios pensamientos.
El único momento en el que conoce el silencio es cuando Elira está a su lado.
Su presencia se ha vuelto un bálsamo, aunque solo sea porque su cercanía desagrada a las dos voces.
Al principio pensó que era porque ella les asustaba, aunque no tuviera sentido, pero ha llegado a la conclusión de que lo único que ocurre es que quieren escucharla para morder cuando ella se equivoque, para intentar arrastrar al Portador también a su bando, para poder manipularlo.
Para destrozar a su prometida con sus dientes largos aunque ella nunca sepa que están ahí.
Astrey no las menciona, porque sabe que Elira se preocuparía, que le diría que no puede seguir así, que lo convencería de dejar de llevar ese objeto, de deshacerse de él.
Pero no puede. No quiere dejarlo, no puede dejarlo. El Amuleto lo ha convertido en lo que es y sin él no quedaría nada de su leyenda. Sin él apenas sería más que el hijo bastardo del Inmortal. Sin él no existiría Astrey el Resurrector. Sin él no lo respetarían, no lo aclamarían, no…
—¿Astrey?
La voz de Elira viene acompañada de una mano sobre su hombro y el espíritu da un respingo.
La bruja está a su lado, apoyada en la baranda del barco, igual que él.
No sabe muy bien cómo ha llegado allí. Le agobiaba estar en el interior y necesitaba respirar.
Sí, le agobiaban las voces, que no se callaban, y le pareció que la cubierta le ofrecería una sensación de escape, pese a seguir en los confines delimitados del barco.
Se pregunta si Elira lo mira con el ceño fruncido porque ha visto algo en su rostro que no le gusta, si se ha vuelto tan transparente que ella puede distinguir que algo no va como debería.
—Mi emperatriz.
Intenta poner su mejor sonrisa, pero hace mucho que con ella no funciona. Elira solo entorna los ojos, como si el sol le molestara, y hace una pequeña mueca. Su mano se desliza por su brazo, hasta encontrar sus dedos, y Astrey aprovecha para encajar los suyos entre las garras de ella.
—¿Estás bien? No tienes buen aspecto.
Es irónico que sea Elira quien haga esa pregunta, porque ella tampoco está en su mejor momento.
Desde que Denna murió, se levanta en medio de la noche, come menos, está más distraída.
La pena se mezcla con la furia en sus expresiones y la noche en la que murió su mejor amiga se ha convertido en algo que los dos evitan mencionar.
Durante los dos días que estuvieron en palacio después del ataque, la bruja visitó el árbol del jardín en cada uno de sus momentos libres, que ni siquiera fueron tantos.
Ella ha sido la más implicada en los preparativos para ese viaje y Astrey no duda que el tiempo a bordo se le está haciendo todavía más largo que a él.
Por eso son varias las veces al día en las que extiende las alas y se dedica a volar con Shiraz.
Juntas, fingen que tienen todo el cielo para ellas.
El resto del tiempo, lo pasa con Astrey.
Hablando, pero también besándose, utilizando el cuerpo del otro para dejar de pensar, para asegurarse de que siguen ahí.
Donde el Portador busca borrar el caos del resto del mundo, ella tan solo quiere aferrarse a la vida, asegurarse de que no lo ha perdido ni lo va a perder.
—Quiero pisar tierra ya —responde el espíritu. Ni siquiera cree que cuente como mentira: quiere enfrentarse ya a la muralla, demostrarse que puede romperla—. Aquí me siento en una cárcel y yo no tengo alas con las que escapar…
Elira le aprieta los dedos, aunque no relaja su expresión de preocupación.
—Podría llevarte conmigo cuando quieras, pero a lo mejor deberías aprovechar para descansar.
—¿Desde cuándo te parezco el tipo de persona que puede dormir cuando tiene asuntos sin resolver?
Ella no responde. La trinchera entre sus cejas se hace más pronunciada y sus labios se tornan casi blancos, dos finas líneas que a Astrey le gustaría besar antes de que puedan escupir palabras que se vuelvan contra él.
No lo hace. En su lugar, deja que estudie su rostro y alce la mano.
Amolda la palma contra su mejilla y, con el pulgar, le acaricia las líneas oscuras que le adornan los párpados inferiores.
Sabe que están ahí tan bien como ella. Y sabe a qué las asocia, aunque no le ponga palabras y tan solo baje la vista a la joya que pende de su cuello.
—No te deja en paz, ¿verdad?