La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Ammarah #2
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Ammarah #2

—Tenéis razón —le concede. Su voz imita la de la Suma Celestial: la misma cadencia que ha aprendido de ella, la misma suavidad retorcida capaz de convencerte de cualquier cosa—.

He estado asustada. He tenido demasiado miedo de tomar mis propias decisiones por temor a que fueran las equivocadas para el reino, pero no tendría que haber sido así.

La pasividad, cuando se tiene un poder y una responsabilidad como los míos, es un privilegio que puede condenar a muchas personas.

Gracias por enseñarme esa lección, Suma Celestial.

La mujer se permite relajarse de nuevo y esboza una sonrisa satisfecha, partida por la mitad. Esta vez, Ammarah solo es capaz de fijarse en la parte anciana, incapaz de ver el rostro de Lilith en la joven.

—No os preocupéis, majestad. Ese ha sido siempre mi trabajo. Destino sabrá perdonar vuestra falta y…

—Será la última.

Rhea frunce un poco el ceño, confusa por la interrupción.

—¿Disculpad?

—Será la última lección que me enseñéis. ¡¡¡Guardias!!!

La puerta se abre casi de inmediato y dos rostros preocupados se asoman. Uno de ellos ya lleva la espada en la mano, pero parece confundido cuando se da cuenta de que no hay ningún intruso, sino que allí dentro solo siguen las dos mujeres más poderosas de Daiva.

—No te atrevas… —empieza a decir la Suma Celestial.

Pero la reina no le presta atención.

—Apresadla.

Los guardias las miran sin moverse. Dudan, sin entender lo que está pasando, y se fijan en la Suma Celestial como si de pronto ni siquiera pudieran estar convencidos de que es la mujer que conocen.

La líder de la Hermandad. La viva imagen de la fe en Destino.

La madre de Santa Lilith, capaz incluso de sacrificar a un hijo por su dios.

La celestial más leal y fervorosa que hay en ese país.

Aunque está en tensión, Rhea alza la barbilla cuando se da cuenta de que los guardias no obedecen de inmediato. Su sonrisa reaparece, una muestra de lo pagada de sí misma que se siente.

—Soy la Suma Celestial, niña. Soy el Ojo de Destino, la voz de nuestro dios en este mundo. No tienes ninguna potestad para hacerme arrestar.

Ammarah entorna los ojos. Le ofende la manera en la que esa mujer es capaz de minar su autoridad, pero sobre todo está harta de permitirlo, así que avanza hasta ella para encararla.

Son casi igual de altas, pero Ammarah le saca unos dedos más, los suficientes para, por primera vez, no sentirse pequeña a su lado.

—Y yo soy Ammarah Aiviz, soberana del Sacro Reino de Daiva, única heredera viva de Santa Aiva, descendiente del mismísimo Tiempo.

Tengo la potestad para acusaros de traición, porque eso es lo que significa que actuéis a mis espaldas y me mintáis durante el Consejo.

Igual que tengo la potestad para destituiros de vuestros títulos y cargos.

A partir de este momento, Rhea Moriz, ya no eres la Suma Celestial.

Ya no eres el Ojo de Destino. Solo eres una criminal más.

Y como tal, tu destino está en las mazmorras.

La sentencia cae con fuerza sobre la acusada y, por un instante, casi parece intimidada, furiosa.

Ammarah la ve a punto de levantarle la mano y desea que lo haga, que la ataque delante de los guardias, que condene su credibilidad por completo.

Pero es mucho más inteligente que eso, siempre lo ha sido, y por eso su respuesta es solo un murmullo:

—Te has vuelto loca. El mío es un puesto vitalicio y representa la unión del pueblo con nuestro dios.

Atacarme es atacar a Destino. ¿No lo ves?

Nadie está de tu parte. La gente del Sacro Reino cree en mí, no en ti.

Yo he sido su guía durante años y tú solo eres una muchacha perdida e insegura que no sabría qué hacer sin mí. No puedes hacer nada contra mí.

Ammarah aprieta los puños, pero las dudas de los guardias le dan la razón. Es cierto, esa mujer lleva ganándose la confianza de todo el mundo desde antes incluso de que ella naciera, y es consciente del poder que le da eso.

Pero no va a dejar que eso la amedrente. Por primera vez, tiene claro qué es lo que tiene que hacer.

—Te equivocas, Rhea. Puedo condenarte y darle al pueblo una nueva figura en la que creer. Y estoy segura de que todos celebrarán que una verdadera santa ocupe tu puesto. —Su mirada se alza hacia los guardias al mismo tiempo que lo hace su voz—. ¿¡No me habéis oído!? ¡Apresadla!

Esta vez sí, los guardias acatan la orden sin más titubeos. Rhea da un respingo cuando la cogen de los brazos y vuelve la mirada de uno a otro con el frenesí de un animal acorralado mientras trata de soltarse.

—¡Lilith no está aquí! —gruñe. Los soldados la aferran con más fuerza y ella entonces por fin deja mostrar su verdadera cara cuando aprieta los dientes—.

No está preparada. Es solo una niña, como tú.

Es… —Uno de los hombres le da un tirón y ella planta los pies en el suelo y alza todavía más la voz—: ¡Nadie ha hecho más por este reino que yo!

¡Nadie ha sacrificado más por el bien de Daiva!

No puedes relegarme de un puesto que siempre ha sido mío, que el propio Destino decidió para mí. ¡No puedes…!

—Pues que Destino se presente aquí y me lo diga.

Si de verdad tienes que seguir siendo la Suma Celestial, estaré esperando un sueño esta noche.

Pero, si ni siquiera él aparece para defenderte, me encargaré de que pagues por todo esto.

Me encargaré de que te arrepientas de todo lo que has hecho hasta el día de tu muerte.

La reina hace un gesto con la cabeza para que se la lleven, pero Rhea no se detiene mientras la arrastran. Grita, por fin fuera de sí, y está segura de que todo el palacio la escucha, de que Daiva despierta con sus maldiciones.

—¡Tú sí que vas a arrepentirte de esto! ¡Vendrás a mí cuando el reino se caiga a pedazos! ¡Cuando no sepas cómo enfrentarte a los brujos! ¡Nunca debiste ser reina!

«Nunca debiste ser reina», reverbera la voz en su mente, una y otra vez.

«Nunca debiste ser reina», golpetean sus propios pasos cuando los guardias vienen a buscarla para escoltarla de vuelta a su habitación.

«Nunca debiste ser reina», le repiten las paredes cuando se queda a solas en su cuarto.

Ammarah se acerca al espejo y se observa, como tantas otras veces.

Así, solo en camisón, sin joyas ni corona, no parece una reina.

Solo parece lo que es, lo que lleva siendo meses: una chica perdida, sin amigos ni familia.

Una marioneta que otros han usado a su antojo.

Y lo odia. Lo odia tanto que, incapaz de soportarlo, deja escapar el grito que lleva dentro desde el día en que empezó a perderlo todo y empuja el espejo con tanta fuerza que lo tira al suelo.

El estruendo del cristal al estallar llena la estancia, pero no le importa, como tampoco le importa que algunos cristales le agujereen las zapatillas de seda cuando se acerca a ellos para mirar su reflejo multiplicado.

Está jadeando. Está al borde del llanto, de la desesperación.

Vuelve a haber ojos por todas partes, pero no son los de Destino, solo los suyos, y su juicio es todavía peor.

—Nunca debiste ser reina —le dice a esa chica partida en mil pedazos.

Sabe que es cierto. Si nunca hubiera sido reina, no se habrían perdido tantas vidas, nadie se habría aprovechado de su dolor, de su ignorancia, de su odio. Si nunca hubiera sido reina, el Sacro Reino habría seguido como siempre, y eso habría sido mejor que cambiarlo como lo ha hecho.

Esa es la razón por la que escribe la carta. Porque no necesita visiones para saber que, si no hace nada, se avecina un desastre, pero quizá todavía haya una posibilidad de evitarlo. Es ínfima, pero aun así tiene que intentarlo, por todas las veces en las que no lo ha hecho.

Ammarah se echa a toda prisa sobre su escritorio, toma papel, pluma y tinta y sangra disculpas y explicaciones en un último mensaje desesperado por arreglar una situación que no sabe cómo ha llegado tan lejos.

Por último, propone su abdicación y su condena como compensación por todos los errores cometidos.

No puede hacer nada con la muralla, no puede echarla abajo con sus propias manos, pero puede renunciar a esa corona demasiado grande, demasiado pesada, para la que no ha estado a la altura.

Puede cedérsela a otra mujer, a la única que se imagina aceptando esa responsabilidad con mucha más determinación de la que ella ha tenido nunca, con mucha más sabiduría.

La única mujer a la que podría confiarle ese reino, porque le confiaría su vida.

Ammarah exige que envíen la misiva lo más rápido posible al palacio de Damira. Es la primera decisión que toma a solas, sin dejar que nadie interfiera en ella, y sería capaz de cambiar el mundo, el destino, si tan solo la carta llegara a tiempo.

Pero no lo hace.