Ammarah
AMMARAH
Al principio, Ammarah de Daiva confunde el sueño más importante de su vida con una simple pesadilla.
Para entonces, las pociones que usaba para forzar visiones se han acabado hace días y ha estado sufriendo su abstinencia sintiéndose enferma durante el día e insomne durante la noche; ha tenido que acostumbrarse a un temblor constante en las manos y a un dolor agudo en el fondo de su cabeza.
Esa noche ha conseguido dormir unas horas, pero despierta de golpe, con la respiración agitada y las sábanas alrededor de las piernas.
El techo que enfoca no sangra ojos ni ella los nota abiertos como heridas sobre su cuerpo; hoy lo único que es capaz de ver en la más completa oscuridad es polvo.
El polvo de las cenizas de las explosiones, el polvo de los huesos en los que se ha convertido a toda una tropa de celestiales.
Una pesadilla. Ha sido solo una pesadilla.
Sin embargo, a medida que pasan los segundos, a medida que la realidad se asienta a su alrededor y los detalles del sueño no se diluyen, sino que se hacen más vívidos, se da cuenta de que no.
Una visión. Es una visión, lo que no sabe es si del futuro o de algo que ya ha pasado.
Los ojos se le humedecen de todos modos, porque en cualquiera de los dos casos sabe que lo que ha visto es inevitable.
El caos, la muerte. Aun así, no sabe si las lágrimas se le saltan por la pena o por la rabia.
No sabe si es dolor por los suyos o por lo que los suyos han hecho o están a punto de hacer.
No sabe si es por la traición, la impotencia o solo por la incomprensión.
No entiende qué hacían esos celestiales ahí.
No entiende qué hacía Elijah Noviz allí, delante de todos, con la barbilla bien alta, esperando su muerte.
No entiende cómo podría enfrentarse al nuevo Portador, por qué iría a buscarlo.
Ella prohibió su plan y él… él sigue enfermo, postrado en la cama.
O eso le ha dicho la Suma Celestial.
Ammarah cuenta los días que lleva sin ver al comandante mientras se incorpora con una náusea en el fondo del estómago.
Puede que los suficientes como para ir en barco hasta Damira.
Pero no, no puede haber visto el presente, porque eso significaría que la Suma Celestial le ha mentido.
Que ella y el comandante han tramado a sus espaldas.
Que han desobedecido sus órdenes.
Cuando consigue ponerse en pie, ya tiene claro que lo que arde en sus ojos es rabia. Aun así, se limpia las lágrimas rápido y se apresura a taparse con una bata antes de salir de sus aposentos. Los soldados que hacen guardia ante su puerta se yerguen en cuanto la ven aparecer.
—Majestad, ¿os encontráis…?
—Llevadme hasta las habitaciones del comandante —ordena antes de echar a andar.
Los guardias se miran entre sí, confusos, pero no desafían sus órdenes. En medio de la noche, la guían por los pasillos dormidos de palacio. Ellos mismos parecen inquietos cuando se presentan ante una puerta y nadie responde a los golpes que dan.
—Abridla. Echadla abajo si es necesario.
—Pero majestad…
—¿No he sido lo suficientemente clara? —pregunta sin inflexión en la voz—. Obedeced.
Lo hacen. Uno de ellos se lanza contra la madera con tanta fuerza que la cerradura cede y tropieza dentro del cuarto oscuro, iluminado solo por la luz del pasillo.
Aun así, no les hace falta más para darse cuenta de que la cama está hecha, intacta.
El dormitorio está vacío, frío, como si hiciera días que nadie entra allí.
Ammarah aprieta los dientes, pero ni siquiera se sorprende.
Lo sabía. Lo ha sabido desde que ha entendido de verdad lo que ha visto.
Su dios le ha permitido ver la traición, lo único que odia es que no le advirtiera de ella antes.
Quizá haya sido un castigo por no haber confiado más en él, por haber mentido diciendo que había recibido mensajes que jamás había recibido.
Por haber forzado las visiones cuando estaba desesperada por ellas, en lugar de aguardar a que él le brindase todo lo que necesitaba saber.
O quizá solo esté jugando con ella. Quizá consideró que eso es lo que tenía que pasar.
Quizá consideró adecuado mandar a tantos celestiales a una muerte segura.
Quizá consideró que, si se creían tan fuertes, tan importantes, debían sufrir por ello.
Con una calma que es todo fachada, porque por dentro siente que le hierve la sangre, Ammarah se sienta en la cama del comandante.
—Id a buscar a la Suma Celestial y traedla aquí. La reina exige verla.
Esta vez los guardias ni siquiera protestan.
Nerviosos, conscientes de que hay algo importante sucediendo justo delante de sus narices, se apresuran a desaparecer por el pasillo.
Probablemente mañana por la mañana, después del cambio de turno, todo el mundo sepa que el comandante no estaba en su cuarto en medio de la noche, que su enfermedad era una mentira.
Que era un traidor.
Aunque no el único.
Ammarah se ha puesto en pie y observa por la ventana cuando los guardias regresan un rato después, escoltando a la Suma Celestial.
La reina la ve en el reflejo del cristal antes de girarse.
La mujer está vestida y peinada, como si hubiera estado esperando esa llamada, y se muestra tan tranquila y compuesta como siempre.
Su rostro atrapado entre dos épocas la mira con esa condescendencia que en algún momento confundió con cariño, con empatía.
—Dejadnos solas —exige la reina.
Los hombres hacen una inclinación de cabeza y, aunque lanzan miradas entre nerviosas y curiosas de una mujer a la otra, no se les ocurre replicar.
No solo sería insubordinación, sino que no conciben la idea de desconfiar de la líder de la Hermandad.
Quizá ese haya sido el problema: todo el mundo en Daiva considera que Rhea Moriz jamás haría algo que pudiese dañar al reino.
Cuando la puerta se cierra, Rhea suspira.
—Esta noche he tenido un sueño —dice antes de que Ammarah pueda pensar en qué palabras quiere lanzarle a la cara primero—.
Y cuando he recibido vuestra llamada, lo único que he podido pensar es: «Ella también lo ha visto».
—Sus ojos claros están puestos sobre la cama, no sobre la reina—.
Qué desgracia, pobre Elijah. Murió como un héroe, luchando por todos nosotros tal y como Santa Aiva luchó un día, y ahora su alma ni siquiera tendrá el consuelo de pisar la Corte de Destino en su siguiente vida.
Ammarah siente un ramalazo de desprecio que le recorre las venas y le deja el cuerpo ardiendo.
No puede creerse esa lástima, pero sobre todo no puede creerse esa falta de vergüenza.
La Suma Celestial ni siquiera va a molestarse en disimular, en intentar fingir que no era consciente de lo que estaba pasando.
Como si no tuviera nada de lo que arrepentirse y no hubiera colaborado a la hora de mandar a decenas de celestiales a una muerte segura.
—Me habéis mentido —escupe la reina mientras se aferra a la rabia que siente—.
Me habéis traicionado. Os prohibí que llevarais a cabo ese plan abocado al fracaso y, aun así, lo hicisteis.
Me mirasteis a la cara y me dijisteis que el comandante estaba enfermo a pesar de que sabíais que se dirigía hacia Damira.
—Y vos me mirasteis a la cara y me dijisteis que habíais tenido visiones que ambas sabemos que no existen.
No hay furia en la voz de Rhea. No hay temor.
Su tono está impregnado de la calma de siempre y sus ojos claros la enfrentan con la seguridad de que ambas han hecho lo mismo, de que son iguales.
Por un momento, Ammarah sí que siente vergüenza.
Se siente descubierta, culpable y más segura que nunca de que lo sucedido es culpa suya, de su atrevimiento, por usar el nombre de su dios en vano.
Es solo un instante. Al siguiente, la furia gana la batalla y la soberana da un paso hacia delante.
Sí, ha mentido, pero al menos sus mentiras intentaban proteger a su pueblo, en lugar de continuar con la destrucción que esa mujer que se disfrazó con las ropas de una madre y una guía la ha instado a esparcir por el mundo.
Qué error. Qué equivocada ha estado.
—¡Mentí porque os negabais a entrar en razón! ¡Porque estáis tan obsesionados con llevarme la contraria, con hacer las cosas a vuestra manera, que estabais siendo ilógicos!
—¿Ilógicos? No somos nosotros quienes están aterrados. Quienes se niegan a moverse y, por lo tanto, se niegan a dejar que el reino avance.
Ammarah siente el golpe de manera casi física, aunque Rhea no se ha movido de su sitio; sigue cerca de la puerta, apoyada en ese bastón del que ya no se separa.
Parece inofensiva, pero sus palabras pican como aguijones llenos de veneno.
Sí, es cierto, está asustada. Lo ha estado desde el día en que la basílica se vino abajo, junto con todas las seguridades que algún día tuvo.
Pero ahora su miedo no tiene nada que ver con eso.
Su miedo ya no es sobre el futuro, sino sobre el pasado, sobre todas las decisiones que ha tomado hasta llegar a ese día, comenzando por confiar en esa mujer.
Teme las consecuencias, las que ya ha habido y las que todavía no puede prever.
Teme que no haya solución posible para todo lo que han hecho, para el caos que están provocando cuando se supone que su papel siempre ha sido luchar contra él.
Ammarah toma aire. Aprieta un poco más los puños y, después, se relaja. Ocurre de pronto, de un segundo para otro. Es su tranquilidad lo único que consigue que Rhea entorne los ojos, que parezca ponerse en tensión, suspicaz.
La reina entrelaza los dedos sobre el vientre.