La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Lilith #2
84%

Lilith #2

El brujo le muestra los dientes al sonreír, esos que ella no ha podido dejar de pensar que han cambiado, que ahora están hechos para morder y hacer sangrar. Aun así, no hay maldad en el gesto. En ese rostro, junto a esos ojos que no acaban de sonreír, la sonrisa se queda en un gesto agridulce.

—Tú y yo nunca hemos sido solo eso, Lilith Rheiz. Nunca lo seremos. Pero sé que eso tampoco te va a detener, ¿verdad? Si volvemos a encontrarnos, lucharás contra mí.

Esta vez es él quien lanza ante ellos una verdad que ambos conocen, por dolorosa que sea. Por mucho que a ella le parta el corazón. Siente que le falta un poco el aliento, aunque su corazón ya se había calmado.

—Lucharé contra cualquier enemigo de Daiva, Nathan. Voy a defender el Sacro Reino. Y, si nos encontramos, no voy a contenerme. No si la vida de otra gente depende de mí.

La risa de Nathan es muy queda, tan disonante como el sonido que hace Dysnomia al salir de su vaina.

El ruido, desagradable como el chirrido del acero contra la porcelana, y hace que la santa se ponga en guardia.

En un acto reflejo producto de años de entrenamiento, de las batallas que ha luchado en los últimos tiempos, alza a Eunomia y se pone en posición de defensa.

El brujo parece complacido, como si fuera justo eso lo que espera de ella, y clava los pies en el suelo.

—Lo siento, pero ya te he vencido tantas veces que tu discurso no me da ningún miedo —dice con el mismo tono que solía usar para molestarla cuando estaban en el Templo—. Vas a tener que enseñarme de lo que eres capaz.

Lilith alza las cejas, incrédula, aunque siente el asomo de una sonrisa en las comisuras, tirándole de los labios mientras ajusta los dedos alrededor de la empuñadura.

Por un segundo, ese bosque es el claustro y los árboles son los otros aprendices, que los miraban con fascinación cuando peleaban.

Por un instante, esas no son espadas afiladas que arrastran una historia de sangre y muerte a sus espaldas; son espadas de madera, livianas para sus manos casi infantiles.

En ese mundo que ella puede ver, que se presenta como un espejismo, no existen los duelos a muerte ni las decisiones que pueden cambiar el destino de Evren.

—Eres un engreído. No vas a durar ni un asalto. Como siempre.

Él resopla con burla por toda respuesta y ella se abalanza hacia delante, directa, sin ganas de lanzarse más pullas.

Nathan está ahí para recibirla. Sus filos chocan y el golpe le resuena en los huesos, la obliga a plantar los pies en la tierra para asegurarse de que no se desequilibra, incluso si no es Nathan quien la sorprende, sino las propias espadas.

El ojo de Destino que adorna el pasamanos de la suya se abre, la serpiente que se enreda en la empuñadura Dysnomia se desliza alrededor de la mano de su contrincante y abre la boca para enseñar los colmillos.

La magia le llena las manos, como si el arma que lleva volviera a ser energía, un poder que le sube por los brazos, que le da fuerza.

La celestial contiene la respiración cuando se da cuenta de que el viento se detiene y el mundo se queda en silencio, como si no quisiera interrumpirlos.

Los dos espadachines se miran a través del hueco que dejan sus filos.

Los ojos azules de ella parecen grises bajo la luz naciente, los de él se tragan los rayos de sol como si fueran un pedazo de noche.

El momento acaba cuando ambos dan un paso atrás a la vez, pero no para dejar de luchar.

Sus espadas se encuentran, una, dos, tres veces más.

Empiezan a crear un ritmo, una música conocida, una canción de la que ambos se saben la letra, incluso si hacía mucho que no la cantaban.

Sus cuerpos se acuerdan sin ayuda de cómo bailar esa danza, de lo compenetrados que han estado siempre.

Lilith se adelanta a la pierna que Nathan intenta usar para hacerle la zancadilla y salta por encima de ella, él se mueve hacia un lado para evitar un corte en el hombro.

Como si pudieran leerle la mente al otro, rechazan estocadas, amagan fintas y cortan, atacan, retroceden, avanzan.

El brujo usa su magia para crear obstáculos, la celestial trata de convertir en ventajas los escollos que le pone.

Y es… sí, divertido. Es la confirmación de que se siguen conociendo.

Son dos personas completamente distintas, como esas espadas, con pensamientos incluso opuestos, pero de alguna manera pueden llegar a complementarse.

En esencia, están hechos de lo mismo, de los recuerdos que comparten, que se contienen en cada uno de sus movimientos.

Unos recuerdos que les hacen daño, más de lo que consiguen hacerse ellos en ese duelo.

Acaban a la orilla del río, con los guijarros crujiendo bajo sus pies.

Las aguas siguen corriendo, profundas, lo suficientemente rápidas como para que nadar sea un ejercicio complicado, y Nathan se aprovecha de ello.

Obliga a Lilith a detenerse cuando alza una pasarela de rocas para poder cruzar el cauce y, a medida que avanza, la hace caer para asegurarse de que su contrincante no puede seguirlo.

Solo cuando llega al otro lado se vuelve.

Solo entonces se ríe, alto, fuerte, como si fuera un juego al que ha ganado.

Ella se queda en la orilla contraria, con el ceño fruncido y las puntas de las botas tocando el agua, con la espada aún levantada y la sensación de injusticia de una niña a la que le han arrebatado un juguete.

Quiere gritarle que eso es trampa, que no puede acabar un duelo así, que tiene que volver. Que ella no va a tener piedad. Que quiere seguir luchando.

Que no se puede ir hasta que haya un ganador.

Que no puede volver a dejarla.

—¡No ha estado mal, santa! —le grita él al tiempo que envaina a Dysnomia.

Cuando lo hace, desde el otro lado del río, Lilith tiene la sensación de que la serpiente cierra la boca de nuevo y vuelve a convertirse solo en un adorno.

En su mano, Eunomia mantiene su único ojo abierto—.

Pero espero que lo hagas mejor la próxima vez que nos veamos si realmente quieres vencerme.

Ella aprieta los dedos de forma inconsciente alrededor de la espada.

—Estás condenado, brujo. Ni siquiera con la espada de un dios y la magia de un demonio has conseguido sacarme ventaja. De hecho, me preocupa que no llegues vivo para que volvamos a enfrentarnos, así que esfuérzate: recuerda que solo yo puedo vencerte.

El brujo cabecea, como si fuese una petición digna de tener en consideración.

Da un paso atrás y luego otro. El hilo que no ha dejado de unirlos hasta entonces se estira, amenaza con romperse.

A pesar de toda la distancia que los ha separado, de los caminos tan diferentes que han recorrido, a Lilith le da la sensación de que es en ese momento, junto a ese río que se interpone entre ellos, cuando dejan de caminar el uno al lado del otro.

Un nudo se le instala en la garganta, pero se promete que no va a llorar.

No va a volver a derramar ni una lágrima delante de él.

No, al menos, hasta que uno de los dos gane el próximo duelo en el que se encuentren.

Nathan tampoco llora, aunque su voz suena ronca cuando dice:

—Adiós, Lilith.

La distancia se encarga de emborronar sus palabras, de convertirlas en un susurro, de arrastrarlas río abajo. Aun así, llegan hasta ella. La toman de la mano y le acarician la frente. Le llenan el pelo de azaleas y los oídos de la melodía de una ocarina.

Lilith traga saliva y el nudo que se le hace en la garganta y asiente.

—Adiós, Nathan.

Su despedida cae al agua, se mezcla entre las hojas y las ramas que juegan en la corriente y se hunde hasta el lecho pedregoso, donde ni nadie ni nada va a encontrarla jamás.

Lilith la ve ahogarse, junto con todo lo que han sido, y da un paso hacia atrás.

Es la primera en girarse, en darles la espalda a los recuerdos que se hunden en esas aguas, en echar a andar.

Quizá porque en la basílica fue al revés y ya sabe lo que se siente al quedarse atrás.

Quizá porque no sabe si puede soportar volver a ver cómo él la abandona.

Con los ojos al frente y Eunomia en una mano, desanda sus pasos para poner rumbo al campamento.

El sol ya está saliendo y la luz le acuchilla unos ojos que apenas ha podido cerrar en toda la noche.

Se dice que es eso, que es solo eso, lo que hace que se le descuelgue una lágrima.

Se dice que es solo eso, la necesidad de apartar la mirada del cielo, lo que la insta a echar la vista atrás.

El río todavía está a sus espaldas.

La otra orilla ya está vacía.