La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Lilith
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Lilith

LILITH

El bosque se cierra a su alrededor en cuanto se aleja del torreón en ruinas.

Allí fuera nada duerme: la brisa zarandea las ramas de los árboles, que bailan contra un firmamento donde el sol despertará en breve; los animales acechan y llenan la vegetación de ruidos a los que no le pone nombre.

Las plantas estiran hojas y tallos hacia ella, le humedecen la ropa con el rocío helado y levantan las raíces en un intento de atraparle los pies o ralentizar su avance.

En su mano, Eunomia brilla con una tenue luz dorada, dejándole intuir el camino, pero incluso así se tropieza varias veces, evidenciando que no pertenece a la espesura.

Por mucho tiempo que haya viajado por Arsay, sigue sin sentirse cómoda ahí, y no puede dejar de preguntarse qué espera y vigila dentro del sotobosque.

Sobre todo, no desde que vio a Muerte. Tiene su rostro irreal grabado en la mente y allá a donde mira se la imagina observándola, echándole en cara que ha escapado de ella una segunda vez.

Su voz terrosa, llena de los crujidos de las ramas, se escuchará de nuevo cuando menos lo espere y está segura de que le perseguirá durante el resto de sus días.

Con un escalofrío, Lilith aprieta el paso.

Siente la tentación de volver atrás, de regresar al refugio del fuego, pero se obliga a seguir un poco más.

Nathan tiene que estar ahí, solo unos pasos por delante.

Lo ha perdido de vista, pero no le debía de sacar mucha ventaja cuando ella decidió levantarse y seguirlo.

Lo vio ponerse en pie y salir de la seguridad del campamento hace tan solo unos minutos y, aunque al principio estaba fuera de toda cuestión ir tras él, decidió que tenía que hacerlo en cuanto lo vio recoger a Dysnomia del suelo y asegurarse la vaina a la cadera.

Sabe qué es lo que está pensando, lo que va a hacer.

Y considera que es una idea terrible.

El sonido de una corriente de agua cercana llega hasta ella.

Lilith puede ver su propia respiración convertida en una cortina de vaho y escucha el sonido de los pájaros que comienzan a despertarse.

Justo por debajo de sus trinos se oye el suave susurro rítmico de una persona al avanzar.

Sí, ahí está, un poco más adelante, ligeramente a su derecha.

El cabello despeinado asemeja una nube y su ropa de color borgoña, el rastro de un sacrificio como los que Muerte reclama.

Sin perder un instante, sus largas zancadas se convierten en una carrera.

—¡Nathan!

El brujo mira hacia atrás. Se queda a medio paso y se vuelve con la mano apoyada en el pomo de su nueva espada.

No la desenvaina, al menos de momento, pero aun así Lilith se detiene a una distancia prudente.

Tiene la respiración acelerada por la dificultad de la caminata y por ese último esfuerzo.

Tiene ganas de gritarle, de recriminarle que iba a irse sin despedirse y tantas otras cosas más.

Al mismo tiempo, de pronto se da cuenta de que sí se ha despedido.

Lo estaba haciendo cuando tocó la ocarina.

Se estaba despidiendo de Darien cuando le dio ese último consejo.

Lleva toda la noche pensando en irse.

Lilith aprieta los dientes y da un paso más hacia delante.

—Vas a volver con él. A pesar de que sabes lo que va a hacer.

Nathan esboza el principio de su sonrisa irónica.

—Y tú vas a volver con ellos, a pesar de lo que ya han hecho.

A pesar de los errores imperdonables, de las ansias de guerra, de cerrarles las puertas a quienes no estuvieran dispuestos a aceptar sus reglas, a aceptar su fe de la manera en la que ellos dictaban.

A pesar de las matanzas sin sentido, de esa expansión que no se diferencia tanto de la que hizo el Inmortal y que tanto se ha criticado a través de la historia: a la fuerza, regando el terreno conquistado con la sangre de enemigos e inocentes por igual.

Sí, Lilith sabe todo eso. Lilith es consciente de cuántos niños huérfanos han dejado, de que ni todas las disculpas del mundo serían suficientes para reparar los daños, de que nada borrará lo ilógicos que han sido.

Los movía el miedo, la idea de un enemigo común, pero eso los ha convertido a ellos en la amenaza, en la pesadilla.

Una parte de ella se pregunta si la caída de las murallas no es una respuesta a sus actos, si no se lo han buscado con su avaricia y su arrogancia al usar el nombre de su dios para justificar lo injustificable.

Otra parte de ella, una que no quiere escuchar, que se aferra a las creencias que le han susurrado desde la cuna y le guarda lealtad ciega a la Hermandad y a su reina, le dice que, si no hubiera existido esa expansión, el nuevo Portador habría encontrado otra excusa para lanzarse sobre ellos y devorarlos enteros, como la serpiente que es.

—Voy a volver con ellos porque esto tiene que parar, Nathan. Vuelvo con ellos porque me necesitan y porque alargar este conflicto no es la solución. Lo sabes tan bien como yo. Tienes que saberlo tan bien como yo, tienes que…

—Las murallas no deberían haber existido nunca —rebate él—.

Son solo un símbolo más de ese conflicto del que hablas, una manera de mantenernos alejados, de señalar a los brujos como un enemigo que erradicar, como monstruos prohibidos con los que nadie debe relacionarse.

Quizá Astrey pretenda acabar con él al romperlas.

Quizá, en el fondo, solo quiera igualarnos a todos.

Lilith deja escapar una risa incrédula. Sus dedos se aprietan un poco más alrededor de la empuñadura de Eunomia.

—No puedes ser tan inocente. No puedes… ¡Te utilizó, Nathan! ¡Te ha estado manipulando todo este tiempo! ¿No lo ves? ¡Solo le has servido para conseguir el Amuleto!

Un destello de molestia asoma a los ojos de Nathan cuando los entorna. Todo su cuerpo se gira hacia ella para encararla, mientras aferra con fuerza el arma que ha robado.

—¿Quieres que te diga quién me ha utilizado durante toda mi vida, Lilith?

El Sacro Reino. Intentó moldearme como quiso, desde que era un niño.

Decidió mi vida entera y me convenció de qué cosas podía querer y cuáles me estaban prohibidas.

Tu madre decidió incluso con quién debía casarme, solo para conseguir que el Amuleto terminara en manos de la familia real.

—Eso no…

—¿No qué? ¿No crees que fuera ella? Porque yo cada día estoy menos convencido de que tuviera una visión real.

Al fin y al cabo, ¿por qué tu dios elegiría juntar a Ammarah con un chico que jamás fue un Portador legítimo?

Si nos hubiéramos casado, si hubiéramos tenido hijos, solo habríamos alargado una mentira, nada más.

Lilith hace un mohín, porque tiene razón.

Destino lo sabe todo, así que siempre ha sabido que Tabitha le había quitado el Amuleto a un ladrón, igual que sabía que la espada que devolvió a la capilla de Santa Aiva no era más real que ella como Portadora.

Su dios siempre fue consciente de todas las mentiras, de todos los secretos, pero decidió no compartir la verdad con la líder de la Hermandad.

La santa llega a abrir la boca, piensa en defender a su madre, pero no es capaz de empujar las palabras fuera de sus labios.

Porque Rhea no se portó bien con él; porque ha estado convenciendo a Ammarah de ideas equivocadas y arrastrándola a sus propios planes.

Porque nunca lloró por su hijo, solo por la credibilidad que perdió.

Porque en el fondo sabe que, si ella misma muriese mañana, lloraría por su santa heredera, no por su hija.

—Lo que haya hecho Astrey para conseguir el Amuleto sigue sin ser peor que lo que los celestiales hicieron conmigo —continúa Nathan, ajeno a la forma en la que a ella se le empequeñece el corazón—.

Él, al menos, me acogió cuando estaba solo en el mundo, cuando pensé que no me quedaba nada por lo que vivir.

Regreso con él porque nunca me ha culpado por sentir como siento, por ser como soy, pero en Daiva todo lo que hicieron fue intentar convertirme en otra cosa.

Y sabe que no se refiere solo al hecho de ser el Portador.

A las reglas que le pusieron cuando el Amuleto llegó hasta él de manos de su madre.

Sabe que no se refiere solo a eso porque ella también lo ha vivido, porque sabe lo que es tratar de plegarse para encajar en un lugar demasiado pequeño.

Conoce el dolor de resignarse, el mismo que ahora tiene él en la voz.

Ella lo vivió al intentar convertirse en una copia del hermano que nunca podría ser, porque no dejaban de compararlos cuando no podrían haber sido más diferentes.

A Nathan lo intentaron domar, lo obligaron una y otra vez a seguir las normas cuando solo quería ser libre.

Incluso Darien lo sufrió. A él lo aislaron, consideraron que no estaba a la altura, que era un desperdicio que tuviera un don que no podía utilizar.

Así que Lilith entiende el enfado, lo que no entiende es que su única alternativa sea acudir al Portador. Lo que no entiende es que pueda ponerse de su lado, incluso cuando sabe cómo va a acabar esa historia.

—Y se lo vas a pagar diciéndole qué es lo que pretendemos, ¿es así? Vas a llevarle a Dysnomia, por si no tuviera suficiente con el Amuleto…

Nathan enarca las cejas. La bruma del río se le arremolina alrededor de los tobillos como unas manos fantasmales.

—No voy a darle la espada: me gusta cómo me siento al empuñarla. Además, no quiero perderme la oportunidad de enfrentarme a ti cuando volvamos a encontrarnos.

Entonces serán Dysnomia contra Eunomia, una vez más. Para sumarse a todas las ocasiones en las que se han cruzado desde que se crearon. Y él contra ella, Nathan contra Lilith, porque ya saben que hay historias condenadas a repetirse.

Le da pena que sea así.

—No quiero que seamos enemigos.