Caleb #2
Caleb baja la vista, con los ojos nublados y la rabia ardiendo en las venas.
Le recorre el cuerpo entero, tan abrasiva como la pena que la acompaña.
Que haya sido su elección solo es un pobre consuelo, porque eso no evita que haya sido por su culpa.
Ishtar ha muerto por él, justo cuando mejor estaba, cuando más posibilidades tenía de alargar su vida un poco más de lo esperado sin necesidad de ayuda.
Había conseguido un demonio después de toda una vida deseándolo.
Era feliz con Derek, con quien tendría que haber pasado los siguientes días, a salvo de todo, disfrutando de la paz que ambos se merecían.
Derek, que debe de haber perdido una parte de sí mismo al perderla a ella.
Y ha tenido que hacerlo Darien. Darien, que la adoraba. Darien, que la quería como a una hermana, tanto como la quería él mismo. Darien, que era un celestial y ya no lo es. Darien, a quien él se había jurado proteger a toda costa.
—¿Cuál es el castigo? —Esos iris verdes desbordados de llanto lo miran con confusión—. Tu castigo, Darien. Ya no eres un celestial. ¿Cuál es el castigo? ¿Qué te he hecho?
Darien abre mucho los ojos, sorprendido.
—Tú no… no me has hecho nada, no…
—Sí, claro que sí. —Su interrupción es dura, firme, una estocada hacia sí mismo más que hacia él.
Se odia. Se odia. Tiene ganas de arrancarse la piel.
Tiene ganas de hacerse daño, de probar su nueva mortalidad y ver cuál es el límite.
Tiene ganas de llenarse el cuerpo de nuevas cicatrices que compensen al menos un poco el sufrimiento que ha provocado en otros—.
Es culpa mía. Siempre es culpa mía. Lo has hecho por salvarme y salvarme siempre tiene un coste demasiado alto.
Primero mi padre. Ahora Ishtar. Y tú . Tú, aunque me juré que nunca más te haría daño.
Te he obligado a convertirte en necromante.
Te he obligado a acabar con la vida de alguien a quien quieres.
Te he… ¿Qué más te he hecho? ¿Qué te he hecho?
—¡Nada! ¡Nada, Caleb, porque esta ha sido mi decisión!
—Darien se apresura a tomar su rostro para exigirle toda su atención, como si así pudiera asegurarse de que entiende todas y cada una de sus palabras—.
Yo llamé a Muerte. Yo le pedí que me convirtiera en uno de los suyos.
Y sabía las consecuencias, sabía lo que me costaría, incluso si no sabía qué vida tendría que dar a cambio.
¡Y estaba dispuesto a pagar! —Un sollozo rompe su exclamación, hace que pierda fuerza en la última palabra—.
A Muerte. A Destino. A cualquiera que me prometiera que seguirías a mi lado.
No me arrepiento, Caleb. Me duele, puede que me duela siempre, pero no me arrepiento, porque nunca me había sentido tan aliviado como cuando has vuelto a pronunciar mi nombre.
Caleb aprieta los dientes, sin saber qué responder a eso.
No se lo merece. No se lo ha merecido nunca, pero ahora menos todavía.
Y, al mismo tiempo, ¿no habría hecho él lo mismo?
¿No habría renunciado él a todo lo que fuera necesario, sacrificado a quien fuera necesario, por un poco más de tiempo a su lado?
¿No sigue siendo, en el fondo, el dios egoísta que fue en otra vida?
Aun así, no puede sentirse tranquilo. La culpa sigue ahí, punzante, haciéndolo sangrar.
—¿Y si una mañana descubres que no mereció la pena? ¿Y si esto solo sirve para darme unos días más? Unos meses más. Incluso si son años, estoy… estoy enfermo. —Le cuesta pronunciar la palabra, arrancársela de dentro—. No es la vida de un enfermo la que te prometí.
Esta vez la mirada de Darien se suaviza, llena de compasión.
Cuando apoya su frente contra la suya, con los dedos todavía acariciando su rostro, lo hace con la mayor delicadeza, como si, pese a lo resistente que ha sido siempre, de pronto temiera que fuera a romperse si lo toca con demasiada fuerza.
—Doce años —susurra—. Muerte me ha prometido… doce años. Y lo habría hecho por un día. No me importa si estás enfermo, Caleb. Voy a cuidar de ti. Y sé que tú cuidarás de mí. Harás todo lo que esté en tu mano para hacerme feliz. Eso es lo que me prometiste a cambio de mi corazón, ¿verdad?
Doce años. Así que ese es el tiempo que les queda.
Doce años en los que compartir una vida mortal, sencilla, en esa casa con jardín con la que ambos han empezado a soñar, similar a la que tuvieron al principio de los tiempos.
Le parecen un milagro y, al mismo tiempo, insuficientes.
Doce años no bastan para darle a ese muchacho toda la felicidad que se merece, pero va a tener que intentarlo.
Tendrá que hacer que cada día cuente. Que cada noche se acueste pensando que todo el dolor que ahora siente valió la pena.
Tendrá que esforzarse por crear un sinfín de recuerdos buenos, uno al menos cada mañana, para que los amargos sean muy difíciles de encontrar.
Caleb todavía está calculando los días que eso les deja por delante (cuatro mil trescientas ochenta mañanas, cuatro mil trescientas setenta y nueve noches) cuando Darien deja caer sus manos. Cuando baja la vista, es a él a quien domina la culpa.
—¿Podrás… perdonarme? Por lo que he hecho. Por tomar esta decisión por los dos.
La pregunta le resulta absurda. De todo lo que se le pasa ahora por la cabeza, culparlo a él ni siquiera ha estado jamás dentro de la lista de posibilidades, así que es Caleb quien lo obliga a mirarlo entonces.
Sus dedos rozan su mentón y evita que sus ojos verdes, esos ojos verdes que ha amado en tantas vidas, huyan de los suyos.
—No tengo nada que perdonarte. Me has salvado la vida, Darien. No solo hoy. Antes era inmortal, pero a veces creo que no sabía lo que era vivir hasta que te conocí.
No hay palabras que respondan a las suyas, solo un beso.
Llega en medio de un sollozo y él lo recibe con el corazón roto.
Aun así, pese a la desesperación que hay en esos labios que se juntan, también encuentra alivio en medio de la culpa.
Es un beso que sabe a tiempo. A esos doce años que les quedan por delante, a las ansias de aferrarse a ellos, de empezar a aprovecharlos desde ese mismo segundo.
Cuando se acaba, Darien no se aleja demasiado.
Mantiene su rostro muy cerca, una mano sobre su mejilla y otra sobre su pecho, allá donde debe de sentir la fuerza con la que le late el corazón.
Ahora puede oírlo con la misma intensidad con la que él ha oído siempre el suyo.
—Más —pide Darien, como ha hecho tantas otras veces. En esta ocasión, sin embargo, lo que grita tras sus ojos no es deseo, sino un anhelo distinto—. Bésame un poco más y… abrázame fuerte. Quiero… Quiero poder recordar cómo se siente.
Caleb tarda unos instantes en comprender qué quiere decir eso y, cuando lo hace, el pecho se le abre un poco más.
Un nuevo remordimiento se le acomoda entre las costillas y se queda a vivir con él para siempre.
El castigo. Siempre hay un castigo, él mismo lo ha dicho.
Y, de pronto, le resulta evidente cuál será el de Darien.
Quienes ven en los sueños se llenan de pesadillas, quienes buscan en las estrellas dejan de poder verlas, y quienes ven gracias al contacto con su piel… dejan de sentirla.
Tiene lógica, pero no por ello resulta menos cruel. Sobre todo, para alguien que se pasó toda la vida rehuyendo el contacto de otros. Y ahora, justo cuando podría tocar sin miedo de que los recuerdos lo arrastren consigo…
Se le hace un nudo en la garganta. Aunque sabe que Darien no quiere su lástima, que no quiere su culpa, no es capaz de evitar la lágrima que se le escurre, solitaria, desde los párpados hasta la boca.
—Darien…
—Por favor. —Su súplica le roza los labios—. Por favor, solo… bésame. Abrázame.
Caleb no dice nada. Destinado a obedecerlo incluso entonces, se traga todas las disculpas que querría volver a pronunciar, todo el dolor que siente dentro, y lo besa como si fuera la primera vez.
Como si fuera a ser la última.