Caleb
CALEB
El amanecer está cerca cuando despierta sin recordar en qué momento se quedó dormido.
Durante los primeros instantes, mientras la consciencia vuelve poco a poco, tan solo se siente cómodo, bien y, al mismo tiempo, extraño.
Nota a Darien contra él, tumbado a su lado, como todas las noches, y su único impulso es rozarlo, apretarlo contra sí, mover el rostro para buscar su frente con los labios.
Es algo intuitivo, una fuerza superior a la que se ha ido acostumbrando cada vez más, con cada noche y día que han pasado juntos.
Por lo general, Darien siempre responde a esas caricias estrechándose un poco más contra él y cobijándose contra su pecho como si en él hubiera encontrado un refugio.
Sin embargo, hoy se tensa. Hoy, en lugar de buscar sus caricias, se aparta de ellas al incorporarse a toda prisa.
—¿Caleb?
La ansiedad en su voz es suficiente para que él frunza el ceño y entreabra los párpados, confundido. Darien está inclinado sobre él y toma su rostro entre las manos, pero su mirada no desborda anhelo, sino preocupación.
Caleb entrecierra los ojos, sin comprender qué ocurre.
Los recuerdos llegan justo después, junto con el pinchazo que siente en el pecho.
Es solo eso, poco menos que un pellizco, pero es suficiente para arrancarle la respiración por un instante, junto con la consciencia de lo que ha pasado.
Recuerda a Eunomia saliendo de su cuerpo, pero sobre todo recuerda la tos, la sangre.
Recuerda sentirse de nuevo como el niño que fue un día, igual de vulnerable y frío y débil.
Recuerda el dolor, la sensación de que su cuerpo se convertía en piedra.
Recuerda pensar: «Sharada». Y querer decir: «Lo siento».
¿Cómo no se dio cuenta? ¿Cómo no se le ocurrió que esa enfermedad seguía dentro de su cuerpo, esperando el momento en el que él bajara la guardia?
¿Cómo se creyó lo suficientemente especial como para pensar que estaba por encima de ella?
¿Es porque se acostumbró a la inmortalidad?
¿Es porque, en el fondo, aunque quisiera poder morir, siempre se ha creído invencible?
—Caleb. —Darien se inclina un poco más sobre él, ansioso—. Por favor, Caleb, dime algo. Háblame. Sabes quién soy, ¿verdad? Dime que sabes quién soy.
—Darien.
Tiene la garganta tan seca que el mero hecho de pronunciar ese nombre acaba en un ataque de tos, pero Darien se apresura a tomar un odre de agua y ayudarlo a incorporarse para que pueda beber.
Caleb lo hace por inercia. Bebe y bebe y bebe, sediento como nunca.
También tiene hambre, más de la que recuerda haber sentido en mucho tiempo.
A la vez, se siente repleto de energía, extraño dentro de su propio cuerpo.
Como si algo en su interior hubiera cambiado y se moviera a un ritmo diferente, mucho más tranquilo, mucho más… normal.
El necromante se acaba el agua antes de alzar la vista hacia su acompañante. Se da cuenta entonces de que no solo él es distinto. Hay algo diferente en él también. Su energía está alterada, aunque no sabría decir por qué. Parece más lleno, más…
—¿Qué ha pasado?
Darien aprieta los dientes ante esa pregunta.
Tiene los ojos rojos e hinchados y Caleb se da cuenta solo entonces de que ha estado llorando.
Por él. Ha debido de pasar mucho miedo, probablemente haya llegado a temer que no fuera a despertar de nuevo.
Y es su culpa. Aunque le prometió que no se arriesgaría, que no pondría en peligro el futuro que habían soñado, al final ha hecho que se preocupe.
Se siente culpable, aunque sabe que no podían esperar, que tenían que ponerse en marcha, que…
Quiere pedirle disculpas, pero se le atragantan cuando Darien se echa encima de él y se aferra a su cuerpo con desesperación, abrazándolo como si pensase que se va a desvanecer en el aire. Caleb suspira, posa una mano sobre sus cabellos, otra sobre su cadera, y lo mantiene cerca.
—Estoy bien —murmura en su oído—. Estoy bien, celestial. Estoy aquí.
Esas palabras no son las adecuadas, porque Darien se queda paralizado al escucharlas.
Su abrazo desesperado, ansioso, pierde fuerza.
Caleb nota un sollozo roto contra su cuello y sabe de inmediato que algo va mal.
Que hay algo que no entiende, no todavía.
Ese sollozo no es de alivio por volver a estar entre sus brazos, sino de pena, de dolor.
—¿Qué ocurre? ¿Qué…?
—No… No vuelvas a llamarme así. Por favor, no vuelvas a llamarme así.
Caleb frunce el ceño, confuso. Un presentimiento le llena el pecho, agónico, pero no sabe desentrañarlo. Se siente lento, con la cabeza embotada.
—¿Así cómo? ¿Qué…?
—Celestial. No vuelvas a llamarme celestial así.
Caleb entiende por qué antes incluso de tomarlo de los brazos y obligarlo a alejarse de él para mirarlo.
Su rostro sigue siendo el mismo, aunque esté manchado de lágrimas, aunque esté lleno de pena.
El necromante repara en la sangre que le ensucia la ropa solo entonces, pero ni siquiera es eso lo que más le llama la atención.
Es todo lo que hay más allá de la piel, del cuerpo.
Eso es lo que más ha cambiado. Ahora es más vibrante.
Más ruidoso. Incluso su corazón late de manera distinta, más fuerte, y de pronto es consciente de la razón.
Cuando baja la vista hacia su propio pecho, el medallón oxidado de Destino le indica que en él ya no hay alma alguna.
Eso es lo que se siente diferente. El espíritu de Darien está de nuevo en su cuerpo, no en ese objeto. Pero eso significa…
—Alguien tenía que curarte. —confiesa Darien.
Caleb alza la vista de nuevo hasta esos ojos verdes de los que se ha enamorado mil veces.
Están llenos de angustia, pero también de resolución.
Él, en cambio, se siente paralizado—. Te…
Te ibas a morir. Realmente te ibas a morir, y yo no…
No podía permitirlo, Caleb. Lo siento, Caleb. Lo siento, no podía. No… No tan pronto.
No, él tampoco quería morir tan pronto. Todavía tiene muchas cosas que hacer, todavía hay deseos que quiere cumplir.
Tiene que rescatar a Dyne, que está en apuros.
Tiene que ayudar a destruir el Amuleto, quiere acabar con ese símbolo que, de alguna forma, empezó con él.
Y, cuando todo eso acabe, quiere esa casa con jardín en medio del bosque, quiere años enteros al lado del muchacho al que le ha entregado su corazón.
Pero no tenía que ser así. Darien no tenía que pagar por sus deseos. Por su tiempo. La historia no tenía que repetirse, pero parece que no pueden evitarlo. Parece que, incluso habiendo aprendido la lección, están condenados a caer en los mismos errores una y otra y otra vez.
Caleb traga saliva y los remordimientos le suben a la garganta.
Su mirada, sin quererlo, se desliza de nuevo por la ropa del antiguo celestial.
La sangre está por todas partes, como rastros de pintura seca, y Darien se hace un poco más pequeño cuando se da cuenta de que se está fijando en ella.
Se cubre el estómago, se abraza a sí mismo, como si así pudiera evitar que la viera, pero ya es tarde.
Las huellas del sacrificio que ha tenido que hacer para convertirse en necromante están ahí y, aunque no fuera así, él sabe muy bien cuál es el precio que Muerte pide por sus dones. Una vida. El coste siempre es una vida.
La cuestión es cuál.
Ansioso, con el mal presentimiento estrechándose en torno a los pulmones, Caleb se apresura a mirar a su alrededor.
Siguen en el mismo torreón en el que estaban cuando se desmayó y están solos.
El cielo ha empezado a clarear, pero ya era de noche cuando Eunomia salió de su cuerpo.
Está seguro de que han pasado solo algunas horas, pocas, no las suficientes para encontrar una víctima lejos y volver.
Así que busca. Aprieta los puños y cierra los ojos, se concentra y el mundo que lo rodea le responde con una muestra de toda la vida que palpita en él.
Escucha a los animales que todavía duermen y a los que vigilan la noche; siente a las plantas que respiran bajo el rocío.
En medio de todo ese ruido, de toda esa vida, por fin percibe tres energías humanas.
Dos se alejan, una siguiendo a otra. Una tercera espera, muy quieta, entre los árboles.
Están todas demasiado lejos como para que pueda identificar a quién pertenece cada una, pero no importa, porque eso es suficiente para confirmar las sospechas.
Son tres energías, no cuatro. Tres.
—¿Quién?
Caleb hace la pregunta sabiendo que la respuesta está entre dos nombres y siendo consciente también de que cualquiera de los dos se le va a quedar tatuado sobre la piel como una cicatriz.
Cuando vuelve a abrir los ojos, la expresión dolida de Darien, las lágrimas que han comenzado a deslizarse por sus mejillas, es suficiente para sentir que le apuñalan el corazón.
—Ishtar.
El nombre de la princesa de Odelia es un gemido, un sollozo, una queja que a Caleb se le clava entre las costillas, en esos pulmones contaminados por la misma sangre maldita que compartía con ella.
Por supuesto que ha sido ella. Por supuesto.
Sabe exactamente cómo ha sucedido antes incluso de que Darien continúe hablando con la voz rota:
—Se ofreció ella. Muerte… Muerte me dio a elegir entre Derek, Lilith y ella, pero yo no podía escoger, no podía. No era justo escoger, y ella… ella… Me pidió que te dijera que fue su elección. Que quería… quería devolverte algo del tiempo que tú le habías dado.