Nathan
NATHAN
En cuanto Muerte se marcha, Nathan aprieta los dedos alrededor de la empuñadura de Dysnomia, lleno de rabia.
No sentía el menor aprecio por la hija de Iraides de Odelia o el chico que ahora la llora, y la habría sacrificado él mismo sin dudar si alguien hubiera intentado elegir a Lilith en su lugar; aun así, odia la situación, porque le resulta demasiado familiar.
Es, una vez más, la misma historia que él vivió con Adam.
Un dios decide y un mortal tiene que debatirse entre el amor o la vida tal y como la conoce.
Tiene que mancharse las manos de sangre porque la alternativa es perder a quien quiere.
Una vez más, piensa en Astrey, en su manera de hablar del amor.
Pero quizá el amor no sea el problema. El amor es lo mismo que el Amuleto: algo poderoso que puede ser un arma o un escudo.
Algunas personas dejan que los consuma, otras no.
Algunas, como Lilith, Adam o Elira, son capaces de anteponer el deber, la responsabilidad, aunque eso también los devore de otras maneras.
Otras, como él, como Darien, siempre elegirán el amor, incluso si eso significa perderse a sí mismos.
Nathan piensa en Saenal, en la primera portadora de la espada que sostiene entre los dedos.
Ella también sufrió por amor, también lo dio todo por su causa.
Amor por su hermana, por su familia. Todo lo que hizo, incluso rendirse, fue por ellos.
Se parecen. Ella y él se parecen, lo pensó leyendo su historia y lo vuelve a pensar ahora, así que por eso decide que va a quedarse la espada.
De todos modos, ya no hay nadie más en ese lugar que pueda cargar con ella.
A Dysnomia solo puede empuñarla un brujo y él es el único que queda en ese grupo.
Lo cierto es que le habría encantado probarla.
Le habría gustado cercenar la cabeza de Muerte con ella, arrancársela sin contemplaciones y desafiar al resto de los dioses a enfrentarse a él después.
El único motivo por el que no lo ha hecho es por Darien.
Porque no podía estar seguro de qué iba a pasar con él si la diosa a la que acababa de jurarle lealtad, por la que acababa de sacrificar a una amiga y parte de sí mismo, dejaba de existir.
Aparta la vista del filo oscuro cuando el chico de los tatuajes por fin se mueve.
Con mucho cuidado, observa a la princesa que yace entre sus brazos.
Su tristeza es evidente, pero su expresión también refleja el entendimiento inevitable de que no va a volver.
Se acabó. Al menos la muchacha parecía convencida, tranquila y segura de su decisión.
Ahora, el chico trata de ponerse en pie sin soltarla, pero le cuesta porque solo puede sostenerla con un brazo; el otro no debe de poder moverlo.
Lilith también se da cuenta, porque se apresura a acercarse a él y ayudarlo.
Nathan está seguro de que, en otras circunstancias, él le impediría acercarse, pero en ese momento, pese a la tensión, lo permite.
Se pone en pie, deja que la santa lo ayude a acomodar el cuerpo contra el suyo hasta que puede aferrarlo bien y, sin palabras, se marcha, aunque Nathan no es capaz de imaginarse a dónde.
Lejos, supone. Todos sus amigos son necromantes, así que querrán enterrarla, pese a que en vida fuera una bruja.
Querrá asegurarse de que encuentra el rincón perfecto para que ella descanse y florezca, para que se convierta en un lugar al que peregrinar.
Lo ve alejarse consciente de que probablemente el hombre ni siquiera esté pensando en qué está haciendo.
Se moverá por inercia, igual que él cuando perdió a Adam.
Quizá camine durante horas y horas y ni siquiera se dé cuenta.
Siente un poco de compasión por él, un poco de esa pena que siempre hay entre quienes viven algo semejante.
A ese chico, sin embargo, no lo conoce. Apenas sabe su nombre y no tiene ni idea de quién es, de su historia.
Lo único que sabe es que estaba en la basílica aquel día, así que el rencor suple la empatía.
Quizá sea justo que pierda a un amor cuando provocó que él perdiera al suyo.
Por quien sí siente lástima es por Darien.
No ha dejado de silbar en todo ese tiempo, siempre la misma melodía.
Es probable que él tampoco sea demasiado consciente de sí mismo ni de lo que ocurre a su alrededor, que esté sumido en el mismo estado catatónico en el que él se sumió durante días, hasta que Astrey lo encontró.
Hablar con él fue lo único que consiguió que empezara a despertar.
No la persecución, ni el cansancio, ni el hambre.
Fue Astrey. Fue poder conversar con otra persona y sentir que el mundo dejaba de ser un lugar en el que estaba completamente solo.
Lilith y él parecen pensar lo mismo cuando intercambian una mirada.
Con cuidado, se acercan a él y se dejan caer uno a cada lado del muchacho que sigue silbando.
Darien mantiene la mano sobre el pecho del chico al que está curando, aunque Nathan se pregunta si todavía podrá sentir el cuerpo bajo sus dedos.
Como celestial, fue un sensible, y, del mismo modo que él perdió la vista por traicionar al dios al que le había jurado su alma, Darien tendrá su propia penitencia.
No le pregunta, sin embargo. Lo último que necesita es alguien que le recuerde todo lo que ha perdido.
Así que, en lugar de eso, murmura:
—Es complicado sacrificar tanto por alguien que amas, ¿verdad?
Él lo sabe mejor que nadie, quizá por eso sus palabras llegan hasta su amigo. El silbido se detiene, aunque Darien no aparta la vista del rostro de ese muchacho al que ha amado durante vidas enteras.
—No es justo —murmura—. No es justo.
—No, no lo es. Y no… se te va a olvidar —admite Nathan.
La santa lo amonesta con la mirada, pero él la ignora.
Darien no necesita mentiras piadosas, sino alguien que lo comprenda.
Alguien que sepa lo que va a pasar, porque ya lo ha vivido—.
Vas a recordar este momento durante el resto de tu vida y te preguntarás a menudo si podría haber sido diferente si tan solo hubieras hecho una sola cosa de otra forma.
Algunos días, te odiarás a ti mismo y te preguntarás en qué instante todo se torció tanto.
La culpa no va a desaparecer. No del todo. Nunca del todo.
—Nathan…
Lilith pronuncia su nombre en un tono a medio camino entre una queja y un suspiro de pena y Darien levanta la vista.
Se fija en Nathan como cuando era pequeño y escuchaba a Adam contar historias, siempre prestando más atención que cualquiera de los demás.
Tiene los ojos cansados, los párpados medio caídos, pero parece despertar un poco al oír su voz.
—¿Pero?
—Pero aprendes a vivir con ello. —Nathan apoya una mano sobre su hombro y se lo aprieta con suavidad.
Darien no se mueve, con la mirada clavada en la suya, tan ansioso de sus palabras como una planta por un poco de luz que le permita respirar—.
Aunque hoy parezca impensable. Aunque hoy y mañana y pasado te duela el corazón y te parezca imposible seguir adelante.
Al final, lo haces. Lo hice yo, incluso con el poder de volver atrás en mis manos, así que tú también lo harás.
—¿Cómo?
Sí, ¿cómo? El brujo tarda un poco en responder a esa pregunta porque él mismo tiene que pensarlo.
Los días que siguieron a la huida de la basílica son un borrón que le cuesta recordar, algo que le resulta ajeno y que viene cortado en fragmentos inconexos cuando piensa en ello.
Los recuerdos de verdad empiezan con Astrey.
El viaje a su lado. El mundo que comenzó a descubrir.
La esperanza que le dio, aunque probablemente no fuese su intención.
Su intención siempre debió de ser llegar hasta el Amuleto, mantenerlo cerca, pero, aunque así fuera, sigue sintiéndose en deuda con él.
Le tendió la mano, lo acompañó cuando más lo necesitaba, respondió a todas sus preguntas, lo protegió cuando estaba indefenso.
Lo liberó de la culpa y de los prejuicios de su fe y lo acompañó hasta un nido para hacer su Trato.
Le permitió conocer a Elira, a Denna, el refugio de Los Elires y, después, a Los Arlequines.
Fuera o no su intención, le dio otro lugar al que pertenecer. Pero, sobre todo, le dio esperanzas. Incluso después de conseguir el Amuleto del Tiempo, le prometió a Adriel que le devolvería a Adam.
Astrey nunca lo juzgó. Jamás. Ni por lo que ocurrió en la basílica ni por sus errores ni por sus deseos de traer de vuelta a alguien que ya no estaba.
—Escuchando a las personas que te perdonan.
Una vez más, piensa en Elira. En sus brazos rodeándolo, abrazándolo, diciéndole lo que llevaba semanas deseando escuchar.
Dos palabras tan sencillas y, a la vez, tan llenas de significado.
Tan liberadoras. Piensa en los brujos, en el propio Adriel, cobijado en su interior, más consciente que nadie de todas sus faltas.
Nathan calla un par de segundos, súbitamente consciente de qué es lo siguiente que debe hacer. Tanto Darien como Lilith parecen tener ya muy claro dónde pertenecen, mientras que él había renunciado a tener un nuevo hogar.
Pero quizá hace meses que lo encontró.
—Nosotros te perdonamos —murmura Lilith, muy bajo, casi como una absolución, mientras pone una mano sobre la de su primo.
Es eso lo que lo trae de vuelta a la conversación. Nathan se fija en ella solo un instante antes de volver la mirada hacia Darien, que cabecea, todavía inconsolable. Aprieta un poco más la mano sobre su hombro.
—Y él también te perdonará —le asegura—. Y ese otro chico, el de la cicatriz. Y así, más tarde o más temprano, tú también podrás perdonarte a ti mismo.
Darien aprieta los labios, con los ojos enturbiados fijos en él.
—¿Tú lo has conseguido? ¿Te has perdonado, Nathan?
Él esboza una de sus sonrisas irónicas, de las que tiran, de las que esconden algo.
—Tengo mis días. —Esa es la única mentira piadosa que va a contarle, quizá porque también quiere contársela a sí mismo.
Quiere pensar que sí, que a veces se perdona, aunque no sea cierto—.
Pero sé por qué he hecho todo lo que he hecho, sé que volvería a hacerlo.
Y creo que tú piensas lo mismo. Lo harías todo otra vez, mil veces, si supieras que es la única manera de salvarlo.
Su amigo de la infancia se encoge un poco sobre sí mismo, pero no lo niega.
Sin palabras, aparta la vista hacia el muchacho al que vela (su hermano, aunque todavía le resulte inconcebible pensar así en él) y lo observa como si fuera lo único que existiera en el mundo.
Nathan entiende exactamente cómo se siente.
—Tienes doce años por delante, Darien —le recuerda—. No los desaproveches perdiéndote en el pasado. Yo lo habría dado todo por ese tiempo.
Él, de hecho, lo daría todo por doce segundos. En doce segundos caben un sinfín de posibilidades. Un último beso, un último te quiero, una última sonrisa.
Doce segundos, cuando ya no te queda nada, pueden durar una eternidad.