La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Darien
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Darien

DARIEN

El corazón de Ishtar Brynsen, la última hija del Inmortal, la mujer más maravillosa que ha conocido nunca, deja de latir entre sus brazos.

La escucha exhalar su último aliento contra su cuello y sus piernas pierden las fuerzas justo después.

Ambos caen cuando el peso de la muchacha lo arrastra hacia abajo y Darien está seguro de que él sigue descendiendo mucho después de que hayan encontrado el suelo.

Baja y baja y sigue bajando y todo se vuelve oscuro a su alrededor.

Le duele ese lugar entre las costillas que ha conseguido apuñalar en ese otro cuerpo.

Le duele respirar y está seguro de que va a hacerlo siempre, de que nunca olvidará lo que se siente al notar cómo la sangre de la que ha sido su mejor amiga le empapa la mano y la ropa.

A partir de ese día, soñará para siempre con la disculpa que le ha dado y sabrá que no fue suficiente. Aunque ella le ha dicho que no es culpa suya, se va a recordar que fue la mano ejecutora cada segundo de cada día del resto de su vida.

Darien se abraza a ella con todas sus fuerzas.

Entierra el rostro entre sus cabellos y deja que las lágrimas sigan brotando.

Ahí, hundido en ese pozo de oscuridad, lo único que todavía importa es lo que le ha hecho, las estaciones que le ha robado, la seguridad de que nunca más va a verla sonreír.

Nunca más va a llamarlo «santito» con ese retintín en la voz.

Nunca más se va a burlar de él. Nunca más mostrará esa curiosidad que podía rivalizar con la suya ni lo tocará por sorpresa cuando él más lo necesite, porque ella no tiene nada que esconder, porque siempre es transparente, como si no tuviera secretos propios o, al menos, no le importase que él los descubriera.

Duele. Duele saber que todos los recuerdos que atesora de ella son los últimos, pero más duele preguntarse si lo que ha hecho merecerá la pena.

Alguien cae de rodillas junto a él.

Derek tiene el rostro empapado y los ojos abiertos, pero es completamente ciego a cualquier cosa que no sea la mujer a la que ama.

Aunque una parte de Darien solo quiere seguir aferrándose a ella, se la cede porque sabe que es lo único que quiere, lo único que necesita, y el chico aprieta los dientes mientras la estrecha contra sí.

Sus dedos son delicados cuando le acaricia el rostro, cuando le aparta el pelo de la cara, cuando le roza los ojos cerrados.

Las marcas negras que el demonio le había dejado en la piel ya no están y sin ellas vuelve a parecer frágil, humana, perfecta.

—Ishtar…

Su nombre es un gemido doloroso, un intento de arrastrarla de vuelta a este mundo. No hay respuesta. Ella no abre los ojos, no sonríe. Sus labios se han quedado apenas entreabiertos y él los besa como si quisiera insuflarle su aliento.

Darien baja la vista. Llora sin hacer ruido, con ansias de hacerse lo bastante pequeño como para que todos lo olviden, tan diminuto como su voz cuando dice:

—Lo siento. Lo siento, lo siento…

Derek no responde y Darien se pregunta si va a odiarlo después de esto o si podrá perdonarlo algún día. Sea cual sea la respuesta, no podrá culparlo. Él no sabe cómo va a perdonarse a sí mismo.

Los pasos de Muerte no hacen ruido cuando se acerca.

Roza la cabeza de Derek en un gesto de consuelo que el chico ni siquiera debe de sentir y luego, con un ademán de esos dedos de musgo y hojas, convoca una pequeña luz que sale directamente del pecho de Ishtar.

Como un pajarillo redondo, aletea hasta posársele en la mano y entonces la mirada de Sikil se endulza.

Cuando cierra el puño a su alrededor, la luz se disuelve en mil otras que se dispersan hacia el cielo, como las pavesas de una hoguera, dispuestas a convertirse en estrellas con las que llenar esa noche que a Darien se le antoja tan oscura.

Después, la diosa se vuelve hacia él y avanza hasta que su falda le roza.

Desde ahí abajo, todavía sentado entre la hierba, Muerte le resulta gigantesca, lo llena todo y amenaza con devorar su mundo.

Se le hace temible y, al mismo tiempo, más amable de lo que nunca le pareció Destino.

Ella está viva, es tangible, camina entre los mortales como si fuera una más.

Cuida de sus fieles concediéndoles su magia y un deseo final.

Ahora Darien también tiene derecho a pedir ese deseo.

Ahora, por ese acto cruel que le ha manchado las manos de sangre, que ha empapado el cuchillo de Tara que ha dejado tirado en la hierba, ha pasado a formar parte de sus niños, y quizá esa sea la razón por la que no se siente más que eso cuando ella se inclina sobre él.

—Que la tierra te honre, Darien.

Muerte le arrebata su apellido y se alza el fino velo como una novia desposada.

Su rostro está cubierto de un campo de tréboles con flores blancas, las diminutas nomeolvides que crecían a su paso en aquella visión que tuvo de ella con Chronos y Tara.

Con cuidado, como si temiera que su cercanía lo asustase o fuese a romperlo todavía más, la diosa se acerca para dejar el más suave de los besos sobre su frente.

Darien lo nota, es consciente de la suavidad de su roce, igual que es consciente de lo fríos que están sus labios de flor.

El mismo frío que lo recorre de repente por dentro y por fuera.

Como si se hubiera sumergido en un lago helado, el cuerpo del chico se estremece y él tarda un momento en ser consciente de que no es solo hielo sino poder lo que ella planta bajo su piel.

Ante él, el mundo cambia.

Es una sensación extraña. Como si alguien hubiera encendido una luz en una habitación oscura, como si alguien empezase a susurrar después de un silencio que ha durado toda una vida.

Cada uno de los cuerpos que lo rodean desprende un fulgor, una energía que le resulta cálida incluso cuando no cree que emitan ningún tipo de calor.

Sus colores son más vibrantes que nunca, incluso de noche.

Y todo tiene sonido. Cada corazón desacompasado de los demás.

Cada brizna de hierba, cada flor y cada hoja de hiedra que trepa por las piedras inertes.

Darien no sabe hacia dónde mirar, a qué prestarle atención, se siente mareado por el súbito estallido de sensaciones.

Muerte, que se ha apartado un par de pasos, es la luz más brillante de todas, hipnotizante, desbordante, única.

Es consciente de la presencia que hay detrás de él un segundo antes de que la mano se pose en su hombro. Aunque es un gesto inofensivo, muy suave, su acto reflejo es hacerse pequeño, cerrar los ojos, esperar el golpe del recuerdo.

Pero nada pasa.

—¿Darien…?

Lilith está a su espalda, de pie, y su primo se da cuenta de tres cosas: que su energía no puede eclipsar a la de Eunomia, como si el arma tuviera vida propia; que el medallón que cuelga del cuello de la muchacha brilla, palpita como si marcara los latidos de un corazón, y que el contacto de la mano en su hombro se siente lejano, como si no le estuviera pasando del todo a él.

Como si llevara ropa demasiado gruesa como para sentir más que una presión leve allá donde lo toca.

No dice nada. La mira con los labios apretados y ella se acuclilla ante él, con el rostro más triste que le ha visto en mucho tiempo.

Lo sabe. Sabe al menos una parte de lo que le está ocurriendo, sabe toda la pena que le marchita el corazón, el dolor que siente.

Sus manos le tocan la cara, supone que en un intento de limpiarle el rastro de lágrimas que se ha enfriado sobre su piel.

—Está… Está bien.

Al menos ella no lo odia. Eso es lo único que puede pensar mientras mira en sus ojos azules. Que ella tampoco lo culpa, que lo más probable es que esté agradecida de que en ningún momento pensase que ella era una opción que sacrificar.

Ninguno lo era. Ninguno debería haber muerto.

—No está bien. Ella… Yo…

Solo es capaz de balbucear, pero no hace falta que ponga más palabras en sus labios para darle sentido a lo que quiere decir.

Ambos miran hacia la figura que Derek acuna entre sus brazos.

El chico ya no llora, pero continúa con el rostro enterrado entre esos cabellos oscuros, presente en cuerpo pero muy lejos de allí en espíritu.

Ishtar está tan inerte como la piedra, con sus colores apagados.

—Recuerda que este es solo un nuevo principio para ella —lo consuela Sikil—. Y quizá sea uno más amable que…

La diosa se interrumpe cuando el filo de una espada amenaza su cuello.

Llega de pronto y Darien se gira, en tensión, hacia la figura que sostiene a Dysnomia.

Nathan tiene los ojos negros más oscuros que nunca y las ascuas de su rostro tan brillantes como si todo su cuerpo estuviera a punto de prender en llamas.

Darien no sabe cuándo ha cogido el arma de Caos, pero la sostiene como si fuera algo natural, como si el filo y él hubieran estado esperándose durante años y se pertenecieran el uno al otro.

En él, la energía chisporrotea, ruidosa y descarnada.

—Ya has acabado todo lo que tenías que hacer aquí, ¿verdad, Sikil? —Las palabras del brujo también queman, escuecen—. Entonces te invito a marcharte y a desaparecer de nuestras vidas. A menos que quieras que repitamos la historia de Chronos contigo.

Darien no es capaz de ponerse en pie, de detenerlo, pero traga saliva. Lilith sí se levanta a toda prisa, alarmada. Muerte, en cambio, no se altera. Solo observa de soslayo al muchacho que se encuentra a su espalda.

—Eso sería una mala idea, Nathan Tabiz.

Él tuerce una sonrisa más afilada que el arma que porta.

—Soy conocido por mis malas ideas, así que mejor no me provoques. —Sus ascuas se avivan, una llama roja se enciende en sus ojos—. Márchate.

Los dioses no aceptan órdenes de los mortales, pero Muerte suspira y empieza a alejarse con paso tranquilo.

Con cada una de sus pisadas, se hace más pequeña: en cada una abandona un trozo de ella, dejando un camino de hojas y musgo, de tréboles y nomeolvides.

Sobre la tierra o sobre la piedra, todas las plantas echan raíces por donde ella pasa, todas respiran, todas viven, todas tienen el brillo de esa energía que ahora Darien ve en todas partes.

—Doce años —le dice Sikil a Darien cuando pasa por su lado.

No se lo susurra, no pretende que sea un secreto.

Lo que no sabe es si es una advertencia o una amenaza—.

Doce años tenía cuando hizo un pacto conmigo y doce años le otorgo yo ahora.

Ni uno más. Volveré a visitaros entonces…

y espero que estéis preparados para recibirme.

La Original no espera a escuchar una respuesta, quizá porque no hay forma de rebatirla. Ese es el trato, ella ha elegido las condiciones. Ahora, lo único que Darien puede hacer es asegurarse de que puedan llegar tan lejos. Lo harán. Se quedarán el uno junto al otro, cuidándose.

Doce años.

Ishtar ha vendido su vida por doce años.

Él se ha convertido en necromante por doce años, ha renegado del dios que le dio su don por doce años.

Va a ser castigado por doce años.

Darien vuelve la vista hacia Caleb. Sigue inconsciente, junto al fuego, ajeno a todo lo que ha pasado a su alrededor.

Ajeno a la muerte, a la tristeza, al dolor.

Cuando despierte lo hará en un mundo diferente y descubrirá que, mientras dormía, le han abierto el pecho y le han arrancado un pedazo de corazón.

Y él ha sido la mano ejecutora. Ha sido él quien le ha cortado ese pedacito y lo ha tirado lejos.

Ha sido él quien ha tomado la decisión de salvarlo al coste que fuera, aunque quizá Caleb le eche en cara que no tenía derecho a hacer algo así en cuanto abra los ojos.

Darien se acerca a él como en un trance.

Cuando cae de nuevo a su lado, arrodillado, le examina el rostro y se da cuenta de que la fiebre le arde en las mejillas, de que su corazón late de forma errática, de que su respiración es superficial y demasiado rápida.

Alrededor de su cuello todavía lleva su medallón, pero ahora está roto.

Sus dedos acarician las grietas, la forma en la que el ojo se ha deformado, más monstruoso que divino.

Por un momento, se plantea arrancárselo de un tirón, pero al final lo deja en su sitio porque, con su alma o sin ella ahí dentro, esa joya hace ya mucho que es suya.

Su mano se detiene en su pecho y aprieta un poco más de lo necesario cuando se da cuenta de que el contacto le resulta un poco más distante de lo normal.

Pero no puede pensar en eso ahora. Ahora lo importante es curar a Caleb.

Usar el nuevo poder que ha recibido y mantenerlo a su lado. Hacer que todo merezca un poco la pena.

Nadie le ha explicado cómo emplear la magia que se le ha concedido, pero supone que no sentiría toda esa energía si no pudiera hacer algo con ella.

Si no estuviera a su disposición. La de las plantas, la de los animales que duermen en sus madrigueras bajo tierra, las de los pájaros que anidan en los árboles.

Es consciente de los insectos, de la araña que camina por el velo que Muerte ha dejado abandonado un poco más allá.

Es consciente de sí mismo. Aunque se sienta embotado, rebosa vida.

Por ese día, ya ha tomado demasiado de otros, así que lo único que quiere darle a Caleb es algo de sí mismo.

Serán latidos, será su propio aliento. Sin saber muy bien qué hace, toma aire y empieza a silbar.

Y se siente bien al hacerlo. Con cada nota, un poco de su fuerza se va con el necromante.

Es como desinflarse, como arrebatarse pedazos para intentar ponérselos a otra persona, pero no le importa.

Sabe que no se quedará vacío. Sabe que ya ha perdido más de lo que desearía y sigue vivo, así que sobrevivirá. A esto. A todo lo demás.

Tiene que sobrevivir durante los próximos doce años.

No se da cuenta de qué melodía está silbando hasta que las notas empiezan a perderse sobre su cabeza.

Cuando se percata, sin embargo, le parece que tiene sentido.

Es la única canción que le pertenece de verdad.

Es una melodía de otra vida y está hecha de lo que están hechos los recuerdos, incluso si él ahora ya no los roba, sino que solo los atesora.

Suena a un amor perdido. A un amor que no va a volver.

A un amor al que, por primera vez en mil años, le han dado una segunda oportunidad.