Ishtar
ISHTAR
Ishtar de Odelia siempre ha sabido que moriría joven.
Esa verdad tan absoluta, tan irrefutable, casi se le había olvidado durante las últimas semanas, mientras respiraba aire limpio, sentía una fuerza que se le había negado durante años y disfrutaba de una vida que nunca se había atrevido ni siquiera a imaginar.
El demonio de su interior había conseguido darle la impresión de que podía deshacer con sus propias manos la piedra en la que estaba escrito su final.
Pero incluso ella sabe que todos los sueños llegan a su fin.
«¿Qué estás haciendo?». El demonio que lleva en su interior gruñe en cuanto ella se ofrece como sacrificio.
Nota cómo lucha, se retuerce como si quisiera escapar de su agarre.
Se siente burlado. Engañado. «Viniste a por mí porque querías vivir.
Hicimos un Trato porque querías vivir. ¿Qué crees que… ?».
Ishtar respira hondo, ignora la voz y se concentra en mantener el control.
La criatura en su interior se siente traicionada y precisamente por eso trata de hacerse con el poder sobre sus movimientos, sobre su consciencia.
Pero ella no va a dejar que eso ocurra. No va a dejar que nada le haga cambiar de opinión.
Se lo promete mientras se clava las uñas en las palmas de las manos, da un paso al frente y deja que Muerte la enfoque con sus pupilas hechas de cristal.
Su reflejo le devuelve la mirada, firme y determinado, aunque le escuezan los ojos y el miedo le acelere el corazón.
Sin embargo, no es la diosa la que la asusta.
Esa criatura la ha perseguido desde que era solo una niña, así que, aunque es la primera vez que se la encuentra, que puede darle una forma concreta, siente que ya se conocen, que son amigas.
Ha estado jugando al escondite con ella desde la primera tos, desde el primer desmayo, pero ahora la ha encontrado y ya no hay ningún refugio en el que ocultarse.
No, lo que le asusta no es la muerte. Es la despedida.
Es el dolor que sabe que va a dejar detrás y que daría lo que fuera por poder apaciguar.
Lo que le asusta es la expresión de Darien, que se descompone cuando se fija en él.
Le asusta la mano que siente de pronto en su brazo, fuerte, segura, firme.
—No.
Ishtar tiene que hacer acopio de todas sus fuerzas para atreverse a mirar a Derek.
Los tatuajes del rostro le enmarcan la expresión horrorizada, su mano se aprieta un poco más contra su piel.
Dentro de su cuerpo, el demonio se sacude con tanta fuerza que el pecho se le aprieta, que la respiración comienza a fallarle.
La está castigando. Quiere debilitarla, quiere recordarle lo que es la sharada sin su ayuda para apaciguar esa sangre maldita que le corre por las venas.
Mejor. Aunque duela, aunque sea angustioso, la convence incluso más de que está tomando la decisión correcta.
—Tú no. —Derek tira de ella hacia sí mientras niega con la cabeza. Tiene los ojos grises muy abiertos, repletos de la misma ansiedad que ha sentido ella en cuanto lo ha escuchado ofrecerse—. No puedes. Nunca habías estado mejor. Nunca…
—Por eso mismo tengo que ser yo —lo interrumpe ella.
Ishtar se esfuerza en sonreír cuando alza los dedos hasta esa mejilla marcada, hasta ese rostro del que no ha dejado de enamorarse cada día un poco más—.
Por eso mismo quiero que sea ahora. Caleb siempre me dijo que todo acabaría cuando yo quisiera, ¿verdad?
Esa fue la promesa desde el principio. Ese fue el pacto que hizo hace años con el chico que ahora descansa sin fuerzas a solo unos pasos de ellos, víctima de la misma enfermedad de la que la rescató a ella tantas veces.
El chico que le ha ofrecido su energía en mil ocasiones, el que le ha permitido tener esperanza muchas más veces de las que puede contar.
Sin él nunca habría vivido tanto, está segura.
A Caleb le debe mucho más que a ese demonio que ahora le clava las uñas, vengativo, molesto por su insurrección, por lo que él considera una transgresión de su Trato.
Derek vuelve a negar, pero ha palidecido, demasiado consciente de que tiene razón.
Su vida siempre ha estado en sus propias manos, su final siempre ha sido una decisión que solo le pertenecía a ella, a nadie más.
Ni siquiera a él, del mismo modo que ella nunca debió tener derecho a decidir sobre el de su guardián.
Aun así, Derek se aferra a ella con desesperación, mudo, demasiado dolido ante la simple posibilidad de perderla.
Sabe bien cómo se siente. Sabe el daño que va a hacerle y es lo único que no va a poder perdonarse.
Pese a ello, Ishtar entrelaza sus dedos y da un paso hacia él. Espera que en su sonrisa vea la tranquilidad suficiente como para darle un poco de paz. Espera que se quede con eso y no con su mirada nublada.
—Estos días han sido los mejores de mi vida —dice con suavidad—.
He vivido más en estas semanas que en años enteros, Derek.
He… He conseguido convertirme en bruja, he visto el mundo más allá del jardín de palacio, he podido amarte.
No tengo más deseos que cumplir. Nunca quise más que el tiempo para hacer todas las cosas que pensé que nunca podría, todas las cosas que siempre me dijeron que estaban fuera de mi alcance, y…
ya está. Lo he conseguido. Es suficiente. Es más que suficiente.
Sus dedos capturan la primera lágrima que se descuelga de las pestañas de su amante, que la observa con la desesperación de quien se ha quedado atrapado en una pesadilla.
No es capaz de hablar, de encontrar las palabras adecuadas para responder.
Parece ahogado en sus propias dudas, en esa batalla imposible que ella conoce mejor que nadie: aceptar sus deseos y dejarla marchar, o negarse y obligarla a quedarse.
—No es suficiente. N-Nunca nada ha sido suficiente para ti. Tú siempre quieres más. Eres insaciable. Eres…
Ella se ríe, aunque la risa le sale arañada. Se le escapa una tos.
—Es cierto. Tienes razón. Siempre quiero más. Y… Y sí que hay una última cosa que deseo. Quiero… Quiero que te aferres a esa oportunidad que te queda. Quiero que ayudéis a Dyne y que disfrutes de una vida larga y que cuides de los demás como siempre has cuidado de mí.
A Derek se le escapa un sollozo que sacude todo su cuerpo.
—Ishtar…
Pero no es capaz de añadir nada más a ese gemido lastimero que es su nombre, a esa súplica que sabe que no va a tener respuesta.
Ella no soporta verlo así, no soporta escuchar esa herida abierta en su voz, por eso se adelanta y lo acalla con un roce de labios.
El beso es húmedo y sabe a sal, a despedida, pero aun así Derek se aferra a ella como si al alargarlo pudiera hacerla cambiar de opinión o les diera tiempo para encontrar otra solución.
Durante los segundos que dura, le permite esa pequeña esperanza, se la permite a los dos.
Ishtar lo besa como si en sus labios se escondiera una escapatoria, pero también como si fuera lo último que va a hacer en la vida.
Es un beso en el que se contiene todo lo que no podrá darle en el futuro.
Cuando se aleja, ella también tiene las mejillas manchadas de llanto y los sollozos le aprietan el pecho, pero aun así le dedica una sonrisa empapada.
—Te amo, Derek. Te amo y solo me arrepiento de todo el tiempo que tardé en decírtelo.
Él aprieta los dientes cuando ella se desliza fuera de su alcance. Aprieta los puños, se obliga a no atraparla de nuevo, aunque probablemente nada le gustaría más que sostenerla, que impedir que se le escurra entre los dedos para siempre.
—Te amo —responde él, casi sin voz—. Te amo y… no voy a olvidarte, así que no me olvides tú a mí. Vayas donde vayas, recuérdame. Recuérdame y espérame.
Ella vuelve a reír, su carcajada convertida en una campanilla rota.
Le encantaría prometerle algo así, pero no depende de ella.
Eso solo hay una criatura en ese mundo que puede concedérselo y es la diosa que aguarda, paciente, unos pasos más allá.
Cuando se gira hacia ella, la sonrisa sigue en su boca.
—¿Nos harías ese favor? —le pregunta, tranquila—. ¿Nos permitirías encontrarnos y recordarnos en otra vida? Creo que he sido una rival digna para ti, así que al menos me merezco eso.
Muerte la observa con esa expresión difícil de desentrañar, con esos ojos en los que Ishtar solo se ve a sí misma, pero le parece que hay una sonrisa bajo ese velo de tela de araña cuando le tiende la mano.
Como si realmente fueran amigas. Como si llevara mucho tiempo esperándola y estuviera feliz de poder encontrarse con ella por fin.
—Veré qué puedo hacer.
Ishtar sonríe un poco más antes de poner sus dedos sobre esa mano y dejar que la Muerte la lleve hasta Darien como si fuera una novia acompañada hasta el altar.
Enfrentarlo a él es la última cosa complicada que tiene que hacer, junto con mantener el control sobre su propio cuerpo y luchar contra esa fuerza de su interior que se niega a aceptar su decisión.
Su amigo se pone en pie a duras penas, tambaleándose sobre sus propios pies.
Está pálido, más angustiado de lo que lo ha visto nunca.
Aunque tiene el puñal aferrado en una de sus manos temblorosas, es incapaz de alzarlo contra ella.
Sabe que a él también va a hacerle daño. Sabe que habrá noches en las que tenga pesadillas con ese recuerdo, madrugadas en las que se despertará con la sensación de tener las manos empapadas de sangre, por eso quiere hacérselo lo más fácil posible.
—¿Sabes qué he estado pensando últimamente, santito?
Darien traga saliva. Las lágrimas caen a borbotones por su cara y es obvio que se le está rompiendo el corazón, que después de ese día no va a volver a latir igual, pero aun así da un paso hacia delante.
—¿Qué? —pregunta en medio de un sollozo.
—Que al final sí que me acompañaste a un nido de demonios, como me dijiste aquel día en palacio. —Ishtar amplía su sonrisa—. Ha sido una buena aventura, ¿no?
Eso es más de lo que el celestial puede soportar.
Se rompe al escucharla, Ishtar lo sabe porque por primera vez es él quien se lanza a sus brazos, desesperado por abrazarla.
Por un segundo, la princesa vuelve atrás.
Se ve en las escaleras de palacio, estrechando la mano de ese chico por primera vez.
Escucha las notas de un clavicordio, las risas en medio de una sala de música, se ve ofreciéndole un sinfín de objetos extraños.
Se ve bailando bajo el sol, pero también caminando entre los árboles.
Sobre todo, se ve riendo, alegre, con su sonrisa de diablillo, y cuando el presente se asienta de nuevo a su alrededor y ella corresponde a ese abrazo que se estrecha sobre su cuerpo, espera que todas esas imágenes signifiquen que es justo así como Darien va a recordarla.
Ojalá sea así como la recuerden todos.
—Gracias… —La voz del celestial es un hilo con el que se ha cosido la pena más grande del mundo—. Gracias por dejarme formar parte de tu familia.
Ella le moja la piel cuando esconde su rostro contra su cuello.
—Aprovechad el tiempo. Cada minuto. Cada segundo.
Es lo más valioso que vais a tener. —Cuando Ishtar se separa, es solo lo justo para dejar un beso en su mejilla, tierno, dulce—.
Te quiero, Darien. Os quiero a los dos. Cuando despierte, dile que yo lo elegí, que quería devolverle algo del tiempo que él me ha regalado estos años.
Dile que no ha sido su culpa. Y recuerda que tampoco es la tuya.
Darien deja escapar un gemido agónico, pero asiente, la estrecha con más fuerza.
—Te quiero —responde, deshecho—. Lo siento, Ishtar.
Ella cierra los ojos, tranquila. En su interior, el demonio lucha, muerde y se revuelve, pero supone que es normal.
Ella entiende mejor que nadie lo que es aferrarse a la vida con ansias, con desesperación, con uñas y dientes.
Pero está bien. La vida es eso. En algún momento, tan solo se acaba.
Y esa es una magnífica manera de terminar la suya.
Bajo una mano amiga, con el sabor del amor de su vida todavía en los labios y por salvar a alguien a quien quiere, por devolverle de alguna manera todo el tiempo que él le ha dado.
Ahí fuera, en un mundo que nunca pensó que vería, en lugar de en una cama, consumida y sin fuerzas.
Sí, es una buena manera de morir.
Cuando el puñal se clava entre sus costillas, siente el dolor.
Pero, sobre todo, siente paz.