Darien #3
Una última imagen aparece, pero esta vez no es el cadáver de Derek, sino un simple orbe de luz entre los brazos de Muerte.
No.
Lo siguiente que Darien puede ver en esos ojos es a sí mismo de nuevo, negando con la cabeza, con los labios crispados en esa negación que no se atreve a pronunciar. Sabe lo que viene a continuación, pero no quiere escucharlo. No puede.
—Dame a uno de ellos y te concederé lo que deseas.
Aun habiendo adivinado lo que iba a decir, las palabras son como un golpe que le cruza la cara.
Todavía sigue negando con la cabeza y lo hace hasta que reúne la valentía para mirar a los demás.
Nathan se ha puesto delante de Lilith, como si quisiera protegerla de la mirada de la diosa, y las ascuas en su rostro chispean y arden con más fuerza que nunca.
A su espalda, su prima ha palidecido, incrédula, pero Darien solo se permite observarla durante un instante antes de volver los ojos hacia Derek e Ishtar.
Ellos se miran entre sí, inmóviles. La princesa ha puesto la mano sobre la de su caballero, pero es la que el muchacho ya no puede mover.
Con él, Darien llega a cruzar una mirada.
Tiene los labios apretados en un gesto de tensión, como si estuviera teniendo una lucha consigo mismo.
Ishtar vuelve la vista de Caleb a Derek y después hacia él, horrorizada.
Darien no soporta mirarla, no soporta mirar a ninguno de los tres, así que se gira hacia la diosa que aguarda, impertérrita, a que tome una decisión imposible.
—No puedo. —Los ojos de Sikil lo atraviesan. No hay sentimiento en ellos, no hay ni piedad ni pena—. Pídeme a cualquier otra persona, pero no a ellos. No me obligues a elegir entre ellos. Son mis amigos, mi familia, no…
—Seré yo.
La voz suena con fuerza, reverbera en el suelo, le vibra en los huesos, hace que el mundo entero se estremezca.
Como si fuera un chillido, lo hace encogerse sobre sí mismo y cerrar los ojos.
Si no los abre, no tendrá que encarar a la persona que se ha presentado voluntaria, no tendrá que aceptar uno más de esos sacrificios que tanto detesta.
Pero sus pasos ya se acercan entre la hierba.
—No —gime—. No puedo…
Por favor, que no le obligue a hacerlo. Por favor, que se arrepienta. Por favor…
Pero cuando abre los ojos, Derek está detrás de él, con la mirada fija en la diosa que lo acompaña.
La enfrenta con la tranquilidad que solo podría tener un necromante, con el sosiego de quien sabe que no le queda mucho tiempo.
Su brazo izquierdo cae inerte contra su costado y las puntas de unas hojas ya asoman bajo la manga.
—Solo es adelantar un poco lo inevitable, ¿no? ¿Cuánto me queda, de todas formas? ¿Semanas? ¿Un par de meses?
Muerte asiente, pero el muchacho mantiene la compostura, sin permitir que la confirmación rompa su máscara de calma. Porque es una máscara, Darien lo sabe. No puede estar tan tranquilo. No puede aceptar esa situación sin más.
—Pero debes saber que también hay una salvación posible para ti —advierte la diosa—. Dyne hizo un trato conmigo el día que moriste, Derek. Y, si cumple su parte, yo cumpliré la mía: tu traición será perdonada y recuperarás tus poderes y mi favor.
Esa información es todo lo que hace falta para que la expresión de Derek pase de la paz a la incredulidad y termine en la preocupación.
Darien lo conoce lo suficiente como para estar seguro de que odia la idea de que su amiga se haya endeudado por él, que se haya metido en sus asuntos, pero probablemente también se sienta agradecido.
Probablemente la entienda, porque él haría lo mismo.
Porque él también estaría dispuesto a cerrar un trato con Muerte por cualquiera de los suyos. Está a punto de hacerlo.
Pero de pronto duda. Una cosa es ofrecer tu vida cuando estás seguro de que no te queda mucho tiempo y otra muy distinta hacerlo siendo consciente de que quizá haya una oportunidad para ti.
—¿Dyne? ¿Qué…? ¿Qué trato? ¿Qué te ha prometido?
—Eso es entre ella y yo.
Derek aprieta los labios, sin palabras. Hay algo que grita en sus ojos, un asomo de esperanza al que no quiere agarrarse.
Darien traga saliva cuando sus miradas vuelven a encontrarse.
«No puedes», quiere decirle. «No puedo».
No quiere matarlo. No quiere arruinar una vida que podría seguir por tantos años, que quizá incluso podría a llegar ser más larga que la suya.
Es su amigo. Es su amigo, incluso si al principio no se soportaban, incluso si…
—Seré yo.
La propuesta es un eco de las palabras que ha pronunciado Derek al levantarse, pero en esta ocasión no salen de sus labios. La voz es diferente, más suave pero igual de convencida.
A Darien se le congela la sangre en las venas en cuanto la escucha.
Dispuesta a ofrecer todo lo que ha sido y todo lo que es, Ishtar Brynsen da un paso al frente. Aunque tiene los ojos brillantes de lágrimas contenidas, su mirada es pura valentía cuando, después de toda una vida huyendo de ella, se encara por fin con la diosa de la muerte.
—Seré yo —repite—. Soy yo quien tiene que morir.