Darien #2
Darien se da la vuelta muy despacio, a tiempo de ver a una figura apenas humana materializarse fuera de la pared.
Lleva un vestido hecho de musgo y enredaderas, de flores que se han abierto como si hubiera salido el sol en medio de la noche.
Su rostro está cubierto por un velo hecho de la más delicada tela de araña, tan tupido que solo deja adivinar un par de ojos que se fijan en él.
Tienen el brillo del cristal y, como si estuvieran mostrando un reflejo, se ve a sí mismo.
Es solo un momento. Al instante siguiente, cambia y ve al Adam de su visión.
Ve los huesos en la Fosa de los Infieles.
Ve el cadáver de Derek en la Noche de las Bestias y la carcasa vacía de aquel brujo que mataron para ayudar a Ishtar en el palacio de Damira.
Ve las piras funerarias que montaban en Daiva, junto al lago, para honrar a los muertos y los árboles del cementerio de los necromantes, donde las cintas ondeaban al viento.
Lo ve todo en solo un segundo, antes de volver a observarse a sí mismo, y no puede evitar preguntarse si eso significa que va a ser el siguiente.
—Le dijiste que era tu favorito. ¿No quieres salvarlo? Cúralo. Haz algo por él. No dejes que Xandre gane la partida.
Suena suplicante, derrotado, pero ni siquiera le importa. Si son súplicas lo que hace falta, suplicará durante horas, durante días. Hará lo que sea.
Lo que sea.
—Es él quien ha decidido volver a ser mortal —responde ella con la calma de la brisa entre los árboles—.
Quería la posibilidad de morir y ahora la tiene, con todas sus consecuencias.
Ya ha tenido mucho más tiempo de lo que le habría correspondido.
Primero su padre lo salvó y después yo le concedí muchos años más.
—Darien entrecierra los ojos, sin comprender, y la diosa ladea la cabeza como si su confusión le resultara enternecedora—.
¿Quién crees que empujó la energía de las espadas hacia su cuerpo aquella noche?
¿Las espadas? No, eso no es lógico. No pudo ser ella la que hizo que las espadas acabaran dentro de Caleb. ¿Por qué iba a hacer eso? ¿Por qué iba ella a convertirlo en inmortal? ¿Por qué…?
Porque es una diosa. Porque podía hacerlo.
—No es cierto. —Le vuelve a costar respirar.
Le cuesta creerse sus propias palabras—.
Tú no… No has podido usarlo todo este tiempo.
No… ¿Por qué le darías esa carga? Por entonces ni siquiera te servía.
Era… Solo era un niño. Por tu culpa perdió seis años de recuerdos.
¿Y para qué? —Le duele la mano en la que aprieta el puñal de Tara, siente los dedos helados—.
¿Para dejarlo morir cuando le sacasen las espadas? ¿Ese era tu gran plan?
—No tenía modo de saber que perdería la memoria, pero supongo que fue demasiado para un cuerpo mortal —responde ella, como si considerase eso una disculpa—.
Solo quería comprobar qué elegía en esta vida.
Si seguía atrapado en los errores de mi hermano o lo hacía mejor.
Si podría elegir ser solo humano. Y lo ha hecho.
Sus ojos vuelan más allá del celestial y él tiembla al seguirlos, al darse cuenta de que está mirando al chico que yace inconsciente junto a la hoguera.
Derek sigue a su lado, en tensión, arrodillado.
Detrás de él ha escondido a Ishtar, como si así creyese que Muerte no va a fijarse en ella.
Al otro lado del fuego, Lilith y Nathan están muy cerca: su prima tiene a su amigo agarrado del brazo y parece haberse olvidado por completo de que todavía empuña a Eunomia.
—Lo ha hecho bien —murmura Sikil con algo similar al cariño llenando su voz—. Los dos lo habéis hecho bien. Y ahora ya sabes qué tienes que hacer: tienes que dejarlo ir, igual que él tendría que haberte dejado ir a ti al principio de los tiempos. Tendréis otras vidas. Os volveréis a encontrar.
Darien ya está negando con la cabeza antes de que termine de hablar. El sonido que le escapa de entre los labios está a medio camino entre una risa y un sollozo.
—Eso no tiene sentido.
No quiere dejarlo ir. No va a dejarlo ir.
No pueden haberlo obligado a ver todas esas vidas, a perderlo tantas veces, para tener que hacerlo una más.
No así. Deberían poder decidir. Debería haberles dado al menos un pedazo más de felicidad.
Debería permitir que Caleb cumpliera su promesa o, al menos, haberle impedido hacer promesa alguna, porque sabe que ahora no va a poder quitarse de la cabeza lo que podría haber sido, la vida que podrían haber tenido juntos.
—No voy a dejarlo ir —insiste—. No… No quiero olvidarlo.
¡No podéis haberme obligado a recordarlo todo para volver a empezar ahora!
Y ni siquiera podré empezar porque mi medallón…
—Se atraganta, se ahoga, y se deja caer al suelo de rodillas—.
Haré lo que sea. Por favor, por favor, déjalo a mi lado.
Solo un poco más. Solo… No puede acabar así.
No dejes que acabe así. Al menos deja que probemos la felicidad.
Deja que, cuando nos despidamos, haya más recuerdos buenos que malos.
No sabe cuándo han empezado a caer las lágrimas, solo sabe que tiene un agujero en el pecho y que sus ruegos nacen directamente de ahí, de ese dolor desgarrador que silencia el resto del mundo.
Siente la tentación de alargar la mano, de tocar su falda de musgo y besarla y suplicar, suplicar, suplicar, porque sabe que no le queda mucho más por hacer.
Siente la tentación de dar su vida a cambio de la de él, de pedirle compartir los años que le quedan entre los dos, pero sabe que entonces Caleb se sentiría culpable y no quiere que viva el resto de sus días con culpa.
Darien ni siquiera quiere morir aún, no quiere convertirse en un recuerdo, pero en ese momento ofrecería su corazón (el mismo que le prometió a él) a cambio de unos meses más.
Si tan solo pudiera alargar esa vida un poco más…
—Está condenado —responde Sikil, impasible—. Está enfermo y ni su padre ni yo ni nadie puede evitar que deje de estarlo. Nació enfermo y, más tarde o más temprano, morirá por culpa de esa enfermedad. Lo entiendes, ¿verdad?
Claro que lo entiende. Y lo odia. Odia la sangre del Inmortal. Odia a Destino por metérsela en las venas.
—¡No estoy pidiéndote que le saques la enfermedad del cuerpo! Solo te estoy pidiendo un poco más de tiempo. Que lo cures o… o…
No sabe de dónde sale la idea. No sabe si ya estaba en su cabeza cuando llamó a Sikil o solo es la conclusión lógica a esa conversación. No sabe si todas las decisiones que ha ido tomando en los últimos tiempos lo han llevado hasta ahí o es una elección de la que acabará arrepintiéndose.
Pero de pronto tiene claro lo que tiene que hacer.
—O que me des la magia necesaria para que lo cure yo mismo.
—La proposición nace de sus labios con más facilidad de la esperada.
Con la simpleza de lo inevitable. Darien toma aire y clava sus ojos en esos cristales que le devuelven su reflejo.
Está roto, desesperado, pero también más decidido de lo que se ha sentido en mucho tiempo—.
Si tú no puedes salvarlo, deja que lo haga yo. Conviérteme en necromante.
Darien escucha la exclamación de Lilith tras de sí.
—¡Darien! Espera, no puedes…
Pero él aprieta los párpados y alza la voz por encima de la de su prima:
—¡Por favor! Reniego de Destino, aquí y ahora. Conviérteme en uno de los tuyos.
Sus palabras suenan lo suficientemente alto como para llegar a las estrellas, como para llegar hasta los oídos de los celestes, allá donde estén.
Desde luego, llegan a los oídos de Muerte, que al fin se mueve.
Un solo paso y está junto a él. Se agacha para obligarlo a alzar el rostro y que mire directamente en ese par de espejos que le devuelven su expresión ansiosa, desesperada.
Sus dedos tienen la rugosidad del musgo.
—Sabes cuál es el precio, ¿no? Y sabes que, incluso con tu ayuda, solo podrás darle algunos años más.
Sí. Sí, lo sabe todo. Aunque se estremece, aunque le tiemblan los labios, las lágrimas han dejado de caer y Darien asiente.
El precio es un sacrificio. El precio es también la traición a Destino.
El precio le pesa como piedras en el estómago, pero quiere pensar que será más fácil cuando esté pagado.
Caleb y él no necesitan la inmortalidad, solo necesitan unos años más. Juntos.
Aun así, aunque está seguro de que está preparado para hacer lo que haga falta, un mal presentimiento se asienta en su pecho cuando Sikil aparta la vista de él y la posa sobre el grupo que espera a su espalda.
—Tres de los presentes han escapado de mí en el pasado —anuncia la diosa.
Darien se queda sin respiración—. La santa debió morir en las montañas, pero Xandre lo evitó.
—Los ojos de Muerte muestran un reflejo de Lilith, ensangrentada, destrozada.
No—. Ishtar de Odelia hace años que debería haber sido mía, pero ha demostrado ser demasiado escurridiza.
—Un parpadeo y los dos espejos muestran a Ishtar, hundida en una cama, dormida, con los labios carmesíes y el rostro demacrado.
No—. Y Derek, mi niño… A él me lo quitaron de las manos cuando ya lo estaba acunando.