Darien
DARIEN
Cuando Ishtar sacó a Dysnomia del cuerpo de Caleb, Darien fue incapaz de reaccionar.
Se quedó con la mente en blanco y lo único que pudo hacer fue observar mientras Derek se ponía en marcha, como si todavía fuese necromante y pudiera ayudarlo con su magia.
Esta vez, sin embargo, la cabeza del celestial bulle con mil ideas, con mil pensamientos.
Sigue sintiéndose paralizado, pero es solo porque no sabe a qué hacer caso, por qué debería dejarse guiar.
De fondo, muy lejos, escucha a Nathan preguntar qué está pasando.
Desde más lejos aún, como si fuera un grito lanzado desde la montaña más alta, la respuesta de Ishtar se hace eco en todo Evren.
Esas palabras sí que las escucha, pero solo porque ya las tiene en la cabeza, porque él mismo no puede dejar de repetirlas:
—Es la sharada.
Si Darien no conociese la enfermedad, si no hubiera visto los síntomas manifestarse en su amiga, quizá podría resultarle más ajena. Podría incluso parecerle inofensiva, otro cuento para asustar a los niños, para obligarlos a apartarse del camino de las tentaciones.
Ahora, sin embargo, le resulta aterradora.
Esa enfermedad es la maldición de la familia imperial de Odelia.
Esa enfermedad hizo que el Inmortal se rebelase contra Destino y después mató a varios de sus hijos.
Terminó persiguiendo incluso a su nieto y lo tuvo encamado, delirante por la fiebre, hasta que finalmente logró devorarlo por completo.
Hasta que lo mató y obligó a otro Portador a revivirlo.
Y ha vuelto. Ha vuelto, no sabe muy bien cómo.
Quizá nunca se fue. Quizá estaba ahí, dormida, esperando.
Las espadas, la inmortalidad que le concedían, el poder que le permitía curarse a sí mismo, mantuvieron la enfermedad a raya durante años.
Y ahora que Dysnomia y Eunomia lo han abandonado, ahora que vuelve a ser mortal, está completamente indefenso.
La sharada ha despertado y ha sonreído enseñando los dientes; se los está clavando, mordiéndolo por dentro, despedazándolo, arrastrándolo lejos de él.
Quiere quitárselo. Quiere quitárselo, y Darien cierra los dedos alrededor de su rostro, le sostiene la cabeza sobre el regazo.
Quiere gritarle a esa sombra de manos pérfidas que no, que es suyo, que no tiene ningún derecho a tocarlo.
Está temblando cuando alza los dedos y le limpia el fino hilo de sangre que le mancha los labios de carmín.
Esos labios demasiado calientes, por los que escapa una respiración acelerada.
Se los frota una, dos, tres veces, pero la suciedad sigue ahí.
Se le derrama entre los dedos, le empieza a caer por la mano, a subirle por el brazo, a…
—Darien.
El chico da un respingo cuando escucha el nombre en su oído, demasiado cerca, aunque nadie lo toca.
Vuelve en sí, solo para darse cuenta de que los labios de Caleb están limpios y él solo tiene una pequeña mancha en el lateral del índice.
Toma aire, intentando serenarse. Al levantar la cabeza, se da cuenta de que todos lo están mirando, de que Derek es el que lo ha sacado de su ensoñación, porque es quien está más cerca.
Con mucho cuidado de no rozarlo, le quita la cabeza del necromante del regazo y la deja sobre una manta doblada.
Ishtar está de pie a su lado. Lilith y Nathan, al otro lado de la hoguera, lo miran con una pena que no quiere, que no merece.
Él también se pone en pie. Tiene que hacer algo, ponerse en marcha, centrarse y ayudar, no como el día en que recuperaron a Dysnomia. Caleb lo necesita. Caleb…
—Voy a buscar a un necromante.
Eso es. Pueden ayudarlo, igual que ayudaban a Ishtar. Se ha desmayado porque está débil, pero no significa que vaya a morirse. No significa que la enfermedad sea más fuerte que él: solo ha aprovechado la oportunidad, ese momento de indefensión. Nada más.
Le da la espalda al grupo. Echa a andar.
—No hagas tonterías, no hay ningún pueblo a menos de varias horas de camino —señala Derek—. Y, si echas a andar por el bosque en medio de la noche, lo más probable es que te pierdas.
Darien se ha detenido en cuanto su amigo ha empezado a hablar, pero no quiere volverse hacia él. No quiere pensar que pueda tener razón. No quiere girarse y ver a Caleb ahí tirado, tan quieto, tan vulnerable.
—¿Y qué se supone que tenemos que hacer entonces? ¿Esperar a que se despierte o a que no lo haga? ¡Nos necesita! ¿Y si se…?
No quiere decirlo. No quiere pensarlo. Se tambalea, como si se hubiera golpeado contra un muro invisible, como si se hubiese hecho daño a sí mismo, y siente que las lágrimas se le agolpan en los ojos.
Detrás de él, más cerca de lo que le gustaría, oye unos pasos.
No sabe quién es, pero lo descubre en cuanto lo toca. No pensó que nadie lo fuese a tocar.
Está tan alterado que no puede evitar el recuerdo.
La noche se convierte en día antes de que pueda evitarlo y las ruinas del torreón se transforman en las de la basílica.
El blanco del mármol está borroso ante sus ojos, igual que el rostro de Adam, que le sonríe pese a la sangre que se le escapa de entre los labios, pese a que le florece en la túnica blanca como una gran rosa roja.
Su mano le está acariciando la mejilla y es el roce más suave, más dulce, pese a dejar lágrimas escarlatas a su paso.
—Gracias… Gracias por todo el tiempo que me has dado.
No.
El día deja paso a la noche, el torreón en ruinas le deja ver el cielo estrellado.
Cerca de él, la hoguera lanza sombras sobre el suelo y la suya aparece con los brazos extendidos.
No sabe en qué momento ha empujado a Nathan, pero el chico lo mira ahora con los ojos muy abiertos y las manos levantadas, abiertas, en una señal de indefensión.
Sabe que no pretendía que eso pasara, pero ha ocurrido y su mente empieza a jugar con él, quizá con malicia, quizá solo confundida.
La cara del Adam del recuerdo se transforma en la de Caleb, sus ojos azules se están fijando en él.
Hay sangre en todas partes, incluso en el propio Darien, y de pronto se encuentra intentando sacudírsela, como si fuesen hojas encarnadas.
Pero no hay nada en su ropa, solo esa manchita en la mano, la cual se frota y se frota mientras intenta convencerse de que Adam está muerto, sí, pero Caleb vivirá.
Caleb tiene que vivir, le ha hecho una promesa.
Caleb tiene que vivir, Destino no puede ganarles.
No los volverá a separar. No así. No cuando su medallón sigue entero, cuando esta vida podría ser la última en la que podrían estar juntos.
Caleb tiene que vivir o él no será capaz de sobrevivir a la pena y todo habrá sido en vano.
Da un par de pasos hacia atrás. Le cuesta respirar y el mundo está emborronado.
Todos los presentes lo miran, Eunomia lo mira, el medallón en el pecho de Lilith lo mira, la estrella que cuelga del cuello de Nathan lo mira.
En alguna parte, Destino se ríe y Darien sacude la cabeza, se tapa los oídos, pero las carcajadas siguen y siguen y no se suponía que esto fuera a pasar así.
Muerte le dijo que tenía grandes expectativas para él y está seguro de que no las ha cumplido y…
Muerte.
Un sollozo se le atraganta en la boca. Muerte está de su lado. Muerte le dijo a Caleb que era su favorito. Muerte quiere que sean ellos quienes ganen la partida. Muerte odia a Destino.
Si alguien puede ayudarlo, esa es Muerte.
—Sikil. —Su voz no es más que un jadeo, un nombre entrecortado que, sin embargo, hace que Derek enderece la espalda.
Ishtar entreabre los labios. Lilith frunce el ceño, como si no entendiera lo que ha dicho, y Nathan da un paso atrás—.
¡Sikil! —repite Darien, pero no lo suficientemente fuerte.
Tiene que conseguir que lo escuche allá donde esté—. ¡¡¡Sikil!!!
A su llamada le sigue un silencio. Sus ojos recorren las ruinas, las flores cerradas que duermen en las paredes, en el suelo junto a Caleb.
Sus amigos lo imitan, como si esperasen encontrarse con una diosa aguardando entre ellos.
El único que no se mueve es Derek, que le lanza una mirada censuradora.
—¿Qué haces? —Está molesto y Darien no sabe si es una emoción que viene del miedo a que su diosa aparezca o a que la haya ofendido al llamarla sin venerarla—. Ella no lo va a curar. No funciona así, celestial.
—Darien. —La voz de Nathan es suave, apaciguadora—. Lo que has visto… No tiene por qué pasar lo mismo. ¿Lo entiendes? Solo era un recuerdo. Solo…
Pero él no quiere escucharlos. No va a hacerles caso.
Muerte ya se presentó ante él una vez, así que tiene que volver a hacerlo.
No va a dejar que sean solo los dioses quienes decidan cuándo los va a escuchar.
Su mano busca a tientas entre su ropa el puñal de Tara, lo aprieta entre los dedos mientras camina alrededor de su pequeño campamento, mientras busca a la Original en los arbustos que crecen en una esquina, el musgo que cubre las piedras rotas, la luz de la luna y las estrellas que cae sobre ellos.
—¡¡¡SIKIL!!! —Vuelve a gritar, haciendo que los muros se estremezcan—. ¡¡¡Me lo debes!!! ¡¡¡Se lo debes a él!!!
—No te equivoques, Darien Veriz. Yo no estoy en deuda con nadie.
La voz lo hace detenerse a medio paso. La reconoce, igual que reconoce el frío que le inmoviliza el cuerpo, que le hiela la sangre y le llega hasta los huesos. La siguiente bocanada de aire que exhala es una mancha blanca en el aire y la que inspira, agujas que se le clavan en los pulmones.