La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Lilith #2
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Lilith #2

—La percibirás. —Es la princesa de Odelia quien responde.

Se frota los brazos como si hiciera frío, pese a la hoguera.

El chico del tatuaje la atrae contra su costado para darle más calor—.

Concéntrate en su energía y… aférrate a ella.

Piensa en tenerla entre las manos, siéntela incluso si no es tangible.

Al final, lo será. No… No puedo explicarlo de otra manera.

Lilith asiente, aunque no está segura de que eso sea suficiente.

Al mismo tiempo, prefiere no saber más detalles.

Ya tiene suficiente miedo a fracasar, a demostrarle al resto del mundo lo que ella ya sabe: que no está a la altura.

No se merece ser la favorita de su dios, no merece empuñar la espada que le dio a la primera celestial, a la primera de sus santas, a la fundadora de su reino.

Puede que Eunomia la haya llamado pero ¿y si no vuelve a hacerlo?

¿Y si la espada la rechaza? ¿Y si su oportunidad ya ha pasado?

¿Y si…? ¿Y si…? Los supuestos se van apilando en su cabeza, hasta que siente ganas de levantarse y darles la espalda a todos.

Si no lo hace es solo porque está harta de tener tanto miedo de sí misma.

Trata de dejar la mente en blanco y estira los dedos de la mano derecha.

Los siente entumecidos, torpes, igual que torpe es el movimiento con el que los lleva hacia delante.

Durante un momento, ni siquiera tiene claro dónde apoyarlos sobre el cuerpo del necromante, pero le parece que el sitio correcto es su pecho.

Allí siente la calidez de la piel incluso a través de la tela de la ropa.

Allí, el cosquilleo que ya conoce empieza a correrle bajo la piel, le vibra en los huesos.

Una chispa crepita contra su palma antes de metérsele bajo la carne, en las venas, y hacer todo el recorrido hasta su corazón, donde prende y empieza a arder antes de extenderse por todo su cuerpo.

No es como un incendio, como las llamas de esa hoguera que tienen cerca: es como tener un rayo de sol dentro, como si se hubiera recostado en la hierba en una tarde de verano.

Quema, pero puede aguantarlo, y llega a la par que lo hace la voz, un zumbido en los oídos que pronuncia su nombre, que la llama, que la insta a inclinarse hacia delante, a apretar la palma con más fuerza contra ese cuerpo.

Le susurra que ella es mucho más fuerte, que esa piel se combará bajo su voluntad, que su mano sería más que suficiente para partir esos huesos frágiles, para rebuscar entre los órganos, para sacarla fuera.

La celestial se asusta ante esos pensamientos insidiosos.

No son suyos, pero tampoco pueden provenir de su dios, sino de algo que pide sangre.

Pero ¿qué arma no lo hace? Las espadas están hechas para matar, para hacer sangrar…

No. Eunomia está hecha para proteger, para honrar a Destino.

Puede que se haya asesinado con ella, pero siempre ha sido con una intención clara en mente.

Y ella pretende usarla para escudar a los suyos, para salvar, para lo que es correcto.

No va a volver a cometer los mismos errores que la mantienen despierta por las noches, no va a permitir que nadie se invente nuevos enemigos para ella.

No va a volver a participar en luchas sin sentido, en guerras sin sentido.

No va a volver a seguir órdenes sin sentido.

Lilith toma aire con precipitación cuando siente un bulto bajo la piel del necromante, cuando cierra los dedos y algo palpable se materializa en ellos.

Abre mucho los ojos, sorprendida. Delante de ella, el rostro del necromante se contorsiona en una mueca de dolor, pero no se queja, no dice nada, así que aprieta un poco más la mano alrededor de ese objeto, cálido como si fuera una extensión más del cuerpo del que está saliendo.

La tiene. Tiene a Eunomia entre los dedos.

Tiene una empuñadura que parece moldearse bajo la fuerza que ejerce su mano, incrustada con detalles dorados que brillan a la luz de la hoguera.

No hay sangre, no hay una herida de la que salga, no es como nada que haya visto antes.

Es un milagro, porque no hay otra palabra para describir que esa espada haya estado tanto tiempo en una vaina de carne y hueso y siga intacta, perfecta.

Siente ganas de arrancarla de un tirón, igual que si estuviera en combate, pero es como si algo dentro del necromante quisiera retenerla, como si hubiera una mano aprisionando el filo y ella tuviera que echarle un pulso.

Lo hace. Aprieta los dientes y usa más fuerza y entonces el guardamanos se deja ver.

El ojo que lo adorna parpadea, las alas se despliegan.

La santa está a punto de soltar la empuñadura, sorprendida, pero quizá si lo hace se desvanezca, así que mantiene el agarre pese a que empieza a notar el cansancio.

Caleb deja escapar un gruñido, pero aun así no dice nada, sigue sin pedirle que se detenga.

Otro tirón y parte del filo queda al descubierto. Es blanco, como si todavía estuviera en la fragua, ardiendo, listo para ser moldeado. Si Dysnomia le pareció deslustrada, Eunomia es todo lo contrario, recién nacida, perfecta.

Otro tirón. Lilith tiene que incorporarse a medias sobre una rodilla, tiene que echarse hacia atrás para conseguir más espacio. Las llamas de la hoguera alargan las sombras y las que se dibujan en una de las paredes derruidas de la torre se asemejan a las de un asesinato.

Con un último tirón, la espada queda libre y ella se pone en pie.

El acero brilla, hipnótico. El brazo deja de dolerle y un poder nuevo le recorre los músculos, la llena de una forma que ni siquiera su don había conseguido.

Su mano, todavía cerrada alrededor de la empuñadura, no quiere volver a abrirse jamás.

Estira los dedos, uno por uno, los vuelve a apretar en ese puño firme.

Se siente más poderosa que nunca, más completa que nunca, incapaz de apartar la mirada de ese filo.

Quiere aprenderse esa arma como se ha aprendido las líneas de su palma, igual que se aprendió en su momento las oraciones a su dios.

Los labios le duelen cuando los estira en una sonrisa.

Puede que incluso deje escapar una risa incrédula.

Eunomia está en sus manos, por fin.

Y ella está preparada para cumplir su misión.

—¿Caleb?

Lilith aparta la vista de la espada y se da cuenta de que su primo tiene los brazos alrededor del necromante, que no sangra ni muestra ninguna herida, pero está agotado y respira con dificultad.

Tiene los ojos cerrados y está empapado en sudor, como si hubiera sido él quien le hubiera estado echando un pulso a la fuerza de la celestial.

Ni siquiera debe de ser consciente de lo que pasa a su alrededor, porque no se inmuta cuando la princesa y el chico del tatuaje se acercan a toda prisa.

—¿Caleb? Caleb, dinos algo —pide la muchacha.

—Está temblando —apunta el moreno antes de sacarse la capa y tratar de envolverlo con ella.

Caleb sacude la cabeza, aunque se encoge contra el cuerpo de Darien.

—Estoy… —lo escucha susurrar. Le cuesta arrancarse cada sonido que pronuncia—. Estoy bien. Solo…

No termina la frase. Está al borde de la inconsciencia, pero es la tos la que lo corta. Lo sacude, le desgarra el pecho, parece partirlo en dos. Todos escuchan lo ronca que suena, cómo le arranca la respiración, lo ahoga.

Todos ven la sangre que le mancha la boca y la mano con la que se la cubre.

Él mismo tiene que darse cuenta. Él mismo observa el color escarlata contra su pálida palma, se fija en ella como si pudiera leer su futuro en el rojo que queda sobre su piel.

Después, sus ojos se alzan hacia Darien, que está pálido, con la expresión horrorizada.

El necromante separa los labios, quizá para pedir una disculpa, quizá para hacer una confesión.

Antes de poder encontrar las palabras, se desvanece.