Lilith
LILITH
La gente te corta el paso, pero tú te cuelas entre los huecos que separan unos cuerpos de otros.
Te abres camino, consciente de que cada vez estás más cerca del estrado, más cerca de la figura de Ammarah, de la Guardia Celestial, de la prisionera.
El discurso ha terminado y, con ese final empiezan los gritos, que te zarandean, que hacen que te sea más difícil avanzar.
Te reverberan dentro, te sacuden. Llaman al caos y piden muerte.
Piden justicia. Piden venganza por los caídos. Piden sangren y violencia.
Ammarah se aparta un par de pasos y deja sitio para que los soldados empujen a la rea hacia delante.
La van a ejecutar y tú tienes que detenerlos, tienes que cumplir tu palabra, y la espada arde contra tu cadera.
Exige tu atención, que la uses, que la empuñes, que te hagas ver porque eres invisible, silenciosa incluso cuando tus labios se mueven, incluso cuando no dejas de repetir:
—Deteneos.
Y te sientes inútil, ignorada, pequeña, menos que diminuta, devorada por el ruido, por la rabia, por lo que sea que esté pronunciando tu nombre, una, dos, tres…
—¡¡¡Deteneos!!!
La luz te ciega. La escena cambia. El suelo tiembla bajo tus pies, pero sigues corriendo por esas calles que, de pronto, te parecen desconocidas, completamente extrañas.
Lo es el paisaje. Lo es la nube de tierra y polvo que se levanta a lo lejos.
Por un momento, dejas de correr y sabes que es demasiado tarde, que no puedes hacer nada, nunca has podido hacer nada.
Hay fuerzas contra las que no tienes poder y esa es una de ellas.
Lo comprendes cuando los primeros trozos de piedra se desprenden de los altos muros y caen al vacío y eres consciente (deberías haber sido consciente antes, lo viste en un sueño) de que hagas lo que hagas, no vas a poder evitarlo.
Ya solo queda una misión para ti.
Ante ti, la obra de un dios ( tu dios) se resquebraja y tú solo puedes mirar y seguir adelante.
Lilith abre los ojos y se atraganta con una bocanada de aire, con un grito que se convierte en un sollozo que no consigue volver a tragarse.
Las lágrimas le arden en los ojos y el letargo del sueño se le escurre de encima como una capa que se hubiera soltado.
Se endereza, confundida, y se echa hacia delante en un intento de controlar su respiración.
—¿Lilith?
Ella sacude la cabeza. Se lleva las manos al pecho, consciente de la rapidez con la que el corazón le late contra las costillas.
Igual que si intentara abrirse paso para llegar hasta Ammarah, igual que si hubiera visto el desastre con sus propios ojos.
Pero no lo ha hecho. Está en el bosque, sentada entre las raíces de un árbol, y la calidez que siente de pronto en la mano es el roce inofensivo de Nathan.
Su amigo está a su lado, con la ocarina abandonada en el regazo.
Las ascuas de su rostro son el único punto de luz en medio de los árboles e iluminan su expresión sorprendida, preocupada.
—Tranquila, solo era un… —Él mismo se corta, consciente de que para ella los sueños no son solo eso desde hace mucho tiempo—. ¿Ha sido una visión?
Lilith asiente, incapaz de calmarse. Sus piernas se mueven antes de que sea consciente de lo que está haciendo, pero necesita un par de intentos hasta conseguir que la sostengan y ponerse en pie, todavía apoyada contra el árbol. Nathan también se levanta.
—Lilith, dime algo. ¿Qué…?
—Las murallas. —Su voz se quiebra, se convierte en polvo, cae en trozos al suelo—. Las murallas van a caer.
—¿Estás segura?
A la luz de la hoguera que el grupo mantiene encendida, Darien se abraza a sí mismo y mira a sus compañeros sin saber muy bien qué hacer.
Todos han despertado y permanecen alerta después de escuchar la visión que Destino le ha enviado a la santa.
Nathan es el único que no se ha sentado, como si quisiera dejar clara la distancia que hay entre el resto y él, y se apoya contra una de las paredes con los brazos cruzados.
—Estoy segura. Y no sé cómo ocurre, pero… —Lilith traga saliva y centra su atención en la madera que cruje y chisporrotea entre las llamas, incapaz de mirar a ninguno de ellos a la cara—. Solo puede haber una magia lo suficientemente poderosa para romper las murallas.
—Tenemos que hacer algo. —Su primo aprieta los labios y ella comprende solo entonces que no le es indiferente lo que pase en Daiva. Aunque quiera romper todos sus lazos con el Sacro Reino, eso no significa que desee que su gente sufra—. Tenemos que ayudarlos.
—Diría que es un buen momento para usar las espadas, para acabar con el Amuleto —interviene la princesa de Odelia—, pero la visión no nos dice dónde va a estar el Portador, ¿no?
—Si lo conozco, estará cerca, en un lugar desde donde pueda verlo todo y regodearse —interviene Caleb. Nathan resopla y este vuelve sus ojos azules hacia él—. ¿Tienes algo que aportar, brujo?
—Pues ya que lo dices, sí. Yo también conozco a Astrey y dudo que hiciera algo así sin una buena razón.
El necromante enarca las cejas, como si creyera que es estúpido.
—Entonces no lo conoces en absoluto.
—Quizá quien no lo conoce eres…
—Basta. —Lilith corta la conversación de manera tajante antes de que el conflicto escale—. No tenemos tiempo para esto. Tengo que volver a Daiva y necesito a Eunomia. Si quiero defender el Sacro Reino…
—¿Cómo era? —La santa pierde el hilo de lo que iba a decir cuando Derek la interrumpe con el rostro serio—. La prisionera. Dijiste que estaban juzgando a una mujer delante de la basílica. ¿Recuerdas algo de su aspecto?
Lilith no entiende qué tiene que ver eso con nada.
—Piel negra, ojos oscuros, delgada. Estaba…
Estaba malherida… —Frunce el ceño, intentando encontrar algún detalle más definitorio, algo que la hiciese única.
La imagen le vuelve a la cabeza en ese momento, fugaz pero clara—.
Tatuajes blancos. Tenía tatuajes de enredadera, como los que tienen… los que tenéis los necromantes.
El chico aprieta los labios, pero su única respuesta es la mirada que intercambia con la muchacha a su lado y luego con Caleb. Ambos están tensos, preocupados.
—Es ella —les dice—. Estoy seguro.
—¿Dyne? —pregunta Darien muy bajito.
Nadie le responde, como si hacerlo supusiera aceptar algo que no quieren enfrentar.
De todas formas, en el silencio que sigue todo el mundo sabe que está condenada.
Si esa mujer estaba ahí, rodeada de guardias, con ese aspecto demacrado, no le quedaba mucho tiempo.
Parecía que fuesen a usarla de ejemplo, de escarmiento, así que Lilith supone que lo siguiente sería que su sangre bautizara las escaleras de la nueva basílica.
Aunque en la visión quería salvarla, no sabe muy bien por qué.
—Está bien, santa. —Caleb se vuelve hacia ella con esa calma que ella comienza a admirar—. Te daré la espada ahora mismo con una condición.
—¿Ahora mismo? —repite Darien, disgustado—. Caleb, no…
—Tu prima tiene razón, celestial: no podemos perder el tiempo. Ella necesita llegar a Daiva y nosotros tenemos que llegar hasta Dyne. Y ella nos va a ayudar.
Sus ojos vuelven a encontrarse con los de Lilith.
Su propio grito en la visión le resuena en los oídos, como si las vidas de toda esa gente dependieran de que nadie se moviese.
Sabe lo que quieren de ella. Sabe lo que van a pedirle, pero también que va a contradecirse con lo que el resto de celestiales desean.
Su madre se enfadará y Ammarah… No tiene claro lo que la reina va a pensar.
No tiene claro nada sobre ella, porque lleva años dando por hecho que la conoce y, sin embargo, nunca se habría imaginado que pudiera empezar una guerra o presidir una ejecución pública.
Pero tampoco tiene que contentar a ninguna de esas personas.
Al único al que le debe lealtad es a su dios, como le dijo a Nathan.
Y como le dijo a él, también, quiere empezar a hacerlo todo mejor.
Quiere alzar la voz cuando alguien se equivoca.
Quiere demostrarle a toda Daiva que hay formas mejores de enfrentar los conflictos.
Y no sabe qué ha hecho esa tal Dyne, pero sabe que está dispuesta a perdonarla por un bien mayor.
—Queréis que salve a vuestra amiga.
—Ni siquiera te pediré que la salves, solo que distraigas a la gente lo suficiente para que yo pueda hacerlo —responde Caleb—. ¿No crees que es justo? Te saqué del palacio de Damira y te voy a dar la espada de tu dios. Me merezco algo a cambio.
Lilith duda, pero odia la idea de estar ahí sentada, discutiendo, mientras el peligro asola las murallas, así que asiente. ¿Y acaso no es eso lo que tiene que pasar? Lo ha visto.
—Está bien. Os ayudaré. Ahora, la espada.
Nathan chasquea la lengua, como si estuviera disgustado con su decisión, pero ella lo ignora y se acerca al necromante.
Al lado de Caleb, Darien aprieta los labios, claramente disconforme.
Se nota que querría tirar del muchacho hacia atrás y protegerlo de Lilith.
Aunque no lo hace, sí que se fija en ella, casi desafiante.
—Si en algún momento te lo pide, pararás.
No es una petición, es una orden. Aunque está dirigida a su prima, el necromante se da tan aludido como ella, porque lo mira de reojo.
Su expresión se suaviza; su tono también.
—Estaré bien, celestial. —Caleb le ofrece la mano y Darien se apresura a aferrarse a él—. No me he olvidado de nuestra promesa.
Es obvio que al sensible le gustaría estar enfadado o resentido, pero la molestia se le derrite con el beso que el necromante deja sobre sus nudillos.
Se miran a los ojos durante un solo segundo, pero a Lilith le parece que hay una conversación de horas en ese instante.
Al final, es Darien el primero en apartar la mirada, resignado, y el necromante se vuelve entonces hacia ella.
Su mano sigue entrelazada con la del celestial.
—Estoy listo.
La santa respira hondo, más nerviosa que él.
—¿Qué se supone que va a pasar?