Nathan
NATHAN
Nathan lleva toda la vida intentando descifrar algunas de las palabras de su madre, pero solo descubre la verdad tras ellas en ese momento, mientras los recuerdos se amontonan los unos sobre los otros y se desnudan de una manera totalmente diferente a todas las veces que ha pensado en ellos.
La noche en que su madre se marchó a por el Amuleto.
«Voy a solucionarlo todo». El día en que volvió con él, con la ropa empapada de sangre.
«Lo siento». Durante mucho tiempo pensó que esa disculpa se debía a que sabía que lo había convertido en el próximo Portador, pero ahora se da cuenta de que lo más probable es que no tuviera nada que ver.
Se estaba disculpando por mucho más. Por matar al padre que nunca le permitió conocer.
Por abandonar a un hermano de cuya existencia nunca le habló.
De pronto, incluso su muerte tiene sentido: la rapidez con la que enfermó, de la noche a la mañana, y que nadie pudiera hacer nada por ella, que sus síntomas fueran tan extraños, que se deteriorase tan rápido cuando durante años había sido una mujer con una salud de hierro.
Se le agotó el tiempo regalado que el antiguo Portador le había dado.
Ocho años. Eso es todo lo que pudo conseguir para ella después de salvarla.
Un tiempo demasiado corto, pero quizá demasiado largo para una mujer que vivía con tantas culpas bajo los labios cerrados, a rebosar de secretos.
Recuerda sus ojos febriles mientras le daba el Amuleto.
Recuerda que no los cerró hasta que él juró que nunca lo usaría.
Mintió, aunque ahora al menos le queda el consuelo de que no fue el único.
«A estas alturas deberías saber que nadie es lo que parece».
La voz de Adriel le llega desde lo más profundo de su pecho y se hace eco por todas partes.
«Sobre todo vuestros muertos: todos tienen secretos.
Y la mayoría, también, razones para mantenerlos ocultos que quizá nunca consigáis desentrañar».
Nathan se detiene, aunque ha estado caminando a buen ritmo sin rumbo desde que ha salido del torreón, incapaz de quedarse quieto mientras todos sus pensamientos corren.
La noche ha caído y el frío le muerde la piel, pero ni siquiera se da cuenta hasta ese momento.
Una risa se le atraganta en la garganta, nerviosa.
—¿Qué quiere decir eso? ¿Estás justificándola?
¿Estás…? —No, no quiere saberlo, si es así.
No quiere entenderla. Ahora no—. ¡Me odiaría!
¡Me odiaría si viera en lo que me he convertido, todo lo que he hecho!
Le horrorizaría saber que al final fui igual que el hombre del que ella huyó.
No. No, en realidad, ni siquiera estoy a su altura.
—Nathan alza la mano hacia el colgante que pende de su cuello, lo aprieta con tanta fuerza que las puntas de la estrella se le clavan en la piel de la palma—.
Ese hombre al menos consiguió salvarla a ella.
Consiguió salvar a su… a su otro hijo. —Su hermano .
La palabra le resulta ajena, complicada de pronunciar.
Es otra cosa en la que no quiere pensar—.
En cambio, yo no he conseguido salvar a nadie. Yo solo…
«Salvaste a Elira Surya de morir en Ilan», lo corrige Adriel. «Al hacerlo, ayudaste a que toda una región se levantara contra la emperatriz».
Elira. Piensa en ella, en su abrazo, en la manera en la que le susurró que lo perdonaba y lo bien que se sintió su expiación.
De pronto, la echa mucho de menos. Bajo el control de Adriel, los sentimientos como la añoranza o la soledad no podían alcanzarlo, pero ahora no puede evitar pensar en ella, en cómo estará después de lo que ocurrió durante la Noche de las Bestias.
Tiene recuerdos de Adriel hablando con ella, con Astrey.
Sabe que ambos intentaron llamarlo, sacarlo de nuevo a la superficie, pero él no podía escucharlos. No, en realidad simplemente no quería.
«Pero si lo que quieres es salvar a más gente, no es tarde. Estás vivo, que es más de lo que pueden decir tus padres. Mientras lo estés, todavía hay muchas cosas que están en tu mano».
Nathan traga saliva. Bajo su mano se encuentra ese colgante hecho de los restos de Adam. Es cierto. Es cierto, todavía hay muchas cosas que puede hacer.
—¿Qué opinas? Sobre lo que quieren hacer con el Amuleto. Sobre… destruirlo.
«Que probablemente no son los primeros que piensan en ello, pero es más fácil proponérselo que conseguirlo. Al fin y al cabo, Astrey no va a entregárselo a nadie sin luchar. Y ya vimos todos lo que hizo con la emperatriz».
—No es eso lo que te estoy preguntando —protesta él, frustrado—. ¿Tú lo harías? ¿Lo… destruirías?
«No. ¿Por qué iba a hacerlo? Destruirlo no solucionará tantas cosas como ellos creen.
Incluso si el Amuleto dejara de existir, el mundo encontraría nuevas razones por las que luchar.
El caos es inherente al ser humano, Nathan.
No podéis huir de él y por eso siempre encontraréis excusas para destruiros los unos a los otros».
Sí. Sí, está de acuerdo. Quiere decírselo, pero el sonido de pasos sobre la maleza a su espalda le distrae. Lilith aparece tras los árboles y su expresión se llena de alivio en cuanto lo ve.
—Estás aquí. ¿Cómo…? ¿Cómo te encuentras?
Nathan deja escapar un resoplido y aparta la vista. La pregunta le resulta ridícula. Lo es, sobre todo porque ella, que se supone que lo conoce, o que lo conoció en algún momento, debería saber bien cómo se siente después de todo lo que ha escuchado.
—No tan bien como tú —replica. Cuando se gira hacia ella, le resulta más satisfactorio de lo que debería ver cómo la celestial recibe el golpe, sorprendida.
Llega a mirarlo casi con sospecha, como si creyera que Adriel vuelve a tener el control.
Pero no, ahora es solo él, y nunca ha necesitado los dientes de un demonio para morder—.
Estarás contenta, ¿no? Por fin vas a conseguir a Eunomia.
Lilith hace un mohín de disgusto.
—Sé lo que estás haciendo, Nathan, pero no va a funcionar. Vas a tener que buscar a otra persona sobre la que lanzar tu rabia. He venido por si necesitabas hablar, pero…
—No necesito hablar, así que puedes volver por donde has venido, conseguir esa dichosa espada y concentrarte en tu nueva misión —gruñe él—.
Eso es lo que viene ahora, ¿no? Tu gran objetivo como santa, que seguirás a rajatabla pese a que ya ha quedado demostrado que tu dios no es más que un manipulador que se dedica a manejar las vidas de los mortales a su antojo.
¿Qué más tiene que hacer para que le des la espalda?
¿Qué más tiene que hacer para que comprendas que la divinidad a la que idolatras también está jugando contigo?
La expresión de su amiga se descompone un poco, pero es solo unos instantes antes de que respire hondo y dé un paso hacia delante.
—No creo que ningún dios sea inocente. No creo que ninguno sea ni benevolente ni justo.
Hablas de Destino, pero Caos no es mucho mejor, ni tampoco Muerte.
Son Originales, creadores de este mundo, y, por tanto, todos ellos se considerarán con más poder sobre él y sobre nosotros.
—Nathan abre la boca, pero esta vez es ella quien lo interrumpe cuando sigue hablando—: Pero me gusta ser celestial, Nathan, igual que a ti te gusta ser brujo.
Creo en el camino establecido, en el orden, en que hay un equilibrio en lo escrito, en que cada vida tiene un objetivo, aunque a veces no podamos discernirlo.
Me gusta que los celestes no puedan mentir y me gustaría ser más como ellos, mentir menos, al resto del mundo y sobre todo a mí misma.
Me gusta pensar que detrás de la muerte me espera otro mundo y que puedo ser algo más que mortal, que tendré a alguien a quien proteger desde lo alto y que quizá incluso pueda volver a este plano para ayudar a quien me necesite.
No creo que… No creo que la Hermandad sea perfecta, ni que mi dios lo sea.
Ya… ya no. Creo que hay cosas que podrían cambiar.
Que deberían cambiar. Pero me gusta mi fe y no puedes obligarme a renunciar a ella.
Nathan traga saliva, sin saber qué responder a eso.
Durante esos meses, desde que descubrió que Lilith había sido nombrada santa, no ha pensado demasiado en ella como uno de los personajes sagrados cuyas vidas tuvo que aprenderse en las lecciones del Templo, pero de pronto le da la sensación de poder verla casi iluminada, tallada en piedra o hecha de cristales de colores.
Es por la calma. Por la forma en la que sus ojos azules, iguales a los de su hermano, lo miran de frente con mucha más templanza de lo que lo han hecho jamás.
Lilith siempre se ha parecido a Adam, pese a los años de distancia que había entre ellos. Aun así, Nathan nunca lo había visto tan claro como en ese momento. Tanto que tiene que apartar la vista.
—¿Qué haces aquí, Lilith? —murmura—. ¿Por qué…
? ¿Por qué haces esto? ¿Por qué sigues fingiendo que no ha pasado nada?
Todo ha cambiado. Tú y yo hemos cambiado.
No voy a volver al Sacro Reino. Del mismo modo que tú no vas a renunciar a tu fe, yo no voy a renunciar a mi demonio.
No estoy de acuerdo con tu misión. Nuestros caminos no van a volver a ir en la misma dirección nunca más.
—Lo sé. —A la muchacha se le quiebra un poco la voz, pero aun así da otro paso hacia delante.
Las comisuras de sus labios tiran hacia arriba en un gesto agridulce y ella se encoge de hombros—.
Pero, de todas formas, estemos donde estemos, incluso si volvemos a luchar el uno contra el otro, incluso si volvemos a odiarnos y a hacernos daño, para mí tú siempre serás mi mejor amigo.
Eso lo desarma más de lo que le gustaría.
Aunque estaba protegido hasta los dientes, con armadura, escudo y puñales en las manos, de pronto se siente expuesto y vulnerable.
Tiene una herida abierta en el pecho, a la altura del corazón.
De pronto, la rabia familiar a la que se estaba aferrando le resulta fría y desagradable en vez de cálida y hogareña.
Él siempre ha sido fuego y Lilith siempre ha sido aire, pero si antes el viento de ella solía avivar sus incendios, ahora es una brisa ligera que lo apaga con la suavidad con la que se extingue una vela.
Al final, solo le queda bajar la mirada. Rendirse. Hacer una última súplica.
—No lo hagas —murmura. Sabe que es inútil, pero tiene que intentarlo—.
No vayas a por Astrey. Lo has visto, tienes que saber que no eres contrincante para él, incluso con Eunomia.
Vuelve a Daiva, deja que te adoren y usa tu poder para hacer que los celestiales entren en razón con respecto al mundo más allá de las murallas.
Enséñales que no todo es tan malo. Quédate junto a Ammarah, ayúdala a convertirse en una buena reina.
—Cuando vuelve su mirada hacia ella, casi parece un fiel dispuesto a rogarle a una imagen sagrada—.
Olvídate del Amuleto del Tiempo, por favor, Lilith.
Sabe la respuesta antes incluso de que ella termine de acortar la distancia que hay entre ellos y ponga una mano sobre su brazo, en una caricia suave, sutil.
—Lo siento, Nathan. No puedo.
Nathan deja caer los hombros, vencido. Se siente tan cansado, de pronto, que ni siquiera tiene fuerzas para enfadarse por su obstinación. O quizá no quiera. Quizá, pese a todo, pese a que duela, la entienda.
Siente que no tiene nada más que decir, que ha perdido una batalla y solo le queda retirarse para curarse las heridas, pero Lilith se aferra a su muñeca cuando él está a punto de alejarse. Nathan enarca las cejas, sorprendido, sin saber qué viene a continuación.
—Quédate un rato conmigo. Solo… Solo un poco. Ni siquiera hace falta que hablemos. —Su mirada se alza hacia el cielo nocturno, a la luna que ilumina la escena—. Por los viejos tiempos y… porque me lo debes. Me dejaste a solas con tu horrible demonio durante la Noche de los Milagros.
«Fui un encanto», masculla Adriel. A su pesar, Nathan casi siente ganas de sonreír. Aunque su demonio finja despreciar a la celestial, tiene la impresión de que hace ya tiempo que no le disgusta tanto como le gustaría.
El brujo también alza la mirada hacia el firmamento y se pierde durante unos segundos en esas estrellas que antaño sabía leer.
En ellas ahora no encuentra ni rastro del futuro que tiene por delante, pero sí un pequeño retazo del pasado, poco menos que un recuerdo, una melodía.
Sabe que no debería acceder, que debería marcharse sin más, pero quizá eso es lo mínimo que le debe a esa muchacha que lo ha seguido hasta allí.
Pese a los enfrentamientos. Pese al odio y al dolor y a la desconfianza.
Cuando baja la vista a la tierra, lo hace buscando algo a su alrededor.
Hay un tronco de madera unos pasos más allá y él levanta la mano para volcar un poco de magia sobre él, para partir un trozo y moldearlo.
Después de lo que ha hecho con los huesos y el oro, modificar ese pedazo de materia resulta un juego de niños.
Lilith se fija en él mientras le da forma, confundida, aunque entreabre los labios cuando se da cuenta de cuál es el resultado.
Nathan observa la ocarina que queda entre sus manos con algo de añoranza.
Hace mucho que no toca, pero es que antaño solo lo hacía para ella.
Ni siquiera lo hizo nunca delante de Adam, porque siempre le dio demasiada vergüenza.
La música de la ocarina era algo que existía solo entre Lilith y él, precisamente porque un día ella le descubrió probando el instrumento y se quedó a su lado, fascinada y divertida, aunque él quiso huir en dirección contraria.
—Por los viejos tiempos.
Nathan toma asiento contra uno de los árboles. Un ademán con la cabeza es suficiente para que Lilith se apresure a acomodarse a su lado con los ojos brillantes.
Cuando la música comienza a sonar, la ve sonreír.
También le parece ver una lágrima deslizarse por su mejilla, pero podría haber sido un espejismo, porque se pierde cuando ella aprieta su rostro contra su brazo, se olvida de las estrellas y se queda ahí, callada, escuchando esa canción que los devuelve años atrás.
Él, igual que ella, cierra los ojos. Aunque hace mucho que no practica, se deja llevar por las notas, por el sonido dulce que evoca otros tiempos de una manera que ni siquiera el Amuleto del Tiempo podría conseguir.
Lilith puede ver el futuro, pero Nathan se concentra en crear un buen recuerdo para cuando quiera mirar al pasado.
Y así, cuando vuelvan a alejarse, al menos les quedará esa canción.