Lilith
LILITH
Tendría que haberlo sabido. De alguna manera, mientras Darien les cuenta la historia de Valerick y Tabitha, se da cuenta de que ella ya tenía todas las pistas delante.
Por supuesto que Tabitha estaba relacionada con el antiguo Portador más allá de la noche en que lo mató.
Por supuesto que sabía dónde estaba el Amuleto: ¿no se lo dijo a su propia madre durante su enfermedad?
Que estaba preparada para su final, que tendría que haber muerto mucho antes.
Lo que Rhea no sabía era que alguien la había salvado usando el mismo objeto que luego llevaría al cuello.
De golpe, el velo que cubría el rostro de Tabitha Eliz se cae y su rostro borroso se vuelve nítido ante sus ojos.
Todo lo que Lilith habló con la Suma Celestial en su despacho el día que intentaba completar la historia de la Portadora cobra sentido, pero, sobre todo, que volviera tan cambiada de su Peregrinación.
Su madre insistía en que la culpa era de haber dado a luz a Nathan, pero ahora entiende que, si cambió, debió de ser por haberse enamorado, por haber sido traicionada, por la culpa de dejar atrás a uno de sus hijos.
Piensa en la estatua que vio con Altair en aquella casa abandonada, en los dos rostros que mostraba: uno joven y orgulloso; el otro derrotado y perdido.
Se pregunta si Tabitha dejó en él la misma huella que él dejó en ella.
Sus ojos vuelan de un hermano a otro. No se asemejan y, al mismo tiempo, hay algo familiar en ambos, en la forma del rostro, quizá, o puede que tan solo en la manera en la que ambos están dispuestos a todo por conseguir sus objetivos.
O quizá se lo está imaginando. Quizá está sugestionada, ahora que sabe que están relacionados, porque la realidad es que Caleb es estoico, siempre en calma, en dominio de la situación, mientras que Nathan es impulsivo, visceral en sus reacciones.
En ese momento, de hecho, este último calla, pero solo porque parece muy lejos de allí mientras Darien habla de Valerick y sus deseos de acabar con el conflicto entre brujos y celestiales destruyendo las espadas de Destino y Caos.
—No lo entiendo —dice Lilith. Siente que tiene demasiada información en la cabeza, que solo falta una pieza para que termine de encajarlo todo, pero no deja de escapársele entre los dedos—. Si no consiguió destruirlas, ¿por qué Tabitha no devolvió a Eunomia al Templo?
Es Caleb quien contesta:
—Porque hubo un error y las espadas terminaron en otro lugar. Y tú, de hecho, has estado lo suficientemente cerca como para percibirlas, aunque no creo que nunca hubieras podido adivinar que estaban ahí.
La celestial no acaba de comprender lo que le quiere decir.
En el silencio que sigue, intenta pensar.
Trata de convocar en su mente la imagen de la casa abandonada en el bosque antes de ser consciente de que ellos no saben que estuvo allí.
Pero, si no está en ese lugar, que fue donde tuvo lugar la pelea aquella noche…
Caleb se inclina hacia delante y extiende una mano hacia ella, sin levantarse del lugar donde se encuentra sentado. Aquel día solo estaban Tabitha, Valerick y…
La última pieza cae en su sitio y la escena por fin se pinta completa. La santa entreabre los labios mientras deja que su mirada caiga sobre esos dedos pálidos y alargados. Por un segundo, Lilith se pregunta si el día en el que él la ayudó a escapar se llegaron a tocar. No, juraría que no.
Con un temblor de expectación casi imperceptible, alarga la mano.
Es como una descarga, como si cayera un rayo sobre ellos.
Es la misma corriente que sintió al tocarlo la Noche de las Bestias y, al mismo tiempo, muy diferente.
Ese día sintió rechazo al mismo tiempo que atracción y hoy, en cambio, ya no siente ningún tipo de aversión.
Por el contrario, algo la llama desde debajo de esa piel.
Una voz pronuncia su nombre dentro de su cabeza y le pide que clave las uñas en la carne de ese brazo, que escarbe, que aparte músculo y tendones y hueso y llegue tan adentro como pueda, que estire los dedos y trate de alcanzarlo y…
Lilith se echa hacia atrás, jadeante, al mismo tiempo que Caleb se aparta con una mueca en el rostro. El cosquilleo permanece un poco más en la punta de los dedos y le asusta darse cuenta de que es una sensación agradable, lo suficiente como para que incluso se sienta tentada a tocarlo de nuevo.
—La tienes tú —susurra sin aliento.
No necesita que el necromante se lo confirme para saber que está en lo cierto.
El chico sacude la cabeza, turbado todavía, y alza la mirada hacia la princesa de Odelia.
Ese gesto es suficiente para que la muchacha se ponga en pie y se acerque hasta el lugar donde ha dejado sus escasas pertenencias.
Cuando vuelve junto a ellos, lleva una vaina entre las manos.
La empuñadura del arma que carga está deslustrada y muestra el detalle de una luna en el pomo y una serpiente que apoya la cabeza en el guardamanos.
Un escalofrío le sube por la espalda cuando la chica desnuda el acero para que todos puedan ver la hoja y la celestial siente el poder que emana de ella.
Siente rechazo, deseos de decirles que la aparten de ella, porque algo le quema bajo la piel solo con tenerla cerca.
Al mismo tiempo, quiere tomarla entre las manos, romperla, hundirla en lo más profundo de la Fosa de los Infieles.
Tenerla cerca es lo más desagradable que ha sentido nunca, como si un insecto largo y hambriento se arrastrase por sus entrañas.
—Para sacar a Dysnomia solo hizo falta la mano de una bruja, pero creemos que para sacar la espada de Destino vamos a necesitar a su elegida.
Lilith se obliga a apartar la mirada de la espada de Caos y fijarla de nuevo en los ojos claros del necromante.
Todavía tarda un instante en ser consciente de lo que le está pidiendo, en entender que ese chico le está ofreciendo a Eunomia.
Siente ganas de reír, confundida. ¿Ya está?
Siente que decir que sí es hacer trampas, porque no ha sido ella quien ha descubierto los secretos de Tabitha.
No ha sido ella quien ha desenredado sus mentiras, pero, por otro lado, ¿cómo iba a hacerlo?
Es Darien quien puede ver el pasado. Es él quien tiene el don de desentrañar las historias de las que ya no quedan testigos.
Pero entonces ¿cuál es su papel? Se siente un poco perdida, como si le estuvieran dando un premio inmerecido.
Abre la boca, intenta buscar las palabras para explicar lo que se le está pasando por la cabeza, pero en ese momento, Nathan se pone en pie.
Lo hace sin mirar a nadie y, de la misma manera, le da la espalda al grupo.
—¿Nathan? —Darien pronuncia su nombre con preocupación.
—¿A dónde vas? —pregunta Lilith al mismo tiempo.
—Esto no tiene nada que ver conmigo, ¿no? —No se gira hacia ellos, no se detiene—. Pues hablad de lo que tengáis que hablar. Yo necesito que me dé el aire.
Y se marcha sin más. Sin darle tiempo a pensar si quiere ir con él o a preguntarle si está bien.
No cree que lo esté. Al mismo tiempo, no cree que vaya a hacer ninguna locura.
No va a volver a dejarle su cuerpo al demonio, o eso espera.
Tiene la tentación de seguirlo, de asegurarse de que habla con ella, pero sabe que no puede ir tras él sin más.
Debía encontrar a Eunomia y ahora la tiene delante, así que tiene que concentrarse en eso.
—Está bien. —Su mirada vuelve a Caleb—. ¿Qué tengo que hacer para conseguirla?
—Ishtar la convocó con su magia, pero mi teoría es que a ti debería resultarte incluso más sencillo. —El necromante se encoge de hombros—. Podrías intentarlo.
—¿Ahora?
—No. —La negativa de Darien es categórica y la mirada que deja caer sobre Caleb, censuradora—. Me prometiste que no te pondrías en peligro. No vamos a hacer esto sin tomar precauciones.
El necromante titubea por primera vez en toda la conversación.
—Quizá no sea necesario. Podríamos intentarlo y, si es demasiado…
—No —insiste Darien, inflexible. Su mirada se vuelve hacia Lilith—. Mañana. Iremos a un poblado de necromantes y lo intentaremos cuando haya cerca alguien que pueda prestarle ayuda en caso de que sea necesario. Dysnomia ya lo dejó lo suficientemente débil y no sabemos lo que puede pasar.
Lilith alza las cejas, porque nunca había visto a Darien actuar con tanta decisión, nunca lo había visto dar órdenes de esa manera, ni siquiera a los aprendices más jóvenes del Templo.
Le entristece un poco saber que hay una parte de él que desconocía, una parte que quizá nunca vuelva a ver, porque la conversación que han tenido ha sido suficiente para dejarle claro que su primo no va a regresar a Daiva.
El chico que está a su lado suspira y asiente, resignado, como si el medallón que le cuelga del cuello le obligara a cumplir órdenes en lugar de otorgarle el poder de darlas.
—Mañana entonces.
A Lilith le parece bien. Ha esperado meses enteros para tener a la verdadera Eunomia en su poder, así que unas horas más no van a cambiar nada para ella. El Portador seguirá siendo el mismo al día siguiente. El Amuleto seguirá en Damira.
Ese es su siguiente objetivo. Tiene que volver a Odelia, matar al emperador, recuperar el Amuleto…
No. Destruirlo, porque Darien tiene razón: el Amuleto es el problema.
La solución no es devolverlo al Sacro Reino, sino acabar con él de una vez por todas.
Por un instante, piensa en Altair. Lo recuerda en esos mismos bosques, con los ojos dorados encendidos, brillantes, viendo un futuro que ella en ese momento no era capaz de imaginarse pero que ahora le resulta más claro que nunca.
«Veo el fin de un imperio y el nacimiento de otro y la muerte del tiempo gracias a ti», le dijo. Las palabras del celeste resuenan en su mente como si estuviera susurrándoselas al oído.
«Vencerás, Santa Lilith. Estás destinada a ello».