La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Nathan
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Nathan

NATHAN

Esto es lo que Nathan sabe sobre Tara y Chronos antes de que Darien comience a hablar: que se quisieron, que su amor fue el comienzo de mil años de disputas por el Amuleto del Tiempo, que Saenal trató de evitarlo tres veces y que, tras esos tres intentos, se rindió y dejó que su hermana la matase.

El resto es historia. Nada de lo que el celestial cuenta niega nada de eso, sino que lo completa.

Hace que los huecos en la historia tengan más sentido y, al mismo tiempo, la hace incluso más horrible.

Lo que no tiene ninguna lógica es que, después de saber todo lo que saben, después de todo lo que han tenido que sufrir, en esa vida y en las otras, hayan llegado a la conclusión que culmina el relato de Darien:

—Tenemos que destruir el Amuleto del Tiempo.

El chico lo dice mirándolo a él a los ojos, como si quisiera evaluar su reacción.

Como si supiera de antemano que, de todos los presentes, él es el único que podría no estar de acuerdo con algo así.

Desde luego, Lilith no parece disgustada con la idea, porque asiente sin dudar.

Ha escuchado toda la historia casi sin moverse, entre la incredulidad y la pena que siente por esos muchachos condenados, pero de pronto vuelve a ser la santa de Destino, la mujer predestinada a ir contra ese objeto y su Portador a cualquier precio.

Nathan no puede evitar preguntarse si habría seguido yendo tras él si hubiera resultado ser el verdadero heredero del Amuleto.

Si el motivo por el que han podido volver a acercarse, aunque solo sea por unas horas, es que él ya no tiene el poder del tiempo entre las manos.

Quizá sea así. Quizá haya sido lo suficientemente estúpido como para creerse que esa muchacha lo seguía queriendo pese a todo, pero lo más probable es que eso sea una mentira más que está desesperado por creerse.

Si el Amuleto siguiera en sus manos, serían enemigos.

Si el Amuleto siguiera en sus manos, ella no le perdonaría por usarlo.

La sonrisa que le tuerce la boca es irónica. Le sigue una risa que rompe el silencio y aumenta la tensión en el grupo. Es absurdo. Absurdo.

—Disculpad, quizá me he perdido algo —dice con una falsa inocencia que le envenena la voz—.

Estábamos hablando, si no me equivoco, de cómo Destino os ha condenado a los dos.

Destino se encaprichó con la muerte de una mortal y decidió que no podía pasar por alto que otro Original usara su poder para evitarla.

Destino se ha dedicado a jugar con vuestras vidas, entrelazándolas solo para después cortar los hilos de la manera más dolorosa posible.

¿Y para vosotros el problema es el Amuleto del Tiempo?

Darien aprieta los labios, frustrado ante su razonamiento.

—Destino no es inocente, pero no está a nuestro alcance. El Amuleto es…

—¿Quién dice que Destino no esté a nuestro alcance? —Nathan se pone en pie, harto de estar sentado—. Una mortal ya mató a un dios una vez. A lo mejor lo único que necesitamos es encontrar la manera de matar a otro.

Y no entiende que nadie parezca haberlo pensado.

No entiende que no lo deseen cuando él lo hace con tantas ansias.

Chronos y Tara no son los únicos amantes con los que ha jugado.

Si Adam nunca hubiera recibido la visión de su propia muerte, si no se hubiera convencido de que su fin estaba escrito y debía morir para protegerlo a él, todo habría sido muy distinto.

El problema no es el Amuleto. El problema nunca fue Chronos, cuyo único pecado fue amar y hacer todo lo posible para mantener a una persona a su lado.

Es un pecado que él puede comprender, que nunca sería capaz de castigar.

El muchacho al que Astrey revivió deja escapar un silbido impresionado.

—Tenemos las expectativas altas por aquí. Y la confianza también, por lo visto.

La princesa de Odelia le da un codazo para que se calle. Lilith, por su parte, se fija en Nathan como si se hubiera vuelto loco.

—Todo esto comenzó precisamente por la muerte de un dios: matar a otro no es una solución.

No puedes… Tiempo rompió las normas. Sabía que había límites, que no podía romper el equilibrio entre los Originales dándole más tiempo a una mortal por simple egoísmo, y decidió hacerlo de todas formas. Destino solo…

—No vamos a defender a Destino —la interrumpe Caleb, antes de que ella pueda excusarlo.

La santa hace un mohín, pero el necromante solo se fija en Nathan.

Tiene unos ojos claros penetrantes, fríos, casi vacíos.

O quizá sea la calma perpetua que hay en su rostro, lo poco expresivo que resulta—.

Y nadie querría acabar con él más que yo.

Pero Darien tiene razón: no está a nuestro alcance.

Destino decide sobre nuestro mundo, pero no es como Chronos, no interactúa con él; ni siquiera sus santos lo han visto jamás. No se puede matar lo intangible.

—El Amuleto, en cambio, sí puede ser destruido —continúa Darien—.

Debe ser destruido, Nathan. Mientras exista, alguien se sentirá tentado a usarlo.

El ciclo que comenzó con Tara se repetirá hasta la eternidad.

Siempre es la misma historia: alguien ama, decide que no puede aceptar la pérdida y lo usa; otros lo anhelan y luchan por conseguirlo.

Y mientras, todos sufren por ello. Incluso tú, Nathan.

Tú… Tú eres otra víctima del Amuleto, aunque no lo sepas.

De nuevo, el aludido tuerce una sonrisa irónica.

Supone que se refiere al hecho de haber creído ser el Portador toda la vida.

A que eso lo definió, lo quisiera o no. Pero lo cierto es que, una vez comenzó a usarlo sin tanta culpa, no fue tan horrible.

Lo horrible fue perderlo. Fue sentir que había vivido una mentira.

Fue no saber quién era sin esa joya al cuello.

Quizá sigue sin saberlo.

—Sé mejor que nadie de qué soy víctima.

—No, no lo sabes. —Darien lanza un vistazo inquieto al necromante que está a su lado, que suspira—. Hay muchas cosas que no sabes, Nathan. Cosas sobre tu madre, por ejemplo.

A él se le pierde la sonrisa casi de inmediato.

—¿De qué estás hablando?

Lilith también está sorprendida por la información, aunque parece entender de inmediato qué quiere decir. Se echa hacia delante, en tensión.

—Eunomia. Habéis descubierto dónde está. Sabéis qué hizo con ella.

—Oh, sí —interviene el chico del tatuaje en la cara—. De hecho, se podría decir que la tenemos nosotros, ¿verdad, Caleb? ¡Ay! —Se vuelve a girar hacia la princesa de Odelia mientras se frota las costillas—. Estás muy violenta hoy.

—Y tú más idiota que de costumbre —replica la chica.

—No es verdad, es solo que alguien tiene que disipar esta tensión. Me estoy agobiando con tanto drama.

Si pretende aligerar el ambiente con sus bromas, no lo consigue, porque Nathan y Lilith solo tienen ojos para Darien y Caleb.

Están uno al lado del otro y, aunque en todo ese tiempo no se han tocado, a Nathan le da la impresión de que en la mirada que comparten hay algo más íntimo que cualquier roce.

Le duele un poco verlo, del mismo modo que a veces le dolía ver a Elira y a Astrey.

El amor de otros se vuelve punzante cuando tú has perdido el tuyo.

—¿Es cierto? —pregunta Lilith—. ¿Tenéis a Eunomia?

—A mí Eunomia no podría importarme menos: ¿qué ocurre con mi madre? ¿Qué sabéis que yo no?

Darien titubea mientras busca las palabras adecuadas para empezar una nueva historia.

Cuando no las encuentra, el muchacho a su lado clava la mirada en Nathan y se humedece los labios.

Da la impresión de que él sí sabe qué decir.

No le gusta. No le gusta ni su tranquilidad ni lo difícil que es leer su expresión.

—No podemos hablarte de tu madre sin que sepas quién fue mi padre: todo lo que hemos descubierto de ella es gracias a él.

Pero antes de eso, debes saber que la razón por la que me llevé a Darien después de vuestra disputa en las montañas fue porque no tenía recuerdos de mis primeros años de vida y quería rellenar los huecos.

Sobre todo, quería saber más de mi padre… y de la noche en la que lo mataron.

Nathan frunce el ceño, confuso. No entiende qué tiene que ver eso con su madre. A su lado, sin embargo, Lilith se lleva una mano a la boca, como si de pronto algo en esas palabras hubiera completado un rompecabezas del que el brujo ni siquiera tenía constancia.

—¿Tu padre es…?

—Se llamaba Valerick Brynsen. —Nathan da un respingo en cuanto reconoce el apellido.

El tono del necromante no cambia, como si revelar que es miembro de la familia imperial de Odelia no supusiera nada—.

Fue un hijo del Inmortal y colaboró con Iraides de Odelia en su traición.

Sin embargo, se arrepintió en cuanto vio cómo ella reducía a cenizas al resto de su familia.

Por eso después la traicionó a ella. Le robó el Amuleto del Tiempo y huyó.

Nathan hace un mohín, porque entiende cómo sigue la historia. Si el padre de ese chico fue quien tuvo el Amuleto del Tiempo antes de que su madre lo devolviera al Templo…

—Y Santa Tabitha lo mató —murmura Lilith.

Darien asiente, aunque su expresión deja ver que hay algo más. Su mirada sigue sobre Nathan, precavida, y a él esa actitud comienza a ponerlo nervioso.

—Mi madre solo hizo lo que Destino esperaba de ella —masculla, antes de girarse de nuevo hacia el necromante—. Siento lo que le pasó a tu padre, pero esto solo prueba que tenemos un enemigo común, que…

—Tabitha no conoció a Valerick la noche que lo mató, Nathan.

Cuando se vuelve hacia Darien, está todavía más confuso, perdido en medio de esa conversación demasiado grande, llena de unas implicaciones que no consigue comprender.

—Tu madre conoció a Valerick Brynsen hace algo más de veinte años, durante su Peregrinación —continúa el celestial.

Nathan puede sentir de manera física el silencio que viene después, pese a que su cabeza está llena de ruido.

La Peregrinación de su madre. El viaje en el que se perdió durante más de un año, del que contaba historias que nunca parecían ser del todo verdad, algunas verosímiles y otras absolutamente increíbles.

El viaje del que regresó con él.

Lo entiende antes de cruzarse con la mirada turquesa del necromante, tan distinta a la suya. Su calma le resulta incluso peor cuando, sin inflexión en la voz, dice:

—Valerick Brynsen no fue solo mi padre, Nathan Tabiz. También fue el tuyo.