Caleb
CALEB
Aunque nunca va a decírselo a Darien, Caleb observa parte del reencuentro desde los árboles y solo les deja completa intimidad cuando ve el abrazo que comparten los tres.
Una parte de él temía que la situación fuera a ser más complicada, que la santa y el brujo fueran a ser irracionales o rehuir el contacto de Darien, que volvieran a abrirle las heridas que tanto le ha costado cerrar, pero supone que el celestial no es el único de ese grupo que ha cambiado.
Se alegra. A él esas personas no podrían resultarle más indiferentes, pero sabe lo importantes que son para el celestial, que lo más probable es que siempre vayan a serlo.
Son una parte de su vida, una transcendental, tanto como lo fue Astrey para él en su momento.
No sabe qué va a ser de esos tres chicos que crecieron juntos en el Templo del Sacro Reino, pero espera que al menos Darien pueda mantener ese pasado junto a ellos como algo que atesorar, que recordar con cariño y no con simple rencor.
Para Caleb, algo así hace demasiado tiempo que dejó de ser una posibilidad.
Ha estado pensando mucho en él últimamente.
En Astrey. Si quieren destruir el Amuleto, van a tener que destruirlo a él primero, porque el brujo nunca permitirá que nadie le arrebate ese objeto que tanto ha tardado en conseguir, pero sobre todo no permitirá que nadie lo rompa mientras siga respirando.
Así que espera ser él quien lo venza. Debería ser él.
De ese modo, tendría la venganza con la que lleva años soñando y el Amuleto volvería a su alma después de mil años solo para que entre todos puedan encontrar la manera de deshacerse de él de una vez por todas.
Quiere pensar que eso también solucionaría la condena que pende sobre su cabeza y la de Darien.
Quizá Destino le levante el castigo si es él, una reencarnación de Chronos, quien acaba con el objeto que lo empezó todo.
Esa podría ser la penitencia que el dios espera a cambio de su perdón.
Odia haber pagado durante cientos de vidas por un pecado que solo cometió en una, pero alguien va a tener que saldar la deuda.
La cuestión es si va a ser capaz.
Para cuando pueda enfrentarse a Astrey, al fin y al cabo, ya no será inmortal.
Derek tampoco lo es. Su propio castigo avanza de manera inexorable y ya ha conseguido que pierda por completo la movilidad del brazo izquierdo.
El tiempo corre en su contra y Caleb odia cada segundo que lo ve sufrir, pero no se le ocurre ninguna manera de salvarlo, aunque no ha dejado de darle vueltas.
Ha intentado convocar a Muerte, ha susurrado su nombre en medio del bosque con la esperanza de que apareciese, pero quizá haya dejado de ser su favorito en los últimos tiempos, porque no ha respondido a su llamada.
Así que tan solo le queda observar, igual que observan los demás, cómo su amigo se deteriora un poco más cada día.
Sin embargo, nadie hace comentarios al respecto.
Derek no quiere la pena de nadie, por eso mantiene su actitud despreocupada la mayor parte del tiempo.
Supone que la única persona con la que se permitirá ser honesto es con Ishtar, que entiende mejor que nadie la pena que se siente ante una suerte inevitable.
No le cuesta encontrar a sus amigos. Siente sus energías cerca y los escucha antes incluso de verlos, al amparo de las ruinas del antiguo torreón que Darien señaló.
—¿Te duele?
Caleb se detiene junto a la entrada del refugio, lo suficientemente pegado a la piedra como para que no puedan verlo.
—Es más incómodo que doloroso. Como cuando se te duerme una parte del cuerpo. —Después Derek suspira y la ligereza de siempre vuelve a su voz—. Pero todavía tengo una mano funcional, ¿quieres que te lo demuestre?
Ishtar no le sigue la broma. Aunque la mayor parte del tiempo hace esfuerzos por no parecer preocupada ni culpable, ahora no es capaz de reírse ni de aceptar su sugerencia. Hay un silencio incómodo, tenso.
—Quizá deberíamos parar —sugiere—. Unos días, al menos. Quizá el ritmo que hemos estado siguiendo, las jornadas enteras caminando, no te estén ayudando. A lo mejor todo este agotamiento solo está acelerando el proceso y…
El silencio es demasiado abrupto como para resultar natural, así que Caleb está seguro de que ahí se ha robado un beso. Se lo confirma la manera en la que se alarga, el suspiro que llega poco después.
—Estoy bien, brujilla. Detenerme es lo último que quiero.
Además, ahora que hemos encontrado a la santa, tenemos que descubrir qué ha ocurrido con Dyne.
Estamos a solo un par de días del Sacro Reino y estoy seguro de que necesita ayuda.
No puedo pensar en descansar mientras seguimos sin noticias suyas.
—De Dyne puedo encargarme yo.
Ishtar y Derek levantan la mirada, sobresaltados, cuando Caleb abandona su escondite y entra en el torreón.
Las escaleras de caracol que en el pasado subían hasta la cima están medio derruidas y cubiertas de una vegetación salvaje que devora también parte del suelo y las paredes.
Un mural de flores blancas se ha abierto sobre los escalones y algunas más decoran la esquina en la que sus dos amigos han dejado los petates y se han sentado aprovechando un bordillo de piedra.
El sol de la tarde se cuela por los huecos del techo y por las ventanas que el tiempo ha ido abriendo en la piedra.
A Caleb no le pasa desapercibida la manera en la que Derek se baja la manga de la camisa para que no vea los tallos que le recubren la piel, ahora hasta la muñeca.
—¿A ti nadie te ha enseñado que está mal espiar a la gente?
—No. De hecho, tanto tú como Dyne me enseñasteis justo lo contrario.
—Su amigo abre la boca para protestar, pero Caleb se adelanta—: Ishtar tiene razón: quizá deberíais quedaros aquí unos días.
Os vendrá bien a los dos y hará que la operación sea más sencilla.
Para Darien entrar en el Sacro Reino no supondrá ningún problema: sigue siendo el sobrino de la Suma Celestial.
Además, la santa me debe un favor por ayudarla escapar y me deberá otro en cuanto consiga la espada de Destino.
Con su colaboración podremos encontrar a Dyne, la tengan donde la tengan.
E Ishtar, de todos modos, no podrá traspasar la muralla: ahora es una bruja.
Derek frunce un poco el ceño cuando se da cuenta de que su propuesta es lógica, incontestable.
Nunca se quedaría esperando en ese lugar por una cuestión de salud, mucho menos de la suya propia, pero sí lo hará en caso de que sea lo óptimo para el plan.
Y, probablemente, no quiera dejar sola a la princesa.
Al final, su amigo resopla.
—Odio cuando tienes razón.
—Siempre tengo razón.
Ishtar sonríe, divertida, y pone una mano sobre el brazo derecho de su acompañante, ese que todavía no ha visto afectado por la maldición de Muerte. Es obvio que está feliz de poder tener un descanso junto a él.
—Mira el lado positivo: ¿no te quejabas hace poco de que apenas pasábamos tiempo a solas? Ahora vamos a tener varios días para hacer todo lo que quieras.
La mirada de Derek se desliza por el cuerpo de la muchacha y el asomo de una sonrisa torcida florece en sus labios. Abre la boca, pero Caleb vuelve a adelantarse:
—Guárdate lo que sea que estés pensando para cuando yo no esté delante.
Su amigo pierde la sonrisa tan rápido como la había convocado.
—Aguafiestas —farfulla, mientras Caleb se acerca a ellos y se sienta a su lado—. ¿Cómo está el santito? Si estás aquí supongo que el reencuentro con su prima la fanática y tu hermano demoniaco no ha ido del todo mal.
Caleb arruga la nariz en cuanto escucha esa palabra en la que se ha negado a pensar desde que descubrió la verdad sobre su nacimiento. Considera que «hermano» es un término demasiado importante como para otorgárselo a alguien con quien solo comparte su sangre.
—No lo llames así. El único hermano que tengo eres tú.
Las palabras caen sobre ellos como una más de sus verdades incontestables, una de esas cosas que puede decir con simpleza porque no alberga ni la más mínima duda al respecto.
Quizá por eso, y porque Derek lo conoce y sabe que él nunca dice cosas por decir, lo mira con expresión sobrecogida.
Desarmado, aprieta los labios y alza la mano para despeinarlo.
Caleb frunce un poco el ceño, pero no protesta.
La siguiente hora pasa tranquila. Por un rato, los tres apartan los planes y los pensamientos sobre el futuro y se esfuerzan en centrarse en cosas más sencillas, como en recuerdos de los días en palacio o de la expedición a Yuda en la que la princesa los conoció.
También hablan de Dyne, pero no como alguien que se encuentra lejos de ellos, sino como la mujer que un día le ganó a toda una taberna en una competición de beber o la que salía a pasear bajo las tormentas.
Cuando Ishtar admite que los primeros días tras conocerlos ni siquiera entendía por qué Caleb y Dyne permitían que Derek estuviera en su grupo, el necromante tiene que taparse la boca para que nadie vea que el comentario le hace la gracia suficiente como para casi echarse a reír.
El momento acaba cuando siente las energías que se acercan al torreón.
Darien es el primero en llegar y Caleb se pone en pie en cuanto lo ve, consciente del rastro que le han dejado las lágrimas sobre las mejillas y los ojos rojos.
En cuanto sus miradas se encuentran, el celestial le dedica un solo asentimiento para indicarle que está todo bien.
Luego, se gira hacia la entrada para ver entrar al antiguo Portador.
La santa va justo a su lado y, mientras que el chico parece desconfiado, ella hace un ademán con la cabeza cuando ve al necromante, un gesto de reconocimiento entre aliados.
Derek e Ishtar también se ponen en pie, mucho más tensos que Caleb. Darien titubea mientras mira a los dos grupos entre los que se encuentra, a medio camino entre los amigos de su pasado y los de su presente.
—Supongo que no hacen falta presentaciones.
Nathan Tabiz enarca las cejas. Caleb se fija en él, en su estatura, más baja que la suya, y su complexión, más delgada.
Se fija en su rostro, en sus manos, pero no ve nada en él que reconozca como propio.
Quizá de niños se parecieran un poco más.
O quizá no. Quizá a su madre le resultó muy fácil elegirlo a él porque incluso como recién nacidos fueron muy distintos.
Quizá lo crio para que no hubiera nada en él que pudiera recordarle al hombre al que abandonó después de que este le devolviese la vida.
—No, pero no vendría mal alguna explicación.
—La mirada de Nathan cae sobre Caleb, desconfiada—.
Por ejemplo: ¿ese no es el chico que te llevó a Damira y del que no querías saber nada durante la Noche de las Bestias?
—Darien enrojece, pero antes de que pueda responder, el brujo se vuelve hacia él y continúa—: De hecho, ya que estamos: ¿me podrías explicar cómo has terminado teniendo ningún tipo de relación con las personas responsables del ataque a la basílica?
El efecto de esa acusación es más fuerte. Golpea a Darien de lleno, quizá por lo inesperado, y Caleb entrecierra los ojos y avanza un paso para interceder. Derek también parece preparado para un enfrentamiento, aunque Ishtar, a su lado, baja la vista al suelo con cierta culpabilidad.
Sin embargo, antes de que Caleb pueda hablar, Darien levanta una mano para indicarle que se quede donde está.
—Te explicaré todo lo que quieras saber. Pero lo primero que tienes que entender es que ni Caleb ni Derek ni Ishtar son vuestros enemigos.
El antiguo Portador se muestra incrédulo.
—¿Que no son…? ¡Adam murió por su culpa!
—¡A Adam lo mató su propia madre, Nathan!
La santa baja la vista ante la respuesta de su primo, tan firme, tan definitiva.
El brujo, en cambio, entrecierra los párpados, tenso pero incapaz de protestar.
Sabe que es cierto. Lo más probable es que su odio también tenga a esa mujer como objetivo, que desee vengarse y acabar con ella, pero la Suma Celestial nunca va a salir de las murallas del Sacro Reino y él ya no puede traspasarlas, así que está fuera de su alcance.
—Pero, aunque ella fuese la mano ejecutora, hubo muchas más cosas que llevaron a ese momento —continúa Darien—.
Sí, Caleb y Derek estuvieron allí aquel día.
Sí, atacaron la basílica porque Iraides de Odelia se lo ordenó, para ayudar a su hija o quizá solo por las ansias de volver a tener el Amuleto en sus manos, nunca lo sabremos.
Pero no lo habría hecho si alguien no se lo hubiera robado primero.
Si tu madre, después, no hubiera acabado con la vida de ese ladrón y hubiera vuelto al Templo con ese objeto.
Quizá, si todo eso no hubiera pasado, Adam seguiría vivo.
O quizá no. Quizá habría muerto joven de todos modos, porque eso es lo que Destino esperaba de él. Quizá sea más culpa suya que de nadie.
A Caleb ya no le sorprende escuchar al celestial hablar con esa dureza de su dios.
Sabe que lo que se cuela en esas palabras es el rencor por su propia historia, por el juego que mantiene con ellos desde hace siglos.
Sus antiguos amigos, en cambio, no tienen la menor idea de su desprecio, así que lo miran como si no pudieran terminar de creerse lo que han escuchado.
La santa se ha llevado una mano a su medallón, como si quisiera escudarlo de la herejía, mientras que el antiguo Portador solo parece confuso, como si las palabras de Darien le hubieran golpeado con la misma fuerza que él había puesto en las suyas.
—¿Ahora estás contra Destino? —El chico entrecierra sus ojos negros—. Pero sigues teniendo tus poderes y…
La risa irónica de Darien lo interrumpe. Es tan amarga que Caleb siente ganas de avanzar, de alcanzar su mano. Tiene que cerrar los dedos en un puño para suplir su falta.
—Mis poderes siempre han sido más una maldición que un don, deberíais saberlo. Y, aun así, ni siquiera es la peor maldición que me ha tocado.
—¿Qué quiere decir eso?
La pregunta la hace Lilith, tensa. A Darien, sin embargo, le cuesta encontrar las palabras con las que responder. No sabe por dónde comenzar, así que Caleb acude a su rescate:
—Será mejor que os sentéis. Tenemos mucho de lo que hablar.