La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Nathan
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Nathan

NATHAN

Adam lo está esperando. Su cuerpo, desnudo incluso de piel, le aguarda tendido en ese frío suelo en el que ahora vuelve a arrodillarse.

Observar lo que queda de él no se vuelve más sencillo con el paso de los minutos, pero se obliga a no apartar la vista, a grabarse en la mente el estado en el que se encuentra, la forma de sus huesos y lo poco que queda de carne.

Tendría que haber llegado antes, haber venido a buscarlo en cuanto escapó de la basílica.

Aunque por entonces no supiera nada del funcionamiento del Amuleto, quizá le habría concedido el deseo de traerlo de vuelta si lo hubiera repetido con la suficiente intensidad.

Puede que hubiera destruido ese sitio en el proceso, pero habría sido un coste que no le habría importado pagar.

Ahora, sin embargo, ya es tarde para lamentarse por las decisiones que tomó, por las cosas que hizo o no hizo.

Adam está ahí, aunque apenas pueda reconocerlo, y aguarda por él como aguardaba cada noche en su torre.

Lleva todo ese tiempo viendo las estrellas sin él, pero eso se ha acabado.

A partir de ese día, no va a volver a estar solo.

Ninguno de los dos va a estar solo nunca más.

«¿Estás seguro de esto?».

Nathan traga saliva, pero no responde al demonio que susurra desde su cabeza.

Se ha mantenido al margen hasta ahora, dejándole su espacio y su tiempo para recuperar el control sobre sí mismo, para tomar sus propias decisiones.

Por un segundo, le asusta que incluso Adriel vaya a juzgarlo, que incluso él vaya a decirle qué debería hacer, pero no es el caso.

El demonio vuelve a callar, porque no necesita palabras para tener su contestación.

Lo conoce. Lo conoce mejor que nadie, mejor incluso de lo que un día lo conoció Adam.

Adriel puede descifrar todos sus pensamientos, los más retorcidos y los más simples.

Es posible que conozca sus deseos y sus límites, si es que le queda alguno, mejor que él mismo.

Nathan traga saliva. En lugar de responderle a él, se dirige a las dos personas que aguardan a su espalda:

—¿Hay…? —Nathan tiene que tomar aire cuando siente que se ahoga, que el ambiente opresivo y nauseabundo de ese lugar le impide respirar—. ¿Hay algo que queráis decirle? Algo que no os diera tiempo.

No sabe por qué lo pregunta. No está seguro de si eso es algo que se suela hacer en los ritos funerarios de los brujos, nunca ha hablado con nadie al respecto, pero quiere darle esa última oportunidad tanto a Darien como a Lilith.

Quizá sea precisamente porque el problema entre ellos siempre han sido las cosas que no se han dicho, los secretos que se han guardado, las palabras que no se atrevían a pronunciar.

Quizá por eso sus mejores recuerdos juntos son de la infancia, porque los niños siempre son honestos y a ellos, de adultos, se les olvidó cómo serlo.

Darien es el primero que se adelanta. Se arrodilla a su izquierda y le lanza un vistazo precavido antes de volver a fijarse en el cadáver.

Nathan es consciente de que todos han cambiado en los últimos tiempos, pero tiene la impresión de que ese chico lo ha hecho más que ninguno.

Más incluso que él. Puede que su aspecto sea el mismo, pero su actitud no se parece en nada ya al muchacho apocado e inseguro que era antes de aquel día en la basílica.

A Lilith todavía la reconoce, porque siempre ha sido obstinada, orgullosa y llena de ansias de cariño, pero en Darien le cuesta identificar rasgos familiares más allá de sus ojos verdes.

El celestial se humedece los labios antes de encontrar las palabras que nadie le dio la oportunidad de decir hace meses.

—Lo siento, Adam. —La voz le sale débil, floja—.

No pude cumplir la última promesa que te hice.

No… No pude quedarme cerca de Nathan. —El aludido se fija en él, sorprendido, pero Darien no se detiene—: Y ahora tampoco puedo.

Es… Hay otras personas que me necesitan más.

No, no es solo eso. No es solo cuestión de quién me necesita.

La realidad es que hay otro camino que quiero recorrer.

Uno que es solo mío. Por fin tengo mis propios sueños y sé que…

sé que lo entenderías. Tú siempre me hacías imaginarme el mundo más allá de las murallas y, ahora que por fin lo estoy viendo con mis propios ojos, no quiero parar.

Y tengo a alguien a quien quiero proteger por encima de todo, como lo tuviste tú.

Alguien que hace que entienda por qué decidiste irte tan pronto, aunque todavía…

todavía no me acostumbro. Es muy raro que no estés aquí, Adam.

Es muy raro decirte todo esto y saber que no vas a poder responderme.

Pero sé que la siguiente vida te será dulce, más que esta.

Sé que hay personas que no dejan de enamorarse, una y otra vez en cada vida, y espero que tú puedas volver a hacerlo.

Espero que Nathan y tú podáis volver a encontraros, y que la próxima vez tengáis la historia que os merecéis.

Si hay algo de justicia en la muerte, quiero pensar que así será.

La voz de Darien se quiebra con el final y Nathan siente que una parte de él se rompe también.

No lo entiende, no sabe a quién se refiere, de quién se ha enamorado su amigo para poder hablar así, pero la mirada que intercambian le deja claro que es el mismo tipo de amor que lo vuelve loco a él.

El mismo amor que lo consume todo, que te hace débil y fuerte al mismo tiempo.

El tipo de amor que, como dijo Astrey una vez, siempre lo complica todo.

No puede evitar pensar en Adam, en la noche que pasaron en la posada. Aquel día ellos se prometieron algo no demasiado distinto a los deseos que ahora Darien vierte sobre esos huesos. Otra vida. Otra oportunidad.

«Para que eso ocurra, antes tienes que dejarlo ir. Lo entiendes, ¿verdad?».

Nathan aprieta los dientes, pero no responde.

Adriel tiene que ser consciente de lo que le provoca esa idea.

El rechazo. El miedo. El dolor. Por suerte, Lilith se arrodilla a su derecha justo entonces y lo distrae.

La que fue su mejor amiga tiene los ojos perlados de añoranza.

Sus labios necesitan varios intentos erráticos antes de emitir algún sonido:

—Quería ser como tú —admite la muchacha, y tras esa verdad, tan simple, tan difícil, se desprenden todas las demás—.

Toda mi vida he deseado ser una mínima parte de lo que eras tú.

Y no era solo… no era solo porque la gente te quisiera.

No era solo porque siempre parecieses brillar y ser el centro de todo, porque cuando yo conseguí eso no…

no me sentí más llena. Solo quería ser como tú porque te admiraba, Adam.

Realmente pensaba que eras el tipo de persona que podía mejorar el mundo.

Para mí, tú siempre has sido el verdadero santo, no yo.

Nathan es incapaz de contener las lágrimas, porque entiende muy bien lo que Lilith quiere decir.

¿Cuántas veces pensó él mismo así? ¿Cuántas veces convirtió a Adam en su única fe, en objeto de su idolatría?

Adam no era perfecto, pero no necesitaba serlo para que Nathan lo adorase como solo puede adorarse lo sagrado.

—El mundo no ha vuelto a ser el mismo desde que no estás —continúa la celestial, con la voz deshecha y el pecho abierto.

El llanto, una vez ha comenzado, empieza a caerle por las mejillas.

Nathan puede verle el corazón—. Para mí, el mundo no se rompió cuando el Amuleto se puso en marcha, sino cuando tú dejaste de existir.

Y no supe entenderlo. No podía entenderlo.

No quería aceptarlo, así que preferí odiarte.

Preferí… odiaros a los dos. Y lo siento.

Lo siento por eso, pero también por no haber entendido que te estabas despidiendo.

Siento no… —Lilith cierra los ojos, se encoge sobre sí misma—.

Siento no haberte abrazado una última vez cuando me acompañaste hasta mi cuarto.

Siento no haber sido yo la que te besara en la frente cuando lo necesitaste.

Siento haber sido tan orgullosa y no haberte dicho más que…

que te quiero, hermano. Te quiero. Te voy a querer siempre.

Lilith termina de romperse con esa confesión.

Se cubre el rostro como si así pudiera detener los sollozos, pero no lo consigue.

Las costuras con las que se ha obligado a mantenerse entera se deshilachan y ella sangra por todas sus heridas abiertas.

Nathan lo entiende porque siente su dolor como una réplica del suyo, como un eco.

La diferencia es que él no ha conseguido dejar de sangrar ni un solo día.

Su corazón no acepta agujas que lo cosan, así que nunca va a poder cicatrizar.

Las lágrimas son cálidas contra sus mejillas cuando vuelve la vista a esas cuencas vacías.

A él las palabras le sobran, porque ha hablado con Adam cada día desde que lo perdió, le ha dicho de todo, en su mente y fuera de ella.

O quizá solo sea que no puede ni pensar en decir mucho, porque hablar como han hablado ellos significa despedirse y él…

él no está preparado para despedirse. No está preparado para algo tan definitivo, tan inevitable.

Así que solo se lleva una mano al pecho, al medallón que cuelga de su cuello, que lo ha acompañado desde la última noche que pasaron juntos, y se inclina sobre la calavera. Se imagina la piel, los párpados, la constelación de lunares. Los labios, contra los que susurra:

—Te quiero. Te he amado desde antes incluso de entender el significado de esa palabra y te seguiré amando incluso si algún día lo olvido. Desde que no estás… —Toma aire. Respira cerca de él, como si así pudiera insuflarle vida con su aliento—. Desde que no estás, el tiempo no tiene sentido.

El beso sobre su boca inerte es lo que puntúa su discurso.

Y con él, como en un cuento, la magia empieza a fluir.

Viene desde el fondo de su pecho, desde ese corazón sin cura, y se extiende por sus venas hasta sus dedos, que aferran el medallón; hasta sus labios, que besan esa sonrisa repleta de dientes.

No sabe qué se deshace primero para fundirse, si el oro del medallón que cuelga sobre su propio pecho o el del que asoma entre los huesos de Adam y que un día le perteneció a él.

Los huesos se convierten en polvo poco a poco, acorde a sus deseos.

La materia que lo rodea está muerta, pero precisamente por ello resulta moldeable, fácil de mezclar, de convertir.

Nathan abre los ojos para ver cómo el cuerpo de Adam se confunde con el rastro de sus dos medallones, cómo las tres sustancias se encuentran y se abrazan y se besan como un día lo hicieron ellos.

Es casi hipnótico y, aunque tiene los ojos nublados por las lágrimas, no puede dejar de mirar.

Se siente un artista con un bien muy preciado entre las manos; se siente casi capaz de crear vida, pese a que en esa magia solo haya muerte.

Cuando extiende la mano, lo único que cae sobre ella es un collar con la forma de una estrella de ocho puntas, dorada y brillante.

Porque fueron las estrellas las que los unieron.

A las estrellas miraban y bajo las estrellas se besaron por primera vez.

Las estrellas estaban en sus ojos, en su sonrisa, en su constelación de lunares.

Quizá Adam no fuera más que eso. Una estrella.

Una sobre la que todo el mundo volcó demasiados deseos, hasta que la carga fue demasiado pesada para soportarla y por eso se cayó del firmamento.

Las lágrimas todavía le arden en el rostro, se evaporan contra las ascuas de su cara cuando aprieta el colgante entre los dedos.

A su lado, Darien deja caer los párpados, agotado, triste.

Lilith, rota, deja escapar un último sollozo antes de poner una mano sobre su hombro.

En el fondo de su mirada azul, esa mirada idéntica a la de su hermano, hay pena, pero también un agradecimiento que sabe que no se merece.

Sí, Adam siempre fue una estrella. Su estrella.

Y mientras la tenga cerca, siempre habrá un último deseo que pueda cumplir.