Darien #3
El brujo aprieta los dientes, frustrado, y aparta la vista al suelo. Tiene los puños apretados y tiembla, pero Darien no sabe si es de tristeza o de furia. Aun así, no deja que la lástima lo detenga:
—Sabes que a él no le habría gustado, Nathan. Sabes tan bien como nosotros qué clase de persona era Adam. Sabes que pensaba en los demás mucho más que en sí mismo y que por eso dio la vida por ti.
—¡No tendría que haberlo hecho! —El brujo estalla con una fuerza que hace que tanto Darien como Lilith se sobresalten.
Se lleva una mano a la cara y gime, angustiado—.
No tendría que haberlo hecho. No tendría que haberme dejado aquí sin él.
Si no me hubiera dejado aquí, yo no estaría obligado a decidir si vale más su antigua vida o la nueva, la suya o la de otros. Si no me hubiera dejado aquí…
Darien no sabe qué responder a eso. Una vez más, es la historia de un sacrificio que no deja tras de sí ni calma ni felicidad, solo dolor.
Lilith clava la vista en sus propios pies.
Incluso ella tiene que estar de acuerdo con Nathan en eso: Adam no tendría que haberlos dejado.
Adam no tendría que haber aceptado morir por la persona que quería.
Adam tendría que haberles contado a todos que sabía que estaba condenado, tendría que haberse revuelto contra esa suerte, haber escapado y traicionado a Destino si hubiera sido necesario.
Nathan lo habría seguido sin dudar y entonces ambos habrían perdido la vista, pero no la vida.
El silencio se alarga unos segundos más, eternos, pesados. Nathan tiene la cabeza gacha y los cabellos le cubren el rostro. Cuando toma aire, todo su cuerpo se estremece.
—Al menos… Al menos dejad que convierta sus restos —murmura.
Aunque Darien ya sabe que esa es la tradición entre los seguidores de Caos, la petición le sorprende.
Al mismo tiempo, le parece lógica, porque Nathan ha estado viviendo entre brujos, viajando con ellos.
Es normal que haya adoptado sus costumbres, sus creencias.
Sobre todo esa, que va a hacer que pueda llevarse a Adam con él si quiere.
El celestial titubea, pero decide permanecer en silencio, porque no cree que tenga ni voz ni voto sobre esa decisión. Lilith, por su parte, permanece cerca, tan sorprendida como él. El rechazo es evidente en la tensión de su mandíbula, en el gesto de sus labios y las arrugas de su frente.
—No estoy segura, Nathan… Los muertos no deberían convertirse en otra cosa que cenizas.
—Por favor, Lilith —suplica él. Su voz es solo es un hilo, tan fino que podría romperse de un solo tirón—. Deja que se quede conmigo al menos así. No… No me lo quites. Por favor, no me lo quites.
Darien no se mueve, no intercede. Entiende a las dos partes.
Entiende que Nathan necesite un poco más de tiempo con Adam, aunque sea así, y entiende que su prima considere que lo que quiere hacer es un sacrilegio.
Lilith siempre ha sido la más consciente de las normas de los cuatro y, al mismo tiempo, ¿realmente pueden aplicarlas en ese caso?
Las leyes de la Hermandad son para los celestiales y ese es el cadáver de un traidor: Destino le ha dado la espalda.
La herejía sería darle unos ritos funerarios propios de Daiva.
—Yo…
Su prima ha dado un par de pasos hacia atrás, como si quisiera huir de tomar esa decisión, y Darien está seguro de que se va a negar una segunda vez.
Sin embargo, Nathan actúa antes de que ella pueda pensar nada más, decir nada más.
Avanza hasta ella y extiende las manos hasta dejarlas sobre sus brazos.
Sus ojos se encuentran, negro contra azul, y los de Lilith nunca habían parecido tan pequeños, dos diminutos charcos contra la inmensidad del vacío.
—Por favor. Si no puedo recuperarlo, al menos permítenos estar juntos así. —Su mano derecha se alza hasta el medallón roto, oxidado, que cuelga de su cuello—. Es… Es lo último que voy a pedirte, Lilith.
Darien ve la grieta que se abre en el rostro de su prima, la fina línea que une cada uno de sus lunares y resquebraja su cara.
De alguna forma, Nathan le está diciendo que no lo revivirá, que se conformará con lo poco que pueda tener de él, y ella está dispuesta a aceptar eso como una promesa.
Por un momento, vuelve a ver a la chiquilla que siempre se dejaba convencer por los deseos de su mejor amigo.
Y como la conoce, como ha visto esa escena decenas de veces antes, sabe cuál va a ser la respuesta antes de que la dé.
El celestial no está tan convencido. Su mirada vuela al esqueleto, que sonríe sin necesidad de labios.
Tiene la cara un poco girada hacia ellos y contempla la escena, complacido, aunque las cuencas de sus ojos estén vacías.
Una araña le recorre el pómulo. El medallón, oxidado, le recuerda a una reliquia de otra vida, de hace mil años.
Darien, en un gesto casi inconsciente, recorre con los dedos la forma del puñal que ahora siempre lleva encima.
—Está bien —escucha decir a Lilith—. Hazlo.