Darien #2
Nathan es el primero en apartarse, incómodo, y Darien es consciente de que vuelve a pasarse una mano por la cara antes de volverse hacia él. Lilith, por su parte, se concentra en arreglarse la ropa para que nadie vea que tiene los ojos brillantes.
—En el palacio… —murmura el brujo, inseguro—. No recuerdo bien todo lo que pasó, pero creo que te amenacé. Lo siento. No era yo. Mi demonio, Adriel, a veces puede ser…
—¿Desesperante? ¿Insufrible? ¿Un incordio con aires de superioridad? —interviene Lilith.
Nathan carraspea.
—Impulsivo.
Darien se adelanta antes de que su prima pueda volver a intervenir:
—No te preocupes: sé que no eras tú y no me hizo nada. Estoy bien, Nathan.
Su amigo todavía parece un poco culpable, pero asiente.
—¿Qué pasó después? —Nathan lanza un vistazo a su alrededor, con el ceño fruncido, como si buscase algo. O a alguien—. Te marchaste con la princesa y ese chico al que Astrey resucitó…
Esa es justo la conversación que prefiere evitar de momento.
—Es una larga historia, pero Arsay me pareció un lugar seguro al que venir.
—¿Más que Daiva?
Darien es consciente de todas las preguntas que se esconden detrás de esa otra, en apariencia tan inocente y, al mismo tiempo, con un borde tan afilado como la espada que Lilith está recogiendo del suelo.
La guarda de vuelta en su vaina, pero Darien no puede callarse la respuesta con la misma facilidad.
—En Daiva no me queda nada, Nathan. Las únicas personas del Sacro Reino que se han preocupado un poco por mí en los últimos meses sois vosotros.
Su prima mira al suelo, incómoda, pero ni siquiera trata de convencerlo de lo contrario.
Todos ahí saben que, si no hubiera sido por el antiguo Portador, quizá no habrían vuelto a verse.
No va a culparla, porque es consciente de que ella solo seguía órdenes, pero hay una parte de él que todavía se está lamiendo las heridas de sentirse abandonado por todos.
Casi espera que Nathan le pregunte qué piensa hacer entonces, pero el brujo aprieta los labios, incapaz de continuar con la conversación.
Darien sabe que ni él ni Lilith quieren hablar de lo que va a ocurrir ahora.
Él tiene un plan, un sueño, pero sus acompañantes quizá no se hayan permitido pensar más allá de ese momento.
Es irónico que sea él, el único que jamás tuvo el don de adelantarse a lo inevitable, el más anclado en el pasado, quien ahora no le tenga miedo al futuro.
Por eso quizá vuelve a sentirse responsable de ellos. De guiarlos, porque los ve perdidos. De instarlos, no a hacer lo correcto, porque él mismo no sabe qué lo es, pero sí a ponerse en marcha.
Su mirada cae en el cuerpo inmóvil que aguarda tan solo unos pasos más allá. Todavía le cuesta mirarlo, pero sabe que no puede seguir ignorándolo.
—Es él, ¿verdad?
El silencio que sigue es reverencial, incómodo, hasta que Nathan baja la vista y susurra:
—Sí.
—¿Y qué deberíamos hacer?
—¿Hacer? —repite Lilith.
—¿Queréis incinerarlo? ¿Queréis enterrarlo?
La expresión de sus amigos cambia, aunque de manera muy distinta: Lilith solo parece triste, mientras que Nathan levanta la mirada de golpe, con el pánico escrito por toda la cara.
Darien hace un mohín en cuanto se da cuenta.
De alguna manera, daba por hecho que la paz que había en ese lugar se debía a que el antiguo Portador había aceptado por fin la muerte de su amante, pero supone que se equivocaba.
—No vamos a hacer nada de eso. —El brujo niega con la cabeza, ansioso—. No podemos deshacernos de él. No…
Calla, atragantado con sus propias palabras, y mira a Lilith en busca de un apoyo que no encuentra. La santa tiene los labios apretados y se abraza a sí misma.
—Nathan, hemos hablado de esto. No puedes traerlo de vuelta.
Pero él no quiere escucharla. Cuando retrocede un par de pasos, parece que sea para convertirse en un escudo que los separe de lo que queda de Adam.
A Darien le resulta un gesto tan desesperado como innecesario, pero también es consciente de que ese chico no está pensando con claridad, que sigue añorando a su amante tanto como el primer día.
Lleva meses aferrándose a su memoria y, ahora que tiene cerca algo mucho más tangible, no va a dejarlo ir así como así.
Lo peor quizá sea ser consciente de que puede entender su tristeza, su necesidad, pero eso no quita que él tomaría una decisión muy diferente:
—Yo tampoco creo que sea buena idea usar el Amuleto.
Aunque de camino hacia la Fosa no ha dejado de pensar que era mejor no inmiscuirse en las elecciones de Nathan, las palabras le salen sin pensar. Su amigo abre los ojos y el dolor (la traición) pinta la mueca de su cara.
—Seguro que Lilith te ha contado lo que pasó cuando Astrey revivió a su madre, pero, aparte de eso, el nuevo Portador ya no puede usar el Amuleto como lo hizo en la fiesta —intenta explicarle—.
Caleb ya no está en sus manos. Y, aunque lo estuviera, lo más probable es que a estas alturas Adam ya haya renacido, por lo que recuperarlo a él significaría romper otra familia como hace meses se rompió la nuestra.