Darien
DARIEN
La Fosa de los Infieles era otro cuento de terror para los niños del Templo.
Igual que las historias de demonios y sus tentaciones, de necromantes rompiendo medallones y de voluntades robadas, aquella hendidura en la tierra se dibujaba como un destino aciago, el culmen de una vida de pecados y herejía.
Allí iban a parar los cuerpos de quienes cometían crímenes tan imperdonables que eran condenados a muerte, de quienes en sus últimos días le daban la espalda a su dios y demostraban que no merecían entrar en la Corte de Destino.
Durante su niñez, para Darien la Fosa era otro de los miedos que a veces le impedían cerrar los ojos por las noches.
¿Y si no volvía a despertarse? ¿Y si Destino decidía que su hora había llegado, pero no había sido lo suficientemente bueno como para convertirse en un celeste?
¿Y si alguien lo acusaba de ser indigno y su historia terminaba con su cuerpo en el fondo de aquel hueco, con su carne siendo picoteada por los pájaros, alimentando a insectos y depredadores?
Darien aún recuerda esos miedos vívidamente y, aunque ahora ya no siente el mismo terror, no ha podido evitar que se mezclaran con los escenarios en los que se encontraba a Nathan y Lilith allí.
En algunos de esos supuestos, uno había matado al otro antes de que pudiera llegar y lo único que lo esperaba era un cuerpo abandonado.
En otros, se imaginaba llegando mientras luchaban e, igual que en las montañas, se convertía en un espectador de la batalla, tan paralizado y asustado que volvía a no ser capaz de intervenir.
Una vez más, se quedaba al margen. Una vez más, todo lo que podía hacer era contemplar el desastre y gritar los nombres de sus amigos sin que ellos llegaran a mirarlo.
Sin embargo, cuando alcanza la linde donde el bosque acaba y la Fosa aparece ante sus ojos, la imagen que le espera es muy diferente a cualquiera que pudiera haber convocado.
Desde el refugio que le dan los árboles, el celestial ve la cicatriz cavada en la tierra, sí, pero también a las dos personas sentadas cerca del borde.
Algunos pájaros sobrevuelan la zona, mientras que otros se han apoyado en las ramas de los árboles y hacen guardia, quizá esperando que las figuras se levanten y desaparezcan.
Pese a que están de espaldas a él, pese a que sus siluetas ya ni siquiera son tan familiares como deberían (nunca había visto a Lilith vestida de otro color que no fuera blanco; los cabellos morenos de Nathan se han teñido por completo de blanco), los reconoce.
—¿Son ellos?
La voz de Ishtar no es más que un susurro, como si temiera que fueran a oírla.
Darien asiente, un paso por delante de los demás, sin poder apartar la mirada de sus antiguos amigos.
Se le hace extraño verlos sentados el uno al lado del otro, muy pegados, con los hombros casi tocándose.
El alivio lucha contra la tensión que siente, contra la sensación de que es cuestión de tiempo que se encaren.
Lo que está viendo no debe de ser más que la calma antes de la tormenta.
—¿Por qué no vais a buscar un sitio donde pasar la noche? El torreón por el que pasamos hace un rato parecía un buen lugar para descansar —dice tras pasar unos segundos más observándolos—. Necesito unos minutos a solas con ellos.
Es una verdad a medias. Aunque es cierto que necesita estar solo con Lilith y Nathan, también es consciente de que tiene que retrasar el encuentro con su grupo: Ishtar, Derek y Caleb tienen demasiados vínculos con Iraides de Odelia y el ataque a la basílica.
Caleb ayudó a Lilith a escapar de palacio, así que quizá ella tenga menos reservas, pero no sabe cómo puede reaccionar Nathan.
Derek e Ishtar se miran antes de asentir; Caleb, en cambio, parece desconfiado. Darien no puede evitar el asomo de una sonrisa cuando se da cuenta de que su rostro es tan inexpresivo como de costumbre, pero él puede adivinar lo que piensa.
—Estaré bien. No van a hacerme daño, Caleb.
—Hay muchas maneras de hacerle daño a una persona.
Y probablemente considere que Lilith y Nathan ya lo han herido suficientes veces en el pasado, incluso sin darse cuenta. Aun así, Darien no cree que sigan teniendo ese poder. Antes solo les tenía a ellos, pero ahora las cosas han cambiado. Él ha cambiado.
—Estaré bien —insiste.
Caleb suspira y al final asiente, pero Darien sigue sintiendo su mirada sobre él cuando sale de la protección de los árboles.
El frescor del bosque desaparece, igual que las posibilidades de esconderse.
Expuesto, aprieta el paso. El viento le viene por la espalda, como si lo animara a ir más rápido, y sus ojos siguen fijos sobre las dos figuras sentadas junto a la grieta que se extiende por el suelo.
Lilith es la primera en darse cuenta de su presencia y girarse hacia él.
—¿Darien?
La celestial abre mucho los ojos al verlo, incrédula, aunque no más que Nathan.
Darien se da cuenta de que delante de ambos hay un cuerpo que hace que se le encoja el estómago.
No tiene ninguna duda de a quién pertenece y, aunque sabía que existía la posibilidad de verlo, aunque pensaba que estaba preparado para encararlo, la imagen le golpea con más fuerza de la que quiere admitir.
Aun así, se obliga a centrar toda su atención en los vivos.
—Lilith. Nathan.
El brujo se pasa una mano por la cara, como si quisiera limpiársela.
Es un gesto rápido, como rápida es la forma en la que se gira hacia todos lados, tal vez buscando una trampa, un acompañante, una pista de que Darien ni siquiera es real.
A su vez, Lilith se pone en pie y busca su espada con la mirada.
Está tirada en el suelo, más cerca de Darien que de ella.
Le lanza solo un vistazo antes de fijarse de nuevo en él, precavida.
—¿Eres tú de verdad? ¿Cómo… nos has encontrado?
—Cuando escapaste de palacio, le dijiste a alguien que te dirigías hacia aquí. No sabía si os encontraría o si llegaría tarde, pero… tenía que intentarlo.
La muchacha deja escapar un suspiro de alivio ante esa explicación y, después, da un paso hacia él.
Y luego otro. De pronto, se mueve, en un trote apresurado que acaba de la manera más inesperada: con un abrazo.
Darien se queda helado mientras los brazos de su prima lo rodean.
Está tan poco preparado para ello que no puede evitar que su don le regale un vistazo de los días que Lilith ha pasado caminando detrás de Nathan, la imagen de un bebé con una marca en la mejilla, una noche repleta de estrellas acompañada de un demonio que no quería pedir deseos con ella.
Lo ve todo muy rápido, en fogonazos que le cuesta comprender, pero su prima no retrocede.
No lo suelta. Por primera vez en mucho tiempo, se aferra fuerte a él, casi como si su poder le resultara un alivio en lugar de algo que repeler.
Darien tarda más de lo que le gustaría en reaccionar de tal modo que, cuando al fin alza los brazos, lo hace a destiempo. No recordaba que ese cuerpo fuera tan cálido. No recordaba tampoco que fuera tan alta, que pudiera sentirse tan pequeño a su lado.
—Así que al final te encontró —murmura ella.
—Y parece que tú has encontrado a Nathan.
La celestial asiente. Cuando finalmente se aparta, está sonriendo.
Es un gesto suave, casi tímido, y su primo se da cuenta solo entonces de que tampoco recordaba una expresión así en ese rostro.
La hace ver más joven, más… humana. Por alguna razón, los santos nunca sonríen en las representaciones que hacen de ellos.
Cuando ella retrocede un par de pasos, Darien se queda helado pese a la calidez del día, un poco inseguro sobre sus pies.
Nathan también se ha levantado y aguarda, todavía en el mismo sitio, quieto, confundido.
No parece el mismo chico que vio la Noche de las Bestias, y no solo porque ya no lleve el Amuleto alrededor del cuello: le falta la confianza que vio en él durante la fiesta.
—¿Qué haces tú aquí?
Darien se muerde el labio. Siente que no puede decirles la verdad, todavía no, así que se encoge de hombros.
—¿No te alegras de verme?
Nathan alza las cejas en un gesto que a Darien le recuerda a otra persona, una con la que ahora no puede evitar buscar semejanzas.
No encuentra tantas como desearía, aunque lo cierto es que ese chico ya ni siquiera se parece al muchacho con el que convivió en el Templo durante tantos años.
Sigue siendo humano, pero los rasgos del demonio han reclamado demasiado de él.
—Bueno, sí, pero…
—Deja de darle vueltas y ven aquí —lo interrumpe Lilith.
La santa extiende un brazo hacia Nathan y este, aunque duda, avanza hasta ellos.
Para cuando se une a su abrazo, Darien ha tenido un par de segundos para prepararse, para intentar contener su don, pero aun así le llega el eco de las risas de unos niños que conoció hace mucho.
Cierra los ojos y los aprieta todavía más contra él, en un intento de recuperar a esos chiquillos que fueron.
¿Cuánto hacía que no estaban así los tres?
Ni siquiera lo recuerda. Y está convencido, de pronto, de que no va a durar.
No puede durar. Ya no son los niños que un día fueron.
Ya no viven juntos en el Templo. Siempre han sido muy distintos, pero antes al menos vestían la misma ropa, veneraban al mismo dios, compartían cada una de las horas que pasaban despiertos.
Ahora ni siquiera les queda eso. Todos han crecido, por fuera y por dentro; todos han cambiado, por fuera y por dentro.
Sus caminos se han separado y, pese a que han vuelto a juntarse, Darien no es tan ingenuo como para pensar que vayan a volver a ir en la misma dirección durante demasiado tiempo.
Cuando los demás estrechan los brazos a su alrededor, el celestial está convencido de que todos piensan lo mismo: aunque ese abrazo es un reencuentro, de alguna manera sabe a despedida.