Lilith
LILITH
Desde aquel día en la basílica, puede que incluso desde antes, Lilith se ha obligado a mantenerse firme.
En cada desastre ha mantenido la cabeza fría; en cada nueva misión se ha centrado solo en conseguir lo que se esperaba de ella.
Al final, sin embargo, nadie puede permanecer impasible para siempre y reconocer a su mejor amigo es lo que termina de romper todas sus defensas.
Es como si sus cimientos se tambaleasen y la presa que había construido encima con tanto cuidado reventase de golpe.
El torrente de lágrimas llega sin avisar, se lo lleva todo por delante, pero por primera vez en mucho tiempo no le importa que eso la haga parecer vulnerable.
No le importa estar desarmada ni mostrarse tal y como es, con sus miedos al descubierto, sus debilidades, su fragilidad a flor de piel.
Durante esos minutos, vuelve a ser una niña, una que se siente sola pese a tener una familia, incomprendida pese a tener a su alrededor a otros niños de su edad, porque da por hecho que solo puede confiar en su mejor amigo, en que él es el único que ha estado y estará siempre a su lado.
Sabe que por él lo desafiaría todo y él, a cambio, rompería todas las reglas para permanecer juntos.
De pronto, vuelven a ser el apoyo incondicional del otro, ellos dos contra el mundo.
Al final, sin embargo, la realidad se impone.
A medida que el llanto remite, deja tras de sí un vacío imposible de llenar y, al mismo tiempo, una calma con la que Lilith no está familiarizada.
Se siente sorprendentemente ligera, pero también agotada.
Le duelen los músculos como si hubiera estado luchando durante horas, días, años enteros.
Quizá lo ha estado haciendo y, sin saberlo, ella misma era la enemiga.
Nathan también deja de llorar poco después, pero aun así continúan abrazados, en busca de un calor que saben que van a perder en cuanto se separen.
El hechizo que han creado juntos se romperá cuando se alejen y entonces volverán a ser el brujo (el antiguo Portador, el traidor) y la celestial (la santa, la elegida de Destino), aunque ellos solo quieran ser Nathan y Lilith.
—¿Por qué…? —Él es el primero en hablar, todavía con la mejilla apoyada en el hombro de ella—.
¿Por qué me has seguido? Tendrías… Tendrías que haber vuelto a Daiva.
Tendrías… —Calla, como si no supiera bien qué habría sido lo lógico en esa situación, y se aparta un poco para mirarla a la cara.
La brisa le remueve ese pelo tan fino como el hilo de seda, igual de blanco—. Te dejé atrás.
Sí, pero ¿acaso no ha hecho ella cosas mucho peores?
Desterró su nombre de sus pensamientos y estaba dispuesta a matarlo.
Lo habría hecho si él no hubiera usado el Amuleto.
Y, aunque sabe que después se habría arrepentido, también se habría excusado en que eso era lo que Destino deseaba de ella.
Se lo habría repetido mañana y noche, todos los días de su vida, hasta que se hubiera convencido o se hubiera vuelto loca por la culpa.
Lilith aparta la vista primero. Es ella también quien se separa un paso, dos. Como esperaba, el frío es inmediato. Se siente huérfana cuando él la deja ir. Le cuesta contener las lágrimas cuando su mirada cae sobre el cadáver de Adam, pero lo consigue.
—No… No podía olvidarme de todo, Nathan. No podía desentenderme. Me devolviste el medallón, aunque nadie te obligaba a hacerlo.
Él frunce el ceño, confuso.
—¿Me has seguido porque creías que tenías una deuda que pagar?
No. No es eso lo que está diciendo, pero ¿cómo va a saberlo él? Llevan luchando demasiado tiempo, obligándose a ser enemigos demasiado tiempo.
A Lilith le cuesta más de lo que le gustaría arrancarse de dentro las siguientes palabras:
—Te he seguido porque… porque pensé que necesitabas ayuda y yo quería estar ahí para ti, porque no lo he hecho en todos estos meses.
—Toma aire y se obliga a mantener los ojos sobre ese medallón deslucido que cuelga entre los huesos del esqueleto—.
Y porque… porque Adam es mi hermano, Nathan. Lo que pase con él me afecta.
Su amigo también aparta la vista hacia lo que queda de su amante.
Sus pasos son titubeantes cuando decide acercarse a los restos, como si no recordase muy bien el funcionamiento de su cuerpo.
O quizá tan solo haya dos fuerzas que están tirando de él: una que se niega a reconocer nada humano en esa pila de huesos y otra que insiste en que hay algo familiar incluso en ellos. Lilith, en cambio, no se mueve.
—No sé cómo vivir sin él. —Nathan se arrodilla delante del cadáver y extiende los dedos hacia la calavera, como si todavía pudiera acariciar los lunares que Adam tenía en la cara.
A Lilith se le encoge el estómago cuando ve su mirada hundida, triste, y aun así tan enamorada—.
Lo he intentado, Lilith, pero no… no recuerdo quién era sin él.
No soy nadie sin él. No soy nada. Ni siquiera el Portador.
La sonrisa que tuerce los labios de su amigo es irónica, tan apenada, que las lágrimas amenazan con volver a escaparse.
De pronto, ella entiende aquello que le dijo una vez, hace mucho tiempo: si nadie te dice qué debes ser, puedes serlo todo.
A Nathan, en cambio, le dijeron desde muy pequeño quién debía ser y cuál era su futuro, pero al final ha descubierto que todas esas obligaciones no eran más que humo.
La única persona con la que podía escapar por completo de ellas, la única persona con la que pudo construir otra identidad, un refugio de verdad, no fue ella, por mucho que le duela admitirlo.
Fue Adam. Eso es lo que Adriel ha estado días tratando de explicarle: Nathan quiere recuperar a Adam porque lo quiere, pero sobre todo porque cree que es la única manera de recuperarse también a sí mismo.
Pero está equivocado.
—Eso no es cierto. —Lilith aprieta los puños y se adelanta un paso—. Existías antes de enamorarte de él. Existías antes de que tu madre muriese y te dejase el Amuleto del Tiempo.
Nathan ríe. Es una risa amarga, tan afilada que corta.
—Hace tanto tiempo de eso que ya no me acuerdo.
—Pero yo sí. Yo sí me acuerdo, Nathan, porque he estado a tu lado desde el primer día en el que despertaste en el Templo. Yo te lo recordaré si hace falta.
Su amigo pierde la sonrisa irónica y traga saliva antes de alzar la mirada hacia ella.
Parece un poco abrumado, lo suficiente como para no poder encontrar las palabras pese a que él siempre sabe cómo contraatacar a todo lo que ella dice.
Ahora, sin embargo, solo la observa con esos ojos opacos, vacíos.
Después, vuelve la vista hacia el cadáver, más perdido de lo que lo ha visto en mucho tiempo.
—¿Sufrirá? Si lo traigo de vuelta. Sé lo que le has estado diciendo a Adriel, pero no me importa si no me reconoce.
No me importa si tengo que recordarle todos los días quién soy y quiénes somos juntos.
Puedo dedicar toda mi vida a cuidarlo. Pero no quiero que sufra.
No podría… No podría soportar hacerle daño. A él no, Lilith.
A una parte de ella le gustaría responderle que sí, sin dudas, para ayudarlo a tomar la decisión correcta. Otra, en cambio, sabe que es injusto. No ha llegado hasta ahí para mentir, para aprovecharse de su desesperación.
—No… No lo sé, Nathan. Supongo que no sufrirá físicamente, pero quizá sí de otras maneras.
Quizá sea consciente de los cambios y le resulten…
agónicos. Quizá odie la idea de condenarte a cuidarlo.
Quizá sea él quien sufra por ti, cada vez que vuelva.
Quizá te haga daño mientras otra de sus vidas ocupe su cuerpo y Adam se sienta culpable cuando se dé cuenta.
No tengo ni idea, Nathan. No vi lo que pasó con aquella mujer más allá de unos minutos.
Él se encoge sobre sí mismo. Su mano sigue sobre la calavera, su caricia desciende hasta los dientes descubiertos.
—Entonces no puedes saber si hay solución. Quizá Astrey haya conseguido estabilizar a su madre. Solo viste el momento en el que la resucitó, ¿verdad? No sabemos qué ha pasado después. Y esa mujer debía llevar… décadas muerta. Adam solo lleva unos meses. Puede que no sea lo mismo. Puede que…
—Nathan.
Su amigo se gira hacia ella. De pronto parece rabioso, frustrado.
—¿No lo echas de menos? Le dijiste a Adriel que te sentías perdida sin él. Es tu hermano, lo quieres. ¿No quieres recuperarlo? Podemos hacerlo, Lilith. Podemos…
—Sabes tan bien como yo que, incluso si lo trajeras de vuelta, nada volverá a ser igual.
Ponerlo en palabras le duele mucho más de lo que esperaba y resulta ser un golpe igual de eficaz para Nathan, que la observa con los ojos muy abiertos, como si lo hubiera golpeado.
A eso no es capaz de responder. Igual que ella, no va a mentir.
No va a manipularla para convencerla de que todavía queda alguna posibilidad de volver a tener una vida semejante a la que tenían cuando todos vivían en el Templo.
Traer de vuelta a Adam no va a hacer que recuperen lo que su muerte se llevó consigo.
Derrotado, el brujo vuelve a fijarse en el cadáver.
—Todo lo que he hecho desde que hui de Daiva ha sido por él.
Suena a capitulación, a las últimas palabras de un reo antes de su ejecución.
Suena como los fieles que acuden ante la Suma Celestial para confesar sus pecados esperando una expiación.
Lilith no dice nada y, aunque duda, aunque una parte de ella quiere retroceder y pedirle que se marchen de ese lugar, se arma de valor y avanza para arrodillarse al lado de su amigo.
Él no aparta la vista de las cuencas vacías del cadáver, como si siguiera esperando que unos ojos claros le devolvieran la mirada.
—Nunca me contaste vuestra historia.
Eso consigue que él la mire, incrédulo. Lilith sabe que es demasiado tarde para que Nathan recupere la confianza en su dios, en la Hermandad, pero a lo mejor una historia, esa historia, es lo que hace falta para que recupere al menos un poco de la confianza que los unió alguna vez.
O para que la recupere ella, porque está harta de tener que descifrarlo todo, de encontrar intenciones ocultas en el pasado, como le ocurrió con Tabitha, o en el presente, como le ocurre con su madre.
—No podía —se excusa él—. Quise hacerlo muchas veces, los dos queríamos, pero…
—Lo sé. Lo entiendo. —Aunque duela. Aunque una parte de ella siempre vaya a lamentar que no confiasen en ella—. Pero puedes contármela ahora.
Nathan tensa la mandíbula. Los ojos le destellan con lágrimas contenidas, pero a Lilith le parece que esta vez no son de tristeza, sino de emoción, puede que incluso de agradecimiento.
Quizá lleve tanto tiempo como ella deseando tener esa conversación.
Quizá sea cierto que él sufrió guardando el secreto tanto como ella al descubrirlo.
—No va a ser agradable. Hubo… Hubo muchas mentiras.
Hacia ti, hacia Darien. Hacia todo el mundo, en realidad.
Tuvo que haberlas. Al principio yo ni siquiera quería pensar en que él pudiera atraerme de ese modo y después, cuando fue innegable, decidimos que nadie más podía saberlo.
No queríamos que nadie más tuviera que cargar con lo que hacíamos. Mucho menos vosotros.
Lilith aprieta los labios, pero asiente. Nathan ha apartado la mano del cadáver de su hermano y ella aprovecha para tomarla y entrelazar sus dedos. Para que recuerde lo que es un tacto real, humano, cálido, en comparación con la sensación fría y dura de la muerte.
—Cuéntamelo todo.
Nathan traga saliva, pero estrecha la mano de Lilith como si necesitara encontrar fuerzas en ella.
Después, empieza a hablar.