Nathan
NATHAN
Después de días escuchándola, Nathan por fin reconoce la voz que viene del otro lado de la puerta.
La seguridad viene acompañada de un cúmulo de recuerdos que lo asaltan al mismo tiempo, como si hasta ese momento alguien hubiera tapado una grieta en las paredes de su cabeza y, de pronto, esa grieta hubiera estallado y no pudiera seguir conteniendo todas las cosas que querían escapar por ella.
Ve a una pequeña que duerme a su lado, con una mano alrededor de la suya.
A una niña un poco mayor a la que él arrastra por unos pasillos inmensos.
A una chiquilla que sonríe con satisfacción mientras lo amenaza con una espada de madera.
A una joven que llora tras unos matorrales de azaleas.
A una adolescente que se apoya contra su hombro bajo las estrellas.
A una mujer que posa la punta de una espada de leyenda en su corazón mientras una lágrima solitaria se le desliza por la mejilla.
Conoce su nombre.
Sabe perfectamente quién se esconde al otro lado de la puerta y, aunque parte de sus recuerdos le llevan la contraria, está seguro de que no va a hacerle ningún daño.
Así que se pone en pie antes incluso de poder pensarlo.
Adam no se lo impide. Adam, a su lado, lo mira con su sonrisa tranquila, como si siempre hubiera sabido quién lo estaba llamando y que él terminaría respondiendo.
Solo intercambian una mirada mientras Nathan aprieta el pomo entre los dedos, asustado.
Quizá sea una trampa. Quizá se equivoca.
Quizá no debería abrir. Quizá salir siga siendo un error.
Pero Adam ve sus miedos, como siempre ha hecho, y se encarga de borrarlos cuando pone la mano encima de la suya y le susurra al oído:
—Es hora de volver, Nathan. Ya está amaneciendo.
En esa torre siempre es de noche, siempre hay estrellas, pero el sol se traga la estancia cuando abren la puerta juntos.
La luz es tan fuerte, tan inesperada, que lo ciega y lo obliga a cerrar los párpados, pero tras ellos es capaz de ver algunos recuerdos más.
Una melodía de ocarina. Una estatua delicada partida en mil ojos que lo miran.
Un pajarillo sin vida. El suelo de una basílica repleto de los destellos de color de las vidrieras rotas.
Y cuando los abre de nuevo, ella.
—Lilith.
La muchacha está frente a él, con los ojos azules brillantes de lágrimas contenidas.
El nombre le suena extraño, deforme, ajeno; la voz le sale arañada.
La torre ya no se encuentra a su espalda y tiene la mano alzada, pero no sostiene ninguna puerta.
Están al aire libre, en un lugar en el que un olor inmundo se le mete en la nariz y le da ganas de vomitar y donde el viento le sacude las ropas y los cabellos.
Tiene que parpadear un par de veces más para acostumbrarse a la luz del día.
Su cuerpo no se siente suyo. Sus extremidades tardan en responder, como si hubiera olvidado cómo usarlas o como si ellas estuvieran esperando las órdenes de otra persona.
El abrazo llega antes de que pueda recordar cómo moverse.
Nathan se queda helado cuando Lilith salta sobre él y lo rodea con los brazos con una desesperación que no cree haber visto en ella jamás.
Desde luego, nunca lo había abrazado así.
Por lo general, todos los abrazos que se han dado alguna vez, en toda su vida, los ha iniciado él, y ni siquiera es capaz de pensar cuándo fue el último.
Así que tarda en comprender qué está pasando, tarda en creerse que ese mundo que ahora habita es real y que conoce a esa muchacha que llora contra su cuello.
Oye su llanto, siente sus lágrimas sobre la piel, y es en parte eso lo que consigue que empiece a reaccionar.
Sus manos se mueven poco a poco. Una de ellas se posa sobre la espalda de la celestial; la otra, sobre sus cabellos.
Son gestos todavía distraídos, inseguros.
Lo que consigue atarlo de verdad a ese momento es la voz rota de Lilith al decir:
—Lo siento. Lo siento, Nathan, lo siento, lo siento…
Entonces sí, todo regresa. El presente termina de consolidarse a su alrededor y, con él, el dolor que trae consigo y que provoca que los ojos se le aneguen.
Lilith. Lilith está ahí y lo ha seguido, lo sabe.
De pronto tiene un sinfín de recuerdos que son suyos y, al mismo tiempo, no, porque los pasos que ha dado últimamente, las palabras que ha dicho, le pertenecen a otra criatura.
Él mismo le dio el mando cuando todo fue demasiado.
Perdió el Amuleto y se perdió a sí mismo.
Y lo único que lo ha estado moviendo, lo único que Adriel ha intentado conseguir para que él tuviera algo a lo que aferrarse, lo único que lleva meses deseando, lo único que siente que puede arreglar algo de lo que ha ocurrido, está ahí.
Adam está ahí.
Lo ve a unos pasos, solo huesos, solo restos.
El golpe que supone ver la calavera en el suelo casi le da ganas de esconderse de nuevo, de volver a llamar a Adriel para que sea él quien tome ese cadáver y se lo lleve, porque él no puede mirarlo.
No puede verlo. No es capaz, porque en esos huesos no existe la constelación de lunares que tenía dibujada en la piel, en esas cuencas ya no vive el color del mar, esos dientes no los recubren labios que besar y entre esas costillas ya no se contiene un corazón que lata por él.
Le horroriza. Le horroriza verlo convertido en eso.
Le horroriza lo mucho que ha tardado en encontrarlo, haber permitido que su cuerpo se convierta en menos que una sombra de lo que fue.
Le horroriza el paso del tiempo, sobre todo ahora que el tiempo ya no está en sus manos.
Lilith lo abraza un poco más fuerte y él se aferra a ella como no recuerda haber hecho desde que su madre murió.
Se esconde contra sus cabellos, la estrecha contra su cuerpo y deja que su llanto llame al suyo.
Le arrastra como una marea y, cuando estalla, ni siquiera sabe muy bien por qué se lamenta, si por Adam o por ellos.
Quizá por los tres. Quizá por Darien también.
Por Ammarah. Quizá no llora por esos huesos, porque sabe que ese cuerpo es recuperable.
Ese esqueleto puede volver a recubrirse de piel y músculos, esa boca puede volver a besar, bajo ese pecho todavía puede tener cabida un órgano que palpite al mismo ritmo que el suyo.
Está a su alcance. Todo eso está todavía a su alcance.
Lo que no está a su alcance es la muchacha que está entre sus brazos.
Los días en el Templo, los combates en el claustro, las tardes en los jardines, las noches en la torre.
No están a su alcance ni los juegos ni las travesuras ni toda la paz que en algún momento le pareció una condena.
Ya no es un celestial. Ya no se parece en nada al muchacho que nació y creció en Daiva.
Ya no es el Portador, nunca lo fue, pero tampoco sabrá nunca lo que habría sido vivir sin tener que llevar la carga del Amuleto.
Nathan llora por una existencia que nunca tuvo y otra que nunca va a recuperar.