La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Lilith #2
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Lilith #2

Su nombre sale de sus labios como un quejido, tan bajo que es imposible que él (el chico que fue, el demonio que es, el brujo que espera recuperar) la escuche.

Lilith alza la vista y observa esa silueta difuminada.

Durante un momento, vuelve a estar en la basílica, con el caos rodeándola.

Durante un momento, sueña que Nathan se vuelve hacia ella, que deja de caminar, que sus miradas se cruzan y que los labios de Nathan se mueven y le gustaría pensar que lo que dijo aquel día, lo que nunca ha llegado a entender, fue una disculpa.

Por no habérselo contado todo, por romper las reglas, por llevar el caos a Daiva, por no quedarse. Por dejarla atrás.

Por no haberle tendido la mano, por no llevarla con él y por condenarlos a ambos a estar solos, apartados, a pesar de que siempre se habían tenido el uno al otro.

El primer paso es el más difícil. Los pies le pesan, igual que el corazón y, aun así, lo da.

El siguiente es un poco más sencillo. El tercero cuesta menos que el segundo y cada vez puede moverse más rápido.

Casi sin darse cuenta comienza a correr, porque sabe que no va a llegar, que él está demasiado cerca del borde de la zanja, que…

Adriel la mira por encima del hombro y chasquea la lengua, disgustado.

Un movimiento de su mano es lo único que necesita para detenerla.

El viento la golpea de frente, la ciega y le hace perder el equilibrio.

La caída no es dura, porque es obvio que el vendaval no ha sido creado para hacerle verdadero daño, al igual que las trampas que le ha puesto durante todo el viaje, pero la ralentiza.

La obliga a usar toda su fuerza para incorporarse, para hincar una rodilla en el suelo e intentar levantarse. Son unos segundos agónicos.

Los segundos que el cuerpo de Nathan necesita para llegar al borde de la Fosa.

El viento se detiene justo en ese momento, porque hay otra cosa que requiere la magia del demonio.

Todavía en el suelo, paralizada por sus propias dudas, Lilith observa la forma en la que Adriel se balancea sobre la punta de los pies, como si pensara.

Después, alza las manos: una de ellas se cierra sobre el colgante que lleva alrededor del cuello mientras que la otra se levanta en un gesto que la santa ha aprendido a asociar con la magia.

Con ese ademán, una forma extraña se alza en el aire desde la Fosa.

La celestial tarda en entender lo que está pasando, porque la imagen parece sacada de una pesadilla.

Porque lo que se alza en el aire no es nada humano, sino una mezcla de tierra, insectos y huesos.

En algún momento, quizá ese cuerpo estuviera cubierto por una de las túnicas del Templo, pero ahora solo son jirones sucios que cuelgan como debería hacerlo la carne que los animales ya han devorado.

El esqueleto no está limpio, todavía le quedan algunos trozos de lo que en otro tiempo quizá fueron músculos, grasa y piel, pero aun así podría ser cualquiera.

No puede asociar a Adam con esa calavera, no queda nada de su pelo rubio, no quedan ojos en los que mirar.

Lo único que se mantiene intacto, lo único que lo marca como un celestial, es el colgante que se le ha quedado enredado en las vértebras y las costillas, un medallón que quizá en otro tiempo fuera uno de los ojos de Destino pero que ahora está quebrado y manchado.

Lilith se lleva la mano a la boca en un intento de detener una arcada mientras el cadáver, de la misma forma en la que caería una hoja seca de un árbol, se posa en el suelo con el sonido de los huesos chocando entre ellos.

Una parte de ella daba por hecho que sería en ese momento cuando él volvería a la superficie.

Cuando Nathan, por fin, entendiese que ese no es Adam, que Adam no va a volver.

O quizá cuando se diese por satisfecho al pensar que está más cerca de recuperarlo que nunca.

Sea como fuere, la santa esperaba un cambio, una muestra de que su amigo sigue ahí, en algún lado.

Sin embargo, sigue siendo Adriel quien está al mando.

Lo nota por la postura, por la forma de moverse.

El demonio se agacha y roza con un dedo la calavera, un macabro reflejo de cómo un amante acariciaría la mejilla de su enamorado.

La saliva que Lilith traga le sabe a bilis y la hace ser consciente de que nunca podrá borrarse de la cabeza la imagen que tiene delante. Que se quedará con ella incluso si el resto de sus recuerdos se pierden, que quizá incluso la acompañe en su siguiente vida en el reino de Destino.

Aun así, consigue la energía necesaria para ponerse en pie.

El sonido de la espada al ser desenvainada parece expandirse en ese espacio abierto, como si quisiera despertar a los muertos de su letargo.

Adriel se irgue al escucharla. Cuando se gira para centrar toda su atención en ella, en sus ojos no hay más que desafío.

—Vaya, ¿al fin te has cansado de intentar razonar?

Ella hace una mueca mientras acomoda los dedos alrededor de la empuñadura. Sus pasos la acercan más a él, mientras sus músculos se tensan en anticipación, consciente de que la pelea es ya inevitable.

—No, pero ya me has dejado claro muchas veces que no me va a servir para nada, así que no siento que me estés dejando otra opción.

—Eres tú la que no quiere elegir ninguna otra opción, porque la realidad es que podrías marcharte, por ejemplo, y no volver a pensar en nosotros. Podrías aceptar que Nathan no puede vivir sin tu hermano y desear que Adam Rheiz volviese. Podrías dejar de sentirte amenazada…

—No me siento amenazada —lo interrumpe ella, con los nudillos cada vez más blancos—. Pero esto no está bien. ¿Cuántas veces te lo he dicho? Lo que traiga de vuelta el Portador no será mi hermano. Será un…

—¿Un monstruo? —concluye él, al ver que ella no es capaz de pronunciar esa palabra—.

Sí, quizá. Pero, aun así, Nathan podría amarlo.

Da igual si no vuelve de la misma manera, porque aceptará lo que sea.

Se quedará a su lado. Le hará recordar quién fue y lo cuidará como no pudo cuidarlo antes, porque no tuvieron tiempo.

Lo amará con todo su ser, incluso retorcido y roto, porque sabe que Adam también lo querrá a él después de todos los pedazos que ha perdido por el camino.

Lilith no entiende que pueda hablar con esa seguridad.

El Adam que renacerá ya no será el mismo, muchas partes de él ni siquiera recordarán al amante que tuvo en su última vida, así que ¿cómo va a amarlo sin recuerdos?

¿Cómo lo va a reconocer? Las palabras de Adriel no son más que un deseo lanzado al aire, un sueño condenado a desaparecer por la mañana.

—Pero, por supuesto, tú no puedes entenderlo.

Tú nunca serías capaz de querer a un monstruo, ¿no?

Tú prefieres a Nathan muerto a convertido en algo que no puedas reconocer.

—Adriel abre los brazos, invitador, y la sonrisa, ahora sí, vuelve a su cara—.

Adelante, entonces: acaba con él. Termina de retratarte.

No quiere. No quiere, no quiere, no quiere, pero no ve otra solución.

Su mente rechaza enfrentarse a él y hacerle daño, pero su cuerpo da un par de pasos más hacia delante.

Llega a levantar la espada, aunque los brazos le tiemblan.

Nunca un arma había pesado tanto, pese a que el objetivo jamás había sido más sencillo: ahí está, con el torso desprotegido, como si quisiera asegurarse de que no pueda fallar.

De que va a matarlo. Pero Nathan no quiere morir.

Es un truco del demonio, otra forma de tentarla, de alejarla de su camino.

Aun así, hay algo de Nathan en ese gesto.

A él siempre le gustaron los desafíos y, por un momento, Lilith tiene la impresión de que le está lanzando otro más.

Por un instante, incluso con los cuernos, el pelo blanco, los ojos negros y el rostro demacrado, le parece el mismo chico que la enfrentaba en el claustro cuando entrenaban.

Y ella debería aceptar el reto, debería demostrarle una vez más que no puede ganar, igual que se lo demostró en las montañas.

En aquella ocasión, él le suplicó mientras ella se esforzaba en cumplir con el que suponía que era su cometido.

Ahora él tan solo se rinde y ella debería aprovechar esa oportunidad.

Pero no puede.

Está cansada de luchar. Contra él. Contra sí misma.

Deja caer los brazos. Es lo más difícil que ha hecho nunca y, al mismo tiempo, siente más alivio del que ha sentido en toda su vida.

—No. —Tiene la voz ronca, la mano entumecida—. No te quiero muerto, igual que… que no quería que Adam muriese. No quiero que la historia acabe así, Nathan. No quiero que todo lo que hemos vivido tenga este final.

El fuego que asoma detrás de esos ojos negros arde con más fuerza que nunca.

Los labios finos se aprietan. No sabe si lo que hay en ese rostro es una mueca de odio o de dolor, pero sí que incluso el demonio tiene que verla ahora de manera diferente.

Como en un trance, va bajando los brazos. Da un paso hacia delante. Otro.

—Solo vas a tener esta oportunidad, santa.

En respuesta, ella abre los dedos entumecidos. La espada cae al suelo con un golpe seco y queda abandonada en esa tierra yerma. El viento sopla, le revuelve los cabellos, le arranca las lágrimas que le brillan en los ojos y se las lleva.

—Supongo que te equivocabas, Adriel. —La sonrisa tira de su boca, triste, irónica. Lleva tanto tiempo sin esbozar una que le cuesta recordar cómo se hacía—. Supongo que, después de todo, yo también puedo querer a un monstruo.