La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Lilith
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Lilith

LILITH

La leyenda dice que la Fosa de los Infieles se creó después de los tiempos de Santa Aiva.

Que, mientras ella gobernó, nadie rompió las reglas, pero después de su muerte, la corrupción se coló serpenteando dentro de las murallas.

El primer traidor en el Sacro Reino fue un hombre violento e irracional que asesinó a otro por una disputa que ni siquiera se recuerda.

Lo que sí se recuerda fue el juicio, en el que se lo consideró culpable, y la sentencia que lo condenó a muerte.

El verdugo le cortó la cabeza y la Suma Celestial de aquel entonces se negó a darle rito funerario alguno.

Fue ella quien estableció que los pecadores no podían arder.

Que no podían ser considerados parte de la comunidad, así que no se les lloraría ni se les rendiría ningún tipo de tributo.

Fue idea suya que los cuerpos se abandonasen lejos de las murallas y fuesen relegados a poco más que alimento para los necrófagos.

Se hizo una pequeña zanja en la tierra y el criminal se lanzó allí sin ceremonias, abandonado como merecen quienes desafían las leyes de Destino.

Con los años, otros cuerpos se unieron al primero. Con cada uno de ellos, la Fosa se hizo más grande, como un recordatorio de que el caos y el mal siempre están al acecho, que son una herida en la existencia humana que nunca se cierra.

Lilith conoce la Fosa de primera mano. La visitó con su madre y su hermano cuando era pequeña y ha estado teniendo pesadillas recurrentes con ella desde que viaja con el demonio.

Pero ni sus recuerdos ni sus sueños la han preparado para volver a verla.

Cuando aparece ante ella, todavía la escuda el bosque, que se termina de manera abrupta a unos pasos de distancia, como si ningún árbol quisiera crecer cerca de esa brecha en la tierra.

El lugar está falto de vegetación y, por lo tanto, falto de sombra, de cualquier tipo de escondite.

Sobre ellos vuelan las aves carroñeras y se escucha el zumbido incesante de moscas y mosquitos.

A la celestial se le encoge el estómago pensando en lo que van a ver, los cadáveres descompuestos y destrozados por picos y dientes.

El olor nauseabundo ya llega hasta ellos, así que se sube el cuello de la ropa en un intento de filtrar ese aire infecto y extiende la mano para cazar al chico que va a su lado.

Sus dedos acaban alrededor de su muñeca.

Sus pies se detienen, como lo hacen los de él.

Una mirada negra se vuelve hacia ella y la mueca de asco que aparece en su rostro le deja claro lo mucho que le disgusta su roce.

—Déjame adivinar: vas a intentar convencernos una última vez de que no hagamos lo que hemos venido a hacer, porque es obvio que todavía te niegas a aceptar que has estado perdiendo el tiempo.

No lo ha estado haciendo. Nathan está ahí, en alguna parte, y le ha parecido tener atisbos de él tras esa mirada, tras esas palabras que han estado intercambiando durante los últimos días.

Nathan está ahí y eso lo sabe porque ese es su cuerpo y todavía hay un pulso que le late fuerte contra las yemas de los dedos.

—Voy a tratar de convenceros una vez más de que estáis equivocados, de que esto no va a servir para nada.

De que… —Los ojos de Lilith vuelan hacia la Fosa, pero vuelven rápido a ese rostro conocido—.

De que todo lo que queda está perdido. Lo único que vas a encontrar ahí es carne podrida. No va a poder reconocerlo. No…

Adriel la corta con un suspiro hondo, aburrido, y se suelta de su agarre de un solo movimiento, tranquilo.

—Esa es la razón por la que vamos a usar el Amuleto para revivirlo, aunque supongo que puedo adivinar qué me vas a decir: «El Portador no te lo va a devolver» —la imita agudizando la voz—.

«El chico que vuelva de entre los muertos no va a ser Adam».

¿O insistirás en usar el argumento de todos los celestiales?

«Nada de eso es parte de los designios de Destino».

—El demonio esboza su sonrisa retorcida, esa que le hace la boca más ancha—.

Lo cual me hace preguntarme si tu dios estará contento contigo, santa.

¿Crees que quiere que estés aquí, hablando con nosotros?

¿Crees que le gusta la idea de que su favorita haya pasado los últimos días persiguiéndonos, durmiendo a unos pasos de distancia, en lugar de cumpliendo tu misión?

¿Qué crees que piensa tu amado Destino de ti ahora?

Esas preguntas también la han estado rondando a ella, pero quiere pensar que nada de eso le importa a su dios.

Le gustaría creer que le está dando libertad, que la está dejando elegir.

Altair le aseguró que había muchas formas de continuar su camino sin salirse de él y Lilith se ha empeñado en creer (porque su medallón sigue entero, porque no ha soñado que tenga ningún otro lugar al que ir) que todavía se mantiene dentro de sus límites.

—Yo no…

—¿No has pensado que quizá es el momento de que vuelvas a casa? ¿O es que en el fondo ya sabes que nadie te echa de menos, ni siquiera en Daiva?

El golpe la pilla desprevenida y la zarandea de una forma en la que no esperaba que el demonio fuese capaz de hacerlo.

Durante los últimos días, ha estado escuchando de sus labios insultos y burlas, pero no le había vuelto a resultar tan certero al apuntar como en la Noche de los Milagros.

Porque sí, eso también lo ha pensado. No ha dejado de desgastar pensamientos por la gente de Daiva, por Ammarah, por su madre.

Pero es consciente de que allí no le queda nadie más y…

es consciente de que ella no marca ninguna diferencia.

Su papel empieza y acaba en ser la santa, la única hija viva de la Suma Celestial.

Supone que heredará el título, pero no cree que sea por convicción de su madre, sino como un símbolo.

No es más que una sustituta, la hija pequeña que no podía aspirar más alto que su hermano. No es más que las expectativas que su dios ponga sobre ella, ni más ni menos. Y nunca será nada si no cumple su misión. Si no recupera la espada. Si no recupera el Amuleto del Tiempo.

Si hoy muriese, si el demonio la matase y lanzase su cuerpo dentro de la Fosa, solo Destino lo sabría.

Y con la misma facilidad con la que la eligió a ella, alzaría la mano y señalaría a otra persona deseosa de un poco de afecto, de un poco de atención.

De una señal de que merece la pena quedarse en el mundo.

Como si no fueran todos sustituibles.

Lilith baja la vista con los puños apretados. El suelo a sus pies se emborrona. Delante de ella, las botas del brujo se giran para seguir su camino.

—Es curioso que alguien como tú, tan desesperada por un poco de cariño, no pueda entender cómo nos sentimos. No dejas de hablar de lo que deberíamos o no deberíamos hacer, pero ni siquiera has intentado ponerte en la situación de Nathan.

Adriel le da la espalda y sus pasos se alejan.

Ella sabe que tiene que seguirlo, pero, a la hora de la verdad, no es capaz.

Se siente paralizada, presa de una magia sobre la que no tiene ningún control.

Siente que sus piernas se han convertido en piedra, pero cuando las enfoca ve que sigue siendo ella, que no hay ningún obstáculo en su camino.

Que el único impedimento se lo está poniendo ella misma.

Siente ganas de reír, tantas como de llorar.

Porque el demonio tiene razón: está desesperada por un poco de amor.

Está desesperada por que alguien le diga que está donde tiene que estar, que es necesaria, que es importante.

Sabe que no va a escuchar esas palabras de los labios de su madre, por supuesto.

Quizá Ammarah podría decírselas, pero está lejos, con mil asuntos más importantes de los que ocuparse.

Así que una parte de ella quizá esperaba que ese chico le dijese lo que quiere oír.

Que volviese de ese lugar oscuro en el que está perdido y, tal vez, le sonriese como solía hacer y le diese las gracias.

En su lugar, se encuentra con las palabras que Adriel le ha lanzado y que le han caído como piedras sobre los hombros, haciéndole moratones en la espalda.

Son palabras frías, desagradables, que duelen.

Pero ¿cómo se va a poner en su lugar? Ella no podría amar incluso después de la muerte.

Ella no podría seguir a nadie hasta la tumba para recuperarlo.

Y, al mismo tiempo, entiende lo que es aferrarse a alguien con esa fuerza que hace daño.

Lo ha estado haciendo con Nathan. Ha intentado cerrar los dedos alrededor de su mejor amigo, se ha negado a dejarlo ir, a dejarlo cambiar.

Por eso sabe también lo doloroso que es.

La forma en la que no solo haces daño a la otra persona, sino a ti mismo.

Las mil maneras en las que se te puede romper el corazón cuando te das cuenta de que nada va a volver a ser igual, de que es imposible que algo, que alguien, permanezca inmutable para siempre.

No, el demonio está equivocado: sí sabe lo que es estar en el sitio de Nathan. El problema es que ella ya es consciente de cómo acaba esa historia.

Y está ahí porque quiere protegerlo de una conclusión inevitable. Está ahí porque aún lo quiere.

Porque quizá siempre lo va a querer, incluso si sus caminos están condenados a separarse.

—Nathan.