Elira
ELIRA
Elira no derrama ni una sola lágrima durante el entierro de Denna.
Deciden honrarla así, dándole sepultura, porque, aunque todos son brujos, saben que es lo que ella habría querido.
Aun así, no está segura de que le hubiera gustado el sitio que eligen para ella.
Los jardines de palacio son un lugar donde la naturaleza es falsa, fabricada, hecha de metal en vez de verdadera vida.
Quizá por eso la orliana ha querido que fuese justo ahí.
Porque si Astrey y ella van a rediseñar el mundo, si van a alumbrar uno nuevo, si han llegado al trono de Odelia para hacer que Evren se sacuda de arriba abajo, quizá también deba hacerlo el que va a ser su hogar.
Quizá sea hora de que todo cambie, incluido ese jardín, así que no se le ocurre mejor manera que convertir el cuerpo de su amiga en el primer árbol vivo dentro de esos muros.
Astrey se lo ha permitido en cuanto lo ha sugerido.
—Este palacio es tan tuyo como mío —le ha dicho—. Puedes hacer con sus terrenos lo que desees, mi emperatriz.
Así que han hecho llamar a un necromante y ha elegido un lugar que pueda ver siempre desde su ventana.
Para entonces, todos los invitados de otras regiones se han retirado ya a sus aposentos, agotados tras la noche en vela, y los únicos que asisten a la pequeña ceremonia, aparte de ella y Astrey, son Tamir, Lilac y Garnet.
A su amigo no se le han agotado las lágrimas.
Él todavía puede sentir, por eso se esconde entre sus parejas y deja que lo consuelen, que Lilac llore con él y que Garnet lo abrace con fuerza.
Shiraz también llora, a su manera. Encogida sobre sí misma, gimotea y deja escapar graznidos tristes que hacen que no deje de llover.
Elira, en cambio, solo es capaz de escuchar el silbido solemne de la necromante que se encarga del entierro.
Es una melodía dulce, armoniosa, el tipo de canción que alguien podría componer para calmar un corazón doliente.
Con el suyo no funciona. Su corazón está roto, frustrado y lleno de odio, así que la música no le sirve de nada.
Por eso tampoco llora. Permanece con los ojos secos mientras el cuerpo de Denna se hunde en la tierra, se fusiona con ella y permite que algo nuevo nazca de sus entrañas.
Algo que vivirá como ya no lo hace ella.
Algo que respirará y crecerá y florecerá cada primavera y se desnudará cada invierno.
Primero surgen las raíces, fuertes y firmes; después el tronco y las ramas, que se llenan de hojas y flores abiertas de color carmín.
A Elira le parece un último mensaje, un recordatorio más de la sangre que se ha derramado esa noche.
El árbol en el que Denna se convierte es rojo porque roja fue su muerte.
Es rojo porque no murió como debería haber muerto, tranquila, anciana, en su cama, sino asesinada.
Asesinada.
Elira esperaba sentirse mejor al ver pudrirse a los celestiales que los han atacado, pero no ha sido suficiente.
No ha sentido ni la más mínima satisfacción cuando los ha visto convertidos en cenizas, a ellos y a sus medallones.
No ha sentido ni un ápice de alegría cuando ha visto a los muertos regresar, tampoco orgullo cuando todo el pueblo ha aclamado a Astrey por su decisión, por su manera de usar su poder.
Ni siquiera ha sentido miedo por el uso del Amuleto.
Ya no. Al fin y al cabo, el Amuleto no es lo único que hace que el mundo sufra.
No, el mundo sufre por muchos otros motivos.
Sufre por las ansias de poder. Por el egoísmo de unos pocos.
Por el odio ancestral que se ha arraigado entre grupos enteros de personas y que parece imposible de solucionar.
Si el Amuleto del Tiempo puede borrar eso, quizá valga la pena usarlo.
Si el Amuleto va a darle a ese mundo al menos un poco de justicia, quizá deba dejar de pensar que solo puede ser una condena.
Astrey le aprieta la mano, justo a su lado.
Elira se da cuenta solo entonces de que ya no hay música, de que Tamir, Lilac y Garnet se alejan del lugar y de que Shiraz se restriega contra ella para llamar su atención.
El tiempo ha pasado y, por un momento, tiene la sensación de que esa joya que cuelga del cuello de su prometido le ha quitado minutos enteros.
Por supuesto, no es así. El Amuleto está quieto y ella lo observa un instante antes de alzar la mirada de nuevo hacia su dueño.
Sus ojos grises están cansados, pero incluso entonces no dejan de preocuparse por ella.
Aun así, también hay algo más en ellos. Una decisión. Una promesa.
—Sabes lo que tenemos que hacer, ¿verdad?
Ella aparta la vista de nuevo hacia el árbol.
La lluvia repiquetea sobre las hojas y los pétalos, se escurre por las ramas y el tronco.
Por el reflejo del color de las hojas, casi parece que está sangrando.
No deja de sangrar. Denna no deja de sangrar.
Elira todavía tiene la ropa y las manos manchadas de esa sangre, la siente en todas partes; por mucho que la lluvia caiga sobre ella, por mucho que la limpie, va a seguir ahí.
No va a poder librarse de esa sangre jamás, porque una parte de ella está convencida de que ese árbol existe ahora por su culpa.
Denna está muerta por su culpa. Porque ella le propuso a los celestiales una solución diplomática, ella fue lo suficientemente estúpida como para pensar que se podía llegar a dialogar con monstruos como ellos.
Si no se hubiera dejado engañar por sus falsos deseos de paz, quizá el ataque a Damira jamás habría sucedido y Denna seguiría ahí. A su lado. Como siempre.
Sí, es su error. Es su culpa. Pero no va a equivocarse más.
Rojas son las flores de ese árbol.
Rojos son también son también los ojos de Elira cuando responde:
—Acabemos con ellos.