La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey
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Astrey

ASTREY

Los minutos se van desgranando mientras los vivos llevan a sus muertos a la plaza.

Astrey no es consciente de cuánta gente ha caído hasta que los carros comienzan a llegar y, uno por uno, van abandonando los cuerpos en el suelo.

Diez, treinta, cincuenta… Más de un centenar de cadáveres riegan los adoquines con su sangre.

A esos se le siguen sumando decenas y, finalmente, el emperador decide que va a necesitar más tiempo.

Por eso envía a Chadia y a los suyos a palacio.

A su lado, Elira, más quieta que nunca, le lanza una pregunta sin palabras que él responde sacudiendo la cabeza.

Su mano busca la de ella. Sabe que cuando se queda así callada es mejor no presionarla, así que no lo hace.

Se dedica a acompañarla en su tristeza, mientras el cuerpo de Denna, apartado de los demás, descansa cerca de ellos.

Realmente parece dormida. Parece que fuera a despertar en cualquier momento, aunque con cada instante que pasa es más difícil que lo haga.

Al final, Chadia vuelve. Tras ella, Ronan Fiasen y su pequeño grupo de sublevados avanza bajo la atenta mirada de los calenses, enredados en su férrea magia para que no hagan ninguna tontería.

El lastre de los grilletes debe de pesarles en las muñecas.

Los de Eirwynn fruncen el ceño al ver la colección de cadáveres y a los celestiales, que se dividen entre los que rezan con los ojos cerrados y el cuerpo inclinado hacia el suelo o con la cara levantada hacia el cielo, los que lloran y los que se han acabado resignando.

Su jefe, el hombre sin medallón, tiene la vista perdida en el suelo, como si estuviera muy lejos de allí.

—¿Qué significa esto? —pregunta Fiasen.

Astrey ni siquiera cambia su expresión.

—He encontrado una utilidad para ti y para los tuyos, Ronan.

El canciller de Eirwynn está demasiado confuso como para ofenderse de que se dirija a él por su nombre de pila.

—No pienso ayudarte, bastardo. Tú solo te has metido en este lío.

—Ah, pero la decisión no depende de ti. —El espíritu se encoge de hombros—. Así me aseguro de que vuestra muerte sirva para algo.

Astrey señala los muertos con la cabeza y Fiasen no necesita decir ni una palabra más para saber a qué se refiere. El grupo hace tintinear las cadenas de los grilletes cuando intentan moverse hacia el emperador, pero los calenses ya se han ocupado de mantenerles los pies pegados al suelo.

—No. —El rostro de Ronan se contorsiona en una mueca angustiada—. No, espera. Estábamos en nuestro derecho a desafiarte. La ley funciona así.

—La ley también dice que el vencedor puede hacer lo que quiera con el vencido, ¿no? Y yo elijo usaros como tiempo para los que ya no lo tienen.

¿Y no tienes tiempo suficiente delante de ti para volver atrás? ¿No sería más efectivo? Empieza la noche de nuevo, sin que nadie te desafíe. Puedes borrarlos de la historia. Puedes reescribirla.

Astrey frunce el ceño ante la voz.

«No. Dales una lección. Que todo el mundo sepa lo que pasa cuando se te reta».

El asentimiento que hace es casi imperceptible.

Sí. Su demonio tiene razón. Está haciendo esto para asegurarse de que hay justicia y eso implica enseñar lo que les pasa a los enemigos de Odelia.

No con los suyos, esto no lo hace por una cuestión de orgullo, sino porque tiene que proteger a su pueblo.

Entonces esto debería ser solo el principio, ¿no? ¿Es suficiente con deshacerte de estos celestiales? Otros vendrán detrás. Otros buscarán venganza.

«No si vamos nosotros a por ellos primero».

Sus ojos se detienen sobre los prisioneros.

Eirwynn no le preocupa, porque tiene pensado asignar un nuevo canciller, alguien en quien sepa que pueda confiar, pero el Sacro Reino es un problema que escapa a su control.

Uno que amenaza con hacerse cada vez más y más grande si no tiene cuidado.

Ammarah de Daiva es una enemiga que ha permitido lo que ha ocurrido esa noche.

Ella es la raíz de toda esa destrucción, de toda esa muerte.

Si no acepta apartarse del trono, quizá tenga que obligarla.

—¿Astrey?

Elira le aprieta la mano y estudia su expresión, pero él sacude la cabeza. Las voces se han vuelto a callar en cuanto su prometida ha pronunciado su nombre, pese a que estaban hablando más alto que cualquiera de las quejas de Fiasen y sus hombres.

—Sí. Todo bien. Solo quiero que se acabe ya esta noche.

Como si el cielo hubiese escuchado su deseo, una leve palidez empieza a aparecer más allá de la línea que dibujan las casas contra el firmamento.

Pronto amanecerá y, como si la capital de Odelia lo supiera y celebrase el fin de una pesadilla, todo el mundo se empieza a congregar alrededor de la plaza.

Todos los cadáveres se han recuperado y cubren el suelo alrededor de la fuente, mientras los vivos se amontonan en los bordes, apretándose contra las fachadas de las casas que siguen en pie, desbordándose por las calles aledañas.

Algunos incluso se han subido a los tejados, otros abarrotan los balcones y las ventanas.

Nadie quiere perderse lo que va a ocurrir allí y, al mismo tiempo, Astrey ve rostros que todavía dudan, que temen. No los culpa: mucha de esa gente no ha escuchado más que cuentos de terror sobre el Amuleto. Muy pocos habrán visto cómo es cuando se pone en marcha.

Pero él está dispuesto a mostrarles un lado mucho más amable de su poder.

—¡Pueblo de Damira! —brama desde el mismo lugar que ocupaba hace unas horas—.

¡Hoy nos han atacado, han creído que podrían acabar con nosotros!

Pero esta afrenta también servirá para que le demostremos a todo el mundo que, mientras estemos unidos, nada ni nadie podrá vencernos. Ni siquiera la muerte.

No espera más. El tiempo es un bien preciado y él se ha cansado de perderlo, así que simplemente alza el Amuleto.

Las manecillas ya están girando y hay exclamaciones de sorpresa, expectación y pánico a partes iguales.

Aun así, la realidad es que la mayoría de los presentes no pueden apartar la mirada de esa joya, de sus movimientos, de su brillo.

Incluso el Portador se siente un poco hipnotizado.

No tanto por la visión como por el poder que le corre por dentro, que se mezcla con la sangre de sus venas, que enciende una chispa en su pecho.

Esta vez no estalla. Esta vez intenta mantener el control, dominar la corriente de energía.

No se puede desperdiciar ni uno solo de los segundos a su alcance, no puede permitir que el sacrificio que va a hacer no sea suficiente.

Esta vez, usar la magia del tiempo se siente como enhebrar una aguja y empezar a dar puntadas muy prietas, precisas, las necesarias para arreglar una seda que se ha rasgado.

El hilo es el tiempo de los celestiales, de los brujos de Eirwynn que han osado enfrentarse a él.

Cada hora de sus vidas está destinada a volver atrás el reloj de uno de los cadáveres que motean las calles.

Y, con cada instante que se trasvasa de un cuerpo a otro, el mundo cambia.

Los rostros de los prisioneros se transforman ante los ojos de todos, se llenan de arrugas, se consumen poco a poco.

Sus ropas se ajan, como si los años pasaran por los tejidos, y los medallones de los celestiales, esos objetos que les prometían la entrada al plano de su dios, se resquebrajan cuando el emperador decide que también robará su tiempo.

Por el contrario, los cadáveres que ellos mismos han creado se retuercen y la dureza de los músculos se va ablandando.

Los huesos rotos se recomponen, la piel abierta se cierra.

Uno por uno, los corazones detenidos vuelven a latir y los pechos se expanden para recibir el aire que les ha faltado en las últimas horas.

Las bocas se abren para volver a respirar.

Los párpados se apartan y los muertos vuelven a ver.

Una por una, el Portador arranca las almas de la gente de Damira de los brazos de Muerte y, a cambio, le entrega aquellas que no merecen vivir más.

Astrey respira hondo y cierra los ojos, dejándose mecer por el poder, por la sensación de que todo está en su lugar.

Sus manos lo están arreglando todo. Resulta adictivo, igual que lo es saber que la gente lo admira.

La herida de su pierna desaparece sin dejar rastro con un solo pensamiento; el cuerpo de Elira se remienda; Shiraz deja escapar un graznido cuando se da cuenta de que puede estirar las alas.

Si tuviera más tiempo entre sus manos, si pudiera deshacerse de alguien más, recompondría cada edificio, llevaría cada piedra de nuevo a su sitio.

Pero sabe que no está en su poder. El carrete de hilo que está usando ya casi ha llegado al final, pero no necesita más.

Podrías hacer tantas cosas, si no tuvieras miedo de ponerte límites…

Quiere decirle que no se está poniendo límites, que el mundo los tiene, pero no lo hace.

Se esfuerza en luchar por mantener la calma, por mantener el control, aunque el Amuleto no deja de susurrarle posibilidades, arreglos que podría hacer con solo un poco más de tiempo, unos minutos de cada persona presente.

Ni siquiera lo notarían. Podrías alargarte la vida un poco cada vez, alargársela a tu prometida.

Asegurarte de que se queda contigo para siempre.

Porque la necromante podría haber sido ella.

Podría haber muerto esta noche. Todos podrían haberlo hecho.

Astrey jadea, pero se aleja del flujo de magia, le pide que se detenga.

Abre los ojos de pronto y las manecillas se paran tras un último empujón, dejándolo desorientado.

Mientras el Portador trata de recordar dónde está, quién es, Damira entera vuelve a contener la respiración.

Todas las miradas están puestas sobre él, que deja caer de nuevo el Amuleto sobre su pecho.

Sobre sus cabezas, el cielo pálido se ilumina a medida que el sol asoma en el horizonte.

En el suelo, quienes han vuelto a la vida parecen tan confundidos como su sonrisa, que es débil, menos que nunca un escudo y más un gesto con el que intenta convencer a todo el mundo de que todo está bien.

Todo está bien. Lo ha reparado todo. Ha remendado el mundo con tanto arte que ni siquiera se ve su mano en él.

El polvo de los cuerpos que ha destruido se mezcla con la ceniza que cubre el suelo cuando el viento empieza a soplar.

Los atacantes de esa noche no son más que un mal recuerdo.

Lo ha conseguido. La muerte ha intentado tocar su reino otra vez, igual que hizo cuando solo tenía cinco años, pero esta vez la ha expulsado.

No ha conseguido recuperar a su madre e incluso si Nathan vuelve con el cuerpo de su tío lo más probable es que también sea incapaz de recuperarlo a él, pero ha podido salvar a todas esas personas que, cuando abren los ojos, sí que saben quiénes son, dónde están, cuáles son sus vidas.

Saben quién es él. Saben que los ha salvado.

—¡Larga vida al emperador!

El primer grito le sorprende. Viene de una mujer que llora sobre el cuerpo de un niño pequeño, que lo abraza mientras el chiquillo intenta comprender qué sucede a su alrededor, por qué lo último que recuerda es estar en su casa, durmiendo, y ahora está ahí.

No debe de ser mucho mayor de lo que él mismo era cuando lo obligaron a huir de su hogar.

—¡Larga vida al Resurrector! —clama una voz todavía más fuerte.

Astrey es incapaz de ubicar a la primera persona que utiliza ese título, pero pronto se convierte en un eco en medio de la algarabía de gritos, llantos y celebraciones.

«Resurrector», dicen con orgullo, con asombro, con satisfacción.

«Resurrector», susurran en los oídos de los que han vuelto a la vida, para explicarles lo que ha pasado.

El espíritu respira hondo mientras el reino corea su nombre.

En su interior, su demonio se acomoda, satisfecho, pero él solo es capaz de volver la mirada hacia el mismo lugar de siempre, a ese rostro que lleva años buscando, a veces de forma inconsciente.

Elira también lo está mirando. No sonríe.

De hecho, tiene lágrimas en los ojos y sabe que está triste, que no va a poder quitarse de encima ese sentimiento en mucho tiempo.

Que probablemente querría estar abrazando a Denna igual que lo hace la gente que ha recuperado a los suyos.

Pero, pese a la pena y el cansancio, su prometida asiente y le tiende la mano para ayudarlo a bajar del borde de la fuente.

Él se aferra a esos dedos mientras los vítores llueven sobre él, mientras se gana los corazones que ha conseguido que vuelvan a latir, pero también los del resto de los presentes.

No ha estado mal, le concede el Amuleto. Pero el problema de los milagros es que para ser un dios necesitas más de uno. ¿Es eso lo que quieres, Portador? ¿Convertirte en un dios?

No, claro que no. Eso es lo que han intentado otros Portadores antes que él. Ese es el peligro del que siempre le advertía Elira cuando hablaba del Amuleto.

«Tú no eres como los demás Portadores. Tú buscas el bien de tu pueblo. Buscas crear un mundo mejor».

Sí, es exactamente eso…

Entonces tendrás que evitar que lo de esta noche se repita.

«Tendrás que salvar a todos del peligro que acecha».

Astrey aprieta la mano de su prometida. Mientras alza sus dedos entrelazados al cielo y el pueblo los aclama es consciente de que está dispuesto a cualquier cosa para conservar esa felicidad, esa paz que otros intentan arrebatarles.

En un mundo ideal, los dioses son justos. Los dioses diseñan milagros para quienes los merecen.

Y eso es justo lo que van a hacer.