La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey #2
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Astrey #2

La bruja no parece convencida, pero no pone en duda ni una sola de sus palabras.

Astrey se pregunta hasta qué punto cree en lo que dice y hasta qué punto es de pronto consciente de todos los ojos que hay sobre ellos.

De toda la gente que aguarda, de los celestiales arrodillados, de los cancilleres y de la Guardia Imperial.

—Espérame aquí.

El beso que deja sobre su boca es rápido, apenas una presión antes de alejarse para subirse al borde de la fuente que corona ese espacio abierto.

Solo necesita un gesto de su mano para que la fuente se alce un poco más, para que todos los presentes puedan verlo.

Él también quiere observarlos a ellos. Quiere grabarse cada rostro herido y cubierto de cenizas.

Quiere mirar en sus ojos llenos de dolor y desconfianza y demostrarles todo lo que puede hacer por ellos.

Ya ha convencido a las élites en palacio, pero esto le servirá para convencer al pueblo. Por eso es mejor que el tiempo siga su curso. De las peores desgracias a veces surgen las mejores historias. Y él se va a encargar de que todo el mundo recuerde esa.

—¡Pueblo de Damira! —clama—. Esta noche nos ha puesto a prueba a todos.

Los celestiales nos han atacado y han abierto una herida en nuestra tierra para la que no estábamos preparados, aunque vuestra fuerza ha quedado más que demostrada: nuestros enemigos nos han subestimado.

Os han subestimado a vosotros, que habéis luchado, habéis salvado, habéis sido heridos y os habéis levantado.

Os han subestimado al pensar que la destrucción y la desesperanza serían suficientes para romperos como pueblo, como comunidad.

Y me han subestimado a mí, porque han desafiado mi autoridad y han creído que dejaría que me arrebataran el Amuleto del Tiempo.

Astrey aprieta el objeto que brilla sobre su pecho. Todavía lo siente templado, pero ya no le quema los dedos. Las manecillas han vuelto a quedarse quietas, a la espera.

Quienes no esperan son los ciudadanos. Sus murmullos se convierten en gritos osados cuando menciona el Amuleto.

Cuando se lo enseña. Los ojos que lo enfocan no lo miran con codicia, sino con miedo.

Con asco. Quizá todavía puedan ver la sombra del Inmortal en su superficie brillante.

A lo mejor esa noche les ha despertado un nuevo terror: que sus vidas sean sacudidas por algo que ni siquiera tienen en sus manos.

Lo entiende. Entiende su rechazo, igual que entiende que aún no saben lo que ese objeto puede hacer por ellos. Por eso alguien grita:

—¡Quizá deberían habértelo quitado!

Y otra persona responde:

—¡Esto es tu culpa! ¡Nunca nos habrían atacado si no fuera por el maldito Amuleto!

Y una última, coreada por un montón de voces más, replica:

—¡Con Iraides jamás estuvimos en peligro!

Astrey sabe que las comparaciones son inevitables, pero odia que piensen que esa mujer hizo las cosas mejor de lo que puede hacerlas él.

Pero está bien. Va a demostrarles lo equivocados que están.

—Este objeto no es solo mío —les dice—. Lo llevo yo al cuello porque tiene que haber un Portador, pero está a vuestro servicio.

Y los celestiales me han dado una oportunidad de demostrároslo.

—Hace un ademán hacia sus presos, que miran a su alrededor con ojos aterrados o desafiantes—.

No puedo borrar la herida. No puedo hacer que olvidéis, no puedo devolveros todo lo que se ha perdido hoy.

Tendremos que trabajar en reconstruir la ciudad, en limpiar las calles.

Pero os puedo devolver a los vuestros. Puedo borrar la muerte o, al menos, sacrificar el tiempo de nuestros enemigos para recuperar el que han robado.

Astrey deja que las palabras calen, que se metan en la cabeza, en el pecho de todos los presentes.

Recorre los rostros conocidos (la calma de Chadia, el recelo de Ratna y la conformidad de Garnet) y se detiene en la expresión de Elira.

Ve la sorpresa en medio de la tristeza que todavía gobierna su expresión, pero también la comprensión.

La satisfacción, incluso, cuando entrecierra los ojos.

No va a prohibirle hacer lo que tiene en mente.

Quiere verlo. ¿Y por qué no iba a hacerlo?

Le dijo que no usara el Amuleto si no tenía muy claro de dónde sacar el tiempo, pero ahora tiene años enteros a su disposición.

Es un precio justo. Y ella siempre ha querido justicia.

Justicia y venganza.

Por Denna, pero también por todos los que no tienen nombre.

—Traedme a vuestros muertos —anuncia a la multitud—. Sacadlos de debajo de las piedras, recogedlos de las calles. Yo me encargaré de que vuelvan a respirar, de que podáis abrazarlos de nuevo. Todo el que quiera ser salvado tendrá la oportunidad de revivir.

Hay un momento de pausa en el que la plaza entera se queda en silencio y aguanta la respiración.

Después, alguien se mueve entre la multitud.

Una persona se desprende del público y se marcha corriendo, desesperada por aferrarse a esa pequeña posibilidad.

Le siguen cinco, diez, veinte personas más.

De pronto, todo el mundo se está moviendo.

En sus pasos hay urgencia, pero no es la misma prisa de cuando escapaban del ataque y del fuego.

Es la prisa de la esperanza, de las ganas de creer.

Su emperador les ha prometido un imposible, pero no hay nada que deseen más que confiar.

—Si pones en marcha ese maldito objeto, Destino te lo hará pagar.

Astrey mira al único preso al que no han amordazado, el único que ya no es un celestial, de hecho, porque él mismo deshizo su medallón con magia. Se ha negado a responder a sus preguntas, pero parece que sigue teniendo opiniones sobre el camino que recorren los demás.

—Pues que venga. Le estoy dando tiempo para que baje y os salve.

Que se enfrente a mí. —El Portador baja de un salto de la fuente, todavía acariciando el borde del Amuleto, y alza la voz hacia el resto de daivenses—: Rezad.

Pedidle un milagro y veamos si os lo concede.

Pero mi apuesta es que, esta noche, el único milagro vendrá de mi mano. Y será para mi pueblo.