Astrey
ASTREY
—Parece que estos son los últimos.
Ratna Adisen obliga a un par de celestiales a postrarse en el suelo. Tienen la cara llena de golpes y la ropa rajada, pero están vivos, tal y como Astrey pidió, así que el brujo asiente.
Las explosiones se han detenido al fin. Si queda algún invasor en Damira, o ha decidido esconderse o ha considerado que era mejor huir. La lluvia empieza a amainar, como si hubiera sido una advertencia del peligro, y los rayos ya no parten el cielo con esas pinceladas de colores.
Ante Astrey aguardan poco menos de cincuenta prisioneros.
Aunque se lo ha pensado mucho, ha decidido no llevarlos al castillo: ese lugar será mucho mejor escenario para lo que tiene pensado.
Quiere que la gente vea lo que va a hacer.
Quiere que todo el mundo sea testigo de su plan y, como si hubiera escuchado sus deseos, el pueblo ha empezado a invadir la plaza poco a poco.
Brujos, necromantes y laicos por igual no solo comparten espacio, sino el sentimiento de odio hacia sus atacantes.
La Guardia Imperial permanece en tensión, custodiando a los presos, pero el emperador es consciente de que no temen tanto que se escapen como que la gente decida tomarse la justicia por su mano.
Porque el pueblo está descontento, como indican los retazos de conversaciones que escucha:
—Deberíamos sepultarlos entre los edificios, igual que han hecho ellos con nosotros.
—¿Y si están haciendo lo mismo en otras ciudades en este momento?
—¿Los ha enviado su dios?
—Esto es culpa del nuevo emperador. Con Iraides nunca ocurrió nada parecido.
—Es porque tiene el Amuleto del Tiempo. Ese objeto solo nos traerá problemas.
—¿A qué estamos esperando? Deberíamos estar vengándonos.
—¿Va a usarlo? ¿Va a arreglar algo de lo que ha causado?
Sí, Portador, ¿vas a arreglar algo? Sería muy sencillo. Si volvieses al principio de la noche…
Pero para arreglar lo que ha ocurrido no serviría con volver al principio de la noche.
Eso solo empeoraría las cosas. Nathan retrocedió mucho menos en Ilan y aun así destrozó un cabo entero.
Si usase el Amuleto para volver tan atrás, Damira pagaría por cada minuto arrebatado.
Y, por otro lado, de esa manera la gente no sabría jamás hasta dónde son capaces de llegar los celestiales.
Solo lo sabría él, solo existiría su palabra y ninguna prueba de su ataque.
Ahora, en cambio, todo el mundo ha podido comprobar lo que ha pasado.
Todo el mundo sabe, igual que lo sabe Astrey, que el Sacro Reino ha resultado ser una amenaza mayor de la que nunca habían considerado.
Y todo el mundo quiere que pague tanto como él.
No. Su plan es otro. Uno que implica a los celestiales que esperan en esa plaza, indefensos y amordazados.
Les han atado las manos y tienen las rodillas hundidas en la piedra, sin posibilidad de moverse.
La mayoría tienen manchas oscuras que destacan contra el negro de sus trajes deshilachados, que dejan ver parte de los golpes y cortes a los que han sido sometidos la mayoría.
Algunos bajan la cabeza, con las lágrimas empapándoles los rostros, y el emperador supone que rezarán a su dios, arrepentidos.
Otros tienen la vista fija al frente y la mirada desafiante de quien no lamenta nada.
El Portador está seguro de que el desafío les durará lo que tarden en darse cuenta de cuál es su destino. Y si no ha empezado todavía es porque no quiere hacerlo sin ella , aunque su demonio proteste y su gente se impaciente.
—Deberíamos comenzar, majestad —murmura Chadia.
No, necesita un poco más. Necesita…
—Astrey.
Garnet le pone la mano en el hombro. Cuando se gira hacia eir, el espíritu de Ilan le hace un gesto hacia la multitud, que se aparta para dejar paso a una figura cabizbaja.
Elira está empapada y cojea. El vestido que lleva está desgarrado y manchado de sangre, tanto que el elir bordado en la falda resulta casi irreconocible.
A su lado, Shiraz camina en vez de volar, arrastrando la punta de las alas por el suelo como si no tuviera la fuerza necesaria para alzarlas.
Un par de pasos por detrás, Tamir camina con lentitud, lastrado por el peso del cuerpo inerte que lleva entre los brazos.
Astrey tarda un instante de más en darse cuenta de que se trata de Denna, porque no parece ella.
Nunca le había parecido tan pequeña, tan frágil, como ahora.
Es como si se hubiera quedado dormida contra el pecho de su amigo, con la cabeza apoyada en su hombro. Está tranquila, ajena a todo.
El espíritu no se mueve cuando Garnet echa a correr para ayudar a Tamir, porque solo tiene ojos para su prometida, para la forma en la que las sombras se van apartando de sus mejillas gracias a las luces de la plaza y le muestran el claro rastro que las lágrimas han dejado en su rostro.
Cuando Elira alza la vista, sus ojos naranjas están bordeados de rojo.
Tiene los labios apretados en dos finas líneas y la expresión más desoladora que le ha visto jamás.
A Astrey la verdad le resulta tan inconcebible que siente que es el último de la plaza en aceptarla.
En cuanto lo hace, sin embargo, se olvida del resto del mundo, porque su lugar está junto a Elira.
Por un momento, la plaza se queda vacía y en silencio cuando se apresura hacia ella y toma su rostro.
La bruja tiene las mejillas frías y húmedas y una cicatriz le atraviesa media cara, pero no parece ser capaz de reaccionar.
Solo lo mira, vacía, temblando, y lo único que él consigue decir es:
—¿Cómo?
No lo entiende. No entiende nada.
A Elira le cuesta encontrar las palabras.
—Un celestial usó uno de esos explosivos. Todo… Todo se vino abajo.
Astrey sabe que no es una historia muy diferente a la que contarían los cadáveres que salpican las calles de Damira.
Sabe, también, que Denna solo es uno más de los nombres que se han pronunciado esa noche entre lágrimas.
Pero los otros nombres no los conoce. Y aunque Denna y él siempre han sido polos opuestos, el espíritu siempre ha pensado que en el fondo estaban del mismo bando, que podían convivir.
Pese a sus choques, ambos habrían hecho cualquier cosa por Elira.
—Lo arreglaré.
Es una promesa a media voz, pero no por ello menos real. Sabe que puede hacerlo y es lo mínimo que puede ofrecerle a la necromante, pero también a Elira. Hará que el dolor que siente desaparezca. Ya han llorado demasiado a sus familias, no tienen que perder a nadie más.
Pero Elira ya está negando y apartando el rostro antes de convocar la respuesta:
—No.
Astrey acaricia el aire un momento más antes de dejar caer las manos.
—Sí. Puedo hacerlo. Haré que vuelva. Haré que…
—Ella no quería. Me pidió que me asegurase de que no usases el Amuleto con ella.
El Portador siente que los labios le tironean en una mueca parecida a una sonrisa.
Está a punto de replicar, está a punto de decir que no tuvo tiempo de pensarlo, que nadie en su sano juicio rechazaría…
Pero esto, en realidad, ya estaba hablado de antes.
Recuerda a Nathan, en el refugio, preguntándoles si querrían ser salvados por el Amuleto.
Recuerda la negativa de Denna, firme y resuelta como ella.
A Astrey le pareció una respuesta estúpida, como estúpida le resulta ahora su decisión de no querer volver.
De no querer vivir. Suena a que se rinde.
Pero nunca le pareció que Denna fuese una persona derrotista.
Si volvieses atrás, no tendrías por qué cumplir con su petición. Nadie lo recordaría, Portador. Solo tú sabrías lo que ha pasado. Podrías revertir este desastre.
No puede decir que no se sienta tentado.
Si activara el Amuleto, Elira no tendría que vivir con el dolor.
Nadie tendría por qué hacerlo. Lo único que tendría que recordar de esa noche es la felicidad de sus manos entrelazadas, de los tronos a sus espaldas.
Si volviera atrás Tamir no tendría que cargar con el cadáver de su amiga, Garnet no tendría que estar consolándolo.
Si volviese atrás, esa plaza estaría tranquila, silenciosa, y la gente estaría durmiendo en su casa, ajena a cualquier peligro.
Nadie recordaría el temor. Nadie se ahogaría en la rabia, en el sufrimiento, en el duelo.
Todo estaría…
No. No estaría bien. El Amuleto solo intenta engañarlo. Quiere que piense que no va a haber un precio, que imagine un mundo que no existe.
—Está bien, prometo no traerla de vuelta. —Su prometida se destensa un poco, como si una parte de ella hubiera estado esperando que le llevase la contraria—. Pero hay mucha gente que no quería morir esta noche, así que espero que entiendas que no puedo quedarme de brazos cruzados.
Elira lo observa entre las pestañas, cauta. Es obvio que está debatiéndose, pero ni siquiera ve en ella todo el rechazo que esperaba.
—Ya lo has usado.
—Era una cuestión de vida o muerte.
No necesita explicarle más sobre lo que ha pasado.
Supone que lo ve en su aspecto. En que lleva la ropa sucia y rota, que el tajo que le han hecho en la pierna ya no sangra, pero le ha manchado los pantalones y la herida se ha recubierto de una costra que le tira de la piel cada vez que da un paso.
No se ha visto en un espejo, pero sabe que no tiene buen aspecto y que usar su magia, luchar y permanecer en pie durante tantas horas tiene que estar dejando marca en su rostro.
Eso por no hablar de lo que nadie ve. Del dominio que tiene que mantener para manejar esa lucha interna con las dos voces que siguen asediándole la mente.
—¿Y ahora? —pregunta Elira.
—Ahora todo está bajo control. Voy a solucionar esto.