Elira
ELIRA
Es el temblor lo que la hace volver en sí.
Lo siente por debajo del cuerpo, en sus propios huesos, en la cabeza, que le duele como si alguien estuviera intentando aplastársela con las manos.
Antes de abrir los ojos, lo único que oye es un pitido constante, un sonido afilado que lo llena todo.
Sigue ahí cuando entreabre los párpados y ve el caos de ruinas que la rodea, cuando se incorpora con el cuerpo ardiendo y descubre el humo que la envuelve.
Está herida, sepultada entre piedras que le pesan por todas partes: sobre la espalda, en las piernas, en el brazo izquierdo.
Gruñe, o cree hacerlo. No lo sabe. No escucha nada más que ese ruido agudo y constante, ni siquiera a sí misma.
Tarda unos segundos en disipar la confusión, en recordar lo último que ha pasado.
La explosión.
En cuanto se acuerda de lo que ha pasado, la incomprensión da paso a la agonía y a la angustia.
No sentiría tanta si no fuera consciente de que no estaba sola cuando el celestial hizo estallar su explosivo.
Denna. Tamir. Shiraz. Todos estaban con ella, pero no es capaz de ver nada más que humo y restos del edificio que tenían cerca cuando consigue incorporarse un poco. No hay nadie a su alrededor.
El mundo sigue temblando y Elira sabe lo que eso significa, pero ni siquiera tiene tiempo de preocuparse por ello.
Aprieta los dientes antes de concentrar su magia para librarse de los restos que amenazan con aplastarla.
Poco a poco, los sonidos vuelven, amortiguados, lejanos.
El cuerpo le duele como si se lo hubieran roto en mil pedazos y los trozos no fueran a recomponerse jamás.
Está segura de que tiene huesos partidos, el pecho le arde, respirar resulta agónico y no es capaz de estirar la pierna derecha, pero no importa.
No importa. Tiene que levantarse. Tiene que encontrar a sus amigos antes de que la fuerza del Amuleto derrumbe más edificios. Tiene que sacarlos de ahí.
—¡Tamir! ¡Denna! ¡Shiraz!
Un gorjeo le responde. Elira se apresura a girarse a su izquierda y descubre al elir junto a Tamir, unos pasos más allá.
El brujo está cubierto por una de las alas de la criatura, como si el ave hubiera intentado protegerlo, pero ni siquiera eso ha evitado que se le haya abierto una brecha en la cabeza.
La bruja quiere apresurarse junto a ellos, pero moverse le resulta una tortura.
Aunque intenta desplegar las alas, la espalda le duele tanto cuando lo intenta que abandona la idea y se obliga a avanzar sobre la pierna sana, casi arrastrando la otra.
—¡Aguantad, ya voy!
La respuesta de Shiraz es otro sonido que Elira apenas consigue oír, pero se aferra a que sigue viva y se apresura.
Cuando consigue llegar hasta ella, se deja caer en el suelo y hace acopio de todas sus fuerzas para convocar su magia y quitarle las piedras que se han derrumbado sobre el elir.
La sangre le apelmaza las plumas, aunque consigue recogerlas, así que supone que está bastante entera.
En un gesto de cansancio, se acurruca contra Tamir, hacia quien la bruja también se inclina con miedo.
Está herido, tan manchado de polvo y sangre como ella, pero el pulso le late con fuerza en el cuello.
—¡Tamir! ¡Tamir, despierta!
El brujo gruñe y, tras apretar los párpados, abre los ojos.
Aunque por lo general nunca deja ver su miedo, esta vez Elira lo distingue con claridad en el fondo de sus pupilas cuando la enfoca.
Todo su cuerpo habla de terror, desde las orejas gachas que se le pegan contra la cabeza hasta la forma en la que la cola se le enreda alrededor del cuerpo, como si quisiera protegerse.
Jadea, angustiado, y se lleva una mano a la cabeza.
—¿Eli…?
—Estoy aquí. Estás bien. Estamos bien. —Elira no tiene claro si se lo dice a sí misma o a Tamir y Shiraz, pero las lágrimas están a punto de ganarle la batalla. Al menos ahora son solo de alivio—. Tenemos que encontrar a Denna.
Tamir asiente casi por inercia, desorientado. Shiraz responde con un graznido y trata de echar a volar, pero el ala herida no le responde como debería y solo es capaz de alzarse un poco antes de rendirse y dejarse caer de nuevo entre las ruinas.
Elira se da cuenta solo entonces de que el mundo ha dejado de temblar.
La bruja mira a su alrededor para asegurarse, buscando el rastro de un nuevo desastre.
Sin embargo, nada ha cambiado demasiado.
Aunque Astrey ha utilizado el Amuleto, no debe de haberlo hecho durante el tiempo suficiente como para causar demasiados estragos, o quizá tan solo lo haya puesto en marcha lo suficientemente lejos de donde están como para que las consecuencias no les afecten.
Tiene ganas de buscar a su prometido, de comprobar qué ha ocurrido.
No sabe qué puede haberlo obligado a usar el Amuleto, pero tenía que estar en apuros para hacerlo.
O eso espera. No lo habría usado si no hubiera sido necesario.
No sin pensar. No sin tener claro de dónde sacar el tiempo…
¿Verdad?
El sonido de unos escombros al removerse un poco más allá interrumpe el hilo de sus pensamientos.
—Denna.
El nombre es un jadeo en su boca mientras Tamir la ayuda a levantarse y ambos se adelantan en dirección hacia el ruido.
A ella el cuerpo le sigue ardiendo con cada paso que da, se siente tan agotada que le cuesta usar la magia para apartar las piedras que se interponen en su camino.
Cuando encuentran a Denna, ella también está medio sepultada entre los restos de la explosión.
Tiene los ojos cerrados, pero saben que todavía está viva porque la ven mover la cabeza.
Tamir y Elira se apresuran a apartar todos los escombros que la rodean.
A la bruja se le hace un nudo en el estómago en cuanto ve las piernas desfiguradas de su amiga, una doblada en un ángulo antinatural y la otra completamente aplastada.
Los huesos ensangrentados asoman entre la carne rota.
Tienen que encontrar un necromante. Tienen que darse prisa, pero Denna se pondrá bien. Tiene que ponerse bien.
Elira siente que la angustia le espolea el corazón cuando se inclina sobre ella.
—¡Denna! Denna, ¿me oyes? Vamos a sacarte de aquí. Tamir, ayúdame, vamos a levantarla. Cargaremos con ella y…
—Eli.
Tamir parece un poco más pálido, horrorizado, pero no se fija en las piernas, sino en el charco de sangre que nace justo debajo de la cabeza de la necromante.
Es una mancha carmesí que no deja de crecer, que empapa la piedra y cubre el mundo con su textura espesa.
Elira siente que se ahoga en cuanto la ve.
Es como si la sangre se le metiera por la nariz y por la boca y le impidiese ver o sentir cualquier otra cosa.
Está por todas partes. Está por todas partes y la marea y le da ganas de vomitar.
Pero no pasa nada. No pasa nada. Ellos también están heridos y están vivos.
Las heridas en la cabeza a menudo parecen mucho más catastróficas de lo que son.
A veces sangran demasiado y hace que todos pierdan la perspectiva, pero todo está bien. Todo está bien. Todo está bien.
—Denna —jadea—. Denna, dime algo.
La mujer aprieta los párpados con fuerza.
—Elira.
Ella deja escapar una risa estrangulada, inquieta, incluso si la necromante habla tan bajo que tiene que acercar la oreja a sus labios para escucharla.
Está bien. Está bien, está viva. Está bien.
—Estoy aquí, Denna. Vamos a sacarte de este lugar, ¿de acuerdo? Vamos a ponerte a salvo y…
—No… dejes que lo use.
—¿Qué?
—Conmigo… No dejes que lo use.
Elira tarda en comprender lo que dice. Es como si de pronto Denna hubiera decidido hablarle en un idioma que no reconoce, como si las palabras se hubieran desnudado de significado.
No tiene ningún sentido, porque siempre se han entendido.
Llevan años juntas, la una al lado de la otra.
No siempre están de acuerdo, pero siempre se han acompañado, se han apoyado.
Siempre han sabido leer incluso los silencios de la otra.
Así que lo peor es aceptar que sí que la entiende.
Precisamente porque la conoce, porque sería capaz de desentrañar todo un mensaje solo observando su rostro u escuchando el ruido que hace al caminar, sabe lo que Denna quiere decir.
Está hablando de Astrey. Está hablando del Amuleto, pero no tiene ningún sentido que lo haga, porque para que alguien usara el Amuleto del Tiempo con ella, ella primero tendría que morir.
Y no va a morir.
No puede morir.
Elira traga saliva y acomoda el cuerpo de su amiga entre sus brazos, lo estrecha hasta que siente cada uno de sus recodos contra el suyo.
La sangre le mancha las mangas, se extiende por su vestido destrozado, le corre por la piel.
En un intento de detenerla, lleva la mano a la cabeza de su amiga, buscando la herida para cubrirla.
Solo tiene que parar la hemorragia. Solo tiene que evitar que su diosa se la lleve.
—No digas tonterías, Denna —responde, casi sin aire. Tamir da un paso atrás, pero Elira quiere exigirle que no se aleje, que no se atreva a rendirse—. ¿Me oyes? Estás viva. Estás aquí. Estamos contigo.
La necromante asiente con un leve movimiento. Gira el rostro hacia ella, con cuidado, y dibuja una sonrisa pequeña, de las que no suele enseñarle a casi nadie. Hay una lágrima descolgándose de sus pestañas.
—Ella también está aquí. Ha venido a por mí. La veo, Elira. A ella… A ella sí puedo verla.
Elira abre mucho los ojos y alza la vista.
Busca por todas partes, desesperada, pero ahí solo están ellos.
Ese cuerpo entre sus brazos, Shiraz justo a su lado, Tamir a su espalda.
No hay nadie más. No puede haber nadie más.
Sobre todo, no puede estar ella . No justo junto a ellos.
No cuando tendría que estar acompañando otros cuerpos, recogiendo otras almas en medio de toda esa destrucción, saltando de cadáver en cadáver, comiéndose los últimos latidos de cientos de corazones.
Sí, es innegable que Muerte tiene que estar ahí, en alguna parte, atraída por todas esas vidas que se extinguen y que no llegarán a ver un nuevo amanecer con los mismos ojos que tienen ahora.
Pero no puede llevarse a su amiga.
Elira vuelve la vista hacia Denna. Siente que se traba. Siente que se queda sin aire (es el dolor en las costillas, solo eso) y que no va a ser capaz de hablar, pero lo intenta.
—Estamos solos, Denna. N-Nadie va… Tu diosa no…
La necromante niega. No parece que pueda mover el cuerpo más allá de ese pequeño gesto, pero aun así hace un esfuerzo por extender la mano y Elira se apresura a estrecharle los dedos entre los suyos. Denna ni siquiera le devuelve el apretón.
—Está aquí. —Su voz suena tan rota como sus huesos—. Está justo a mi lado. Me ha concedido un deseo.
—No. No, Denna, escúchame. —Elira toma aire, pero siente que no es suficiente.
Se le va. Se le va el aire y se le va ella.
A lo mejor tenía aliento gracias a Denna y quizá, si ella se marcha, no sea capaz respirar nunca más—.
No puedes dejarme. Tienes que quedarte a mi lado.
Necesito que te quedes a mi lado. Ibas a casarme. Ibas a…
Iba a seguir acompañándola, como su amiga, como su consejera, como su voz de la razón.
Su parte más lógica, más firme, la que la mantenía anclada a la tierra.
Una cosa es estar lejos de ella durante unos días y otra, perderla para siempre.
No puede. No puede vivir sin ella. No sabe en qué se puede convertir sin ella.
A su espalda, oye el sollozo de Tamir y siente ganas de girarse hacia él y gritarle que no puede llorar. No puede llorar, porque hacerlo significa aceptar que la muchacha con la que ambos han crecido los va a dejar. Y no va a hacerlo. No va a irse. No puede irse.
Pero Denna también llora. A Denna la sonrisa se le mancha de lágrimas.
—Me ha dejado despedirme. Ese… Ese era mi último deseo.
Elira odia que se le empañen los ojos. Odia el sollozo que le rompe la voz. Odia saber que ella misma se está rindiendo, que cuando la agarra con más fuerza ya no es para levantarla, sino solo para sentir que todavía puede aferrarse a ella un poco más. Solo un poco más. Al menos unos segundos más.
—Denna, por favor.
—Este mundo… Este mundo será mejor en mi próxima vida gracias a ti, Elira. Gracias… a todos. Hicimos que importara, ¿verdad? Hicimos… Hicimos que esta vida importara.
—Claro que sí. —Elira aprieta los dientes, se inclina sobre ella, apoya su frente contra la suya.
Le duele el cuerpo, le arden las heridas, pero no es nada en comparación con lo que se le hace trizas por dentro—.
Claro que sí, Denna. Nunca… Nunca habría llegado tan lejos sin ti.
No puedo… No puedo ir más lejos sin ti. Por eso, por favor… Por favor…
Shiraz deja escapar un graznido tan triste que un rayo despierta en el cielo. Lo parte en dos mientras la lluvia arrecia. Le cala los huesos. Le empapa la ropa y le limpia la cara hasta que el llanto y el agua son la misma cosa, indistinguibles la una de la otra.
Por fin, Denna consigue apretarle un poco los dedos.
Su sonrisa empapada es la más tranquila que le ha dedicado nunca.
—Lo harás bien, Elira. Lo harás bien.
Después, la presión sobre su mano desaparece. La sonrisa sigue ahí incluso después del último suspiro.
Elira abre la boca.
Un trueno se traga su grito.