Astrey
ASTREY
Astrey no recuerda haber estado en las calles de Damira cuando era pequeño.
Su mundo se reducía al palacio y, desde que ha vuelto a él, se ha mantenido entre sus muros, como su padre solía hacer la mayor parte del tiempo.
En el castillo está todo lo que el monarca de Odelia necesita.
Desde el castillo puede ver esas calles siempre que le plazca o asomarse a los confines del Imperio con solo rozar el cristal de las ventanas.
Aun así, pese a no haberlas recorrido más que para ir desde la entrada de la ciudad al palacio durante la Noche de las Bestias, el emperador estaba convencido de que conocía la capital de Odelia.
Ha estudiado los planos de cómo se construyó, la ha observado desde el punto más alto de palacio día y noche.
Pero, a la hora de la verdad, ese lugar es un laberinto.
Las calles estrechas se suceden, las cuestas se convierten en escaleras, en callejones sin salida, en patios improvisados y jardines ocultos.
Aunque no se mueve por sí misma, la ciudad está viva. Y ahora, malherida.
Han llegado a una zona en la que hay poco más que ascuas que todavía humean y escombros que tienen que apartar o saltar para seguir avanzando.
Los adoquines están llenos de madera quemada, piedras, cristal.
Los vivos han huido y han dejado atrás a quienes no podían salvar.
Las telas que se han puesto alrededor de la boca no los ayudan a respirar tanto como esperaba y debajo de ellas se cuela el olor a piras funerarias, a carbón, al hollín y la ceniza que van removiendo a su paso.
Astrey está seguro de que oye a la ciudad agonizar, de que la respiración que le resuena en los oídos es la de una criatura que habita bajo los adoquines, que sufre por cada habitante caído, por cada incendio, por cada llama que baila e intenta saltar de casa en casa.
Al ritmo de ese corazón que aletea bajo el suelo, con la desesperación de un loco o un enfermo, las dos voces dentro de él siguen hablándole, haciéndose más fuertes a cada paso.
Úsame. Acaba con esto. «Úsalo. Destruye a tus enemigos». Úsame. «Destrózalos». Úsame. «Hazles pagar». ÚSAME.
—Astrey.
El Portador asiente ante la advertencia de Garnet.
El grupo se detiene, parapetado entre los restos de lo que debió de ser una tienda.
El frontal de cristal ha desaparecido y lo único que queda son esqueletos de estanterías y pilas sin forma de lo que fuera que vendieran.
El cartel sobre la puerta está completamente negro, colgado de forma precaria de una sola cadena.
Unos pasos por delante, las sombras se mueven con sigilo.
No es un grupo demasiado grande, pero se dividen al llegar a una encrucijada.
Lo hacen sin mediar palabra, observando los gestos silenciosos de uno de los encapuchados.
Debe de ser quien está al mando de la pequeña tropa.
También es la única silueta que se marcha sola, echando un leve vistazo sobre el hombro antes de echar a correr.
—Chadia, derecha. Garnet, izquierda. Yo seguiré de frente —murmura Astrey.
Sus acompañantes no lo cuestionan. Si alguien piensa que es una locura que se marche solo, no lo mencionan.
El grupo de Calais con el que van se divide para poder seguir a Chadia y Garnet y, sin hacer ruido, como si caminaran por el aire, avanzan.
El emperador es el último en ponerse en marcha.
Sus pasos sí hacen ruido, la cadencia del tiempo resuena en cada uno de sus golpeteos contra el suelo.
Úsame. «Mátalos». Úsame. «Véngate». Úsame.
«Aplástalos». Intenta ignorarlos, pero las palabras le resuenan en el pecho, se le meten bajo la piel.
Trata de escapar de ellas, así que acelera.
Sabe que no debe poner el Amuleto en marcha sin tener un plan.
Sabe que Elira tenía razón cuando le pidió precaución, cuando le recordó que su magia puede destruir más que ayudar.
El espíritu se detiene de pronto cuando, al girar una esquina, se da cuenta de que delante de él solo hay un callejón sin salida. El muro es demasiado alto y liso como para que un celestial lo haya escalado en tan poco tiempo, así que mira hacia atrás buscando una alternativa.
No le da tiempo a nada más que a apartarse.
Una sombra se lanza a por él con una espada en alto.
El arma no lo roza, pero oye el silbido del acero al cortar el aire, más cerca de lo que le gustaría.
Con la respiración atrapada en la garganta, se lanza al suelo para esquivar un segundo golpe y rueda.
Aprovecha el impulso para ponerse de pie justo cuando el hombre se gira hacia él.
El cielo se ilumina con un rayo y Astrey ve el atisbo de una expresión satisfecha.
—Empezaba a pensar que no saldrías de tu palacio, Portador.
El brujo aprieta los dedos alrededor de la piedra que ha tomado del suelo al levantarse. Es pesada, no muy grande, pero se ajusta a su mano cuando la transforma en un cuchillo. Es un pobre sustituto para un arma de verdad, pero le sirve por el momento.
—¿Quién te envía, celestial? ¿Tu reina o tu dios?
Al guerrero la pregunta parece hacerle gracia.
Sin embargo, en lugar de hablar, aprieta la empuñadura de su espada y se lanza de nuevo a por él.
Esta vez, Astrey no se aparta. Clava los talones en el suelo y deja que la piedra que tiene entre los dedos reciba el golpe, aunque le resuena en cada hueso.
Su demonio gruñe. El Amuleto arde. Bajo los pies del emperador, los adoquines respiran y se transforman, tratan de hacer que el atacante trastabille, pero este se separa antes de acabar en el suelo.
—¿Quién te envía? —repite.
El celestial aparta la vista hacia el cielo.
Es un instante tan corto que el espíritu podría habérselo imaginado, sobre todo cuando su atacante apenas tarda en volver a por él.
Esta vez, sin embargo, está preparado. Las paredes del callejón se mueven, se hacen más estrechas.
Una de las grandes piedras que forman los muros se desprende y sale despedida hacia el celestial, que tiene que lanzarse al suelo para esquivarla.
—¡¡¡Ahora!!!
Astrey no entiende lo que ocurre hasta que nota el tirón.
Su demonio se revuelve, le clava las uñas por dentro, le hace daño.
No. No es la criatura que hay en su interior.
Sorprendido, alza la vista y descubre las sombras que se retuercen en los tejados que rodean el callejón.
Son varias, cinco, puede que seis, pero sus cuerpos no resultan tan amenazantes como sus voces, que llegan hasta él como un coro.
No necesita entender lo que dicen para saber que lo están exorcizando.
Es una sensación angustiante, como si alguien estuviera apuñalándole los pulmones desde dentro para impedirle respirar, como si le cogieran el corazón con las manos y apretasen.
Astrey ni siquiera es capaz de pensar, porque solo siente el dolor que tira de él en todas las direcciones y el grito de su demonio en su interior.
El celestial que está en el callejón aprovecha la distracción para arremeter contra él.
La única razón por la que la herida no es mortal es porque Astrey se aparta a tiempo, pero no lo suficiente: el corte le abre un tajo en la pierna, su sangre mancha los adoquines y el dolor que siente dentro del cuerpo se junta con el de fuera.
No sabe si cae por el golpe o por el exorcismo, pero las piernas le ceden y las rodillas encuentran un suelo que empieza a humedecerse con las primeras gotas de lluvia.
En alguna parte, lejos, se escucha otra explosión.
Quiere pedir ayuda, gritar, pero le cuesta respirar.
Le cuesta enfocar. Debajo de su piel, su demonio lucha por anclarse a sus huesos, empuja para meterse bajo su carne.
Siente que quiere tomar el control, pero no puede y es agónico, porque son uno, siempre han sido uno, y lanzarlo fuera de su cuerpo significaría destruirlo también a él.
Úsame.
«Sí».
Los pasos del celestial armado se acercan a él.
Úsame.
«Sí».
Siente una arcada. La cabeza ligera. Jadea. Todos sus músculos se tensan, resistiéndose a que le roben lo que le pertenece. Sabe que tiene que detenerlo, tiene que hacer algo, pero no puede moverse, no puede…
—Hoy acaba tu reinado, Portador.
Úsame.
«Sí».
Sí. Lo que sea.
Otro estallido, pero esta vez viene de él. El poder le atraviesa como un latigazo, un empujón que le recuerda que solo él tiene el control de todo, que no necesita a nadie más para darle al mundo la forma que se le antoje.
Con un suspiro de alivio, el tiempo se detiene y Damira se queda en silencio.
El Portador necesita un momento para recuperar la respiración, para que el mundo que lo rodea recupere su consistencia y la imagen ante sus ojos deje de bailar.
A su alrededor, las gotas de lluvia se han quedado detenidas de camino al suelo, el humo que no le dejaba respirar se convierte de pronto en una niebla que puede apartar con las manos.
Bajo la piel, el corazón le late con la fuerza de un tambor, pero al menos la presión que notaba contra los huesos ha desaparecido.
Sus músculos, poco a poco, se relajan. La parálisis se vuelve un temblor en cada extremidad.
El demonio se asienta de nuevo en su interior, furioso, hambriento, vengativo.
«Mátalos. Mátalos a todos».
Quiere hacerlo. Quiere dejarse llevar por la ira, por el instinto.
Quiere que los celestiales paguen por su dolor, por la herida que le han infligido a Damira, por estropear la que podría haber sido la noche de su victoria.
Cuando se pone en pie, inestable, con la pierna sangrando, sabe que nada le causaría más satisfacción que convertir en polvo a sus atacantes.
No. Necesita que su muerte sea lenta y dolorosa.
Necesita que tengan tiempo de arrepentirse de todos sus crímenes.
De entender que cada acción tiene una consecuencia. Necesita enviarle un mensaje al mundo.
Delante de él, el celestial armado, el único que no estaba pronunciando el exorcismo, tiene la espada en alto, preparado para luchar o para matarlo. Reconoce el hambre de poder cuando la ve y ese hombre está famélico. Probablemente le piquen los dedos por las ansias de hacerse con el Amuleto.
Bien, pues esta noche probará en sus propias carnes todo lo que es capaz de hacer su codiciado talismán.
Con un gesto, Astrey convierte el acero de la espada de su enemigo en unas cadenas pesadas que serpentean por los brazos de su atacante.
A los demás, los que están en las alturas, los amordaza con sus propias ropas, a pesar de que su demonio insiste en que debería cortarles la lengua y dejar que se desangren.
Pero los necesita. Le pidió a los suyos que le llevaran vivos a los celestiales y eso piensa hacer él también.
¿Eso es lo que quieres? Véngate ahora. Demuéstrales que tú también puedes hacer milagros. Que eres más dios de lo que Destino será nunca.
El brujo siente ganas de sonreír.
«No esperes. Mátalos ahora. Cada instante que mantienes el tiempo parado…».
En eso su demonio tiene razón: no debería entretenerse. Los celestiales han destruido la ciudad, pero el Amuleto se encargará de terminar el trabajo si sigue arrebatándole segundos al mundo que lo rodea.
El Portador acaricia el borde del reloj, que arde como si tuviera una llama dentro.
En cuanto lo hace, los sonidos vuelven a trompicones, igual que la brisa.
El fuego todavía crepita en la distancia y hay alguna última explosión que retumba de forma definitiva.
Si quedan celestiales corriendo por esas calles, espera que los atrapen o que tengan el juicio suficiente para escapar.
Delante de Astrey, el líder se tambalea bajo el peso de sus cadenas. Se mira la mano vacía con los ojos muy abiertos y tiene que ser consciente de que se acabó.
Cuando el emperador lo agarra de la barbilla y aprieta los dedos sobre su mandíbula, el hombre hace el ademán de escapar. No puede. El suelo se le ha cerrado alrededor de los pies y lo ha enterrado hasta los tobillos. Está tan atrapado como si estuviera convirtiéndose en una estatua.
Quizá erija una con lo que quede de sus huesos cuando acabe con él.
—Sea quien sea quien os haya enviado aquí, os quería muertos —murmura el espíritu. Sus dedos bajan hasta la cadena que cuelga sobre el pecho del celestial y se la arranca de un solo tirón—. Y yo me voy a encargar de que así sea.
Cuando cierra el puño alrededor del medallón con el ojo de Destino, lo único que cae de entre sus dedos es una arena finísima y brillante, oro convertido en poco más que polvo.
Con el grito de su enemigo, la ciudad empieza a temblar.
El celestial todavía no ha pagado su precio, pero el Amuleto del Tiempo comienza a cobrarse el suyo.