La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Elira
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Elira

ELIRA

Los celestiales se han cansado de convertir a todos aquellos que no comparten su fe y ahora van a destruirlos sin preguntar.

Esa es la única conclusión a la que llega Elira mientras vuela sobre Damira, porque por lo demás la situación no tiene ningún sentido.

Si alguna vez hubieran querido enfrentarse directamente al Imperio, lo habrían intentado mucho antes, cuando ni siquiera era tan arriesgado porque Iraides de Odelia no tenía en su poder el Amuleto del Tiempo.

La estrategia que han elegido parece más bien una provocación para usarlo.

Un acto suicida, impulsivo, demencial. En siglos de historia, los celestiales jamás se habían atrevido a nada semejante.

Claro que tampoco se habían atrevido a intentar extender sus territorios.

Hasta hace no tanto, sus murallas siempre se habían mantenido estables, delimitando su pequeño espacio protegido.

Quizá ese cambio les haya envalentonado.

Quizá su reina se siente tan atada al poder que se ha vuelto loca por las ansias de mantenerlo y ampliarlo, pero eso no encaja con lo poco que sabe de Ammarah de Daiva.

Nathan habló alguna vez de ella y la describió como una persona creyente, pero no fanática.

Dulce, incluso divertida, alguien que no esperaba gobernar tan joven.

Cuando las primeras noticias de los avances de los celestiales llegaron, a él le pareció inconcebible que su antigua prometida hubiera permitido algo así.

Y la carta que recibieron hace tan solo unos días rezumaba miedo y arrepentimiento, no odio.

Entonces ¿cómo han llegado a este punto?

Elira no es capaz de dejar de pensar en ello mientras sobrevuela la ciudad herida.

El humo nace en puntos diseminados que le dejan claro que es un ataque muy organizado.

Los celestiales se han colado en la ciudad, se han extendido por ella como una plaga y las explosiones resultan imposibles de prever.

Es irónico, considerando lo mucho que desprecian al dios de los brujos y los demonios, pero su avance es tan caótico como si pertenecieran a sus filas en lugar de a las de Destino.

Ni siquiera ve túnicas blancas por ninguna parte: todo lo que encuentra es el gris del humo, el negro de la noche, el rojo y el naranja del fuego.

Desde las alturas, Elira ve cómo los ciudadanos intentan ponerse a salvo, cómo se ayudan entre ellos.

Pese a la distancia, huele su miedo. Que nadie sepa dónde va a caer el siguiente ataque significa que no pueden contraatacar, que no pueden protegerse.

Si lo supieran, podrían cambiar la materia a su antojo y aplastar a sus enemigos, pero no pueden hacer nada contra sombras intangibles.

Tienen que encontrar a los culpables.

Cueste lo que cueste, tienen que detener el ataque.

Un nuevo estallido demasiado cerca la sobresalta.

Su mirada sigue el sonido a tiempo de ver el siguiente edificio que cae y se derrumba en medio de una humareda que cubre el cielo y lo llena del olor a ceniza y fuego.

Al principio solo es capaz de fijarse, horrorizada, en la gente que se aleja del lugar del incidente en un intento de ponerse a salvo.

Es toda una estampida, aunque sus movimientos son más erráticos.

Hay personas que se quedan descolgadas del grupo y algunas que caen y no se vuelven a levantar, pisoteadas por el resto.

Elira oye que los chillidos de miedo y de agonía avanzan, mientras que el silencio es lo único que queda en la zona del derrumbe: quienes se encuentran bajo la piedra ya ni siquiera podrán gritar.

Con la sangre ardiendo en las venas, la bruja busca un rastro, una pista de los culpables, y lo encuentra en las calles aledañas, en un grupo de personas cubierto de arriba abajo con ropas negras.

No parecen heridas ni estar huyendo para ponerse a salvo, sino que se mueven en sincronía, organizadas, sin el pánico espoleando sus pies.

Si escapan, no lo hacen de las explosiones: corren seguros de que a ellos no van a hacerles daño. Demasiado seguros.

Sin pensarlo, Elira sacude las alas y se lanza de cabeza hacia ellos.

El grupo deja escapar exclamaciones ahogadas cuando les corta el paso. Debajo de las capas llevan armas y Elira no siente demonios en su interior, pero lo que le confirma que se encuentra ante celestiales es el tirón que siente de inmediato en su interior.

El exorcismo empieza tan rápido que apenas es capaz de asimilar el ataque.

Nota a su demonio gruñir desde dentro y un fuego abrasador que le nace en las muñecas, allí donde comienzan sus garras.

El gemido que se le escapa suena a pájaro herido, pero no se permite dudar: con un batir fuerte de sus alas, se echa encima del hombre que ha comenzado la oración.

Cae sobre él con fuerza, igual que un ave rapaz y hambrienta caería sobre una presa.

Las palabras se apagan cuando le clava las uñas en la garganta.

Cuando Elira levanta la cabeza, los ojos le brillan como dos soles rojos en medio de esa noche ahumada.

—¿Alguno más quiere intentar eso?

Los celestiales han retrocedido y se miran entre sí antes de que uno dé la orden:

—¡¡¡Dispersaos!!!

Elira entrecierra los párpados mientras todos sus contrincantes huyen en diferentes direcciones, sin preocuparse por su compañero caído.

En otras circunstancias, le parecerían cobardes, pero en esta ocasión tiene claro que no están escapando solo por supervivencia.

Es parte de la estrategia. Separados, perdidos entre las calles cambiantes, pueden seguir provocando el mismo caos que estaban generando hasta ahora.

Así que va a tener que cazarlos uno a uno.

Con el chillido de un águila encajado en la garganta, Elira sacude las alas, extiende las garras y elige a su primera víctima.

No le da ninguna oportunidad: se lanza hacia ella y se mancha las uñas de sangre cuando la agarra de los hombros y la hace caer al suelo con dureza.

La capucha le cae hacia atrás y descubre a un chico joven, demasiado, que la mira con los ojos muy abiertos por la sorpresa y el miedo.

Trata de comenzar una oración, pero se detiene de inmediato en cuanto ella alza una de sus garras en actitud amenazante.

—Ya has visto cómo le ha funcionado eso a tu compañero. Si quieres tener alguna oportunidad de salir vivo de aquí, te aconsejo que respondas a mis preguntas.

El celestial no vuelve a intentar exorcizarla, pero la sonrisa temblorosa que se le extiende por los labios le indica que no se toma su amenaza en serio. O quizá no le importe. A lo mejor todos han aceptado esa misión siendo conscientes de que quizá fuera la última.

—No pienso decirte nada, bruja. Vuestra ciudad está perdida. Por fin vais a tener vuestro merecido. Por fin, después de siglos, los celestiales vamos a erradicaros. Vamos a…

Ella hace una mueca. La parte más bestial de su interior quiere cortarle el cuello solo por ese discurso, pero se contenta con clavarle las uñas en el costado y disfrutar del grito que lanza.

—¿Cuántos sois? ¿Qué queréis? ¿Habéis venido solo a destruir la ciudad? No sois tan estúpidos como para pensar que podéis conquistarla, ¿verdad? Vuestras murallas son impenetrables, pero también lo es nuestro castillo. Nunca lo haréis caer y menos con una artimaña tan sucia como esta.

Pese a su expresión de dolor, el celestial extiende la sonrisa. Tiene la mirada encendida, desquiciada, como si encontrara esa situación muy entretenida.

—¿Y quién necesita hacer caer el castillo? No hará falta si quienes se esconden en él vienen a buscarnos.

Una trampa. Han utilizado el ataque como un señuelo para que todo el mundo saliera del palacio. No, no a todo el mundo. Tal vez solo les importa una persona. Quizá ni siquiera eso. Quizá solo les importe un objeto.

—Venís a por el Amuleto.

—El Amuleto del Tiempo es la herencia de Santa Aiva, que luchó y mató por nosotros, así que ahora nosotros luchamos y matamos por ella. —El fervor recubre sus palabras, le ilumina la cara—. Su reliquia volverá al Sacro Reino. Así lo ha decretado Destino.

Elira no sabe de dónde saca el puñal, solo que de pronto un filo le corta la cara.

El dolor es un latigazo que la obliga a encogerse, le arranca un gruñido y la ciega por unos segundos que el celestial aprovecha para revolverse y escapar de su agarre.

Para cuando alza la vista, con el rostro empapado de sangre y la herida abierta cruzándole la expresión, su contrincante ya se ha puesto en pie y la señala con el acero de la espada que se apresura a desenvainar.

A su espalda, un rayo ilumina el cielo, rápido, fugaz, y convierte su silueta en una sombra amenazante.

—Este es el principio de una nueva era, bruja. —Su sonrisa parece un cuchillo más—. Ammarah de Daiva va a cambiar el mundo.

Elira entrecierra los ojos, con la sangre empezando a gotear sobre su vestido de gala. Quiere saltar sobre el celestial. Quiere devolverle el golpe y marcarle la cara con las uñas igual que él ha marcado la suya y acabar con sus gritos después al clavarle las garras en el corazón.

Pero no se mueve. No lo necesita.

—Estamos en el principio de una nueva era, sí. Pero tú no vivirás para verla.

El celestial frunce el ceño justo antes de que suene el trueno y una sombra se descuelgue del cielo como el siguiente rayo.

Shiraz, con las alas recogidas y el pico dispuesto, cae sobre su víctima con un graznido que suena a tormenta.

Su presa apenas tiene tiempo de gritar antes de que le desgarre el cuello.

—¡¡¡Elira!!!

Ella aparta la vista del elir y su víctima para fijarse en Denna y Tamir, que entran en el callejón a toda prisa. Su amigo hace una mueca en cuanto la ve y se apresura hacia ella para ayudarla a ponerse en pie.

—¿Estás bien? —pregunta Denna, agitada, unos pasos por detrás.

—Le han herido en la cara —responde Tamir—. No hacía falta que te hicieras una herida tan fea para ser una emperatriz temible y respetada, ¿sabes, Eli?

Elira se pasa una mano por el rostro en un intento de limpiarse la sangre, pero el corte es profundo y tocarlo solo consigue que le escueza más.

—Las cicatrices visibles siempre cuentan buenas historias —masculla—. Seguro que podemos inventarnos una para la que me quede.

Tamir extiende su sonrisa de zorro, divertido por la idea, pero Denna hace un mohín de disgusto.

—Este no es momento para bromas.

La necromante se apresura a extender las manos hacia ella y palpar la herida con los dedos pese al siseo que deja escapar su amiga.

Shiraz deja el cuerpo del celestial inerte en el suelo y se acerca a ellos también.

El gorjeo que emite, mientras camina en círculos inquietos a su alrededor, deja claro lo preocupada que está.

La ciudad sigue siendo un caos. Los estallidos continúan a lo lejos y Elira siente que el ruido del fuego y los gritos le late detrás de las sienes, pero decide concentrarse solo en los silbidos de Denna y en la manera en la que la música se mezcla con el sonido de la lluvia que empieza a caer.

Su melodía, demasiado pacífica en medio de un mundo en guerra, le resulta tan reconfortante como que la herida comience a cerrarse.

La ayuda a calmarse, a poner en orden unos pensamientos que no dejan de correr en todas las direcciones.

Necesita un rumbo. Necesita saber qué hacer a continuación.

Necesita una estrategia, porque es obvio que sus atacantes han pensado mucho en la suya.

—¿Dónde está Astrey?

—Ha salido del palacio junto con Garnet y la canciller de Calais. Nos hemos dividido en grupos para ayudar y ha dado órdenes de…

Un gemido interrumpe a Denna y consigue que todos se giren hacia el cuerpo tirado en el suelo, solo unos pasos más allá. El celestial sigue vivo, pese a descansar sobre un charco de su propia sangre, y Shiraz eriza las plumas en cuanto lo ve moverse, preparada para rematarlo.

El hombre gira la cara para mirarlos.

Elira se tensa en cuanto ve su sonrisa empapada de carmín. Entiende lo que va a hacer solo un segundo antes de que saque una esfera blanca y brillante de entre sus ropas.

—Que Destino me guíe hasta su Corte.

—¡¡¡Cuida…!!!

El resto de la advertencia queda ahogada por la explosión.