La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey
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Astrey

ASTREY

Damira arde.

Astrey aprieta los dedos alrededor de la balaustrada, con los ojos puestos en la ciudad, en el caos que se escapa de sus manos, que amenaza con engullirlo todo.

En cuanto la guardia le ha dado las noticias, él ha traspasado el umbral por su lado para aparecer ahí, en el punto más alto del castillo.

Por un momento, ha pensado que las figuras en las calles, armadas con faroles y magia, eran un ejército extranjero, pero no: es su propio pueblo.

Las tropas de los celestiales parecen invisibles y, como todo enemigo que no puedes ver, eso los convierte en los contrincantes más temibles.

—Se han vuelto locos.

No sabe cuándo lo ha seguido Elira, pero ahora está a su lado y ambos contemplan los fuegos que se divisan aquí y allá iluminando la noche.

Algunos son consecuencia de las explosiones, de esos edificios que se caen y, como el inicio de un efecto en cadena, se llevan consigo todo lo que hay a su alrededor.

El olor del humo llega hasta ellos, carga el aire.

Aunque las llamas se pueden apagar y él mismo ve cómo van desapareciendo poco a poco, por cada incendio que se controla surge uno diferente en otro punto de la ciudad.

El viento arrastra cenizas que se le pegan en la ropa y en la piel.

—No se han vuelto locos: saben perfectamente lo que hacen.

Y ese es el problema. Astrey puede adelantarse a sus enemigos si los conoce, puede intentar adaptar sus acciones a las reacciones de otro, pero lo que lo deja desubicado es que hayan sido capaces de sorprenderlo.

No tiene un plan, aunque se le tiene que ocurrir uno rápido porque esto, al igual que el desafío de Ronan, mina su autoridad.

Necesita detener a los celestiales, necesita poner a su pueblo a salvo, necesita…

Necesita sentir que vuelve a tener el control.

Vuelve atrás. Una hora podría ser suficiente.

El Amuleto le quema sobre el pecho, demasiado tentador. Lo suficiente, de hecho, como para tardar más de lo que le gustaría en responder con un «no».

—No tiene sentido, dijeron que querían la paz.

—Ese era su discurso antes de que les provocáramos, Elira. Quizá están haciendo esto como respuesta a nuestras peticiones.

Elira aprieta los dientes. Es obvio que está enfadada, pero también tan sorprendida e incrédula como él.

—¿Crees que quieren el Amuleto?

Los dedos de Astrey rozan el objeto. Arde contra su palma, tanto que le parece que va a dejar grabados sobre su piel todos los símbolos que adornan su superficie.

Pero no lo vas a permitir, ¿verdad?

«Son ellos o tú».

Van a por ti, pero no han dudado en hacerles daño a los tuyos. Si les das la oportunidad, te quitarán lo que más quieres.

«Destrózalos, igual que ellos están destrozando la ciudad».

Conviértelos en polvo.

«Que ardan. Que sepan lo que se siente».

Úsalos en tu beneficio.

Las dos voces hablan cada vez más alto, la una por encima de la otra, ahogando el resto de sonidos, la lógica, sus propios deseos.

—Iré a buscarlos entonces. —Astrey no sabe si está hablando con la mujer que está a su lado o con las dos conciencias que intentan controlarlo—. Si lo quieren, tendrán que luchar por él y por él morirán. Le enviaré sus cenizas a su reina.

Y después irá a por ella. A por su Consejo. A por cada celestial que se oculta tras esas malditas murallas y cree que sus actos sobre el mundo al otro lado de sus murallas no tendrán consecuencias.

—Astrey.

La garra de la bruja vuelve a estar en su hombro y su nombre de sus labios es un intento de hacerle entrar en razón.

Cuando él la mira, casi espera encontrarse una mueca en su rostro.

Espera que le diga que no lo haga, que se tranquilice.

Espera que lo obligue a detenerse y pensar.

No va a intentar convencerlo de que la venganza no es la solución, porque ella conoce esas ansias tan bien como él, pero sabe que no quiere que juegue con el presente y el pasado.

Sin embargo, parece que los celestiales no son los únicos que van a sorprenderlo esta noche. Elira no lo mira con horror, sino seria. En su expresión hay una advertencia, no una prohibición.

—No uses el Amuleto sin tener claro de dónde sacar el tiempo. No quieres provocar un desastre como el del teatro de Ilan. Nadie respetará a un emperador que destruye su hogar, por mucho que sea intentando protegerlo.

Astrey ya sabe todo eso, pero agradece el recordatorio, porque sus palabras son lo único que lo obligan a soltar el Amuleto. A recordarse que solo él está al mando.

—Por supuesto, mi emperatriz.

—Me adelantaré para reconocer el terreno desde el aire.

Necesitamos ubicar a los culpables cuanto antes.

—Su prometida se acerca para rozarle el rostro con sus dedos bestiales y Astrey ladea la cara hacia su caricia.

Aunque el gesto es dulce, las miradas de ambos son feroces—.

Ten cuidado, pero no piedad. No se la han ganado. Justicia y venganza.

Astrey gira la cara y besa la palma de esa garra con la misma suavidad con la que ella lo ha tocado.

—Justicia y venganza —susurra contra su piel.

Elira da un paso atrás antes de desplegar las alas y subirse a la balaustrada de un solo salto.

Como si fuera una gárgola más de las que decoran el castillo, se agazapa antes de saltar.

Normalmente, Astrey se quedaría a verla planear y remontar en el aire, admiraría la forma en la que se convierte en el ave más hermosa y letal que ha existido, pero esa noche no lo hace.

En lugar de eso, traspasa la puerta y sale al jardín.

La mayoría de sus invitados ya han abandonado el palacio, pero algunos todavía están allí, aguardándolo: Garnet, Lilac, Tamir y Denna esperan justo al lado de la puerta; Chadia y su séquito, junto a Ratna Adisen y los suyos, no están mucho más lejos.

Lo que le sorprende es encontrar también a un grupo de mercaderes y un par de nobles.

—¿Cómo podemos ayudar? —se apresura a preguntar Garnet.

—Estamos a vuestras órdenes, emperador —confirma la canciller de Calais.

Astrey observa a los diferentes grupos. Una parte de él considera que debería encargarse de esto solo, pero sabe que ser un líder significa también saber aprovechar los recursos.

Si solo corriese peligro su integridad, rechazaría la ayuda.

Pero hoy es su pueblo el que debe ser protegido.

Y no todo el mundo en Damira es brujo. No todo el mundo en Damira puede defenderse por sí solo.

Su mirada cae primero sobre los amigos de su prometida.

—Denna, Tamir. Elira se ha adelantado, coged a Shiraz y encargaos de cubrirla.

—Aunque Denna no suele estar de acuerdo con él, en esa ocasión no duda en asentir y es la primera en ponerse en marcha.

Tamir le da un beso rápido a Garnet y otro a Lilac antes de apresurarse a seguirla.

Astrey se gira hacia el resto—. Los demás nos dividiremos en grupos.

Chadia, Garnet, conmigo. Lilac, en vuestra comitiva hay necromantes, ¿verdad?

Necesito que te ocupes de gestionar toda la ayuda posible para los heridos.

El resto, encargaos del fuego. Evitad que se extienda y apagadlo allá donde podáis.

Traed aquí a todo el que lo necesite: incluso si el resto de Damira ardiese, el fuego no podrá traspasar estos muros.

—¿Y qué hay de los celestiales? ¿Qué hacemos si nos encontramos con alguno?

Es Ratna Adisen quien lo pregunta y el emperador es consciente de que esa es otra prueba, de que todos los presentes le prestan atención. Lo están estudiando para ver si duda, si le tiembla la voz, si ha podido trazar un plan o sigue tan perdido como cuando ha oído las explosiones.

No titubea. Por primera vez, las tres voces dentro de él están de acuerdo.

«Úsalos». Úsalos . Sí. Va a usarlos.

—Los quiero vivos. A todos y cada uno de ellos. —Una lengua bífida le humedece los labios antes de sonreír—. Van a sernos muy útiles.