La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey
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Astrey

ASTREY

Astrey se deja bañar por los aplausos como si fuera el final de una función.

Los dedos de Elira aprietan los suyos y, por un momento, todo en esa sala, en su vida, está en su sitio: esos dos tronos a su espalda, su prometida (su futura emperatriz ) a su lado, el apoyo estruendoso de su pueblo.

La voz del Amuleto guarda silencio y su demonio acepta que lo ha hecho bien, pese a que hace unos minutos, mientras hablaba de su compromiso, le arañaba las entrañas y lanzaba amenazas al aire.

El futuro que había soñado está más cerca que nunca e Ilan y Orlaith tienen la independencia por la que tanto han luchado.

Calais ha decidido aceptarlo como emperador y Eirwynn…

Eirwynn es un problema que tiene que solucionar, aunque esperaba que Fiasen se acobardase cuando se diese cuenta de que está en minoría.

Está claro que ha infravalorado la estupidez de un hombre que avaricia la corona, porque en cuanto los aplausos pierden fuerza, en cuanto se puede oír algo por encima de ellos, la voz fuerte del canciller se alza como una nota disonante en medio de una melodía perfecta:

—Magnífico. —La mirada oscura del brujo norteño recorre a Elira, se detiene en sus curvas y en el elir bordado que decora su falda—. Supongo que esto significa que voy a robarte la corona y una prometida, bastardo. Me vendrá bien para recuperar la parte del Imperio que acabas de perder.

La escena se tiñe de rojo ante los ojos de Astrey.

El espíritu está seguro de que las luces no han cambiado, del mismo modo que la temperatura de la sala sigue igual y, sin embargo, un fuego se despierta dentro de él.

Su demonio quiere morder, quiere arañar y destrozar, clavarle los colmillos en el cuello a ese hombre y dejar que la sangre y el veneno se mezclen.

No, no es solo el demonio. El ser en su interior tan solo está harto de ese insurrecto y quiere darle una lección; él, en cambio, solo piensa en el insulto hacia Elira.

La mujer a su lado ha fruncido el ceño, desagradada. Astrey es consciente de que su prometida puede defenderse sola, de que nunca ha necesitado a nadie que luche sus batallas.

Pero esa también es su lucha.

«Si dejas que sea ella quien le raje la garganta a ese lobo estúpido, será ella quien se gane el respeto de los presentes».

Sí. Lo sabe.

Si no les demuestras lo que puedes hacer, nunca dejarán de desafiarte.

Sí. Lo sabe.

Así que, aunque es Elira la primera que desliza la garra lejos de su mano, dispuesta a atacar, es el espíritu quien se adelanta.

Los tacones de sus botas resuenan por la estancia cuando baja los escalones que lo separan del resto de la sala.

El ritmo que marcan tiene la precisión del segundero de un reloj.

—Mi prometida decide por sí misma y por eso va a ser ella quien decida si te mato o no cuando acabe contigo.

Un bufido escapa de la boca del eirwyano antes de que se convierta en una risa de la que sus acompañantes se hacen eco.

Astrey es consciente de lo pequeño y menudo que es en comparación con el canciller cuando se detiene a tan solo unos pasos de él.

Una de las manos del gigante norteño podría ser suficiente para partirlo por la mitad.

—¿Tú y cuántos más? ¿Pedirás a tu mujer y a Chadia que te defiendan?

—Me basté yo solo para matar a Iraides. No necesito a nadie para vencerte.

No le da opción a réplica. El siguiente sonido que sale de la boca de Fiasen es un grito que hace temblar las paredes, cuando el primero de los anillos de Astrey se convierte en un dardo que sale disparado de su mano y se clava en el ojo del norteño.

El emperador está tan cerca que la sangre le salpica la ropa, añadiendo más tonos de rojo a los que ya lleva encima.

Los invitados que no quieren tener nada que ver con la pelea vuelven a retroceder, pero los acólitos de Fiasen no se quedan quietos. Hay un segundo de sorpresa, de genuina parálisis, mientras los alaridos de su jefe se cuelan en sus cabezas.

Al momento siguiente, sin embargo, ya se han puesto en movimiento.

Astrey los está esperando. Un golpe en el suelo con el tacón de su bota basta para que una grieta se abra y devore a uno de los brujos, que cae dentro de una de las mazmorras.

Uno de los collares que se ha puesto se convierte en una cadena que lanza hacia delante y se enreda alrededor del cuello de un segundo.

Los eslabones le aprietan la garganta hasta que el rostro empieza a ponérsele escarlata y se le clavan en la piel incluso cuando el eirwyano trata de meter las uñas bajo el oro, pero solo consigue arañarse en el proceso.

Un tercer escolta de Fiasen se lanza sobre Astrey y llega tan cerca que el emperador tiene que esquivarlo.

El filo de una daga le roza el hombro, pero sabe que es un sacrificio necesario para que él mismo pueda alcanzar a su contrincante.

Ataca con la corona, convertida en un filo de oro y rubíes.

Las manchas de sangre ajena vuelven a teñirle la ropa cuando clava improvisada arma en uno de los costados del hombre.

Astrey da un par de pasos atrás para observar la obra de cuerpos caídos que ahora decora el suelo del salón del trono. «Mátalos», le susurra esa voz dentro de él. «Si muestras piedad, te verán débil. Deja que los devore».

Se siente tentado a acceder. El olor metálico que llena el aire le abre ese apetito animal que a veces se le despierta.

Tiene la falsa sensación de que hace una eternidad que no alimenta a su demonio y, cuando Ronan vuelve su rostro empapado en sangre hacia él, cuando lo mira con la locura llenando el único ojo que le queda, sabe que va a caer en la tentación, aunque haya dicho que sería Elira quien decidiría qué iba a ocurrir.

Fiasen gruñe cuando se echa hacia delante y es obvio que deja que su demonio tome el control, porque el rostro le cambia.

Empieza a mutar para volverse animal: la pupila se le dilata, el vello le gana terreno a la piel, la mandíbula se le desencaja para dar cabida a dientes más grandes, más afilados, más mortíferos.

Cuando se yergue, le saca una cabeza más a su contrincante y sus extremidades se vuelven más voluminosas.

Astrey no se mueve. Alza la barbilla y sonríe con la confianza de quien no necesita cambiar de forma ni intimidar para ganar esa batalla.

—Vamos, Fiasen. Creía que ibas a demostrarle al pueblo de Odelia que eras el más fuerte.

El insulto que profiere Ronan no es más que un gruñido gutural, grave.

Por encima de sus cabezas, el candelabro de rubíes que cuelga del techo tiembla y cada una de las piedras que lo forman se descuelga para caer como una lluvia de cristales sobre Astrey.

El Portador apenas tiene tiempo de crear una barrera mientras esquiva las flechas que el otro brujo crea con las vidrieras de las ventanas.

Es un ataque torpe, violento pero ineficiente, así que Astrey permite que continúe solo porque le gusta ver que se retrata a sí mismo, que es tan ridículo en la lucha como cuando habla.

Al final, sin embargo, se cansa. Un gesto es lo único que necesita para recoger los cristales que ahora adornan el suelo y convertirlos en dos serpientes que se lanzan a por su enemigo.

No lo muerden, sino que se enredan alrededor de su torso.

Se derriten para amoldarse a ese gran cuerpo, se convierten en cuerdas que ni siquiera el canciller pueda romper con fuerza bruta.

Astrey disfruta de cómo se resiste, cómo intenta contrarrestar la magia con la suya propia, pero su demonio no es tan fuerte.

El chasquido de huesos al romperse se mezcla con los gritos del hombre, pero nadie hace nada por detenerlos.

Algunas caras se giran hacia otro lado, intentan ignorar lo que pasa ante sus ojos.

Otros rostros están fijos en el nuevo Portador, que ni siquiera ha necesitado poner en marcha el Amuleto y que no pierde la sonrisa pacífica mientras ve sufrir a su contrincante.

Astrey aprieta un poco más las cuerdas. Le molestan los gritos, así que supone que en algún momento dejará de emitirlos.

Un poco más.

Un poco más.

Un poco…

—Astrey.

Elira está detrás de él y le ha colocado una mano sobre el hombro.

«No la escuches. Devorémoslo».

El espíritu siente la boca seca. Es consciente de las uñas de su prometida sobre la ropa, nota cómo las clava en su piel.

Es consciente del dolor de su enemigo y siente una satisfacción insana cuando este deja los ojos en blanco y calla, lo que hace que el salón del trono se suma en un silencio sepulcral.

Si solo apretase un poco más…

No es Elira quien se lo impide, sino la explosión.

El estallido no ocurre en el salón del trono, pero aun así resuena entre sus paredes, más allá de las vidrieras.

Fuerte, aterrador, capaz de hacer temblar los cristales que quedan.

Y no es solo uno. Apenas un segundo después de que escuchen el primero, llegan los demás.

Dos. Cuatro. Seis. Los gritos llenan la estancia, junto con el pánico, a medida que lo hacen las detonaciones.

Astrey se tensa y vuelve en sí de golpe, se gira hacia Elira, que lo observa con los ojos muy abiertos, tan sorprendida como él.

A su alrededor, la gente se encoge por instinto, esperando un ataque que no llega.

Porque el palacio está a salvo. Sigue siendo tan inexpugnable como siempre.

Lo que sea que haya ocurrido, ha ocurrido más allá de esos muros.

Astrey se fija en las ventanas a tiempo de ver cómo el cielo comienza a pintarse con columnas de humo.

—¿Qué demonios…?

Es Elira quien comienza la pregunta, pero él no tiene respuestas.

Lo único que sabe es que no puede quedarse quieto.

Si se trata de un ataque, tiene que descubrir su alcance y de dónde proviene.

¿De sus invitados? No, no tiene sentido.

Si cualquiera de ellos fuera el culpable, si lo hubieran considerado débil a causa de sus propuestas de paz y reforma y hubieran querido conquistar la capital, el palacio estaría bajo asedio.

Los ha dejado entrar. Quizá ha sido un error.

Quizá tendría que haber hecho las cosas de otra manera.

Quizá debería haber sido más aterrador, como insistía su demonio. Como Iraides. Como su padre. Quizá…

Sus pensamientos los detiene la puerta del salón, que se abre de golpe. Se tensa hasta que se da cuenta de que solo es una bruja de la Guardia Imperial. Tiene unas inmensas alas extendidas, el rostro manchado de hollín y los ojos aterrados de quien acaba de ver a la mismísima Muerte.

—Majestad —jadea—. Los celestiales están atacando la ciudad.