Elira
ELIRA
Desde que le propuso su idea a la canciller, Elira se ha repetido muchas veces a sí misma que había muchas posibilidades de que el pueblo de Orlaith nunca la eligiese a ella.
Era consciente de que las apuestas estaban en su contra, sin importar lo mucho que amase ella el reino de sus antepasados, así que ha querido ser realista y mantener las esperanzas a raya, contenidas, para que no pudieran clavarle las uñas y robarle el corazón.
Eso no significa que la decisión final sea más fácil de escuchar.
Aunque se consideraba a sí misma preparada para el rechazo, le duele igual.
La decepción la abofetea y la obliga a bajar la mirada al suelo para que nadie vea la marca que le deja en la cara.
Aun así, está segura de que es inevitable.
Está segura de que todo el mundo la está mirando, de que los murmullos que llenan el salón son para reírse de ella, de su fracaso.
¿Fracaso? No es un fracaso. No debería pensar en ello como un fracaso.
Orlaith es libre. Orlaith es libre y su independencia nunca fue sobre ella, sobre su propio poder.
No debería reaccionar así. No debería dolerle.
No debería ser tan egoísta. No puede ser tan egoísta.
A su lado, Denna busca su mano y se la aprieta; Tamir, Garnet y Lilac la rodean para protegerla de ojos indiscretos.
No deberían reaccionar así. No es necesario.
Todos sabían que esto podía pasar. Deberían estar celebrándolo, no teniéndole pena.
Y aunque se lo repite, aunque se lo dice una y otra vez, lo cierto es que siente ganas de marcharse.
Si no lo hace es solo porque es consciente de que eso solo sería peor.
Eso solo la dejaría como la mujer irracional y hambrienta de poder que se creyó lo suficiente buena para ser elegida por un pueblo que no la conocía.
Una mentira atroz. Si quería que la gente confiase en ella tendría que haber hecho más.
Tendría que haber sido mejor. Tendría que haberse enfrentado a la canciller.
Tendría que haber demostrado que podía ser una alternativa. Tendría que…
—Espero que nuestros países puedan tener buena relación en el futuro entonces, Ratna.
—La voz de Astrey es firme y calmada, pero Elira no se atreve a mirarlo por miedo a descubrir que él también piensa que ha fracasado.
Quizá de pronto se esté dando cuenta de que durante todo ese tiempo no ha sido más que una impostora, una mujer ridícula con aspiraciones imposibles.
Quizá está pensando en que no quiere tener a su lado a alguien así—.
Como Ilan, podréis confiar en Odelia para ayudaros en esta nueva era para Orlaith.
Es mi deseo que las transiciones sean favorables para todo el mundo.
—Gracias, majestad, aunque estoy convencida de que Orlaith se acostumbrará pronto a esta nueva situación.
Por supuesto que sí. Orlaith siempre ha sido sinónimo de resiliencia y fuerza y, además, han elegido conservar en el poder a alguien que conoce su gobierno y sus necesidades como la palma de su mano, en lugar de a una desconocida que apenas ha pisado sus calles.
Han sido inteligentes. Elira debería sentirse orgullosa de su patria, pero solo siente un nudo en la garganta y ganas de llorar al pensar en que no importa lo libre que vaya a ser esa tierra, ella nunca va a verla más que de lejos.
Prometió no volver. No puede volver. Nunca.
—Gracias a todos por vuestras aportaciones y por haber hecho posible esta ronda de votaciones —continúa el emperador—.
Es evidente que hoy es una gran noche, un atisbo del magnífico futuro que nos aguarda si todos colaboramos para crear el Evren más brillante que ha existido jamás.
—Elira da un paso atrás. Necesita marcharse.
Quiere desaparecer. Quizá, si lo hace ahora, mientras él desvía la atención de los presentes, la mayoría no se dará cuenta de lo insignificante que es—.
Así que me gustaría aprovechar para compartir con vosotros una noticia más.
Elira apenas está escuchando cuando suelta la mano de Denna. Con la mirada clavada en el suelo, da otro paso atrás.
—El Evren que anhelo no estará libre de desafíos, por eso he decidido tener a mi lado a alguien que pueda ayudarme a enfrentar todos y cada uno de ellos.
Se detiene. Todo su cuerpo se tensa cuando se da cuenta, antes de que suceda, de lo que está a punto de pasar.
Levanta la vista en el mismo momento en el que la mirada de Astrey la busca y la encuentra en medio de la muchedumbre.
La mira como si fuera la única persona de la estancia.
Como si, pese a estar ante los futuros dirigentes de un nuevo mundo y ante toda la nobleza de Odelia, no pudiera pensar en nadie más importante que ella.
—Es una de las personas más brillantes que conozco —continúa Astrey.
No alza la voz, su tono sigue siendo dulce como la miel, pero aun así a Elira le parece que está gritando, que quiere asegurarse de que ella escucha bien esas palabras que no se merece—.
Y por eso le he pedido que sea mi esposa.
Permitid que os presente a mi prometida, vuestra futura emperatriz, Elira Surya.
El revuelo regresa a la estancia cuando el espíritu pronuncia su nombre y alza la mano hacia ella.
Las voces surgen de todas partes, chocan y se enfrentan entre la curiosidad, la sorpresa, la diversión y la indignación.
Aun así, no suenan más altas que las que ella tiene en su propia cabeza.
Ni siquiera suenan más altas que la mirada de Astrey, que se clava en la suya y le habla.
No está decepcionado, o al menos no con ella.
No cree que sea una fracasada ni que sea estúpida, nunca lo ha creído.
Le está tendiendo esa mano porque sabe que ahora es ella quien la necesita, puede que más que nunca.
Hay una promesa en esos dedos extendidos. Hay un futuro justo cuando ella siente que le han arrebatado otro.
Orlaith no confía en ella, Orlaith no la quiere.
Pero Astrey sí.
Elira tarda más de lo que le gustaría en reaccionar. Lo consigue solo gracias a la manera sutil en que Denna le pone una mano en la espalda y la anima a dar un paso hacia delante. Escucha su voz cerca, un susurro cómplice en medio del caos:
—Demuéstrales la soberana que puedes ser.
Elira traga saliva, pero acaba asintiendo.
Tamir sonríe mientras echa los hombros hacia atrás y levanta mucho la barbilla para recordarle que ella también tiene que hacerlo.
Lilac, justo a su lado, tiene los ojos un poco brillantes por la emoción y se encoge bajo el brazo de Garnet, que le rodea los hombros.
Eir líder de los ilenses le dedica un asentimiento de aprobación, de ánimo, algo que a la bruja le recuerda a todas las misiones en las que han colaborado.
Quizá el trono de Odelia, la creación de un mundo nuevo, sea solo una más.
Y no puede permitirse fallar.
Elira inspira hondo y ese aire la llena de la seguridad que le falta.
No es una seguridad real, pero ahora es la prometida del rey de los mentirosos, así que quizá pueda aprender algo de él.
Quizá pueda fingir que tiene todo bajo control, que las dudas no le gritan en los oídos, que la decepción no le ata la cintura y que las piernas no le tiemblan cuando da un paso hacia delante, hacia la persona que aguarda en el estrado con la mano todavía extendida.
A medida que avanza y la gente habla, el trono a espaldas de Astrey comienza a cambiar, a retorcerse, y de su materia nace otro justo a su lado.
Idéntico, como ellos. Punzante y retorcido, como ellos.
Una extensión el uno del otro, como ellos.
Cuando por fin llega a su lado, Astrey se inclina ante ella, le toma la garra y deja un beso sobre el anillo que le colocó en el dedo anular hace una semana.
Si antes todavía escuchaba la algarabía del salón, en ese instante todo se queda en silencio.
Están solos en ese lugar. Están en El Cuervo Tuerto y es la primera vez que se ven.
Están en la biblioteca de Ilan y se retan.
Están a días de distancia y se escriben.
Están en todos los espacios que han compartido alguna vez, en todos los besos, en todas las discusiones.
Están al mismo tiempo en todos los momentos que han compartido, como si el Amuleto, que brilla sobre el pecho de Astrey, hubiera destruido por completo la línea entre el pasado, el presente y el futuro.
El presente se impone y recupera su forma con los aplausos.
Surge desde donde estaba antes, iniciado por Denna, pero se extiende por todo el salón, con más o menos intensidad.
Elira se atreve a fijarse en el resto del mundo solo entonces, cuando Astrey y ella se giran hacia su audiencia.
Hay caras molestas, entre ellas la de Ratna Adisen, que tiene los ojos entrecerrados y probablemente piense que ella lo tenía todo preparado.
Que este era su plan para, de una manera u otra, hacerse con una parcela de poder.
No es cierto, pero Elira supone que habrá personas que lo creerán.
Que darán por hecho que lo único que quería era gobernar, sin importar el territorio.
Está bien. Puede soportar algunas voces disonantes y rumores que la conviertan en un monstruo que no es. Ya lo ha hecho antes.
Elira estrecha los dedos alrededor de los de Astrey. En ese agarre encuentra las fuerzas que le estaban fallando.
—Este es solo el primer día de una nueva era —anuncia con voz fuerte. Firme. Segura. La voz que se espera de una reina. No, no de una reina. De una emperatriz—. Hagamos que sea la mejor que Evren ha visto nunca.