La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey #2
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Astrey #2

—Vencerla. Con un solo movimiento, si no recuerdo mal.

—Astrey se pasa la lengua por los dientes, como si aún recordase el sabor de su sangre.

Su demonio se relame y pide más. Esta vez, la cabeza de ese gran lobo que lo está molestando—.

La ley de Odelia siempre ha sido la del más fuerte, ¿no es cierto?

Y, de momento, yo lo soy: no solo he vencido a la anterior emperatriz, sino también a todos los que han querido retarme hasta ahora. ¿Queréis intentarlo también, canciller?

Lo que parte la cara de Ronan Fiasen podría ser una sonrisa o una mueca, una demostración de su furia o el gesto amenazante de un animal hambriento.

Da otro paso hacia delante, inclinándose como si se preparara para atacar, y la gente que lo rodea se aparta de su camino para abrirle un pasillo hasta el espíritu.

Astrey no retrocede. No pierde la expresión de calma, que es a la vez una invitación y una provocación.

«Somos más fuertes que él. Devorémoslo. A él y a su pequeño grupo. Aliméntame».

—Pareces muy seguro de ti mismo, pero creo que se te olvida que incluso tu padre cayó, con el Amuleto al cuello y todo —gruñe Fiasen—. Astrey Brynsen, el emperador de las tres semanas. Agradece haber durado tanto.

El aludido suspira con hastío. Si no contesta es porque no va a darle el placer de responder a sus provocaciones.

Esa voz es como las del Amuleto y su demonio: si la ignora, pierde fuerza, se hace pequeña, desaparece en el silencio.

Ni siquiera se mueve. Que vaya él hasta donde está.

Que pierda el tiempo corriendo. Que le deje estudiar por dónde va a venir y la manera más humillante de vencerlo.

El espíritu incluso abre un poco los brazos, como si quisiera recibirlo.

—Quien le corte el cuello se puede quedar con el Amuleto del Tiempo —le dice el canciller a sus esbirros—. La corona es para mí.

Y entonces se lanza a por el emperador.

Astrey ya se ha sacado uno de sus anillos para convertirlo en un arma cuando la cúpula se alza a su alrededor.

Está hecha de las mismas vidrieras granates que hace un momento cubrían las ventanas, así que de pronto todo su mundo se cubre del tinte escarlata de una pesadilla.

Lo primero que piensa es que han construido una jaula para él, pero el pensamiento se diluye en el mismo momento en el que se da cuenta de que esa cúpula no es un movimiento que provenga de los brujos de Eirwynn, no es un ataque, algo que necesite destruir, sino una defensa.

Un truco para ponerlo a salvo, aunque el grupo de Ronan Fiasen ya no se está moviendo hacia él.

Como si las baldosas se hubieran convertido en arena en la que hundirse, los norteños son incapaces de avanzar, ralentizados por un obstáculo que no esperaban.

Desde su refugio, el emperador los ve luchar contra el propio suelo, dar golpes al aire, intentar usar su magia en vano.

Unos pasos por detrás, la comitiva de Calais permanece muy quieta, concentrada, con los rostros vueltos hacia el suelo.

—Tranquilízate, Ronan. El resto de los presentes queremos tener una conversación y conocer al nuevo emperador. Si no eres capaz de controlarte, quizá no deberías estar aquí.

Chadia Tasen, la canciller de Calais, habla desde detrás de su velo, que cuelga desde las astas que le sobresalen de la cabeza.

Toda su comitiva lleva las mismas gasas que les protegen la cara, de tal modo que el resto de asistentes apenas pueden adivinar su perfil.

Ni siquiera se les ven los ojos, aunque es obvio que ellos pueden ver a través de la tela.

—Sucia traidora, ¿te vas a poner de su parte? ¿Es que no tienes honor?

Ante las miradas de los presentes, las baldosas oscuras del salón del trono vuelven a la normalidad y la cúpula de cristal se deshace para que cada pieza vuelva a convertirse en un trozo de vidriera.

Uno de los seguidores de Ronan todavía pisa con cuidado en el suelo, confuso, esperando que se lo vuelva a tragar si apoya todo su peso en él.

Es una imagen tan ridícula que algunos de los invitados incluso dejan escapar risitas, quizá en un intento de rebajar la tensión.

Otros se han apartado todo lo posible hacia las paredes, deseosos de estar todo lo lejos posible de cualquier enfrentamiento entre brujos.

Las conversaciones y los murmullos van y vienen como un zumbido incesante.

—Mi honor está ligado al pueblo de Calais —responde la bruja, imperturbable—. Y los míos han elegido seguir dentro del Imperio. Si la mayoría ha considerado que hay que darle una oportunidad al nuevo emperador, yo también lo haré.

Astrey intenta no mostrarse sorprendido. En la primera reunión que tuvieron, le pareció una mujer tranquila y directa, poco dada a los preámbulos, pero esto se lo confirma. Se alegra. Aliados como ella son justo lo que necesita.

—Lo agradezco, canciller Tasen —interviene, incapaz de disimular la satisfacción en su voz—. Estoy deseando que podamos empezar a trabajar juntos.

La respuesta de la mujer es bajar la cabeza en señal de respeto, sin más palabras innecesarias.

—Está bien que quieras atajar la conversación, pero eso no te da derecho a interponerte en un reto, Chadia.

—La voz de Ratna Adisen se sobrepone al resto de los comentarios que llenan la sala.

El suyo es un tono autoritario, acostumbrado a dar órdenes—.

Todo el mundo tiene derecho a desafiar al emperador.

—Y todo el mundo tiene derecho a protegerlo también —es la simple respuesta de la mujer del velo—.

De todas formas, sois libres de batallar como bestias si así lo deseáis y retarlo mañana y noche durante las próximas horas, días o semanas, pero no nos hagáis perder el tiempo a los demás.

Mi gente y yo estamos aquí para tratar las cuestiones referentes a este nuevo gobierno.

Ronan resopla, como si le molestase la mera existencia de la calense.

—Quizá no te ha quedado claro, Chadia, pero en Eirwynn no creemos en este gobierno. No lo aceptamos y no tenemos nada de qué hablar. Estamos aquí para luchar por el control, no para satisfacer los caprichos de un bastardo.

La más leve sombra de una sonrisa baila detrás del velo de la bruja.

—Gracias, Ronan. Aprecio que, por una vez, recuerdes cuál es el tema de conversación y seas claro al respecto.

Astrey no solo agradece el apoyo, sino la forma en la que Chadia maneja al norteño, aunque no sabe cómo dos personas tan diferentes han podido acabar siendo cancilleres.

Se pregunta si alguna vez Iraides les hizo colaborar, pero descarta la posibilidad casi de inmediato: aunque sobre el mapa son territorios vecinos, las montañas se ocupan de separarlos lo suficiente.

El emperador acaba posando los ojos sobre Ratna, aprovechando el momento de pausa. La mujer tiene la espalda muy recta y lo mira de frente, seria. Es la viva imagen de una comandante acostumbrada a dar las órdenes.

—Esto significa que solo queda Orlaith por expresar su decisión. ¿A qué conclusión habéis llegado, canciller Adisen?

La bruja esboza la más leve sonrisa en respuesta a la suya. No es un gesto amable, sino satisfecho, victorioso.

—Orlaith desea su independencia, igual que Ilan.

Un silencio atronador se instala en la estancia, o quizá sea solo que Astrey no puede dejar de escuchar esas palabras, chocando contra las paredes y volviendo a sonar una y otra y otra vez.

Ahí está. Lo que Elira quería. Su reino, libre al fin.

El Imperio lo dejará ir y el esplendor regresará poco a poco, Los Elires volverán a ondear en su bandera.

Ese es el mundo con el que soñaba desde que era pequeña. Y va a ser…

—Y, para guiarlo de vuelta a la libertad que le arrebataron en Yuda, el pueblo me ha elegido a mí como gobernante.