La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey
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Astrey

ASTREY

Astrey los ha visto llegar a todos. Desde las ventanas del despacho, sentado detrás de la mesa negra, ha observado a las pequeñas comitivas desfilar hacia el palacio y ha reconocido a todos sus invitados, repasando los rostros en su mente: los nobles de Odelia cuyos títulos se remontan a la época de su padre o incluso antes, los grandes comerciantes que dirigen el puerto y las calles de Damira, los altos cargos de la Guardia Imperial, los jefes de los gremios de la capital e incluso algunos venidos de fuera de la ciudad.

Por sus caras ha visto pasar todas las emociones posibles, desde la genuina curiosidad hasta el recelo de quien cree que va directo a una trampa, desde la mirada crítica de quien está dispuesto a poner en duda todo lo que vea esa noche a la simple hostilidad de quien va preparado para odiar cada palabra que salga de la boca del nuevo emperador.

Por supuesto, el espíritu espera todo eso: la desconfianza y el resentimiento, la falsa simpatía y el mal disimulado asombro.

Por las reuniones que ha tenido con los diferentes cancilleres, también se hace una idea de qué puede esperar de cada uno de los séquitos que han viajado hasta allí esa noche: de Eirwynn y el enorme Ronan Fiasen espera el mismo desdén con el que lo trató durante sus discusiones previas, como buen seguidor de Iraides que era; en la discreta Chadia Tasen y su escolta llegada de Calais confía encontrar mentes abiertas dispuestas a escuchar.

Y de Ratna Adisen… De ella y del grupo de orlianos no sabe qué pensar, quizá porque hay una parte de él que no puede dejar de preocuparse por Elira, por lo que va a significar esa noche para ella.

«¿Qué importa ahora ella? Céntrate, es tu noche. Si ven el mínimo asomo de duda, te aplastarán como a un insecto».

—No dudo —murmura Astrey, antes de ponerse al fin en pie y echar a andar hacia la puerta.

Para entonces todos los invitados están dentro del palacio, así que no debería hacerlos esperar: han venido a verlo, a ponerlo a prueba, a ofrecerle su lealtad o a intentar arrebatarle el trono y el Amuleto—. Sé lo que tengo que hacer.

Lo sabes, pero ¿lo harás si es necesario?

El espíritu sacude la cabeza. A esa voz se niega a responderle, ya que ha llegado un punto en el que no puede ignorarla.

A veces le cuesta distinguir dónde empiezan sus pensamientos y acaban los de ese fantasma que lo acompaña a todas partes y le preocupa que vaya a más.

Le preocupa que llegue un día en que los deseos de ambos sean los mismos.

No eres tu padre , insiste la voz del Amuleto. Nadie en esa sala te guarda respeto todavía y nadie lo hará a menos que te vean usar la fuerza. A menos que seas capaz de eliminar a quienes que te desafíen. Úsame y te temerán.

Pero Astrey no quiere que le teman. No espera ganarse su respeto así. No es su padre, no va a destruir a tres ejércitos solo para conservar su soberanía.

Y tiene fuerza sin necesidad de usar ese objeto.

Tiene un demonio poderoso y aliados entre los asistentes.

Puede que Astrey no sea actor, que nunca haya querido subirse a un escenario, pero lleva años interpretando papeles, poniéndose máscaras que le han dado el poder de llegar hasta donde está esa noche.

Así que se arregla la ropa por última vez, se asegura de que los anillos y la corona de rubíes están en su sitio, respira hondo y se pone la sonrisa, la confianza.

Se viste con la ilusión de que controla todo lo que está ocurriendo dentro y fuera de su cabeza y abre las puertas del despacho.

El silencio se apodera de la estancia por completo cuando da el primer paso dentro del salón del trono.

La única salida se cierra detrás de él en cuanto comienza a avanzar por la alfombra roja que cubre el suelo y su demonio gruñe y se revuelve, consciente de la cantidad de brujos que abarrotan ese espacio cerrado.

Los murmullos empiezan casi de inmediato.

No le importa, no hace contacto visual con nadie: sus ojos están en el frente, en el trono negro y rojo que espera sobre el estrado.

Aun así, intenta captar lo que dicen. Comentan su ropa, el hecho de que la blusa que lleva deje su espalda al aire, «como si quisiera que lo apuñalasen».

Pretendido. Hablan de su aspecto, de que lleva la moda de Ilan, que ayudó a los rebeldes a liberar ese territorio, que colaboró en el asesinato de eir canciller Fabrice Lambersen.

Sí, que lo recuerden, que lo repitan por si alguien no lo sabía.

Por el rabillo del ojo ve algunas caras que se vuelven hacia la delegación de Ilan, de hecho, aunque la mayoría siguen giradas hacia él y sabe, sin necesidad de estudiar sus expresiones, que habrá más de una y de dos que codicien el objeto que cae sobre la seda de sus ropas rojas.

Se pregunta cuántos invitados se sentirán tentados a alargar la mano y quitárselo, cuántos coquetearán con la idea de crear un arma de la nada y probar su suerte con un ataque sorpresa, cuántos estarán a punto de dar un paso al frente y retarlo.

Astrey salva los escalones de la tarima y les da la espalda a todos los presentes durante el instante que necesita para asegurarse de que la máscara no se le ha movido ni un ápice.

Solo cuando se vuelve hacia su pueblo es consciente de la cantidad de gente que hay en esa sala, de todos los que han aceptado su invitación y se apiñan ante él.

Sus ojos barren las caras y se detienen solo un latido de más en los rostros de los cancilleres, antes de concluir su observación enganchado a un par de ojos naranjas.

Aunque no la tenga a su lado, siente a Elira cerca.

Le encantaría poder tenerla allí con él, sentada en un segundo trono, con la mano del anillo sobre la suya.

Pero su demonio tiene razón: este es su momento, no el de ella.

—Pueblo de Evren, cancilleres, nobles del Imperio…

, os doy la bienvenida a esta reunión tan especial.

—Las palabras se le deslizan entre la lengua y el paladar, encajan las unas con las otras a la perfección.

Los murmullos a su alrededor se van apagando—.

Gracias por aceptar mi invitación. Según tengo entendido, las puertas del palacio de Damira han permanecido cerradas desde hace dos décadas excepto en ocasiones muy especiales, pero hoy yo os he citado aquí como prueba de que esa es solo una de las muchas cosas que están a punto de cambiar.

Una pausa. Las noches de ópera y teatro le enseñaron a construir la tensión, a utilizarla a su favor.

Que ese primer saludo cale, que les llegue a los presentes a la cabeza y a los huesos.

A él le sirve para ver quién se revuelve de impaciencia.

Quien, como el canciller de Eirwynn, hace una mueca de asco.

No esperaba que empezara tan pronto. Entonces no le va a gustar nada lo que quiere decir a continuación:

—Como algunos de vosotros ya sabéis, es mi deseo reformar este imperio desde sus raíces. Odelia lleva mucho tiempo anquilosada y ya es hora de que avance. De que se adapte a los nuevos tiempos. Algo que no podría hacer sin vosotros.

Ahí está. El rictus de odio, de asco. Ronan Fiasen tiene mucho que decir y, cuando da un paso al frente, deja claro que no va a seguir callándose ni un minuto más.

Aunque no lo estuviera mirando, sería difícil pasarlo por alto: mide casi dos metros y, pese a la noche templada que hace, va envuelto en uno de los pesados abrigos que se usan en las montañas.

Recuerda a un lobo de uñas negras, mandíbula prominente y ojos ambarinos.

Detrás de él, como una manada, los hombres que lo acompañan se cierran en un abanico protector.

Se mueven como si fueran uno, coordinados.

Sin embargo, antes de que abra la boca, Astrey se adelanta con una sonrisa:

—¿Sí, canciller Fiasen? Parece que tenéis algo que decir.

—Que no será un bastardo del Inmortal quien decida por el Imperio. Odelia está bien tal y como está. Estaba bien con Su Majestad Iraides al mando.

El nuevo emperador amplía su sonrisa. Conoce a los hombres como el que tiene delante.

Sabe que les mueve el orgullo, que le tienen miedo al progreso y que se aferran a las tradiciones porque son conscientes de que, en cuanto el mundo los zarandee un poco, se caerán de sus pedestales.

Está hablando con alguien incapaz de adaptarse, que perderá la partida en cuanto las reglas cambien un poco.

Le parece un truco barato utilizarlo para su espectáculo, la clase de desafío que no tiene ninguna dificultad, pero esa noche incluso los cancilleres son herramientas que usar en su beneficio.

—No seré yo quien decida por Odelia, es cierto.

De hecho, mi voluntad es que el pueblo tenga voz propia.

—Astrey ladea la cabeza, con su mejor expresión de inocencia en el rostro, mientras vuelve a recorrer la sala con la mirada—.

Y por eso he hablado con los cancilleres y en cada territorio de Odelia se ha celebrado una votación para decidir sobre su soberanía.

—Los murmullos y los pocos rostros sorprendidos le indican que las noticias vuelan y no son pocos los que ya sabían su plan—.

Mi padre conquistó muchos de esos territorios por la fuerza; mi madrastra no hizo nada para cambiar la situación.

Por supuesto, a ella jamás le importó Evren más allá de lo que simbolizaba llevar la corona, y por eso…

—Iraides nos libró de un tirano —gruñe Fiasen—. ¿Qué has hecho tú?

Algunos asentimientos. Ronan no está solo, pero eso ya lo esperaba. Dicen que todo lo que se necesita a veces es una voz discordante entre la multitud para que otras se unan. El problema es cuando esa voz se gana el apoyo de la mayoría.