La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Elira
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Elira

ELIRA

—¿Te has vuelto loca?

Elira está acostumbrada a que Denna no sea delicada a la hora de expresar sus opiniones.

Siempre ha sido así, desde que era una niña, así que no debería sorprenderle que la respuesta a su compromiso sea tan directa y agresiva.

Tamir, que ya debió de suponer la noticia hace días, se muerde el labio, incómodo, y observa a sus parejas.

Garnet y Lilac han llegado desde Ilan hace solo unas horas, junto con una pequeña comitiva del nuevo gobierno del país.

A dos días de la celebración del nombramiento de Astrey, han sido los primeros invitados en llegar.

Elira cambia el peso de una pierna a otra, inquieta.

Le ha parecido buena idea reunirlos a todos en la biblioteca para darles la noticia antes de que se haga pública, pero ahora empieza a pensar que se ha equivocado.

Al menos se alegra de que Astrey no esté ahí para escuchar la discusión que sabe que está a punto de desatarse.

—Vamos…

—No. —La necromante sacude la cabeza, incrédula, y se gira hacia Tamir—. ¿Cómo has permitido que pase esto?

—Tamir no es mi perro guardián, Denna —protesta Elira—. No puedes echarle en cara decisiones que yo he tomado libremente. Y en plena posesión de mis facultades, ya que te preocupa mi cordura.

Su mejor amiga frunce el ceño. Lilac esconde una sonrisa tras la mano, como si la situación le resultara casi cómica.

Garnet, por su parte, enarca las cejas. En sus rostros no hay sorpresa, aunque tampoco desagrado.

Quizá también se lo veían venir. Al fin y al cabo, ambos vieron cómo se conocieron, estuvieron ahí en los primeros pasos de su extraña relación, fueron conscientes de todas las cartas que intercambiaron porque estas siempre se enviaban desde o hacia El Cuervo Tuerto.

Elira recuerda que una vez, en medio de una misión de Ilan, Garnet la miró y le preguntó si el espíritu le gustaba y ella, a la defensiva, le preguntó si a eir le gustaba Tamir.

Solo uno de los dos fue lo suficientemente valiente como para decir la verdad, y no fue ella.

Ahora, eir líder de los ilenses se echa hacia atrás en su asiento, con los grandes brazos cruzados sobre el ancho pecho, y esboza una sonrisa que le dice que siempre supo que la historia entre Astrey y ella acabaría así.

—Enhorabuena, Elira.

—¡No la felicites! —gruñe Denna—. ¿Los demás también habéis perdido la cabeza? ¿Vais a aceptar que se case con ese… con esa… serpiente? ¿Nos hemos olvidado ya de que es una criatura falsa y traicionera que nos ha engañado a todos?

Tamir suspira y, como si estuviera exhausto, apoya la cabeza contra el hombro de Lilac, que lo mira con diversión y alza la mano para acariciarle una de sus orejas de zorro.

—Lleva así desde que Astrey subió al trono. Por favor, decidle que quizá no sea tan malo.

—Ha estado ayudando a Ilan —corrobora Lilac. Su tono es ligero y su sonrisa de disculpa—. Podría habernos ignorado por completo o haber aprovechado nuestra precaria situación para ofrecernos volver al Imperio con nuevas condiciones, pero ni siquiera lo ha intentado.

—Nosotros también tuvimos dudas al principio, Denna, pero nada de lo que ha hecho Astrey desde que está en el poder parece desfavorable —añade Garnet—. Y, ya que estamos, no se me ocurre una manera mejor de asegurarnos que eso sigue siendo así que teniendo a Elira a su lado.

Denna resopla, todavía disconforme.

—Eso si mantiene la cabeza fría, algo que ya ha demostrado no hacer demasiado cuando se trata de ese brujo.

Elira enrojece, no tanto por la vergüenza como por lo ofendida que se siente.

—He mantenido la cabeza fría todos estos días.

Todos estos años , Denna. Incluso ahora, he aceptado pensando no solo en lo que pueda sentir, sino en lo que puede suponer para el resto del mundo.

Si no hubiera mantenido la cabeza fría, me habría marchado de este palacio la primera noche.

O quizá no. Quizá, si me hubiera dejado cegar tanto como tú crees, habría aceptado desde el principio su propuesta, pero no lo hice.

Denna tiene que saber que eso es cierto. Por mucho que desprecie a Astrey, por mucho que se preocupe por ella, tiene que ser consciente de que en este caso la decisión de quedarse a su lado no es solo un impulso, sino algo muy meditado.

—¿Y qué va a pasar con Orlaith si os casáis? ¿Has pensado también en eso?

—Orlaith tiene que autodeterminar su gobierno, igual que el resto de territorios del Imperio, y aún no sabremos cuál ha sido su decisión. Pero, si los orlianos eligen la independencia, y sabéis mejor que nadie que no hay nada que yo desee más, será eso lo que tendrán.

—¿Incluso si te eligen como soberana y tú te casas con el emperador?

—Sí. Astrey ha aceptado no tener ningún tipo de poder sobre Orlaith si ese es el caso. Yo seré su emperatriz, porque eso es lo que él desea, pero él no recibirá ningún título ni poder sobre mi reino: solo será mi consorte.

Lo cierto es que Astrey ni siquiera protestó cuando ella volvió a sacar el tema.

En cuanto pronunció sus condiciones, él solo la miró como si considerase esa conversación innecesaria.

«No voy a casarme contigo para robarte tu reino, Elira.

Odelia es mi derecho de nacimiento y Orlaith, el tuyo. No me interpondré entre su trono y tú».

Denna taconea, impaciente, quizá porque se da cuenta de que sus argumentos en contra del enlace empiezan a agotarse. Tamir debe de pensar lo mismo y por eso extiende su sonrisa de zorro.

—Vamos, Denna. Piénsalo: podrías casarlos tú misma.

—¿Podría? —La necromante se gira de nuevo hacia él, indignada—. ¿Por qué lo dices como si fuera una posibilidad? Elira no se va a casar con nadie si no la caso yo. —Después, vuelve la cabeza hacia ella—. Espero que no pienses que puedes casarte con nadie si no te caso yo.

Esta vez el rubor que llena las mejillas de la princesa de Orlaith sí que es solo de vergüenza.

Lo cierto es que no le ha dedicado ni un pensamiento a la ceremonia.

El matrimonio ya le resulta un concepto demasiado extraño y, de todas formas, Astrey y ella no han hablado de los detalles ni han decidido una fecha todavía.

Todo está a la espera de la fiesta que tendrá lugar dentro de dos días.

Hasta que no sepan qué va a pasar con el Imperio, con Orlaith, con el principio de ese nuevo mundo que quieren crear, todo lo demás es secundario.

Hasta ahora, Elira solo se ha preocupado de las implicaciones políticas, pero de pronto piensa en cosas mucho más sencillas, como dónde, cuándo y cómo.

¿Será algo grande? Espera que no. Espera que sea algo modesto e íntimo, aunque se trata de Astrey.

Quizá él espere todo lo contrario: una celebración por todo lo alto, puede que incluso extravagante, con cientos de invitados.

Le gustará vestirse para la ocasión y esperará que ella haga lo mismo.

Respecto al ritual del enlace, tampoco sabe qué es lo que él espera.

Para los brujos el matrimonio es algo tan personal que cada ceremonia es diferente.

Por lo general, son uniones simbólicas, en las que ambos brujos crean algo único fusionando objetos de los contrayentes: una cinta, cabellos, ropa, joyas.

En cambio, los brujos más espirituales acuden a los necromantes, que creen en ceremonias que unen las almas.

Elira abre y cierra la boca, sin saber qué decir, y Denna frunce un poco más el ceño. Como parece a punto de protestar de nuevo, la bruja se apresura a responder:

—¿Aceptarías mi decisión si nos casaras tú?

Su amiga resopla y cruza los brazos. Lilac deja escapar una risita y Garnet y Tamir intercambian una mirada divertida.

—No tengo la misma visión de Astrey que tú —masculla su mejor amiga—. Y no estoy dispuesta a olvidar lo que ha hecho. Te ha mentido y te ha traicionado, haya hecho lo que haya hecho para que le perdones después. Y creo sinceramente que tu confianza no debería ser tan fácil de recuperar.

—No ha sido…

—Pero soy tu mejor amiga. Y no solo te respeto como líder, sino que te quiero más que a nada.

Llevo a tu lado muchos más años que esa víbora.

Y no voy a abandonarte cuando más me necesitas, incluso si no estamos de acuerdo.

Si estás segura de que esto es lo que quieres, estaré contigo. Y, si resulta ser un error, también.

Elira traga saliva, sin palabras. Es cierto, Denna lleva a su lado toda la vida, igual que Tamir.

La ha visto equivocarse en mil ocasiones antes, han discutido, han estado en desacuerdo en tantas cosas que sería incapaz enumerarlas todas.

Pero siempre ha seguido a su lado, tan cerca como le era posible.

Siempre ha creído en ella. Incluso ahora, que está en contra de perdonar a Astrey, que probablemente seguirá desconfiando de él haga lo que haga, está dispuesta a ser ella misma quien se encargue del enlace.

No puede evitar emocionarse un poco. Quizá sea solo por los nervios, quizá esté tan alterada por todo lo que ha pasado en los últimos días, por todo lo que todavía queda por pasar, que no puede evitar que el corazón se le encoja y la mirada se le nuble.

Tamir se da cuenta, porque sonríe, se pone en pie y se acerca a ella.

No dice nada, no la deja en evidencia. Solo le rodea los hombros con un brazo y, moviendo la cola felizmente, proclama:

—Va a ser la boda del siglo.