La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Dyne #2
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Dyne #2

Ammarah da un respingo y levanta la mirada hacia ella, sorprendida. Tal vez se dé cuenta entonces de que esa es la verdad. O tal vez no quiera creerlo. Tal vez le resulte mucho más sencillo pensar, pese a las evidencias, que no le costaría nada asesinarla.

—Mentira.

Dyne ríe.

—Has fallado. Te toca.

—¿Qué? No. —La reina frunce el ceño—. Tienes que decirme cuál era la verdad.

—¿Tengo que hacerlo? No recuerdo haber mencionado nada semejante cuando he explicado las reglas.

—Pero ¿de qué sirve jugar si nunca sabes la respuesta correcta?

—Por lo general, el ser humano actúa sin tener la certeza de que lo que hace es lo correcto, majestad, pero seguimos adelante de todos modos. Te toca.

Ammarah se muestra genuinamente ofendida, como si considerase que la otra ha hecho trampa, y es obvio que la lección no le gusta.

Parece que está a punto de darle la espalda y marcharse, frustrada, como si toda ella la sacara de sus casillas.

A Dyne le resulta muy complicado no reírse por ello, pero se contiene, pone su mejor sonrisa inocente y al final la reina resopla y acepta el reto.

Tarda un poco en decidir con qué empezar y, cuando por fin lo hace, mantiene la misma expresión serena que su adversaria.

De nuevo, levanta la barbilla con altanería y dice con calma:

—En ningún momento he dudado de mi capacidad para ser reina. Hoy, de hecho, me han pedido que abdique y no me he sentido tentada a aceptar.

A Dyne se le congela un poco la sonrisa en la cara.

Sabe que esa es la mentira, es más que consciente de que esa mujer ha dudado sobre su capacidad para llevar la corona mil veces y que por eso ha resultado ser alguien tan maleable para las personas que tenía alrededor, lo que le sorprende es que mencione una posible abdicación.

Se supone que el trono de Daiva solo les pertenece a los descendientes de Santa Aiva y ella misma se ha encargado de que ya no haya más aspirantes directos.

—Mentira. ¿Quién ha sugerido…?

—Ha sido la Suma Celestial quien me ha invitado a ello. Quería que dejara el reino en sus manos.

Su expresión no cambia y Dyne abre mucho los ojos, incrédula.

Por supuesto que sí. Por supuesto que esa mujer ha decidido terminar de abusar de su poder.

Lo único que le sorprende es que sea capaz de traicionar a la misma tradición que dice venerar, pero supone que no es la primera ni la última de sus incongruencias.

—Verdad —masculla—. ¿Has aceptado? No puedes darle el poder a ella, Ammarah. No puedes permitir…

La sonrisa que se extiende por los labios de la reina, la manera en la que alza las cejas hace que se dé cuenta de que ha fallado. Ha perdido en su propio juego y la muchacha quiere que sea consciente.

Dyne se queda con la frase a medias, sintiéndose ridícula.

—Supongo que no soy la única capaz de dejarse llevar por sus prejuicios —replica Ammarah con voz satisfecha—. Y que tú realmente no puedes saberlo todo.

La necromante resopla, aunque siente una sonrisa tirando de su boca.

Nunca le ha importado perder. Los resultados de los juegos siempre son irrelevantes: lo importante es el juego en sí.

Y, en este caso, le gusta ver esa parte de Ammarah de Daiva.

La que entiende el terreno en el que se mueve y es capaz incluso de poner trampas en él.

—No tengo claro que eso haya sido justo —apunta, aun así—. Se suponía que tenías que contarme cosas sobre ti y esa ha sido sobre la Suma Celestial.

—En realidad, lo que has dicho es que yo tendría que contarte tres cosas, en general, y que tú, a cambio, me contarías cosas sobre ti. —La muchacha se encoge de hombros, incapaz de disimular que está disfrutando—. Tus reglas tendrán que ser más específicas la próxima vez.

La asesina la mira con los labios entreabiertos, sin palabras, antes de echarse a reír.

Por unos momentos, se le olvida que está en esa celda, que esa mujer es su objetivo, que le duele el cuerpo y que tiene que conseguir escapar antes de que acaben con ella.

Se le olvida todo, mientras ella se ríe y Ammarah de Daiva esconde la boca tras la mano en un intento de disimular el gesto de sus labios.

Sí, en otras circunstancias esa mujer sería su tipo.

Puede que lo sea incluso en esas.

—Está bien, tú ganas —concede—. Mi mentira era la edad a la que maté, por cierto: solo tenía diez años. Un brujo demasiado consumido arrasó el pueblo en el que vivía y yo fui la única que sobrevivió. Muerte me dio el poder para vengarme justo después.

Eso consigue que la sonrisa de Ammarah se pierda, Dyne lo sabe por cómo le cambia la mirada.

Se hunde un poco, el brillo de diversión desaparece tras el horror.

Supone que, para ella, que con esa edad no debía de tener ningún tipo de preocupación más allá de clases de protocolo e historia, esa debe de ser una historia inimaginable, lo suficientemente horrible como para que sienta pena por la chiquilla que fue.

El silencio que sobreviene es incómodo. Es un silencio que les recuerda que no son amigas y que no podrían ser más diferentes.

Dyne puede hablar de su pasado con tanta naturalidad porque a esas alturas ya lo ha superado o porque considera que hablar de ello hace que sea menos terrible; a Ammarah su vida debe de parecerle una pesadilla impronunciable.

La necromante carraspea y la reina baja la vista.

—Me has contado dos mentiras: te falta la verdad.

La celestial aprieta sus labios gruesos, esos en los que ya no hay ni un asomo de satisfacción.

No vuelve a mirarla. Tarda todavía unos segundos en responder, como si de pronto fuera ella a quien le costara ser honesta, como si se hubiera acostumbrado tanto a las mentiras que ya se ha olvidado de la verdad.

O quizá tan solo le cueste pronunciarla más de lo que quiere admitir.

—Hoy he decidido tu condena.

Pese a estar habituada a la muerte, pese a estar más que preparada para ella, Dyne no puede contener el escalofrío que le baja por la espalda. No necesita que le diga más: es muy consciente de cuál es el único castigo posible para lo que ha hecho.

—¿Cuándo vais a ejecutarme?

Ammarah se aprieta las manos sobre el estómago, pero se esfuerza por volver a mirarla y poner de nuevo esa expresión serena y firme.

La expresión de una soberana resuelta, segura de sus decisiones.

Hasta ahora su fachada había sido perfecta, pero de golpe Dyne puede ver los bordes deshilachados de su disfraz.

—En dos semanas, ante la basílica que ayudaste a destruir.

La necromante asiente. No trata de defenderse ni de pedir piedad porque nunca le ha gustado perder el tiempo en imposibles. En su lugar, pregunta:

—¿Estás satisfecha?

—Sí.

Y, en esta ocasión, Dyne está completamente segura cuando responde:

—Mentira.