La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Dyne
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Dyne

DYNE

Hace ya doce días que dejaron de torturarla y Dyne lo sabe por las siete madrugadas en las que Ammarah de Daiva ha ido a visitarla.

Al principio pensó que lo hacía porque quería asegurarse de que nadie volvía a contradecir sus órdenes, pero a partir del tercer encuentro llegó a la conclusión de que esa era solo una de las razones.

Ammarah va a verla por culpa de la misma soledad que la ha llevado a dejarse aconsejar por la Suma Celestial, la misma soledad que la instó a pedirle matrimonio a Lilith Rheiz, la misma soledad que la empujó a esas botellas con las que fuerza sueños premonitorios.

Sus visitas a la celda son un acto desesperado más, otra búsqueda de consuelo o quizá un método de evasión.

Puede que sean todas esas cosas a la vez.

Dyne está convencida de que Ammarah de Daiva la detesta, de que la perdona tan poco por sus crímenes como ella disculpa los suyos, pero también que su presencia adormece parte del dolor que lleva dentro.

Lo sabe porque se siente igual. Los únicos minutos en los que esa celda no resulta tan horrible es cuando la reina entra en ella, justo como hace ahora, y la observa con esa expresión severa que pone siempre.

—¿Otra noche sin poder dormir, majestad?

A veces le da el gusto de llamarla así, pero la reina ya ha tenido que darse cuenta de que el título nunca está cargado del respeto que debería. Por eso siempre frunce el ceño cuando la escucha.

—Hoy ni siquiera es de noche todavía.

—¿No? Vaya, eso es una novedad. —Dyne tuerce la sonrisa—. Entonces ¿no podías esperar a verme? Ten cuidado o voy a empezar a pensar que te gusto.

La reina abre mucho los ojos ante el atrevimiento.

Su reacción es tan visceral, a medio camino entre el horror y la vergüenza, que Dyne siente ganas de reírse.

En los últimos días, ahora que por fin no tiene que fingir ser otra persona, ha concluido que, en otras circunstancias, esa mujer habría sido exactamente su tipo.

La clase de chica transparente a la que le gustaría provocar solo para ver qué hace a continuación, qué cara pone, qué responde.

Por desgracia, las circunstancias son las que son y no hay ningún mundo en el que esa mujer y ella estén destinadas a nada más que a ser enemigas.

Da igual si se entienden. Da igual incluso si se ayudan a su manera.

Están destinadas a matarse, aunque todavía no sabe quién de las dos va a ganar en esa apuesta.

Debería ser la reina, pero todavía no ha atentado contra su vida de ninguna manera, no ha decidido ninguna condena.

Aunque debería mandar acabar con ella cuanto antes, sigue regalándole tiempo e incluso ha exigido que le cosan las heridas.

Eso solo ha mejorado un poco su situación, porque sigue sintiéndose débil, pero ya es mucho más de lo que debería haber hecho por ella.

Por la cara que pone ahora la soberana, puede que se arrepienta de eso último.

—Vuelve a repetir algo tan desagradable y ordenaré que te corten la lengua.

—Perdón, perdón. —Dyne se encoge de hombros—. Ya sé que te gustan más las rubias.

La reina se tensa, avergonzada, pero alza la barbilla.

—No, me gustan honestas. Dado que tú eres una persona capaz de fingir ser otra durante semanas, es obvio que no entiendes lo que eso significa.

Dyne se traga otra sonrisa.

—¿No crees que no eres la persona más indicada para dar lecciones sobre honestidad?

—¿De qué estás hablando?

—Lo sabes perfectamente. Tú también mientes, Ammarah. A otros, pero sobre todo a ti misma.

No tiene sentido que intente negarlo, las dos lo saben, por eso aprieta las manos contra la falda de su vestido.

—Odio cuando haces eso.

—¿El qué?

—Hablar como si me conocieras.

—Pero es que te conozco. —Dyne alza las cejas.

Pensaba que al menos eso ya lo habían aceptado las dos—.

No solo porque tengo los recuerdos de tu doncella, que te vio crecer, sino porque te he estado observando.

He visto lo que te duele y las esperanzas que no le enseñas a nadie más.

He hablado contigo mil veces, en el jardín y en tu cuarto, y no siempre estaba mintiendo.

De hecho, lo más probable es que ahora mismo yo sea la persona que más te conoce en este palacio.

¿Y sabes qué? Creo que por eso vienes a verme.

Ammarah hace un mohín de disgusto que no hace más que darle la razón.

Una vez más, aunque no debería, Dyne siente un pinchazo de lástima por ella.

Tiene que estar muy perdida, cada día más, sobre todo ahora que ya ni siquiera cree tanto en la Suma Celestial como antes.

Se ha vuelto demasiado consciente de sus manipulaciones y eso es bueno, pero también debe de hacerle sentir abandonada.

Es muy triste que lo único que le quede, lo único en lo que puede confiar al menos un poco, sea…

ella. Una asesina. Una persona que, si tuviera libertad de movimiento, la mataría y huiría sin mirar atrás.

Aunque cuando tenía libertad de movimiento no le resultó fácil acabar con ella y no cree que después de los últimos días se haya convertido en una tarea más sencilla.

No le apetece pensar en ello. Pensar en lo que tiene que hacer también es pensar en Derek y en los demás, en la falta de noticias.

Aunque Dyne querría escribirles, Ammarah no es tan inconsciente como para permitirle ponerse en contacto con ellos.

Lo ha intentado, por supuesto. Hace dos días apeló a su piedad diciendo que quería mandar un único mensaje a su gente para despedirse, pero la reina sabe tan bien como ella que, si sus amigos se enteran de lo que ha pasado, tratarán de salvarla.

De hecho, lo más probable es que ya se hayan dado cuenta de que algo va mal.

Eso considerando que sigan todos vivos y a salvo.

Ammarah está a punto de responder cuando Dyne la interrumpe:

—¿Por qué no jugamos a algo?

La reina parece incrédula. Cierra la boca y mira a ambos lados, como si pensara que alguien la está espiando por un hueco en las paredes o como si temiese que ese fuera el principio de una trampa que no es capaz de ver.

—No somos niñas.

—Claro que no. ¿Por qué lo dices? ¿No juegas a nada desde que eras niña? Qué triste, ¿no?

Ammarah entrecierra los ojos, molesta.

—Las princesas no suelen tener demasiado tiempo para jugar. Y las reinas, menos.

—Pero no tienes nada mejor que hacer mientras estás en esta celda, ¿verdad?

Su acompañante aprieta los labios. Le da vueltas al sello real que lleva en el meñique y la observa como si sus palabras fueran una amenaza.

—¿En qué clase de juego estás pensando?

Dyne tiene que contener otra sonrisa. A pesar de que su voz suena seca, desinteresada y casi orgullosa, ve su curiosidad por todas partes, desperdigada por el calabozo. La necromante echa la cabeza hacia atrás y la apoya contra la piedra.

—Tiene que ver con la honestidad, precisamente. Cada día que vengas a verme, tienes que contarme tres cosas, las que tú quieras. Dos serán mentira y una será verdad. A cambio, yo también te ofreceré tres cosas sobre mí. Dos mentiras, una verdad. El juego será adivinar qué es cierto y qué no.

—No me parece muy justo. Tú has visto más de mí de lo que yo he visto de ti.

—Entonces tendrás que buscar mentiras y verdades que todavía no conozca. A no ser, claro, que no las haya. En ese caso, tendríamos que llegar a la terrible conclusión de que ya lo sé todo de ti.

Y es demasiado orgullosa como para admitir nada semejante, quizá por eso cruza los brazos y alza la barbilla.

—Empiezas tú.

Esta vez Dyne no puede evitar que se le escape la risa.

Tiene la garganta tan seca, después de horas y horas sin beber, que se le termina convirtiendo en una tos.

Ammarah hace un mohín cuando la oye y mira a su alrededor en busca de algo de agua, pero no encuentra.

Solo le sirven comida y bebida una vez al día y nunca sobra.

La necromante carraspea antes de echarse hacia atrás y clavar los ojos en los de la reina. Con calma. Para que pueda ver lo bien que se le da mentir.

—Odio las tormentas. Me resultan aterradoras desde que soy pequeña.

Ammarah entorna los ojos, analiza su expresión en busca de cambios, de un parpadeo traicionero o de un gesto que la destape, pero no encuentra nada, del mismo modo que tampoco pudo encontrar nada durante todos los días que pasó a su lado.

—Mentira.

Dyne sonríe un poco más, pero no dice nada al respecto.

—Solo tenía doce años la primera vez que maté a alguien.

La reina se tensa. A veces parece que se olvida de que eso es a lo que se dedica, que tiene las manos manchadas de sangre y que, de hecho, es el tipo de necromante con el que más cuidado hay que tener.

Los sanadores, como Derek o Caleb, son más habituales y mucho más inofensivos.

Pueden matar, y por lo general sin muchos remordimientos, pero muchos eligen no hacerlo más allá del primer sacrificio.

Los que son como Dyne, sin embargo, no son tan fáciles de encontrar, quizá porque tienen mucha más facilidad para acabar con otras vidas.

Siempre ha pensado que Muerte solo le concede ese poder a quienes sabe que lo aprovecharán, personas para las que la vida no significa tanto o que están tan ávidas de sed de sangre que permiten que esta les ciegue por completo.

Dyne está segura de que ella habría terminado siendo alguien así, alguien mucho peor de lo que ya es, si no hubiera conocido a Derek.

Ammarah aparta la vista al suelo. Quizá le parezca horrible pensar en una niña con las manos manchadas de sangre o quizá está calculando las probabilidades de que fuera tan pequeña con lo que sabe de los necromantes. Al final, concluye:

—Esa… Esa es la verdad.

Se equivoca. Era incluso más joven cuando tuvo que matar por primera vez. Aun así, la expresión de la asesina no cambia.

—La noche que te encontré en tu cuarto, drogada por esa poción, pensé en acabar contigo y suplantar tu identidad para ocupar tu lugar. Habría sido muy fácil…, pero no fui capaz. Eres la primera persona en mucho tiempo a la que me cuesta matar.