La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Ammarah
64%

Ammarah

AMMARAH

—¡Esas peticiones son un insulto!

Rhea se levanta y estalla con esa exclamación de indignación en cuanto Ammarah lee el final del mensaje de Astrey Brynsen, el nuevo emperador de Odelia.

Por primera vez en mucho tiempo, la reina de Daiva está de acuerdo con ella, aunque no lo dice.

Tiene un sabor agrio en la boca, como si cada palabra hubiera estado envenenada y le hubiera dejado un rastro rancio en la lengua.

Con un cuidado controlado, hecho para que nadie pueda ver que le tiemblan las manos, la soberana del Sacro Reino vuelve a doblar la carta y la deja sobre la mesa.

Siente los dedos agarrotados de sujetarla con demasiada fuerza mientras la leía.

Cuando la ha recibido, en medio de la cena, se ha apresurado a dejar la mesa y mandar llamar a sus consejeros.

Ahora se arrepiente de no haber retrasado más la reunión: habría necesitado más tiempo para darle vueltas a esas ideas, para saber cuál es el siguiente paso.

El par de lecturas de la misiva que ha hecho antes de que los Ojos se presentasen ante ella no le parecen suficientes.

Noah, la única otra persona que hay en el despacho de la reina aparte de Rhea y ella, guarda silencio, con los labios apretados.

Ammarah está segura de que él, como ella, tenía alguna esperanza de encontrar paz entre esas líneas, de ver el final de la enemistad entre celestiales y brujos, pero está claro que el sueño acaba de romperse.

Puede ver los trozos sobre el suelo, de un cristal tan afilado que se alegra de que Elijah no esté allí.

Sabe que no dudaría en recoger uno y abrirle la piel para meterle dentro la idea de atacar Damira y sembrar el mismo caos que deberían querer evitar.

Pero, al parecer, el comandante lleva unos días enfermo, encamado, y la reina está dispuesta a considerar eso como una pequeña bendición de Destino.

Aunque en su lugar, por supuesto, está la Suma Celestial:

—Os dije que no podíamos dar espacio a la réplica, majestad.

Ahora creen que tienen poder sobre nosotros.

Pensarán que tenemos miedo del Amuleto, que vamos a ceder ante cualquier propuesta.

—Rhea apoya las manos sobre el escritorio y se inclina hacia Ammarah—.

Por suerte para nosotros, tenemos el plan del Ojo de la Muralla.

Pongámoslo en práctica. No se lo esperan y les enseñaremos que no estamos indefensos. Si nos damos prisa…

—No. —Puede que la reina todavía esté digiriendo las palabras del emperador, pero no está tan desesperada como para mandar a sus tropas a una muerte segura—. El plan de ser Elijah es demasiado arriesgado. Tenemos que actuar con cuidado. Puede que sus condiciones no sean lo que esperábamos, pero…

La expresión de Rhea le deja claro que lo único que ve en ella es debilidad.

—¿Y qué haréis entonces? ¿Ceder a sus caprichos? ¿Me ordenaréis rezarle a Destino hasta que caigan las murallas y los brujos puedan atacarnos? ¿Elegiréis a un heredero ajeno a la sangre de Santa Aiva para que os reemplace?

Frustrada, Ammarah aprieta los labios, porque es consciente de lo ridícula que sonaría si dijera que sí.

La Suma Celestial la miraría con más asco todavía si supiera que, tras leer la carta por primera vez, se planteó aceptar.

Llegó a pensar lo cómodo que sería dejarlo todo en manos de otra persona, desentenderse del trono, marcharse del palacio sin mirar atrás.

Irse incluso de Daiva, a cualquier otro lugar en el que nadie supiera quién es.

No han sido pocas las veces en las que ha pensado lo pesada que es la corona, que ella nunca la ha pedido, que no debería haberla recibido siendo tan joven.

Pero, si aceptase, quizá lo hiciera más por sí misma que por el reino.

—No podemos concederles lo que piden —acepta—, pero eso no significa que las negociaciones hayan terminado.

Les daremos una muestra de buena voluntad y responderemos a su carta con una contrapropuesta.

Las murallas no pueden caer, ni siquiera creo que podamos hacer que retrocedan, pero quizá podamos convencerles de que no somos una amenaza, de que podemos desarrollar una relación cordial.

Retiraremos las tropas que queden fuera de las murallas.

Que todos los soldados vuelvan a sus hogares.

Dejaremos atrás solo pequeños destacamentos designados para mantener la paz en los pueblos anexionados más recientemente.

Es consciente de que eso es todo lo que puede forzar por el momento.

Esos territorios pertenecen ahora a los celestiales y la gente no se tomará bien todas las bajas que ha habido solo para abandonar esos lugares de nuevo.

Probablemente haya quejas de la Guardia Celestial de todas maneras, pero también habrá gente que se alegre de las familias que van a poder reunirse o que se sentirá aliviada de no tener que seguir rezando por la salud de los suyos.

—¿Estáis segura, majestad? —Noah no parece estar en contra, solo sorprendido—. Es una gran muestra de buena voluntad, pero una vez se tome la decisión, no habrá vuelta atrás.

—La decisión ya está tomada —replica Ammarah, ignorando la forma en que Rhea niega con la cabeza—.

Os recuerdo que Destino me envió una visión de paz.

Y él nos pone a prueba, pero nunca más de lo que podemos soportar, ¿verdad, Suma Celestial?

Quiere ver si podemos seguir su camino. Las dificultades solo le darán más valor al resultado.

Noah cabecea, pensativo.

—Entonces quizá también podríamos volver a abrir las murallas —señala—. No es lo mismo que hacerlas caer y los brujos seguirán sin poder entrar, pero será una muestra de que los tiempos de terror han acabado.

Ammarah aprieta los labios. Quiere hacerlo, porque cerrarlas en primer lugar y expulsar a su gente fue un error.

Quisiera volver atrás, retirar las órdenes que dio, pero nada de lo que haga va a reparar el daño.

Ahora lo sabe, como también sabe que mucha gente se enfadará con ella si se retracta de todo lo que dijo, del mismo modo que hay muchas personas que opinan que el reino debería ser solo para quienes han demostrado su fe en los últimos tiempos.

Si vuelve a abrir las murallas, es posible que muchas de esas personas se vuelvan contra ella, que la consideren un fraude, solo una muchacha maleable que toma decisiones porque otros se las dictan.

Si no lo hace, serán otros los que continúen sufriendo y ella seguirá siendo la joven irresponsable que nunca hace lo correcto.

—Abrir la muralla está fuera de toda cuestión —responde Rhea por ella—. Lleva cerrada semanas y, aun así, una necromante consiguió engañarnos a todos y asesinar a dos miembros de la familia real. La reina ha estado en peligro ¿y ahora queréis ponérselo más fácil a nuestros enemigos?

—El emperador de Odelia no es nuestro enemigo, Suma Celestial —replica la reina—.

La necromante seguía órdenes de Iraides, no del actual emperador, y después actuó por mandato de su diosa.

Y ni siquiera las decenas de sirvientes y guardias del Templo con los que me habéis rodeado van a poder detener a Muerte si ella misma viene a por mí.

Las murallas, desde luego, no la detuvieron.

Rhea hace una mueca. Sigue en pie, apoyada sobre el escritorio, y Ammarah empieza a preguntarse si se niega a sentarse por el simple gusto de mirarla desde arriba.

—¿Y por eso la tentáis, para que le cueste menos encontraros y acabe con vos? Parece que sea eso lo que estáis haciendo cada vez que le pedís a vuestros guardias que no os sigan cuando vais a ver a la prisionera. Como si no le temierais a nada.

Noah se vuelve hacia ella, casi incrédulo, y Ammarah se esfuerza por mantener una expresión impertérrita, aunque de pronto se siente expuesta.

Como una niña a la que un adulto ha descubierto haciendo algo que no debería.

Sabe que tiene una excusa en los labios, está a punto de pronunciarla, pero al final se detiene.

No necesita dar explicaciones. Es la reina, esa mujer está por debajo de ella.

No es ni su madre ni su maestra y ella no ha hecho nada malo.

—No es que no le tema a nada, pero no le temo a una prisionera encadenada, débil y desarmada.

—¿Entonces por qué vais a verla? ¿Por pena?

—Por justicia, Suma Celestial. Porque, si tengo que decidir su destino, no quiero arrepentirme cuando ya no haya vuelta atrás.

Ammarah ha llegado a pensar que las mentiras la pueden hacer poderosa, porque así se sintió cuando dijo que Destino le había enviado una visión.

Cuando pronuncia esa, sin embargo, no siente ningún tipo de satisfacción.

Está convencida de que pueden ver a través de ella, de que se van a dar cuenta de que no hay nada justo en bajar a la mazmorra todas las noches y hablar con Dyne.

Aunque tampoco está segura de por qué lo hace.

Quizá por soledad. Quizá para que alguien le recuerde su nombre, para asegurarse de que la criatura más miserable en toda la ciudad no es ella, sino esa mujer.

Quizá solo es porque la prisionera no tiene ninguna razón para mentirle, porque nunca se calla lo que piensa, porque ahora que es solo ella misma (una necromante que no le debe nada, ni pleitesía ni cordialidad) no tiene ningún problema en hablarle de frente.

O a lo mejor es porque prefiere aguardar a que amanezca en esa celda que en su habitación, donde todo le recuerda que últimamente el título, la corona y todas las decisiones que toma le quedan demasiado grandes.

—¿Ya habéis decidido entonces? —insiste Rhea—. Cada día que vive es un día en el que demostráis que atentar contra vos no tiene consecuencias, majestad.

—La Suma Celestial tiene razón. —Noah se muestra incómodo al pronunciar esas palabras—.

Sé que no es una decisión fácil, pero vos misma habéis dicho que la necromante servía a la antigua emperatriz: estuvo en el ataque a la basílica y alguien tiene que pagar por ello.

Puede que el poder del Amuleto echase abajo el edificio, pero fueron ella y su grupo quienes interrumpieron la ceremonia.

Su muerte podría ser una compensación por los fallecidos y heridos de aquel día, una señal de que las artimañas de la emperatriz han terminado.

Le habéis dicho al emperador que creéis en los nuevos comienzos, en que podría tenderse un puente entre nuestras naciones, así que demostrádselo al pueblo también: que puedan deshacerse de los miedos.

Que la necromante se convierta en un símbolo del final del terror y del comienzo de una época de confianza y paz.

Ammarah traga saliva. Entiende lo que el Ojo del Pueblo quiere decir: una sola muerte podría apaciguar a la gente.

Una sola muerte podría devolver un poco de tranquilidad a los corazones de los ciudadanos.

Una sola muerte podría evitar enfados cuando ella devuelva a las tropas a casa o cuando abran las murallas de nuevo.

Suena a que una sola muerte también podría compensar todas las que ella ha provocado.

—Me estáis pidiendo que ordene una ejecución pública.

No sabe cuánto tiempo ha pasado desde la última.

Por lo general, a los criminales se los ajusticia en las mazmorras.

Después, los cuerpos se cargan en un carro y se sacan de la ciudad en medio de la noche, rumbo a la Fosa de los Infieles.

Ammarah jamás ha visto hacer un espectáculo de la muerte en todos sus años de vida y…

No. Sí lo ha visto. Eso fue lo que crearon cuando las tropas marcharon ante los ojos de todo el mundo para purificar los territorios más allá de Daiva.

Ella lo ha empezado todo.

—Una ejecución pública servirá para que la gente recuerde que el enemigo siempre tuvo rostro y nombre —señala Noah—.

Los ciudadanos no tendrán que seguir buscando sospechosos entre ellos, señalando a sus vecinos o familiares: ella es todo lo que estaban buscando.

La asesina de vuestros tíos y una de las culpables de que vuestra boda se arruinase.

Junto a la emperatriz, ya fallecida, una de las responsables directas de que os vierais obligada a tomar las decisiones que habéis tomado últimamente.

La reina baja la vista a sus manos, entrelazadas sobre el blanco impoluto de su falda. Una parte de ella querría señalar que su boda no se arruinó solo por esa mujer, que no fue ella quien la traicionó, quien decidió que su destino era otra persona.

Sin embargo, en lugar de decir eso, responde:

—Está bien. La necromante morirá. Se leerán sus crímenes y se ajusticiará ante todo el pueblo.

—¿Cuándo?

La Suma Celestial le recuerda a un buitre deseoso de lanzarse sobre el cadáver de Dyne antes incluso de que deje de respirar. Tal vez ya esté pensando en lo que va a decir, en cómo azuzará a la Hermandad Celestial contra ella y, por extensión, contra todos los necromantes.

—Durante la inauguración de la basílica, dentro de diez días.

—El corpiño del vestido le aprieta de pronto, le impide respirar, pero continúa hablando aunque siente que se ahoga—.

Que su muerte sea en honor a todos los que perdieron algo en el ataque.

En honor a mi padre, también. Para cerrar la etapa que empezó aquel día.

La sangre de Dyne a cambio de la sangre de su pueblo.

Bautizarán las nuevas escaleras con la vida que se escape de su cuerpo.

Y, como si ellos mismos se hubieran convertido en necromantes, festejarán la muerte dentro de las murallas disfrazándola de justicia.